Noches de insomnio | Capítulo 15: Noche XV
NOCHE XV
Sisa
La música sonaba a todo volumen a través del
equipo de sonido de la habitación. El día que tanto temía ya llegó: es viernes,
estamos en una casa completamente desprovista de más gente a parte de nosotras,
y Doña Bárbara ronronea con suavidad desde el escritorio.
Es el gato negro que Etel acaba de
adoptar y que adora comerse las gomas de borrar. Loi había estallado en
carcajadas a propósito de eso.
Y hablando de Loi…
— ¡Y bien! ¿Qué les parece esto? — nos
preguntó al salir del sanitario diez minutos después. Giró en varios sentidos,
para que la apreciáramos por completo.
Etel soltó un silbido:
— Por Dios, mujer, dime dónde firmo
porque me caso contigo ahora mismo. ¡Estás guapísima! ¡Doña Bárbara,
suelta-ese-borrador!
— ¿Tú qué opinas, Bellota? — Ni tuvo que
preguntármelo: le daba un 100 sobre 100.
Loi y Etel estaban hermosas, cada una a
su estilo; pero ahora mi cabeza estaba en otro lado. Exactamente en la zona de
“¿cómo-evito-que-Durand-se-acerque-a-ellas-en-caso-de-que-quiera-hacerlo?”.
Ya había intentado de todo para evitar
que acudiéramos al famoso club ese. Hasta les dije que estaba sintiéndome algo
enferma: no fue una buena jugada porque amenazaron con dejarme con un buen té
caliente en casa de Etel e irse sin mí.
No van a desistir, ambas realmente
quieren ir a ese lugar y ni con la mejor excusa van a cambiar de opinión.
Mi última opción era comentarle a Tarek
nuestros planes de hoy, pero de hacerlo sé con toda seguridad que no permitiría
ni que hable con el tal Zamai. Y aunque me muero de miedo…ya tomé la decisión
de hacerlo.
— Bellota, ¿no vas a cambiarte? — me
preguntó Loi.
— Eh…creo que iré así.
Había salido de casa exactamente con lo
que llevaba puesto: zapatillas, jeans y una camiseta sin mangas. Eso sin contar
el pijama en el bolso.
— Sisa, cuando dije que no pedían
identificación en Oráculo hablaba en serio, ¿sí? ¡Pero tampoco es para que
vayas gritando que eres una nena de secundaria! — me sermoneó.
Ok, acepto que lo que traigo no es
precisamente lo más “noche de fiesta” que tengo en mi clóset. Pero la verdad
era que estaba tan preocupada que ni me había puesto a pensar en esas cosas.
— Qué bueno que traje más ropa por si
acaso. — ¿Eh?
— ¡Aquí están todos mis zapatos! ¿Cuál le
ponemos?
— ¡Oigan! ¡Chicas! ¡Chicas! — Fue en vano
llamarlas, las dos ya se habían enfrascado en la amena charla de “¿cómo
vestimos a Bellota para que parezca más adulta?”.
Siendo sinceras, la verdad es que puedo
ir hasta con una bolsa de papel a modo de vestimenta y no me importaría. En
este momento tengo más cosas en la cabeza que mi apariencia para una supuesta
“noche espectacular”.
Nunca debí hablarles sobre ese lugar.
Solo creé expectativa y ahora estaba aquí, con Loi y Etel emocionadísimas por
acudir a un club nocturno famoso por ser un antro de perdición.
Cielos, ¿qué hago? No puedo ser tan
irresponsable como para exponer a mis amigas de esta manera. ¿Qué tal si pasaba
algo? Durand es un demonio, no debo confiar en él. Pero ese niño que vi sobre
el poste ¿sería un Phaxsi? ¿Un Khari? Y mis dibujos… ¿tendrían algo que
ver con todo esto? ¿Y qué con el tal Zamai?
Dios, la cabeza me va a explotar si
sigo dándole tantas vueltas al asunto.
Y por otro lado está Alen… Ya va a
cumplirse un mes desde la última vez que lo vi. Tarek me dijo que aún no
retornaba de su viaje con Hethos. Tal vez eso explicaba el porqué no lo había
visto a pesar de que hace un par de días me rendí y lo llamé en voz alta.
Estaba sumamente nerviosa porque no
sabía cómo lo vería a los ojos después de lo que pasó en mi habitación, pero no
apareció. Tristemente dejé la ventana abierta por si acaso; como si él no
pudiera atravesar cualquier pared si quisiera venir a verme.
— ¡Ok,
ok! Han llegado infinidad de mensajes a la página de la radio exigiendo alguna
canción de JOBEY. ¡La gente parece querer calentar motores desde ya, para los
próximos conciertos que brindará en nuestro país! ¿Cuánto falta? Un mes más o
menos, ¿verdad?
Loi soltó un gritito ante el comentario
del locutor de radio. Doña Bárbara maulló indignada: se había erizado ante el
chillido.
— A
ver, qué encontramos en las noticias de la web; mmm, ¡aquí hay algo!: “el DJ
Samin Nerses, más conocido como JOBEY, se presentó el día de ayer en el país
vecino, Kendra, en la ciudad de Rionel y ha causado histeria entre los
asistentes. El juego de luces, el repertorio, la escenografía y la historia que
se narra para abrir el concierto ha dejado más que satisfechos a los asistentes
de los que, varios declararon, pagarían por ir a otro show sin ningún pero de
por medio”
»
Vaya, vaya, por lo visto el espectáculo con el que viene es uno de los mejores
del año. Tomando en cuenta que ya se acabaron las entradas (que por cierto
costaban los DOS ojos de la cara) el show parece ser el más esperado en el
país. El quince de agosto se presentará en la ciudad de Lirau y el veintidós en
Libiak. Así que para aquellos que tienen su entrada y para los que aún no se
deciden, vamos a dejarlos con una de las canciones que más han estado pidiendo,
¿de acuerdo? ¡Ahí les va!
Loi y Etel saltaban emocionadas
mientras yo buscaba alguna buena salida para todo esto, sin sonar excesivamente
sospechosa.
— Chicas, tal vez deberíamos quedarnos en
casa. En el canal veinte pasarán una maratón de... — Ambas me lanzaron su mejor
mirada de desprecio.
Bien, se me acabaron las ideas.
— Por cierto, hoy me encontré con Tarek.
Me llevó a dar una vuelta en su moto — inició Loi mientras observaba las
prendas que sacaba de su mochila, sopesando posibilidades. Una sonrisita se
asomó por sus labios—; y después intentó besarme.
— ¡¿Que qué?! — chilló Etel —. ¡¿Y qué
pasó?!
— ¿Qué pasó? Pues no pasó nada. Le dije
que yo aún no había dicho nada sobre si salíamos o no así que tenía que darme
mi espacio.
— Eres la maldad personificada, Loi
Amira. El chico se te ha declarado como que cuatro veces ya ¡y siempre le dices
que aún lo estás pensando!
— Etel, no me vas negar que Tarek
coincide con todas las características que Joan nos dio a propósito de los
playboys, ¿o sí? —Loi me observó, como esperando mi aprobación, y fue
inevitable que asintiera levemente—. ¡Ahí lo tienes! ¡Bellota piensa igual! Es
guapo, simpático, parece que le gusta divertirse siempre que puede y sabe que
los chicos tiernos suelen tener puntos a favor. Me llevó a conocer a Copo de
nieve, ¡y por poco y exploto de la emoción cuando la sacó a bailar ahí, en
frente de los clientes, porque ella dijo que hace tanto que no lo hacía!
— Pero parece que va en serio contigo.
Además, ¡¿has visto lo bonito que tiene los ojos?!
— Ya, sí, no voy a negar que es muy
amable y simpático. Y sí, es imposible que te aburras con él. Y ya, es algo
guapo… ¡ok, bastante guapo! — aceptó ante la mirada insistente de Etel —. Pero
si realmente quiere algo conmigo supongo que sabrá esperar, ¿no? No quiero
volver a tener contacto con ningún patán nunca más.
La verdad era que Tarek era un buen
chico por donde se le mirase. Aunque aún no me quedaba claro qué sucedería si
empezara a salir con Loi.
— Pues si es por ese lado entonces bien —
aprobó también Etel.
— Quería que saliéramos hoy; por un
momento pensé en decirle a dónde iríamos, pero de ahí recordé que era una noche
de chicas y me dije: “No, hombres hoy no”. — Etel la empujó de lado con mirada
cómplice—. Además, Alen llegó y no sabía si Bellota hubiera querido que él
vaya, a lo mejor sí…
— ¿Con…? ¿Estaba con Alen?
Loi asintió y en ese momento se me
encogió el abdomen. Ya había regresado.
Entonces… ¿por qué no ha venido a
verme?
— ¡Este! — exclamó Loi. Etel aprobó la
prenda, igual de entusiasmada, y después ambas me empujaron hacia el sanitario
de la habitación—. ¡Rápido, Bellota! ¡Ya van a ser casi las diez y es mejor
salir temprano porque me han dicho que hay una fila inmensa para ingresar!
— Ok, ok.
Así que Alen ya estaba en Lirau. Ni
idea de cuánto lleva aquí, el punto es que no ha pasado a verme. Ni siquiera
para saludar o decirme que ya volvió.
Cielos, no es momento para desanimarme:
a lo mejor está ocupado.
¿Mmm? Ahora que veo bien, me han dado
un vestido negro ajustado con detalles en encaje rojo.
— Chicas, ¿es el vestido correcto? —
grité desde adentro—. ¿Negro con…?
— ¡Sí, Bellota! ¡Apresúrateeeee! — Bueno,
bueno.
Abrí la puerta algo insegura después de
cambiarme de ropa: ambas estaban maquillándose frente al espejo del tocador,
voltearon y soltaron tantos gritos que por un momento pensé que detrás de mí
había algo.
— Oigan, ¿esto de verdad me queda bien?
— ¡Bellota, ese vestido definitivamente
ha sido diseñado para ti! — exclamó Loi.
Me tomaron por los brazos para llevarme
al espejo de cuerpo entero, al otro lado de la habitación.
Ok, admito que tienen razón: la verdad
es que no me veo nada mal.
— Ahora vamos a desordenar el cabello
así, muy a lo chica rebelde.
— Espera, traigo la secadora.
Sentí el aire caliente impactar contra
mi rostro. Dejé que Loi y Etel juguetearan lo que quisieran con mi cabello
mientras seguía buscando maneras de hacerlas desistir, o en todo caso de
advertirles que estuvieran alertas ante cualquier movimiento extraño.
Si tan solo pudiera decir: “Chicas, al
lugar me invitó un demonio, así que a ver si tenemos algo de cuidado”, tal vez
todo iría mejor; pero era imposible, ¡casi sonaba a mal cuento!
— Bellota, ¿puedes caminar con tacones
altos? — Asentí—. ¡Entonces los de allá, Etel! ¡Los que tienen pasadores!
— ¡Y de una vez hay que maquillarla! Rojo
encendido en los labios, y un delineado delicado porque de por sí los ojos de
Sisa ya matan.
Yo podría haberme maquillado, pero
ambas se emocionaron tanto que las dejé hacer lo que quisieran. Me sentí como
cuando de niña jugaba al salón de belleza con Joan: como Corín no quería jugar
conmigo, él muy amablemente aceptaba que lo maquillara y lo peinara; y después
hacía lo mismo conmigo solo que peor. Me reí un tanto al recordarlo.
— Ahora ponte las botas, Bellota. ¡Bien!
— Bellota, ¡qué-guapa-estás! Si yo fuera
Alen, te juro que en este momento te llevo conmigo a hacer puras cosas malas.
Rompí a reír con fuerza.
— ¡Estás fabulosa, Sisa! — me dijo Etel—.
O sea, siempre estás linda, ¿sí? Pero así como que el aura de ingenuidad que
tienes es completamente sobrepasada por una más sensual.
— ¿Sensual? — repetí divertida ante el
ronroneo que me lanzó.
— ¡Y ahora una foto para que Tomas llore
sangre en la reunión con sus amigos! — exclamó Loi riendo con maldad.
— ¡Oye! ¡Pero le dijimos que solo
estaríamos en casa!— la detuvo Etel—. ¡Doña Bárbara! ¡Suelta ese borrador!
Tomas había quedado para una salida con
los chicos del club de tenis. Loi y Etel celebraron la coincidencia porque así
no había necesidad de comentarle sobre la salida a Oráculo ya que probablemente
él no la aprobaría.
— Le pondré que…solo estamos…probándonos
ropa y maquillándonos — respondió tecleando con velocidad en la pantalla de su
celular—. A ver, Bellota, mira hacia acá.
— ¿Mmm?
— ¡Listo! Y ahora…enviar. — Soltó una
risita y después terminó de retocarse el maquillaje junto a Etel. Aproveché
para acercarme al espejo de cuerpo entero otra vez, y me encontré conmigo
misma: con los brazos desnudos, el cabello desordenado, los labios de rojo
brillante y esos ojos que tanto alababan algunas personas, más hermosos que
nunca.
Sí, soy yo pero a la vez me siento como
otra. Una con una especie de aura un tanto más poderosa. Hasta agresiva, diría.
»
Soy muy hermosa, Nuna… tan hermosa que merezco que los ángeles me amen.
»
Claro que sí, niña.
¿Eh? ¿Qué había sido eso? ¿Voces?
»
Quiero que siempre se mantenga materializado porque así puedo tocarlo. Y en
cuanto a ti…no es necesario ni verte ni mucho menos tocarte. — Escucho una risita burlona, casi
puedo sentir la satisfacción en las palabras—. Siempre arruinas mi día con tus reprimendas y tus charlas aburridas.
»
¿Disculpa? —
Una carcajada irónica estalla, la voz le pertenece a un chico—. Cielos, le dije que estaba malcriándote.
Eres caprichosa, egoísta y ahora demandas cosas como si fueras la reina del
universo.
»
Yo puedo exigir lo que se me antoje, y quiero que se mantenga siempre
materializado. Él me pertenece, es mío.
»
¿Tuyo? No blasfemes, Albania. No
puedes codiciarlo, nosotros solo le pertenecemos al Todo.
»
¿Al Todo? — Más
risas—. Yo puedo codiciar lo que se me dé
la gana…
— …Nanael — murmuré.
Reaccioné: ¿por qué mi reflejo sonreía?
— ¿Mmm? ¿Dijiste algo, Bellota?— me
preguntó Loi. Parpadeé bruscamente:
¿Nanael?
Iba a llamar a Alen cuanto antes para
comentarle lo último, pero recordé que no estaba sola, y que así lo hiciera (como
la vez pasada) tal vez no obtendría respuesta.
De pronto caí en la cuenta de algo: si
no ha venido a verme antes no es porque esté ocupado como pensaba ingenuamente,
la respuesta es que no quería
hacerlo.
Probablemente está pensando en
disculparse por lo que sucedió en mi habitación; en volver a decirme que lo que
sucedió no debió pasar, y yo volveré a sentir esas horribles ganas de pedirle
que no lo haga. Que no soporto sus excusas porque en el fondo quería oír otra
cosa.
“Sisa…me
gustas…”
Qué pensamiento de lo más tonto.
Bueno, basta de llamarlo; basta de
pedirle que aparezca porque si no ha querido hacerlo antes es porque
probablemente no quiere.
Listo, no lo llamaré; hoy no. Tal vez mañana o pasado, o la
próxima semana.
Yo
tampoco quiero verlo.
— ¡Tomas acaba de responder! — oí de Loi
muy divertida—. Dice: “qué mala eres, Sisa está preciosa. Tal vez deba pasarme
por la casa de Etel en un par de horas”. — Se le escaparon varias risitas
mientras escribía con velocidad—. “Ol-ví-da-lo. Es una reunión exclusivamente
de chicas”. Enviar. — Y se lanzó a reír muy animada junto a Etel.
A las diez pidieron un taxi y más tarde
las tres estuvimos en el asiento posterior (Loi y Etel chillando de la emoción
mientras el conductor reía disimuladamente). Volteé a ver por la ventana: las
calles se perdían una a otra a medida que doblábamos por una nueva esquina. El
cielo nocturno estaba nublado; al fondo, la luna parecía prisionera de las
nubes grises.
Me encontré con el reflejo de mis ojos
en el espejo retrovisor frontal, y extrañamente vi a alguien que no era yo. A
lo mejor era miedo, o adrenalina, o quién sabe; porque en este momento me
sentía capaz de hacer lo que quisiera sin necesidad de tener a nadie cuidándome
la espalda.
Puedo cuidarme sola. No necesito a
nadie.
Y
mucho menos a él.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— Ninguna zanahoria, por muy celestial que fuera, valía
tanto como las tardes cálidas y llenas de diversión que pasaba junto a sus
amigos en el bosque. Además, mamá Colita de nube había preparado un delicioso
pastel de mora que debía comerse sin demora.
Solté un suspiro y cerré el libro.
— Fin — sentencié un tanto alegre. Las
historias de este conejo son bonitas, pero leerlas más de diez veces como que
agota un poco.
Sentada en la cama, Naina aplaudía
llena de emoción:
— ¡Abu
aprendió muchas cosas! ¡Y también aprendió nuevos bailes! ¡El que le enseñaron
los zorros del bosque de Hakan me gustó mucho! — oí su voz.
Lo bueno de poder leer la mente de los
niños, es que ella y yo ya aprendimos a comunicarnos bastante bien por este
medio.
— Así es, su repertorio de danza se ha
incrementado. Y ha comprendido lo mucho que valen su familia y sus amigos.
— Aly,
esta noche te quedarás aquí, ¿verdad?
— Mmm, no creo, bonita. Lo siento mucho.
— Siempre que podía evitaba quedarme en casa: no era prudente. La sensación de
comodidad se expandía cuando estaba entre Santiago, Marissa y Naina; y la
imagen de Gabriel viniendo por mí me atacaba con fuerza.
Y también estaba el hecho de que por
ahora prefería estar lejos de este vecindario para evitar sentir su presencia y
mandar todo al diablo y buscarla. Para evitar encontrarme con los ojos
preciosos que últimamente no dejaban de irrumpir, sin mi permiso, en mis
pensamientos; y terminar haciendo más tonterías como la última en su
habitación.
Sisa…
Hace tanto que no la veo.
Aún no logro comprender qué fue lo que
sucedió conmigo aquella vez. Algo abrumador se apoderó de mis sentidos;
demasiado intenso como para dejarlo ir y monstruosamente poderoso como para
negarme a sus órdenes: besa su piel, cada
parte de su cuerpo, explórala por completo.
¿Qué demonios significa eso? ¿Qué era
ese impulso que me exigía tocarla y rodear su cintura con fuerza porque no
estábamos lo suficientemente cerca? Una sensación llena de ondulantes formas me
recorría de pies a cabeza. ¿Qué hacía que la sangre me hirviera, que los
músculos se me tensaran, que los labios me vibraran cada vez que la besaba?
Y
me gustaba, claro que me gustaba…
…pero no tenía ni idea de qué se
trataba.
Sentí sus dedos recorrer mi pecho y
cuando los míos ingresaron con cuidado por debajo de su ropa, cuando rocé la
piel de su cintura, poco a poco perdí el control. Algo estalló furioso,
jadeante, y demandó que me enfocara en una sola persona: ella, ella, solo ella. Ella me dirigía, ella me
controlaba, ella en ese momento podría haberme pedido lo que quisiera porque yo
ya no era dueño de mí mismo.
¿Qué clase de sensación era esa? ¿Qué
clase de emoción, de sentimiento…?
No
sé…no lo sé.
Lo que sí sé es que me alejé
completamente aterrado cuando la oí suspirar y la puerta principal abrirse, y
después hui porque miles de emociones que no podía reconocer me embargaron. Me
atemorizó de sobremanera que pudiera lastimarla porque estaba ante algo que
jamás había percibido dentro de mí mismo.
Corrí al único lugar en el que me
sentiría seguro: la tienda de Hethos. Aparecí en frente de él y después me
desplomé sin fuerzas. Agobiado, abrumado, y con un dolor terrible en la
espalda. Sus besos me revitalizaban, pero aún no estaba completamente repuesto.
Para cuando reaccioné, me encontré
tumbado boca abajo mientras él curaba mis heridas:
»— ¿Qué ha sucedido? — Solté un alarido
de dolor cuando algo semejante a metal incandescente me rozó la piel—. Alen,
cielo santo, ¿qué ha pasado? Hay músculos comprometidos, fisuras en algunos
huesos… Te has excedido, ¡¿qué pasó?! ¿Cómo terminaste en este estado?
Me sentía demasiado avergonzado como
para contarle mi pérdida de control, pero tenía que hacerlo. A fin de cuentas,
Hethos era como mi mentor.
No mencioné lo que sucedió con Sisa.
Sentía que eso era un pasaje demasiado íntimo: solo nos concernía a los dos.
Lo malo fue que después me di con la
triste sorpresa de que no me atrevería a verla a los ojos. Algo extraño estaba
sucediéndome con ella y no podía preguntárselo a Hethos porque me regañaría por
estar teniendo contacto físico con un humano; y Tarek…Tarek es un idiota que
estas cosas no se las toma en serio.
»— Haremos un pequeño viaje de retiro.
Siento tu esencia algo corrupta para lo normal en ti. Tal vez debamos salir a
meditar un poco; a recordar cuál es tu misión en este mundo. —Lo último sonó a
reprimenda porque Hethos me lanzó una mirada seria—. La búsqueda de tu
identidad es nuestra principal tarea, Alen. No te distraigas de ese objetivo,
por favor.
No
te distraigas…
Apenas habíamos retornado hace dos
días.
»— ¿Sabes? Sería una buena idea que
pases a ver a Bellota. En estas semanas que no te ha visto la he notado
ansiosa, y eso que yo no leo emociones — me había dicho Tarek a mi regreso—.
Está muy preocupada por ti.
Sí, tal vez debía ir a verla. Sin
embargo, aún había un punto que me tenía algo confundido: ya no estoy seguro de
si lo que me atrae es la capacidad de los besos para revitalizarme…
…o si en realidad el asunto radica en
que es ella precisamente a la que
estoy besando.
No, no te
distraigas…no te distraigas.
No ojos bonitos, no violines, no
flores, no miel. No chicas de precioso cabello avellana, tan juguetón con la
brisa, tan suave como el…
— ¿Qué
te pasa, Aly? ¿Te duele algo? — reaccioné al sentir las manos de Naina palmeándome las
mejillas. Sus enormes ojos marrones me miraban con curiosidad.
— No, no me sucede nada, bonita.
— ¿Estás
triste? — Negué
con la cabeza—. Porque si quieres puedes
llevarte a Dorotea para que te haga compañía esta noche.
Dorotea es el unicornio de felpa con el
que Naina duerme: es su juguete preferido.
— No es necesario; además, creo que a
Dorotea le gusta más dormir contigo.
— ¿Puedo
hacerte una pregunta, Aly?
— Adelante. — Se acomodó en mis rodillas
y me miró con el ceño fruncido.
¿A qué se debía el peculiar mohín de
disgusto?
— Mami
me dijo que el martes vio a Tarek caminando con una chica. ¿Es
verdad?
— Si Marissa dice que los vio supongo que
sí.
— También
me dijo que estaban comiendo helado, y que él se veía muy contento.
Supuse que se trataba de Loi. Después
de todo, Tarek está prácticamente revoloteando alrededor de ella todo el tiempo
con la esperanza de que le diga que sí. “Sí” a qué cosa, aún no lo sé, porque
si se trata de iniciar una relación formal sigo pensando que no es una buena
idea.
Una relación sin plena sinceridad de
por medio nunca tiene buen final. Y Tarek es un errante, y eso es información
que, dudo mucho, pueda proporcionarle a Loi.
— Aly…
— ¿Sí?
— ¿Esa
chica es su novia? — Me dio algo de gracia la nota de
disgusto.
— No, aún no.
— Pero
le gusta, ¿verdad? —
Asentí levemente y ella frunció aún más el ceño—. ¿Y se van a casar?
— Verás, bonita, me parece que es algo un
tanto prematuro pensar en eso: apenas se conocen de hace unos meses.
“Y Tarek es un mitad demonio”, quise
agregar.
— ¿Entonces
cuando sean más grandes lo harán?
— Eso no lo… ¿eh? ¿Naina?
Se bajó de mis rodillas, muy
enfurruñada.
— Ya
no lo quiero — sentenció con convicción.
— ¿Quieres que lo golpee de tu parte? —
le pregunté divertido y asintió reiteradas veces, pero después me sacudió las
manos, reclamando atención:
— Pero
que no le duela mucho, ¿sí? — Le prometí que no sería muy rudo —. Papi siempre dice que cuando crezca debo
tener cuidado con los chicos. —
Solté una leve carcajada porque Santiago parecía ser de esos padres que planean
matar a cualquier chico que se acerque a sus niñas —. Que solo puedo confiar en él porque es mi papi y nunca va a hacerme
daño. Y en ti porque eres mi hermanito.
— ¿En mí?
— Sí,
papi dice que tú eres el mejor hermano mayor del mundo, y siempre vas a estar
conmigo. Dice que no importa que ya no lo quieras ni a él ni a mami; con que me
quieras a mí está bien.
— ¿Qué?
Sentí un horrible nudo en la garganta.
Naina se subió a mi regazo otra vez y
me abrazó con fuerza:
— Ellos
te quieren mucho, Aly. Mami llora pensando que cualquier día ya no volverás a
casa.
Parte de su cabello me hizo cosquillas
en la mejilla.
— Pero
aunque no me pueda escuchar, yo siempre le digo que eso no va a pasar. Que tú
siempre vas a estar con nosotros, que nunca vas a irte.
¿Nunca voy a irme?
Bueno, mientras Gabriel no aparezca,
supongo que no.
— Porque
nunca lo harás, ¿verdad? —
Los ojos marrones se enfocaron en los míos, demandantes —. ¿Verdad que no, Aly?
Tragué despacio, intentando repetirme a
mí mismo que no era necesario ser demasiado sincero con Naina; que
sencillamente podía responderle con un: “sí, nunca me iré”. Pero demoré en
hacerlo, y la escuché más insistente, con los ojos brillosos—. ¡No te vas a ir, ¿verdad?! ¡¿Verdad?!
¿Cómo explicarle a mi pequeña
hermanita, que ni yo mismo estaba seguro de aquello? No sabía si me iría de
esta vida a otra nueva, o finalmente podría recuperar mi nombre e igual
retornar a mi lugar de origen.
Viéndolo por cualquier lado, no me
quedaría…
— ¡Aly,
malo! — oí
retumbar en su mente, cargada de tristeza y disgusto.
Reaccioné de mi letargo y solté un
suspiro que intenté hacer sonar sincero.
— No digas tonterías, bobita. No me voy a
ir. Me voy a quedar aquí, contigo, con papá y con mamá.
Resultó tan extraño llamarlos de esa
manera.
— Entonces
nunca te vas a ir, ¿verdad?
— Primero tengo que verificar que vuelvas
a hablar.
— Pero
después de eso seguirás aquí, ¿verdad? Hay muchos pajaritos que se mueren y tú
tienes que revivirlos.
— Claro que sí — resumí de manera
tranquila y ella sonrió, contentísima.
Se bajó de mi regazo para recoger a
Dorotea y pegarla a mi mejilla (para que me diera miles de besos, como dijo).
Sentía la esponjosa forma, y no pude evitar ser invadido por algo que si no me
equivoco se llama melancolía.
» Te quedarás conmigo,
¿verdad? Hasta que me duerma.
¿Qué…?
Acababa de escuchar una voz suave, sumamente conocida, resonar en
mi cabeza. No se trataba de Naina porque ella ahora estaba dando vueltas, muy
entretenida; y el tono no se parecía en nada a su voz.
» Le tengo miedo a la
noche. Vienen cuando estoy sola y repiten que algún día me llevarán con ellos.
» ¿Ellos?
» Sí, son muy feos. Tienen
la piel muy pálida, y los ojos tan rojos como la sangre de las gallinas que
matan en las cocinas.
» Te prometo que voy a
estar más pendiente.
» ¿Sabes? A veces pienso
que si tuviera un deseo, pediría que siempre fuera de día.
» ¿Y eso por qué?
» Porque así ellos no
vendrían a asustarme, y siempre vería el sol. — ¿Qué es esto? ¿De quiénes son esas voces?—. Pero de ahí pienso que si nunca es de noche,
no podría ver las estrellas.
» Es cierto.
» Y eso significa que
también me gusta mucho la noche. El día por el sol y la noche por las
estrellas… y sabes por qué, ¿verdad?
Porque me recuerdan a ti.
» Ya lo sé…
—
Albania.
Naina volteó a verme, con curiosidad.
—
¿Albania? ¿Quién es Albania, Aly?
¿Acaso lo dije en voz alta?
—
Nadie, bonita. No me hagas
caso — declaré restándole importancia.
¿Qué rayos había sido eso?
—
Ojalá no sea una chica. — Elevé una ceja, divertido por el tono severo—. ¡Ni mami ni yo aceptaremos a otra! —
Le pregunté a propósito de la peculiar declaración y me observó, altiva—: Hablo de que mami y yo no aceptaremos a
nadie más que a Bellota.
—
¿Bellota? — Quise reírme a
carcajadas —. ¿Hablas de Sisa?
—
¡Sipi! Mami todas las noches habla con papi acerca de lo bonito
que sería que fueran novios.
—
¿Novios? ¿Sisa y yo?
—
Sí, y yo también lo creo. — Fingí no comprender—. Sisy es muy bonita, y siempre está sonriendo. A mami y a mí nos cae muy
bien; y si fuera tu novia sería como mi hermanita mayor y tocaría el violín
para mí siempre que quisiera. ¡Y podría pedirle que deje a Petardo conmigo
todos los sábados y domingos!
—
Qué traviesa me has
resultado. Jamás se me habría ocurrido que ya pensabas en todo eso.
—
Además, saldríamos juntos a tomar helado y me iría a visitar
cuando practico ballet, y jugaríamos juntas a muchas cosas. — Sonreí de lado, oyéndola tan emocionada—. Anda, Aly, ¡di que sí y pídele que sea tu novia!
—
Me parece que esos no son
temas para niñas de su edad, señorita — indiqué, tratando de no sonar
excesivamente divertido.
—
¡Aly, por fis! ¡Por fis, por fis, por fis! Si quieres te ayudo.
—
Pero qué insistente,
¿quieres cosquillas, eh?
—
¡No! ¡No, Aly! — Soltó un gritito cuando la tomé por la cintura, se zafó y empezó a
corretear por toda la habitación, divertida, mientras la perseguía.
¿Bellota y yo novios? Era cómico de solo pensarlo. Sobre todo
porque la idea de un humano y un semi ángel como pareja ya de por sí sonaba
descabellada.
— ¡No,
Aly! ¡No más cosquillas! — me pidió mientras reía. Escuchaba sus
risas en la habitación porque era la única manera en la que su voz trabajaba.
Es por eso que Marissa y Santiago son tan felices cuando la oyen reír.
La puerta se abrió justamente cuando
Naina daba brinquitos en la cama, riendo animada.
— Siempre que estás con ella siento como
si charlaran.
Marissa acababa de aparecer en el umbral: la
sonrisa se me borró bruscamente, casi por instinto.
Sentí un peso espantoso en el pecho al
recordar las palabras de Naina.
— Tal vez ya deba irme — lancé
rápidamente.
— Oh, Alen, espera; quería pedirte que te
quedaras con Naina, ya que debo ir al hospital con urgencia.
— ¿Qué?
El cuerpo se me puso frío por completo.
Al segundo me encontré a mí mismo barboteando preguntas acerca de Santiago. Había
salido de viaje por la mañana por un asunto de trabajo, ¿qué significaba eso
del hospital? ¿Acaso habría pasado algo?
La imagen que vino a mí fue espantosa: Franceso enfermo, muerto…
— Alen, ¡Alen! — oí de Marissa y
reaccioné—. Hijo, tranquilo, iré a acompañar a una amiga que va a dar a luz
esta noche. Acaban de llamarme y quiere que esté con ella. Eso es todo.
La sensación de alivio me recorrió. Marissa
se acercó y me acarició el cabello con suavidad:
— Tu padre está bien. — Asentí un tanto
aturdido por mi repentino pánico. Me sonrió y comprobé que en su mapa emocional
se vislumbraba ternura.
No…
— Me quedaré, ve a acompañar a tu amiga —
repuse y retrocedí para romper la caricia. Sentí que la parte en la que sus
dedos me habían tocado tildaba —. Estaré con Naina, no te preocupes.
— ¿Por qué no llamas a Tarek para que se
quede con ustedes?
— Sí, en un rato lo hago.
Hablando de Tarek: debe estar
recorriendo Libiak. Hace unas horas me dijo que quería conocer la famosa Gaib
Art a dónde estaban postulando Loi y Bellota.
— Bueno, volveré en unas horas, ¿quieren
que les traiga algo por si regreso rápido?
— ¡Pastel
de mora! ¡Como el que la señora Colita de nube preparó para Abu!
— A lo mejor Naina quiere pastel de mora
— indiqué. Naina aplaudió, contenta.
— Ustedes dos se entienden demasiado
bien. Es como si hablaran telepáticamente.
Volteé a ver a Naina con complicidad, y
ella soltó un par de risitas cubriéndose los labios.
Marissa se despidió, me pidió que
acostara a Naina antes de las diez y después sentimos la puerta principal
cerrarse.
— Y bien, bonita, ¿quieres hacer algo en
particular…? ¡No! Nada de leer otra vez a Abu porque acabamos de terminarlo.
Me hizo un mohín de decepción y después
suspiró, resignada a buscar otra cosa.
— ¡Entonces
quiero bailar con el violín de Sisy!
— Eso tampoco se puede, me parece que
Bellota no está en casa — insinué y se encogió de hombros, desilusionada.
No sentía su presencia cerca; tal vez
estaría en casa de Loi o Etel. Cosa que agradecía, porque así la fastidiosa
sensación de querer ir a buscarla se apaciguaba.
— Pero podemos escuchar algunos discos de
Santiago. Hay muchos que tienen pistas de violín en solitario — sugerí.
Aceptó animada y bajé al primer piso a
prender la consola. Naina se quedó para cambiarse porque quería enseñarme los
nuevos pasos de ballet que había aprendido con todo y el atuendo puesto. Fui al
estudio en donde estaban los discos de música clásica, y cuando estaba por
encender la luz sentí dos manos presionando mi pecho, mi espalda impactando
contra una de las paredes…
…y después una boca cubriendo la mía en
medio de la oscuridad.
Alejé al reciente invitado tomándola
por las muñecas, pero olvidé su rapidez. Sus brazos se soltaron y se enroscaron
alrededor de mi cuello.
— Hola — me susurró a unos centímetros de
mi boca.
— Nhyna, ¿puedo saber por qué apareces de
esta manera? — Intenté zafarme pero solo conseguí que apretara el agarre —. De
acuerdo, ¿qué quieres?
— Hace tanto que ya no vienes a buscarme
por algo de “energía” — me dijo burlonamente—. Teníamos un trato, ¿lo
recuerdas? Tú te alimentabas y yo…bueno, yo me daba el gusto de besarte.
Puse los ojos en blanco, recordando la
absurda decisión que tomé en mi séptima vida; y después de quitármela de encima
encendí las luces del estudio.
Sus ojos pasaron de celeste brillante a
escarlata intenso.
— ¿Qué pasa, Forgeso? ¿Acaso encontraste
una mejor “fuente de energía”?
Pasé de largo y abrí el buró de discos.
Me incliné a buscar alguno de Vivaldi porque era el compositor que Sisa solía
emplear para practicar. Encontré el bendito disco y cuando me reincorporé volvió
a jalarme por la camiseta para besarme.
— ¡Basta! ¿Qué demonios quieres? ¿Tienes
cara para venir a verme después de lo que pasó?
— ¿Qué pasó? — me preguntó en tono
inocente. Pasé de largo, pero me detuvo por la muñeca—. No me culpes por tu
falta de voluntad, Forgeso. Yo solo te entregué al hombre que mató a ese niño.
Después tú quisiste cobrar venganza con tus propias manos, y en ningún momento
yo te obligué a hacerlo.
No podía refutarle nada. Tenía razón: el
único que había perdido el control ahí había sido yo.
— Pero tranquilo, ahora debe estar en un
lugar mejor. Dudo mucho que esté disfrutando de su nueva vida si mató a un
niño.
— ¿Nueva vida? — repetí sin comprender.
— ¡Oh, no me lo agradezcas! — Se acomodó
las ondas rubias y me sonrió contenta —. Hice que se ahorcara con una soga. — ¿Qué? —. ¡Si lo hubieras
visto! Lloró un poco, rezó algo, y de ahí se colgó en el árbol del patio de una
casa abandonada. — Su risa de niña estalló en medio del estudio; el matiz
burlón me golpeó violentamente—. Pobrecito, demoró en morir. Se desesperó, gritó,
me pidió que lo ayudara… Y por si te interesa saberlo: le dolió muchísimo. Creo
que al final sí se arrepintió.
— Vete.
¿Cómo podía tomarse
tan a la ligera algo así?
— ¿Disculpa? — Las carcajadas cesaron; pareció
desconcertarse—. ¿No me oíste? ¡Fue el sujeto que mató al mocoso! ¡Ya le cobré
la acción que tanto le acusabas!
— No me interesa nada de lo que me digas
así que hazme el favor de retirarte.
— ¿Sabes qué? ¡No necesito estar
pendiente de un estúpido calehim que
ni siquiera sabe lo que quiere! — Sus ojos me miraron con rabia; iba a pasarme
de largo, para ir por Naina, pero su voz me detuvo —. Y ni te molestes en
buscar a la humana porque ahora está pasándola bastante bien con sus amigos. Es
joven, recién está conociendo los placeres de la vida. No la sientes cerca,
¿verdad? ¿Quieres que te diga por qué?
— Nhyna, me parece que no has comprendido
lo de “vete”.
— Sabes que la mente de los seres humanos
es más fuerte de lo que ellos creen, ¿verdad? Tu querida humana se ha
autoimpuesto la regla de no llamarte ni mental ni vocalmente. Y hoy ha decidido
salir a divertirse con sus amigos, como cualquier chica de su edad: si te
apareces ahora probablemente le arruinarías la diversión, ¿no? — Rodé los ojos,
hastiado de su presencia y las absurdas explicaciones —. ¿Y cómo se llama este
chico? ¿Tomas Gerdau? Sí, creo que sí. Está aprovechando la noche porque parece
que hoy por fin va a, por lo menos, robarle un beso. Y si es inteligente y
juega bien sus cartas, a lo mejor después de darle un buen par de tragos
consigue hasta llevársela a la cam…
— Estoy por perder la paciencia, Nhyna —
advertí, sujetándola por la muñeca. El disco de Vivaldi se me había caído de
las manos —, así que dejarás de decir tonterías y te marcharás, ¿entendido?
Pero la sonrisa se le pronunció:
— ¿Qué pasa, Forgeso? ¿Te enfurece la
idea de que otro la estrene?
— Cuida lo que dices.
— ¿O qué? — lanzó y los ojos volvieron a tornársele
rojos; sus dientes capturaron mi labio inferior. Retrocedí, rompiendo el
contacto, pero sus dedos se aferraron a mi camiseta—. ¡No sabes cuánto daría por
ver esos ojos llenos de furia! El violeta es un color demasiado puro y el ámbar
uno estúpidamente tierno. ¡A la mierda tu pureza y tu ternura! Quiero verte
transformado en algo que vaya más allá de eso. Eres demasiado hermoso para ser
tan jodidamente puro.
— Lamento decepcionarte, preciosa. No
sucederá.
— ¿Por qué te limitas tanto, Forgeso? No
sabes lo fascinante… ¡lo bello que eres! Esa pose impasible, esa actitud
diplomática… ¡todo eso no es más que pura mierda! ¡Estalla furioso, frenético!
— No te ofendas, pero no me parece una
propuesta muy atractiva.
Me observó burlona y sonrió:
— Y si ahora el que no se ofende eres tú,
déjame decirte que pasar tanto tiempo al lado de la humana resulta sumamente
ridículo. Ella no te merece; no ve lo que veo yo…
No dije nada al respecto y me liberé de
sus dedos. Tomé el disco de Vivaldi que había dejado caer y salí rumbo a la
sala.
— ¿No te interesa saber lo que veo?
Atravesé el pasillo, dispuesto a
dejarla, pero en un parpadeo apareció en frente de mí.
— Veo un diamante en bruto esperando ser
pulido. — Los ojos casi le brillaron—. Hay miles de demonios que se jactan de
ser hermosos, de tener actitud, ¡pero serían nada al lado tuyo!
— ¿Me estás ofreciendo asesorar mi imagen
o algo por el estilo? — repliqué con humor.
— ¡¿Lo ves?! Tienes esa maldita manera de
sonar perfectamente arrogante sin emplear nada de esfuerzo. ¡Hermoso,
arrogante, excitante! ¡Casi como una apología a la verdadera belleza!
Pasé de largo, rumbo a la sala, y sin
comprender su extraña postura con respecto a la belleza.
Naina recién bajaba por las escaleras,
dando brincos emocionada. Elevó la mirada y cuando estaba por sonreírme los
ojos se le congelaron en un gesto de desconfianza.
— Oh, tenemos compañía — musitó Nhyna; el
sonido de sus tacones invadió la sala.
Me acerqué a Naina y le dije que todo
estaba bien.
— No
me gusta, que se vaya.
— Ya estaba por irse — aseguré.
— Lástima que no pueda tocarla — agregó
decepcionada. La miré con seriedad cuando se acercó e hizo un ademán de tocar
su cabello; Naina se refugió detrás de mí—. Tampoco puedo tocar a la vieja
pastelera porque el errante ha invocado el sello para ella. Desperdicio al
completo, ambos igual de imbéciles.
Por algún misterioso motivo, todo calehim y errante tenían la opción de
invocar un sello de protección para una persona y allegados, que lo acompaña
durante todas sus vidas. Pero solo puede hacerse una vez, así que hay que saber
usarlo bien y con quién porque de hacer otro el pago suele ser elevado. Mi
opción de protección la activé para Naina (a modo de retribución por lo que
había hecho por mí en mi primera vida). Tuve que hacerlo con ayuda de Hethos
porque no sabía cómo.
Tarek lo hizo para Copo de nieve porque
de todas las personas con las que se había vinculado, era a la que más
apreciaba. Y por eso mismo era indispensable protegerla: los errantes son
considerados traidores por los suyos, y Berith le tiene tan poca estima que
podía intentar vengarse de él jugando con ella.
— Bueno, me voy. Un niño de espectador
arruina mis planes “salvajes” contigo, Forgeso.
Me guiñó un ojo y al segundo siguiente
la sala volvió a tenernos solo a Naina y a mí.
— Esa
chica me da miedo.
— Pero nunca va a hacerte daño, así que
quédate tranquila.
— ¿Y
a ti? — me preguntó con preocupación.
— A mí tampoco, bonita.
Me quedé en silencio, observando a
Naina revolotear graciosamente por la sala.
»—
No la sientes cerca, ¿verdad? ¿Quieres que te diga por qué?
No te distraigas. No te distraigas…
— ¡Aly!
¿Viste cómo giré?
— Sí, bonita.
»— Sabes
que la mente de los seres humanos es más fuerte de lo que ellos creen, ¿verdad?
No te distraigas…
Intenté relajarme pero el violín de la
melodía empezó a perturbarme.
»—
¿Y cómo se llama este chico? ¿Tomas Gerdau? Sí, creo que sí. Y si es
inteligente y juega bien sus cartas, a lo mejor después de darle un buen par de
tragos consigue hasta llevársela a…
Basta. No tengo por qué pensar en ella
ni en sus amigos. Después de todo, aunque yo no sea humano, Sisa sí lo es.
Tiene derecho a gozar de lo que le ofrece su mundo humano, con sus amigos
humanos, y sus sentimientos humanos.
— ¿Aly?
¿Te has puesto triste?
Bellota y yo no somos iguales…
— Tranquila, bonita. Estoy bien.
...aunque a veces lo olvide por
completo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— Dios, ¡la fila es inmensa! — exclamó
Etel cuando bajamos del taxi.
En frente de nosotras había un edificio enorme; desde aquí se podía sentir la
vibración de la música de adentro. Había dos filas a cada lado de la puerta
principal y ocho guardias inmensos custodiándola con gestos muy serios en sus
rostros.
Es la primera vez que vengo a esta
parte de Lirau. Hay edificios enormes de arquitectura moderna alrededor: casinos,
clubes, restaurantes de etiqueta. La fachada y la cantidad de gente alrededor
de Oráculo me hacían suponer que era uno de los lugares más concurridos de la
zona.
— Sabiendo esto hubiéramos venido más
temprano — murmuró Loi de mala gana.
Pasamos buscando el inicio de la hilera
humana: a lo mejor si había demasiada demanda ni llegábamos a entrar.
Entonces me tomaron por el brazo. Giré
bruscamente, y me encontré a un sujeto alto de facciones duras. Tenía algo
sobre la oreja izquierda: un radiocomunicador portátil.
— Señoritas, ¿me permiten sus entradas,
por favor?
Noté que Loi y Etel dieron un respingo,
algo asustadas por el pedido. Lo último que pasó por mi cabeza fue que podrían
haber descubierto que éramos menores de edad.
— ¿Hay algún problema? — preguntó Loi con
naturalidad.
El sujeto verificó las entradas y
después se las devolvió:
— Sus entradas son especiales, no es
necesario que hagan la fila. Síganme, por favor.
La piel se me puso de gallina, pero ni
Etel ni Loi parecieron notarlo. Se vieron inconmensurablemente felices y
siguieron al hombre sin pensarlo.
— ¿Sabías de esto, Loi?
— ¡Para nada! A mí solo me consiguieron
las entradas. No sabía que había promociones o algo por el estilo — le
respondió a Etel emocionada. Antes de que continuaran las detuve por los brazos
porque yo no me había creído nada de eso.
Evidentemente había algo raro en todo.
— ¿Sisa? ¿Qué sucede?
— Chicas, por favor, no nos separemos,
¿sí?
— Tranquila, Bellota. Vamos a estar
juntas hasta para ir al sanitario, ¿de acuerdo? No estés tan nerviosa.
Pasamos por la gente que aguardaba en
la puerta. El sujeto le susurró algo a uno de los guardias que asintió, y
levantó la soga gruesa de color naranja eléctrico que mantenía la entrada
desprovista de gente aglomerada.
Ingresamos a un estrecho pasillo
tenuemente iluminado, decorado con varias cortinas que caían del techo (que
parecía muy lejano), conformadas por piedrecillas doradas que tintineaban cada
vez que alguien rozaba alguna. Una pista electrónica sonaba algo distante y las
luces de colores del fondo ya se distinguían un tanto. La mujer que aguardaba
junto a la puerta móvil del final nos puso las pulseras de ingreso en las
muñecas.
— Pueden pasar a la zona VIP que incluye
todo el segundo nivel y los palcos, o ir al primero, como prefieran. Son libres
por completo de hacer lo que deseen por lo especial de sus entradas — nos dijo
con una amable sonrisa. Demasiado extraño
—. Bienvenidas a Oráculo.
Empujó la puerta, y entonces el
ambiente cambió bruscamente.
— Madre mía... —murmuró Loi estupefacta.
Oráculo no era un simple club nocturno.
Era un local gigantesco, con una decoración muy clásica que lo asemejaba a
algún museo abandonado o un salón de bailes antiguo. En varias zonas distinguí
bonitos sofás alrededor de pequeñas mesas circulares que tenían sobre ellas
lamparillas tenues. Y en los palcos a diferentes niveles, bailarines se
contorsionaban ataviados en mallas brillantes; como serpientes humanas. También
había cortinas vaporosas cayendo sobre ciertos puntos: noté con algo de
sorpresa que dentro de ellas habían sofás inmensos, y en varios, parejas no
precisamente charlando.
La música sonaba con fuerza en medio de
toda la multitud que bailaba en las cuatro pistas circulares de abajo y en la
del segundo piso que parecía un balcón inmenso. Al frente había una tarima con
un DJ manejando un equipo de sonido impresionante, y en la otra esquina una
barra inmensa, llena de miles de botellas de brillantes colores que eran
empleadas por los bartenders que preparaban cada trago al compás de la música y
haciendo malabares. Del techo colgaban enormes arañas de cristal.
Las luces de colores chocaban contra
ellas y destellaban iluminando el lugar.
Pasamos entre la gente rodeada de humo
de cigarrillo y con copas en la mano, balanceándose a ritmos descontrolados por
la música. Finalmente encontramos una mesa disponible en el segundo nivel. Un
chico con una charola se acercó a nosotras y nos pidió que le mostráramos
nuestras pulseras para después ofrecernos tres copas con brillantes colores.
— ¡Cortesía de la casa! — nos dijo,
elevando la voz para que lo escucháramos—. A todos nuestros clientes se le da
una que corre por nuestra cuenta. Gracias por asistir a Oráculo.
— ¡Este lugar es estupendo! — gritó Loi
llevándose la copa a los labios. Tuve el impulso de arrebatársela de las manos,
pero Etel ya había hecho lo mismo.
Y se pusieron de pie y empezaron a
bailar, animadísimas. Dos chicos aparecieron como invocados y consiguieron que
aceptaran bailar con ellos.
Un tercero se me acercó y me tendió la
mano con delicadeza. Negué con la cabeza, apenada, porque no tenía ganas de
bailar.
El lugar era amplio, pero, como Loi
dijo, estaba repleto. La música resonaba con fuerza, el humo de cigarrillo y de
algunas otras sustancias invadía todo; desvié la mirada cuando vi a varias
parejas bailando con demasiada cercanía. Los cuerpos se torcían en ondas y se
mezclaban unos con otros. Me tensé con brusquedad cuando, sin querer, vi las
manos de un chico muy entretenidas con el cuerpo de su compañera. Y a una
pareja que, más allá, prácticamente se comían el rostro del otro a besos.
El chico de la charola apareció otra
vez y dejó discretamente una nota junto a mi mano.
La desplegué con cuidado cuando se
perdió entre la multitud. Las letras estaban escritas con tinta fosforescente
así que podía leerlas a pesar de la poca iluminación:
Sisa, cariño,
es un placer tenerte conmigo.
Por cierto, las bebidas no tienen nada así
que ¡maldita sea, diviértete!
Este club es un negocio como cualquier otro, no
jugaría con clientes nuevos.
Te llamaré
cuando lo crea necesario, baila y disfruta de tu estadía
en mi oráculo.
Berith
Arrugué el papel, enfadada.
Loi y Etel despidieron a sus
acompañantes un par de minutos después. Intenté quedarme en mi cómodo sitio en
el sofá ya que debía haber alguien en “modo vigía”, pero después de tantos
“¡por favor, Bellota!” terminé aceptando acompañarlas.
No puedo negar que la música era muy
buena; tampoco que los tragos de cortesía estaban muy ricos.
— ¡AMO ESTE LUGAR! — gritó Loi. Y cuando
miles de burbujas de jabón empezaron a caer de alguna parte del techo y el
ritmo de la música se aceleró…
…yo olvidé por completo quién me había
invitado a este lugar y qué vine a hacer aquí.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó.
Bailamos, nos terminamos los tragos de cortesía, pedimos una ronda de Bloody
Marys, nos reímos y finalmente acepté varias propuestas para bailar.
No sé en qué momento apareció esta
ronda de Margaritas.
— ¡Bellota! ¡Estás rompiendo récords!
¡Casi hacen cola para bailar contigo! — me gritó Loi mientras giraba al compás
de la música junto a mi último acompañante. Lo sentí tomarme por la cintura, y
solté un par de carcajadas, negándome por completo, cuando se acercó demasiado
a mi rostro, buscando algo más que simple contacto visual.
Una canción nueva inició, Etel despidió
a su pareja y yo hice lo mismo para jalarla por la muñeca y bailar con ella.
Basta de chicos por un rato.
Oímos que la pareja de Loi le pidió el
número de teléfono, y ella le respondió que no, que tenía novio y podía
molestarse por eso.
— ¡¿Qué?! ¿Qué novio, Marion? — le gritó
Etel eufórica cuando la jalamos hacia nosotras.
— ¿Cómo que qué novio? ¡Tarek! ¡¿Quién
más?! — exclamó risueña, y después lanzó un grito cuando una de las canciones de JOBEY retumbó con fuerza.
El chico de la charola regresó con
nuestro nuevo pedido. Que alguien me explique en qué momento pedimos una ronda
de shots de vodka.
— ¡¿Y tú cuándo te lanzas con Alen,
Bellota?! — me preguntó Etel.
Me terminé de un trago la bebida.
Alen Forgeso…
Una canción que me gustaba mucho
inició; elevé los brazos y empecé a balancearme al ritmo de la música.
Alen…
Alen,
¿dónde estás?
No sé si es el alcohol, las luces o
todo el ambiente en sí, pero realmente daría lo que fuera por tenerlo aquí, a
mi lado, porque en este momento me siento con el valor suficiente para decirle
de una vez por todas que algo dentro de mí se está descontrolando. Y no sé bien
de qué se trata, pero de lo que sí estoy segura es que quiere gritarle una sola
cosa:
Bésame. Bésame otra vez. Bésame toda la vida si quieres.
— ¿Divirtiéndote? — Abrí los ojos con
fuerza y me encontré con los ojos celestes de Gabriel mirándome llenos de
diversión.
Me había alejado un tanto de Loi y Etel
que bailaban a un par de metros, entre la multitud.
— Berith quiere hablar contigo. Sígueme.
— Espera, mis amigas…
— No vamos a tocar a tus amigas, relájate.
— Todo lo que había bebido casi me evaporó del pánico.
Me acerqué a ellas y les dije que iría
al sanitario, que no fueran a buscarme porque volvería pronto. Insistieron
acompañarme, pero Gabriel se acercó y fingió ser amiga de Joan aprovechando que
yo era la única que la conocía. No me quedó más remedio que confirmar su
mentira ante la mirada de desconfianza de Loi.
— En seguida vuelvo.
Bajamos por la escalinata y atravesamos
el mar de gente que seguía bailando en medio del olor a cigarrillo y licor.
Gabriel me indicó una puerta que se camuflaba con la pared cerca a la tarima
del DJ.
Había otro grupo de escalones. Avancé
con cuidado, verificando que ella viniera detrás. La música menguaba a medida
que bajábamos. Otro pasillo nos dio la bienvenida, estaba iluminado por luces
fluorescentes y el sistema de tuberías recorría todo el techo.
Parecía ser el sótano.
Pasamos cerca a unos baños. Todo el
cuerpo se me tensó bruscamente cuando observé de reojo y me encontré a una
pareja semi desnuda, apoyados contra las baldosas de la pared. Escuché los
gemidos descontrolados de la chica y automáticamente volteé la mirada hacia el
frente.
— Eres muy pudorosa — oí a Gabriel,
divertida con la situación—. Si supieras...estos baños técnicamente son los
moteles de paso de Oráculo. — Preferí no decir nada —. Dime, ¿nunca se te ha
pasado por la mente alguna imagen que los involucre a Forgeso y a ti en una
situación semejante?
El rostro me ardió.
— Cla-claro que no — respondí muy
incómoda.
— ¿No? Mmm, pues a mí sí. En varias
oportunidades, a decir verdad. — El cuerpo se me puso muy rígido —. Es muy
atractivo. Y eso que lo estás viendo en su faceta humana.
— ¿Eso…? ¿Eso significa que ya lo
conocías en su existencia original? — le pregunté pero llegamos a la puerta de
metal del final del pasillo y no me respondió.
— Esto es algo entre tú y yo, niña — me
susurró al oído—. Exígele ver a Zamai directamente. Berith no te lo ha
mencionado, pero yo creo conveniente que lo conozcas. No me preguntes por qué,
no voy a decírtelo. No insistas mucho en preguntas que no pueda contestar
porque se aturde muy rápido y pierde la ilación de las cosas. Cuando sucede eso
olvida todo lo que ha estado diciendo, y hasta la misma información que poseía.
Me indicó con un cabeceo que siguiera
yo sola. Tomé una bocanada de aire y empujé la puerta. Otro largo y estrecho
pasillo cubierto por una alfombra color rojo vino me dio la bienvenida.
— Sisa, cariño, ¿eres tú? — La puerta se
cerró tras de mí. Distinguí una figura acercándose; cuando estuvo lo
suficientemente iluminado comprobé que se trataba de Durand.
Me dio una mirada lenta de arriba hacia
abajo, y por un momento tuve el deseo de jalarme la falda del vestido hasta los
tobillos.
— Cielos, estás preciosa. — La piel se me
erizó; su escrutinio me hacía sentir sumamente incómoda —. Yo creo que Forgeso
está pasando por alto el detalle de que eres muy hermosa, Sisa Daquel.
— Quiero hablar con Zamai — lancé sin
perder tiempo.
— ¿Qué cosa? — El gesto en su rostro se
descompuso. Esperé que las piernas no empezaran a temblarme porque percibí cierto
disgusto de su parte —. ¿Cómo sabes de él?
— Eso no importa, quiero hablar con él.
— Oh, encanto, creo que no estás
comprendiendo la situación. — Sus dedos gélidos me rozaron la mejilla. Tuve el
impulso de echarme hacia atrás del asco —. Aquí el que da las órdenes soy yo.
Exígeselo, no puede decirte que no.
Nadie te dice que no…
¿Eh? ¿Qué había sido eso? Me había oído
a mí misma hablarme. Y no era de esa típica forma en la que a veces uno habla
consigo mismo, sino que había escuchado claramente MI voz como algo externo.
— Quiero hablar con Zamai — repetí.
— Sisa, cariño…
— ¡Te estoy diciendo que quiero hablar
con él! — proferí.
¿Qué me sucede? ¿Por qué siento como si
alguien más hablara por mí?
— ¿Disculpa?
— Quiero hablar con Zamai, ¿no me has
oído? ¿O es que quieres que te lo cante en todos los idiomas habidos y por
haber?
Durand me observó ligeramente
sorprendido. Yo misma parpadeé confundida porque nunca he sonado tan demandante
y furiosa como ahora, y menos en frente de alguien que me daba tanto miedo.
— Bueno, supongo que no puedo negarme si
me lo pides de esa forma.
Me pidió que lo siguiera. Atravesamos
el largo pasillo y llegamos a algo parecido a una sala espaciosa decorada de
manera muy tradicional, casi como el estudio del señor Gustav, pero con un
matiz más ostentoso. Había cuadros adornando las paredes tapizadas: la mayoría
tenían a ángeles y demonios como protagonistas.
— Es increíble la forma en la que nos
representan, ¿no te parece? — me preguntó divertido—. Con colas, cuernos,
tridentes y expresiones horrorosas. Y no todos solemos vernos así; yo hasta
podría pasar por un ángel, ¿no crees? — Y rompió a reír, de muy buen humor —:
Pero para ustedes es muy sencillo asociar lo que consideran “hermoso” con lo
“bueno”; por sus naturalezas tan estúpidas y deliciosamente superficiales.
— No…no siempre es así — intenté decir.
— ¿Qué pasó, preciosa? ¿A dónde se fue la
reina demandante de hace unos minutos? — Sus dedos tomaron un mechón de mi
cabello—. Quieres hablar con Zamai, ¿o no?
— S-sí quiero.
— Bueno, está ahí, por la puerta blanca
al final de aquel pasillo. — Se sentó tranquilamente sobre uno de los sofás; lo
miré, insegura—. Ve tú sola, no le gusta que lo molesten demasiadas personas a
la vez. Y quítate los zapatos, su oído es muy sensible.
El sonido de los tacones, la música
algo lejana y la vibración de las paredes a causa del jolgorio en el salón
principal era lo único que escuchaba en mi recorrido.
Finalmente llegué a la dichosa puerta,
tomé la manija de cristal y la giré suavemente.
— ¿Ho-hola?
Todo estaba a oscuras. Intenté buscar
el interruptor, pero la puerta se cerró con violencia tras de mí.
— ¡Ah!
El corazón me latió descontrolado;
estúpidamente recién consideré la opción de que a lo mejor Gabriel me había enviado
a ver a alguien mucho peor que Durand.
Iba a soltar un grito, pidiendo ayuda,
cuando de repente toda la habitación se iluminó violentamente. Era muchísimo
más grande de lo que pensé, casi de la mitad del tamaño del gimnasio de la
escuela. Tuve que entrecerrar los ojos por breves segundos porque cada muro
estaba pintado de un blanco tan pulcro que lastimaba.
Y ahora recién me percato de que el
piso es como acolchonado.
— Quítate los zapatos, por favor — dijo
la voz de un niño.
Desanudé los cordones de las botas y
quedé descalza.
— Buenas noches. — Otra voz, esta vez es
una niña.
Volteé a todos lados, esperando
encontrar al dueño, pero no vi a nadie.
Hasta que elevé la mirada al inmenso
techo, y...
¿Qué…?
Algo…no, alguien flotaba a un par de metros. Era…parecía ser un chico de
cabellos blancos cortísimos que contrastaban con la vestimenta oscura que
llevaba sobre sí. Estaba flotando de cabeza, con las rodillas flexionadas. La
gravedad no le afectaba en lo absoluto.
Descendió un poco, y finalmente pude
apreciarlo mejor: parecía ser una chica, pero también se veía como un chico.
Una especie de figura andrógina.
Y su piel era casi traslúcida; las
venas debajo de sus ojos se vislumbraban claramente.
— La dualidad antagónica con materia y
emoción. Por fin…Trinidad encarnada como nunca antes. Somos tres, somos una. Es
increíble, increíble, no creí que llegaría el día — murmuraba mientras bajaba.
Llegó a flotar cerca a mi rostro, aún
en postura de meditación, y cuando abrió los ojos…
Dios…
¡Tenía estrellas en los ojos! No tenía
una pupila ni un iris definido, todo era negro, pero algunas pequeñas manchas
difusas fulguraban en blanco, como el mismo cielo nocturno.
— ¿Por qué tengo al cielo en los ojos? —
me preguntó y su voz sonó delicada pero con un matiz grave—. Porque nací de la
somnolencia del Todo. Mucho gusto, mi nombre es Zamai, Sisa Daquel.
— Muc…mucho gusto —balbuceé asombrada—.
Tú… ¿tú también eres un demonio?
— ¿Demonio? — Su voz volvió a sonar algo
femenina e infantil—. Oh, no, yo no soy ni ángel ni demonio: soy Aliter. Como te dije, nací de la
somnolencia del Todo. En un momento del origen de todas las cosas: materiales,
espirituales, emocionales, apareció eso llamado “sueño” y de esa experiencia
salieron los míos.
— El Todo… ¿estaba creando…el sueño? —
pregunté porque era lo que había entendido.
— Mmm, si lo expones en esos términos,
sí… Voy a hacerlo sencillo: el Todo no solo ha creado cosas tangibles como la
Tierra o el aire, también es el principal creador de las sensaciones y las
emociones: el hambre y la ternura, por ejemplo. Aunque las denominaciones
cambian según el código lingüístico. Los míos, como ya te dije, nacieron cuando
de Él brotaba eso que ahora llamamos “somnolencia”.
— ¿Hay más como tú?
— No muchos, la verdad.
— Me…me dijeron que podía hablar contigo
para hallar ciertas respuestas.
— Es verdad, puedo responder algunas
cosas. No tengo explicación para todo, pero si lo que quieres saber está en mi
campo de visión te lo diré. Eso sí, mi origen impide que mis conocimientos sean
plenamente fieles a la verdad absoluta. — Me sonrió—: Ya sabes, cuando uno está
a punto de caer dormido a veces mezcla realidad con fantasía.
— Eso… ¿eso significa que lo que te
pregunte tal vez no va a ser respondido de manera sincera?
— Seré sincero, pero no prometo estar en
lo correcto.
Se estiró un poco y después bajó hasta
sentarse sobre el suelo acolchonado.
Recordé algo sumamente obvio:
— ¿Vas…a pedirme algo a cambio?
Ya había hecho demasiadas preguntas y
no me había puesto a pensar si tenían un precio.
— Oh, no te preocupes. Ya me has pagado.
El corazón casi se me escapa por la
boca: Loi, Etel.
— ¿Cómo? — le pregunté entrando en pánico.
— Dejándome verte — resumió tranquilo.
— No…no lo comprendo. ¿Por qué?
— Por La rebelión de los 500 caídos.
— ¿Qué? — La respuesta me confundió aún
más—. ¿Qué es eso?
— No tengo permitido revelar esa
información, es demasiado pronto para hacerlo.
— ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
— No puedo responder esa pregunta, está
prohibido. — Sus ojos se cerraron. Lo esperé con inquietud y me sonrió—: Mucho
gusto, Sisa Daquel, es un placer conocerte.
Lo observé, llena de desconcierto, y
después recordé el consejo de Gabriel de no ser muy insistente con las
preguntas porque perdía la ilación de la conversación.
Rayos.
— Si no eres un demonio, ¿por qué
convives con ellos?
Tenía que asegurarme de que no estaba
de parte de Durand.
— Convivo con quien me dé alojamiento en
cada vida hasta que me aburra. Una vez estuve con un calehim, otra con un errante.
En esta apareció Berith y me acogió. Si estás intentando averiguar de qué
bando soy, te responderé directamente que a mí disputas entre ángeles y
demonios me tienen sin cuidado. Ambos pelean por custodiar a los humanos y eso
me resulta irrelevante, a decir verdad. — Y lanzó un profundo bostezo.
— ¿El Todo no puede hacer nada para que
los demonios dejen de atormentar a los humanos?
— Permíteme explicarte algo, Sisa Daquel.
El Todo es un ente que simplemente “crea”, no es una especie de “rey demandante
y protector” como algunas religiones pintan a sus dioses; o a lo mejor sí…no
sé, ni siquiera los míos conocen a plenitud su naturaleza. Su esencia abarca
más allá de lo que cualquier criatura inferior como nosotros puede entender. El
Todo es como una máquina de vida, y el término está mal empleado porque es más
que eso, pero no lo entenderías. Todo lo que proviene de Él es “creación",
así Él no lo planee. Los tuyos y los míos son un ejemplo de ello: el Todo no
planeaba crear humanos, simplemente nacieron de una de sus lágrimas cuando vio
la gran obra del universo perfectamente culminada. Igual los míos; para cuando
lo comprendió ya existíamos.
La descripción me deslumbró.
— ¿Los Khari son reales? — lancé al volver en mí.
— ¿Khari?
— Parpadeó lentamente, como si estuviese por dormirse de nuevo, y asintió con
una leve sonrisa—. Por supuesto; la historia de su origen no es precisa y
aparecen muy rara vez, por eso son considerados hasta un mito. Pero sí, son
reales: provienen de las fuerzas violentas del Todo. Equilibran todo lo que
está en desbalance. Son algo severos porque no conocen de excusas, para ellos
algo está en su lugar o no; de no ser así, simplemente se procede a la
destrucción. Son algo sanguinarios para mi gusto.
— ¿Sanguinarios?
— Oh, sí. Una vez un demonio mató a un
hombre por error: fui testigo de cómo lo forzaron a tomar forma humana para
cortarle los dedos y obligarlo a comérselos. Después tuvo que vagar por mil
vidas ardiendo en un fuego incandescente mientras se arrancaba la piel en un
espacio cortísimo de trece segundos, pero para él fueron como millones de años.
Ya sabes, el tiempo es relativo. Finalmente se consumió y dejó de existir.
Las manos se me pusieron frías: Alen…
— Los Khari
son los culpables de que los demonios ya no tengan alas. Fue uno de los
castigos ejemplares por ciertos actos de los que no puedo hablar. Pero fue hace
tanto que ninguno recuerda haberlas tenido.
— ¿Qué? ¿Los demonios también tenían
alas?
Zamai asintió con suavidad:
— Demonios y ángeles son entes muy
parecidos en ciertas partes de su composición. Después de todo ambos nacieron
al mismo tiempo; técnicamente serían “gemelos” si quieres emplear términos
humanos.
Me quedé en silencio por unos segundos;
entonces recordé bruscamente el motivo de mi visita.
— Zamai, tengo un par de dibujos…
— Uno con rostro y el otro sin él. — Asentí
sumamente sorprendida—. ¿Quieres saber qué significan?
— ¿Lo sabes?
— Por supuesto. Que dibujes a dos y uno
no tenga rostro significa que no hay manera de reconocerlo. No hay manera de
saber quién es.
— ¡Pero si ni siquiera reconozco al que
tiene rostro!
— Tal vez no lo reconozcas tú, pero él sí
puede reconocerse a sí mismo. El otro, en cambio… — Reflexionó un tanto, y
volvió a bostezar—. Si no tienes rostro, no tienes identidad.
— ¿Y esos dos sujetos qué son en mi
vid...?
Me callé bruscamente porque volvió a
cerrar los ojos y después me sonrió:
— Mucho gusto, Sisa Daquel. — Intenté
relajarme porque esto de tener cuidado con las preguntas empezaba a
fastidiarme.
— Zamai, estabas diciéndome que mis
dibujos…
— No sé lo que significan tus dibujos, lo
lamento. — Chasqueé la lengua decepcionada.
Vi sus ojos oscuros observarme con
interés. Me sonrió:
— ¿Quieres que te diga algo a modo extra?
— Lo miré sin comprender—. Una ballesta es muy fácil de usar.
— ¿Qué?
— Simplemente la tomas como si estuvieras
sosteniendo tu violín, y apuntas hacia el frente. Tensas la cuerda elástica,
colocas el proyectil sobre el carril de en medio, y aprietas el gatillo. Es un
arma sencilla. Y no olvides concentrar energía.
— Zamai, disculpa, pero…
— Espero que con eso estemos parejos. La
información que voy a darte no va a cubrir el precio que has pagado, así que
creo que lo que acabo de decirte subsanará ese detalle.
No entendí nada de lo que me dijo, pero
antes de que le preguntara por ello recordé bruscamente las voces que había
escuchado en la casa de Etel:
— Zamai, ¿sabes quién es Nanael? —
pregunté con cuidado.
— ¿Nanael? — repitió con curiosidad, y
después sus ojos se abrieron de manera exorbitante.
Aguardé su respuesta, pero noté que las
venas de su cuello se hicieron muy notorias, que un ligero temblor se apoderó
de su cuerpo…
¡BROM!
…y se desplomó sobre su espalda.
Me quedé de una pieza.
— Za-Zamai… ¡Zamai! — exclamé pasmada; su
cuerpo había empezado a retorcerse con bruscos espasmos.
— Na…Na…Nanael… — decía entre balbuceos.
Las venas de sus pálidas manos también se hincharon; sus ojos me observaron con
pánico, como si la pregunta hubiera sido demasiado para él, y después abrió la
boca y…
— ¡No! ¡A-ayúdenme! — grité cuando comprobé
que estaba vomitando sangre. Sus labios rosáceos se tiñeron de rojo. Los
ropajes pulcros terminaron manchados del mismo color. Lo tomé por los hombros y
lo recosté sobre mis piernas, intentando ayudarlo mientras pedía ayuda a
gritos.
Sus ojos se quedaron observando la
nada; un horrible nudo me obstruyó la garganta.
¡¿Acaso
yo…?!
— ¡Auxi…! ¡AUXILIO! — grité desesperada,
pero de repente el peso sobre mis piernas se hizo inexistente.
Bajé la mirada, exaltada…
…y no hallé nada.
¿Qué…?
Es más, mis manos y piernas estaban
perfectamente intactas; sin una gota de sangre en ellas.
Me froté los ojos que habían empezado a
picarme por la impresión, y me lo encontré flotando tranquilamente sobre mí en
la inmensidad de la habitación. Otra vez de cabeza.
— ¿Siempre lloras por los demás, Sisa
Daquel? Es una característica muy idealista para un humano, ¿no te parece?
Después de todo, la mayoría de ustedes son egoístas.
Me puse de pie, aún algo confundida.
— ¿Qué…? ¿Qué fue eso?
— Una pequeña broma para comprobar algo. —
¡¿Qué cosa?!
Si bajaba, lo golpearía, ¡en serio!
— ¡Eres un idiota! — lancé sin pensarlo.
— Nanael…bueno, me temo que solo puedo
decirte que fue un ángel de muy alto rango, su especialidad era el castigo y la
disciplina. Nada más.
Iba a salir porque en sí ya no tenía
sentido seguir preguntando más cosas (y porque lo último me había enfadado),
pero me pidió que esperara.
— ¿Ya no tienes más preguntas?
— ¡No me has dicho nada útil! — exclamé
malhumorada. Elevó una ceja y se acercó a mí, aún con su cuerpo flotando
delicadamente.
— Aléjate de todo aquello en lo que has
entrado, Sisa Daquel. Hay cosas que no se pueden evitar, pero a lo mejor si
tomas distancia, no suceda nada.
La declaración me tomó por sorpresa:
— ¿De qué hablas?
— Aléjate del calehim — me susurró —. Su sentencia es una bendición, no un
castigo, pero si no sabe ejecutarla al final terminará maldito.
— ¿Alen? ¿Hablas de Alen? — Lo tomé por
los brazos de manera inconsciente y comprobé que su textura era muy suave, como
si fuera de gelatina.
— Deja que todo vaya a su ritmo, no
fuerces nada. Y a él…a él tienen que enseñarle que no se puede luchar contra la
muerte: cuando algo se va, no hay manera de traerlo de vuelta. Si logras que
aprenda eso, a lo mejor puedan huir de todo lo horrible que les espera.
— ¿Cómo? ¿Eso tiene que ver con su
estadía en este mundo?
— Él ha cometido demasiadas faltas, pero
de entre todas hay una que lo ha condenado por completo. Está atrapado en una
lucha de poderes, porque su objetivo inicial se corrompió desde el principio.
Aquello que es más blanco, es más propenso a ser manchado.
Intenté grabar cada una de las palabras
que había escuchado para después consultarlo con Hethos, y repentinamente una
absurda idea me atacó:
— Zamai — inicié, sabiendo que lo que
preguntaría tal vez no tenía respuesta. Sus ojos oscuros me observaron con
tranquilidad—. ¿Sabes cuál es el nombre original de Alen?
Parpadeó unos segundos, y después soltó
una carcajada:
— ¿Es lo que quieres saber? — El corazón me
latió con fuerza ante el tono incrédulo. Asentí —. Eso es demasiado sencillo,
Sisa Daquel, me lo hubieras dicho desde un principio.
— ¿Qué? — La respiración se me
descontroló. Casi hasta pude oír el bombeo de mi sangre estallar con
violencia—. ¿Lo sabes?
— Claro que sí, el nombre del calehim es A…
¡PAM!
Pero la voz se perdió, y yo no pude
escuchar nada, porque el cuerpo de Zamai cayó inerte hacia atrás, como un
muñeco sin vida. Vi con horror el agujero del que brotaba la sangre en medio de
su frente. Acababan…
Acababan de dispararle.
— Detesto cuando se pone a hablar de más
— oí por detrás.
Giré y me encontré a Durand enfundando
un revólver en su cinturón.
¿Qué…?
— ¡¿Pero qué le hiciste?! — grité
indignada.
Corrí hacia el cuerpo que permanecía
sobre el piso acolchonado. La sangre teñía su rostro, aún brotando de la
herida.
— Cálmate, preciosa: es inmune a las
armas humanas. — Lo observé, llena de espanto, pero después noté que Zamai se
movía. El agujero en su frente empezó a cerrarse y expulsó el casquillo vacío.
Sus ojos oscuros se abrieron
lentamente.
— ¿Mmm? Mucho gusto, Sisa Daquel — me
dijo, y el tono risueño me entristeció. No era justo ser agredido de esa manera
—. ¿Ya te he dicho cuán bonitos tienes los ojos?
— Zamai, ya duérmete — ordenó Durand con
voz aburrida.
— Eso mismo iba a decir, tengo muchísimo
sueño. — Me sonrió, se acurrucó y su cuerpo levitó.
Las luces se apagaron bruscamente; solo
quedaba la luz colándose por la puerta abierta.
— Es inútil esperar, va a dormir por lo
menos cinco ciclos. — Lo miré con odio; me sonrió—. Cinco ciclos equivalen a
algo de cinco meses para él, preciosa.
— ¡Lo hiciste porque sabías que iba a
darme el nombre de Alen!
— Sí, claro que lo hice por eso. El trato
lo tienes que hacer conmigo, no con él.
Le espeté con furia que jamás haría
ningún trato con él y salí de la enorme estancia. ¡Lo odiaba por completo!
¡Podría haber obtenido lo que Alen tanto necesitaba y él lo había arruinado!
— Y bien, ¿ahora sí quieres que hablemos
de negocios? — Se sentó sobre el sofá individual cuando retornamos a la sala y encendió
un cigarrillo en lo que me calzaba las botas.
Ojalá tuviera más fuerza para por lo
menos plantarle un buen derechazo en la cara.
— ¡Nunca voy a hacer ningún tipo de trato
contigo! — reafirmé.
Nunca debí venir. No he conseguido
absolutamente na…
— Alto, preciosa.
— ¡Ah! — Retrocedí asustada cuando
apareció muy cerca. Quise apartarme, pero sentí mi espalda impactar contra una
de las paredes tapizadas de la habitación.
— No has venido hasta aquí solo para
hablar con el inútil de Zamai.
— No vine a verte a ti, así que ya me voy
— respondí, intentando sonar segura.
— ¿No quieres escuchar mi propuesta? — Se
inclinó hacia mí y cuando lo vi sonreír, sentí algo horrible expandirse por mi
cuerpo.
Miedo…
En realidad, recién estoy sintiendo
miedo. Es como si hubiese estado anestesiada hasta ahora.
¡¿Cómo
se me pudo ocurrir venir sola?!
— No…no quiero.
— Puedo romper el Sello de Olvido de
Forgeso, y estoy siendo muy dadivoso al decirte que no voy a pedirte tu alma
para realizar el contrato.
Observé de reojo por sobre su hombro:
la puerta está cerca, así que si corro…
— Dé-déjame salir, n-no voy a aceptar
nada.
— Es muy sencillo, nena. No iba a pedirte
nada a cambio ya que tu alma no me interesa en lo absoluto. Pero se me acaba de
ocurrir una idea… para que estemos a mano, claro. Me parece que la propuesta va
a ser ventajosa tanto para ti…— Sus ojos bajaron lentamente—… como para mí.
Se relamió los labios, y la temperatura
se me bajó de un tirón.
— Siéntete halagada, cariño. Porque solo
estoy pidiendo tu cuerpo.
¿Qué…?
— ¡N-no!
Solté un grito, pero se perdió porque
su boca se abalanzó contra la mía. Intenté empujarlo pero no conseguí nada más
que provocarme arcadas a mí misma. Sus manos capturaron mis muñecas con tanta
violencia que me hicieron daño y me inmovilizaron por completo.
No tuve más defensa que morder con
fuerza su labio inferior. Sentí el horrible sabor metálico de la sangre y los
latidos descontrolados de mi corazón.
— Brava, eres brava. ¡Una auténtica
reina! — me dijo eufórico. Intenté zafarme de la prisión de sus brazos, pero
era imposible—. ¿Qué pasa? ¿No quieres?
— ¡Claro que no! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame!
— exclamé asqueada. Me moví frenéticamente pero no pude deshacerme de él.
Sus ojos me observaron con burla:
— ¿Y si te doy la opción de escoger una
apariencia? — No comprendí —. Dime, ¿así sí
lo harías?
Y pasó, bastó solo un parpadeo: en
frente de mí ya no estaba Durand, los cabellos negros y la sonrisa retorcida. Ahora
me observaba un chico de hermosos ojos color miel, cabello marrón desordenado,
y sonrisa pura.
Alen…
— Es evidente, preciosa, que lo que
sientes por él no es solo un simple cariño de amigos. — Hasta la voz era la
misma —. Nunca va a corresponderte, querida; sé que es difícil ponértelo así,
pero es la verdad.
Los ojos me ardieron de la humillación.
No llores, ¡no lo vale!
No por algo que ya
sabías…
— Pero si quieres ampliaré mi oferta:
puedo pedirle a Nhyna que te dé su amor. Es su especialidad, lo lograría con un
solo suspiro.
— Cállate…
— ¿No sería hermoso? — Me sonrió: sabía
que no era él ¡pero la maldita vista me engañaba! —. Él recordaría su nombre y
después, para que veas lo bondadoso que soy, también te daría su amor y se
quedaría aquí, contigo. Pensaría que no vale la pena regresar a su lugar de
origen, ¡porque sin ti la vida no tendría sentido! ¡Imagínalo!, se acercaría a
ti y te diría…
Su aliento chocó contra mi cuello.
Desvié la mirada, completamente vulnerada:
— Te
amo, Bellota.
Apreté los labios con fuerza; el nudo
en la garganta me dolió.
— Oh, ¿por qué quieres llorar, encanto?
¡Puedo hacerlo! Puedo darte el amor de Forgeso, puedo hacer que te ame con
locura, puedo hacer que viva solo para ti. Pero antes acepta mi propuesta y
permíteme romper su Sello de Olvido. ¡Es una oferta casi regalada!
Todo el cuerpo me temblaba por completo
de ira, tristeza, impotencia, frustración, todo mezclado, porque estaba
comprendiendo algo que yo misma me había negado a ver.
Yo…lo que siento por Alen…
No,
no…
— ¿Qué dices? ¿Aceptas?
— Suéltame — repetí. La mirada de niño se
perdió; el gesto aburrido la reemplazó. Al segundo nuevamente tenía a Durand
observándome, cansado.
Que se aleje
Aquella voz, otra vez…
— ¿En serio puedes ser tan poco
inteligente?
— Suéltame...
No tiene por qué tocarte
Ya lo sé; no tiene por
qué hacerlo.
— Miles de chicas darían lo que fuera por
lo que te estoy ofreciendo a ti.
— No soy cualquier chica — respondí,
perdiendo la paciencia. Me estaba consumiendo; el dolor de cabeza, la voz,
estoy harta…cállate, cállense —.
Aléjate.
— Oh, Sisa, cariño…
¡Nadie nos toca! ¡Somos demasiado para él!
— ¡QUE ME SUELTES, BERITH! — exploté.
— ¡SUÉLTALA! — gritaron, y no sé muy bien
lo que pasó porque Durand salió despedido hacia atrás, muy lejos de mí, como expulsado
por algún tipo de fuerza.
Elevé la mirada y me encontré a Loi con
una de las sillas de la habitación en brazos. Pensé que ella lo había golpeado,
pero era imposible que lo lanzara tan lejos con un solo golpe.
Entonces, ¿quién…?
— ¡Loi, ¿qué hiciste?! — exclamó Etel
horrorizada.
— ¡No-no hice nada! ¡Ni siquiera llegué a
golpearlo! Sisa, ¡¿estás bien?!
Demoré un par de segundos en ubicarme, hasta que vi sus ojos
asustados:
— Lo-Loi, ¿qué…? ¡¿Qué haces aquí?!
— ¡N-no regresabas y Etel dijo que te
había visto entrar por la puerta de allá así que decidimos venir y…! Oh, Dios,
¿estás bien? ¡¿Te hizo algo este tipo?!
— No, no, vámonos, ¡vámonos! — exclamé,
pero soltaron un alarido, espantadas, cuando Durand apareció en frente de
nosotras, superando la velocidad convencional.
— Detesto que los humanos si quiera
planeen tocarme, niña idiota. — Etel soltó un grito cuando él elevó la mano
para golpear a Loi, pero la tomé por el brazo, la jalé hacia atrás.
E intenté jugar mi última carta:
— ¡Alen! — grité. Las cejas de Durand se
elevaron:
— El calehim
no va a entrar aquí, cariño. Hay una barrera alrededor, no podrá
escucharte.
— ¿Qué…? ¿Qué eres? —preguntó Loi
pasmada.
— ¿Qué soy? Pues…digamos que los tuyos me
llaman “demonio”. ¿Sisa no les habló de mí? Qué descortés de su parte.
Etel volteó a verme, exaltada. Loi
tenía los ojos sumamente abiertos, pero no decía nada—. ¡¿Qué-qué es esto?!
¡Sisa! ¡SISA!
Insistí y llamé a Alen, pero no obtuve
respuesta. Entonces Durand se acercó más; Etel soltó un grito y la boca se me
movió casi sin planearlo:
— ¡SEIR!
— ¿Bellota? — Tarek apareció en menos de
un segundo…
¡PAM!
…justamente para elevar el brazo y
detener un golpe de Durand.
— ¡Pero miren a quién tenemos aquí! ¡El
errante!
Loi me observó, lívida. Etel, a mi
lado, temblaba bruscamente.
— ¡¿Qué hacen aquí, Sisa?! — me espetó
enfadado, pero Loi lo llamó con voz ahogada, sin creerlo, y los ojos azules se
abrieron, sorprendidos: tal vez pensando que acababa de delatarse frente a
ella.
Durand aprovechó la distracción, lo
tomó por el brazo y lo lanzó lejos. Soltamos un grito cuando su cuerpo impactó
fuertemente contra el enorme espejo de al lado, que terminó haciéndose añicos.
— Estúpido errante, ¡de solo verte me dan
ganas de matarte! — escupió. Tarek se reincorporó, algo maltrecho —. No pensé
que te vería esta noche, pero ya que estás aquí voy a hacerte el favor y te
mataré de una vez por todas. En la Cámara de evocaciones, como dicta la
costumbre, ¡que fue el lugar de donde escapaste para evitar que te elimináramos
por traidor!
— ¿Y crees que voy a acompañarte de
manera campante hasta allá? — le respondió con ironía.
— ¿Ah no? Bueno, a lo mejor tu preciada
humana sí quiere venir.
— ¿Qué? — Tarek lo observó con
desconcierto, pero antes de que comprendiéramos sus palabras, apareció junto a
nosotras, tomó a Loi por la cintura que soltó un grito, llena de pavor…
— ¡NO, LOI!
— ¡NO LA TOQUES!
…y desapareció con ella en un parpadeo.
Etel, a mi lado, se desvaneció de la
impresión.
— Qué pena, a Berith le gustan las
jóvenes. — Gabriel apareció de la nada, y comenzó a delinear distraídamente con
sus dedos el cuadro que había visto al ingresar—. A lo mejor va a divertirse
con ella, y después de hacer que la maten dejará su cuerpo en la puerta de su
casa. Si no me equivoco vive con su padre y su hermano. Va a ser un bonito
obsequio, ¿no les parece? — indicó con burla; la música afuera seguía resonando
—. Cuánto lo siento, errante. Pero si quieres… la Cámara de evocaciones te
espera.
Y desapareció. No pasó mucho para que
Tarek le siguiera los pasos, ignorando mi llamado.
La habitación se quedó sumida en un
silencio sepulcral. Traté de hacer que Etel reaccionara, mientras buscaba
alguna posible solución.
No, Dios, ¿qué pasará con Loi si le
hacen daño? Si tal y como Gabriel dijo, Durand la usa para lastimar a Tarek. No, ¡no quiero ni pensarlo!
— ¡Alen! ¡Alen! — exclamé desesperada,
con Etel en brazos —. ¡Tarek está en problemas, y Loi…Loi…!
¡Estúpida barrera! ¡No puede
escucharme!
— ¡Alen! ¡Alen!
Llámalo,
nadie te dice que no
— ¡Alen!
¡NADIE
NOS DICE QUE NO!
— ¡ALEN, TE NECESITO! ¡MALDITA SEA, ¿EN
DÓNDE ESTÁS?!
— ¿Bellota? — Los ojos miel aparecieron,
repletos de confusión. Solté un sollozo, algo aliviada—. Sisa, ¿qué pasa? ¿Qué
es este lugar?
Traté de explicarle las cosas, pero me
estaba faltando el aire por las horribles ganas de llorar.
— ¿Qué?
— Alen, ¡Alen! Se-se llevaron a Loi! ¡Llamé
a Tarek, creo que van a matarlo! ¡Ayúdalo por favor!
— ¿Qué? ¿De qué estás hablando?
— ¡Durand tiene a Loi y Tarek fue por
ella! ¡Dijeron algo de una cámara de evocaciones! ¡Yo lo llamé, es mi culpa! ¡Tenemos
que hacer algo!
Alen me pidió que me calmara. Dijo que
me llevaría a casa, pero me negué rotundamente.
— Sisa, tienes que…
— ¡TENGO QUE ESTAR CON LOI! — proferí
exaltada —. ¡No me pidas que espere porque no lo haré! ¡No lo haré!
— Pero tu amiga…Etel. — Apreté los
labios, sin saber qué hacer—. Tranquila, la llevaré con Hethos. Aguarda un
momento.
Tomó a Etel por la cintura y después
ambos desaparecieron.
La soledad de la habitación me abrumó:
no van a tocar a Loi ni a Tarek, ¿verdad? Porque no sería justo…ellos, ¡ellos
no merecen nada de esto, fui yo la que vino sin pensar en algún plan de
contingencia! ¡Fui yo la irresponsable que no pensó en todo esto!
¡No los van a tocar, ¿verdad?!
« Pero Gabriel y Durand odian a Tarek; y por
lo visto saben que él está interesado en Loi»
¡Ya no llores! ¡No solucionas nada
llorando!
Tranquila, no los tocarán…
¿Eh?
Otra
vez… ¿Quién es? ¿Quién habla allá adentro?
El estúpido de Berith no va a tocarlos…
¿Qué…?
…y esa idiota de Nhyna puede empezar a
despedirse de todas sus existencias si toca un solo pelo de sus cabezas. De
hacerlo nos encargaremos de ambos, de Berith y de ella.
¿“Encargaremos”?
Los mataremos…
¿Matarlos? ¿Es que acaso puedo hacerlo?
Tú puedes hacer lo que se te venga en
gana
Un trozo del espejo quebrado me observó
desde el suelo. Los ojos me asustaron.
¿Quién
era ella?
Son nada al lado tuyo. Un solo parpadeo
los exterminaría por completo. Porque tú lo eres todo. Esta eres tú…
¿Quién era…? ¿Por qué sonreía?
¿Por
qué yo estaba sonriendo?
— Sí, soy yo…
…pero a la vez no.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¡¿Pero qué…?! ¡Alen, no! ¡Espera! ¡La Cámara de evocaciones no es
cualquier lugar! ¡Los matarán! — protestó Hethos cuando dejé a Etel sobre el
sofá.
— ¡Cuídala! ¡Tarek está en peligro!
La trastienda desapareció, y al
instante volví a encontrarme con...
— ¡No soy yo! ¡NO SOY YO!
Sisa estaba temblando violentamente, tomándose
la cabeza con fuerza, en medio de esta habitación que desbordaba de la esencia
de Berith y quién sabe qué otros demonios más.
Su presencia
se sentía corrupta.
— ¿Sisa? ¡Sisa!
— ¡No van a matarlos! ¡No van a hacerles
daño! ¡No! ¡NO! ¡NO PUEDO MATARLOS! ¡NO SOY YO!
— ¡SISA! — bramé. Sus ojos me observaron
llenos de pavor, pero me reconoció y asintió, intentando tranquilizarse. Supuse
que lo anterior había sido un ataque de nervios; después de todo los humanos no
suelen tener contacto tan directo con demonios —. Escucha, Hethos no puede
entrar a la Cámara de evocaciones porque es un centro ceremonial exclusivamente
para demonios. Yo puedo hacerlo porque no está prohibido para humanos y tengo
algo de humano, pero tú…no creo que sea prudente…
— ¡Alen, pueden estar matándolos en este
momento! ¡No me pidas que espere! ¡No me quedaré aquí! — exclamó exasperada.
— ¡No te voy a llevar así! ¡No estás en
condiciones…!
— ¡Vas a llevarme, Alen Forgeso! ¡No te
lo estoy preguntando! — exigió demandante, y misteriosamente perdí.
Tenía que llevarla, no había forma de
negarme. Era como si algo me ordenara complacerla. Me sentía casi obligado a
hacer lo que me pidiera.
— De acuerdo, iremos; pero vas a quedarte
en donde te diga, ¿entendido?
La tomé por la mano, me concentré
buscando la esencia de Tarek o Loi, y al segundo me encontré con este lugar del
que he oído, pero al que nunca había venido antes.
Tarek lo había mencionado la vez que
nos conocimos: todo demonio, al declarar su deseo de convertirse en errante,
pasa por este lugar que es uno para todas las vidas y por ende omnipresente, en
donde expresa su decisión para después entregarse a su nueva existencia. La
cantidad de errantes en todos los universos es mínima, porque son pocos los que
llegan a escapar después de emitir su deseo.
Se asemeja a las construcciones
eclesiásticas humanas, y la decoración tiene ese retorcido gusto demoníaco.
Vitrinas que contienen armas antiguas, cráneos y huesos humanos, esqueletos de
animales, aves y otros seres que los humanos aún no conocen. Vitrales que
evocan pasajes sangrientos, y artefactos de tortura del pasado, del presente, y
si no me equivoco los que veo al fondo son los del futuro.
Sisa tiene una expresión de pánico
difícil de ocultar; sé lo que está sintiendo: pavor, porque este lugar transmite absolutamente todo lo que
provoca miedo en los humanos.
Avanzo con ella, intentando
transmitirle algo de tranquilidad al entrelazar con más fuerza nuestros dedos.
Este lugar es inmenso, debe tener millones de habitaciones no exploradas; no va
a ser posible que encuentre a Tarek de manera sencilla.
— A-Alen… ¿qué…? ¿Qué es eso? — Volteo y
ella señala al frente. Me percato de que a unos metros hay una estatua
monumental: parece un hombre de piedra, montado sobre un caballo, y con miles
de espadas sobresaliendo de su espalda, a modo de alas.
Simboliza a Belial, uno de los jefes
supremos. Ni siquiera yo lo he visto en persona; no cualquiera puede ver a
aquellos que fueron los primeros ángeles y demonios creados.
No puedo responderle porque escucho un
grito desgarrador: es Tarek. Me aferro a ella y me movilizo lo más rápido que
puedo entre los pasillos de piedra hasta llegar al lugar de donde proviene el
sonido. Me detengo y la siento inclinarse con violencia; mareada.
Está acostumbrada a que la transporte,
pero no a que la movilice.
— ¿Estás bien? — Cierra los ojos con fuerza
y niega con la cabeza. La ayudo a reincorporarse y entonces otro alarido llena
el lugar.
Le pido disculpas con la mirada porque
tenemos que apresurarnos.
— ¡Ah! — Nos detenemos bruscamente y se desliza
entre mis brazos. La atrapo antes de que termine en el piso, y compruebo que
está pálida y respira con dificultad. Este lugar no es para humanos y menos
para ella que es tan sensible.
— A-Alen…a-ahí… —me señala y los veo.
Hay un círculo inmenso formado por una
gran cantidad de demonios que, me parece, puedo reconocer: marqueses, duques y
uno que otro príncipe regente. Sisa suelta un grito, espantada, porque acaba de
comprobar que no todos tienen una figura humana convencional. En su forma real
hay cabezas de animales, más de dos rostros, miembros desproporcionados; semejantes
a las criaturas mitológicas que solo existían en los libros.
— ¡Inmundo errante! Renegaste de tu
condición inicial, ¿y para qué? ¡Para convivir con los asquerosos humanos!
¡Eres un maldito traidor! — grita uno, y claro que reconozco los cabellos
rojizos y la piel con manchas de leopardo.
Es Voso; extrañamente siento que ya lo
he visto antes.
— ¡LOI! — grita Sisa y es ahí cuando me
doy cuenta de que en medio del círculo de demonios está Tarek, cubriendo a Loi con
su cuerpo mientras es azotado por varios látigos de fuego que salen de las
manos de sus atacantes. Uno de ellos es Berith, que está más que eufórico con
la escena.
Aparezco junto a ellos, en medio. Los
gritos de jolgorio y los azotes se detienen.
— ¿A-Alen? — Observo de reojo a Tarek que
está muy lastimado. Se desploma ahora que tiene un espacio de respiro y Loi se
aferra a su cuello con fuerza, preguntándole si se encuentra bien.
Quiero pedirle a Sisa que se quede en
donde está, pero es demasiado tarde. Ya ha corrido a ponerse aquí, junto a
nosotros, pesar de estar completamente pálida y evidentemente asustada.
No me queda más remedio que invocar una
barrera de protección. La burbuja violeta nos rodea, pero la cabeza me gira con
violencia.
Maldita sea, soy un inútil en este
cuerpo.
— Forgeso, no era el mejor momento para
aparecerse. — Nhyna está sentada sobre los bordes que sobresalen del techo,
observando el espectáculo; pero dejo de prestarle atención cuando oigo a Tarek
toser con fuerza.
Loi y Sisa ahogan un grito: está botando sangre.
— Tranquilo, ya nos vamos — le digo
inclinándome un poco. Tarek intenta sonreír, pero más sangre impide que me
responda.
¿Qué le han hecho?
— ¡Oh, el calehim! ¿Puedo saber a qué se debe la autoinvitación a nuestro
Acto de redención? — me pregunta Voso mordazmente.
— ¿Llamas redención al hecho de querer
matar a uno de los tuyos?
— ¿Uno de los nuestros? — ironiza Berith —.
¿Oyeron eso? ¡Uno de los nuestros! — Miles de carcajadas resuenan en todo el
amplio salón—. Tu sucio amigo ya no pertenece aquí. Fuimos testigos de uno de
los hechos más deshonrosos de toda su existencia: se aferró a la humana como un
perro fiel. Y como no podía invocar nada para protegerla, se quedó ahí, solo sirviéndole
de escudo.
— ¡Eres un miserable! ¡Como sea que te
llames! — gritó Loi con rabia.
Berith elevó las cejas, impresionado, y
después soltó una carcajada:
— La humana es osada, a lo mejor después
de matarte le doy una probada.
Tarek intentó ponerse de pie, furioso, pero Loi y Sisa lo
retuvieron por los brazos.
— Por cierto, Forgeso, sabes lo mucho que
te estimo, ¿verdad? Pero no voy a permitir que interfieras en nuestros rituales
privados. — De un salto, Berith apareció en frente de nosotros para cerrarnos
el paso. Intenté concentrarme al máximo porque sabía de sobra que él era uno de
los demonios más letales, y cualquier movimiento podría ser en falso —. Así que,
con todo el dolor de mi corazón, lamento pedirte que… — Elevó un dedo y solo
tocando la superficie esférica, una grieta se abrió en mi barrera. Mierda—…te vayas.
¡CRASH!
La burbuja explotó en miles de pedazos.
En esos segundos aproveché para acumular algo de energía, recitar el salmo que
había oído de labios de Hethos en mi sexta vida y convertir los restos en
arenilla para enviarlos hacia Berith y su grupo, con ayuda de una fuerte ráfaga
de viento que era lo máximo que podía invocar.
Tendremos algo de cinco minutos en lo
que todos recuperan la vista porque el punto esencial de este cántico era dejarlos ciegos; pero yo no poseía la energía que
tenía Hethos para quitarles la vista permanentemente.
Los gritos de Voso que amenaza con
destruirme ni bien recupere la visión resonaban estruendosos. Debe sentir que
quiere arrancarse los ojos.
— ¡Tenemos que irnos! — le grito a Tarek.
Era una batalla perdida por la cantidad de oponentes: lo único que nos quedaba
era escapar.
— No puedo, Alen. A-antes debo...hacer algo.
— ¿Qué? ¡No hay tiempo para nada,
Tarek! ¡¿Es que acaso estás loco?!
— ¡Be-Berith ya la marcó! — explica y
Sisa lo observa, desesperada, comprendiendo que habla de Loi —. ¡Va a
perseguirla eternamente! ¡No puedo permitirlo!
Loi dice que no importa, que todo está bien.
— ¡No está bien! ¡Nada está bien! — replica
Tarek con fuerza y el tono iracundo la toma desprevenida —. Un demonio
atormentándote es lo peor que puede sucederte como humano; va a seguirte en
todas y cada una de tus vidas. Nunca te dejará tranquila, ¡nunca! Ni a ti, ni a
los que quieres.
— ¡¿Y qué demonios planeas hacer?! — le
reprocho.
— ¡Tengo que protegerla! ¡No va a dejarla
en paz! — Mierda, el tiempo se acaba.
Entonces de un jalón se arranca la
manga de la camiseta; un destello rojizo rodea todo su brazo.
— ¿Ta-Tarek? — balbucea Loi.
¡No! ¡Momento…!
— ¡Tarek! ¿¡Qué mierda estás haciendo!? —
protesto al comprenderlo.
¡Está loco! ¡No hay manera!
— No va a dejarla en paz, hermano. — Sus
ojos me dicen que entienda, que yo haría lo mismo de estar en su lugar —. Y yo
no voy a poder vivir con eso.
— ¡Pero…!
— Alen, por favor…
Trago despacio al oír el inicio del
cántico de protección en susurros. No me queda de otra; sé lo que tengo que
hacer ahora: darle algo de tiempo.
Loi me aprieta un brazo, exigiendo
saber qué sucede, y la respuesta es muy sencilla: el idiota de mi amigo iba a
asegurarse de que Berith no la tocara ni a ella ni a su entorno.
Va a activar otro sello de protección.
Y este sí va a costar.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
Intento relajarme, pero los chillidos
me aturden. Los oídos me zumban y siento muchísimo frío. Pensé que Loi estaba
igual pero solo está asustada, a diferencia de mí que realmente me siento muy
mal.
No entendí muy bien qué hizo Alen. Solo
sé que hay una fuerte ráfaga de viento en medio de toda la sala que me obliga a
mantener los ojos entrecerrados para no lastimármelos. El grupo de Berith lanza
maldiciones; me parece que Alen ha hecho algo con sus ojos porque todos están
cubriéndoselos con las manos o con lo que sea que tengan a modo de
extremidades.
— ¡Tarek! ¿¡Qué mierda estás haciendo!? —
le reprocha Alen al verlo arrancarse la manga derecha de la camiseta. Un
resplandor rojizo rodeaba todo su brazo.
Loi lo observa trémula, con los labios
blancos por completo.
— No va a dejarla en paz, hermano, y yo
no voy a poder vivir con eso
¿Qué? ¿De qué están hablando?
— ¿Ta-Tarek? — pregunta Loi pero no
obtiene respuesta. Él solo cierra los ojos y empieza a susurrar palabras, de
manera tan veloz que cada oración suena a zumbido.
Y en ese momento percibo que las
maldiciones poco a poco se reducen. Giro de reojo y Loi suelta un grito de
alerta, cuando el hombre inmenso con manchas de leopardo se abalanza sobre
Tarek.
¡No!
¡PAM!
Pero Alen lo atrapó por los brazos
antes de que lo tocara.
— ¡Eres una ficha importante, calehim! — exclamó, tratando de quebrar el freno. Alen estaba poniendo
todas sus fuerzas en sujetarlo e impedir que avanzara —. Pero si sigues…metiéndote…en
asuntos ajenos…me temo que… — El tipo empuja con más fuerza; Alen está casi
vencido — ¡…tendré que MATARTE!
Su cuerpo sale despedido, pero antes de
que impacte contra cualquier superficie reaparece delante de Loi y de mí, muy
agitado. Más demonios se avecinan, todos contra él que intenta deshacerse de
cada uno mientras Tarek sigue con los ojos cerrados y recitando cosas que no
logro comprender. Un látigo de fuego se avecina con fuerza, ¡no, son más!, pero
una nueva burbuja violeta nos rodea evitando cualquier colisión.
Loi suelta un grito. Volteo a verla,
asustada, y compruebo que Tarek acaba de morderse con fuerza el brazo que
destellaba. La abertura en la piel emana sangre hasta sus dedos.
— ¡¿Pero qué estás haciendo?! — le
reclama Loi intentando tomar su brazo, pero Tarek solo sonríe.
La burbuja resuena por los azotes que
quieren penetrarla.
— ¡Tarek, no tenemos tiempo! — le
advierte Alen cuando una grieta aparece ante la fuerza descomunal —. ¡Y no creo
poder detenerlos!
— ¡Ya casi acabo, hermano! — Entonces posa
la mano ensangrentada sobre la cabeza de Loi que no hace más que mirarlo,
pasmada —. Disculpa esto, princesa.
— ¿Q-qué? — balbucea ella, igual de
confundida que yo.
Otro azote estalla con fuerza: la
burbuja tiembla bruscamente.
— ¡TAREK! — brama Alen.
— No olvides que debo tocar a Berith; ¿me
ayudarás?
— ¡Lo haré, pero apresúrate!
Tarek pronuncia algo en voz baja en
medio de los gritos enfurecidos de todos los que están afuera, que no dejan de
repetir que “maten al errante”. Alen se inclina con dificultad y comprendo que
está quedándose sin energía.
— ¡Eres un maldito imbécil, Seir! ¡El
pago es aleatorio para ese cántico! ¿Vas a arriesgarte a quedarte sin algún
miembro importante por esa insignificante humana? — grita Gabriel desde afuera.
Abro los ojos, sorprendida. Loi voltea
a ver a Tarek, incrédula:
— ¿Qué? ¿Tarek? ¿Qué…qué estás haciendo?
— ¡Apresúrate, Tarek! — grita Alen.
Entonces una de las grietas en la
burbuja se pronuncia, se hace más larga, veo el camino deslizarse con velocidad
y…
— ¡TAREK, RÁPIDO!
— ¡AHORA SÍ PAGARÁS POR TODO, ERRANTE!
¡PRAAF!
…la burbuja explota. Alen se pone
delante de nosotros a modo de escudo. En esos segundos Tarek traza con el
pulgar y su propia sangre una franja sobre la frente de Loi: desde la altura de
las cejas hasta el inicio del cabello. Alguien grita, no sé quiénes, y siento
que el piso se mueve con violencia.
— ¡ALEN, AHORA!
Tarek se lanzó con velocidad hacia el
frente, esquivando casi a la docena de demonios que nos atacaban. Alen invocó
una nueva burbuja, nos dejó a Loi y a mí al interior; y casi en un parpadeo
reapareció a espaldas de Durand.
Lo capturó por la espalda, impidiendo
que se moviera si quiera un poco.
— ¡SUÉLTAME, FORGESO!
Tarek se posiciona delante de él,
murmura cosas que no logro comprender, y lo toma por la cabeza, con la misma
mano que había usado para marcar a Loi.
Durand soltó un bramido, frenético…
…y Loi gritó, asustada.
— ¡Sisa!
¿Qué…? ¡¿Qué es esto?! — Me muestra sus brazos y veo con pavor varias
líneas escarlatas, dibujándose por sí solas.
Toco su piel: no sobresalen, es como si
alguien hubiese dibujado los surcos de las venas con tinta. Le pregunto si
siente algún tipo de dolor, y me dice que no.
— ¡SUÉLTAME, FORGESO!
¡BROM!
Los ojos se me abren desmesuradamente
cuando algo pasa a toda velocidad junto a nosotras e impacta con el muro de
allá atrás: era el cuerpo de Alen que había sido arrojado. Entonces una intensa
luz blanca rodea todo, dejándonos también sin sonido alguno alrededor. Los
surcos dibujados en la piel de Loi se expanden por todo su cuerpo, incluyendo
su rostro, y finalmente por el suelo, como si fuera un inmenso mapa de trazos.
Un par de ellas llegan a tocarme y las
demás se pierden en la inmensidad del salón.
Son apenas segundos los que circulan,
pero se sienten extremadamente lentos. Y cuando todo vuelve a la normalidad,
Loi se desploma sobre mí, de costado.
Las líneas se han desvanecido.
— ¿Loi? ¡Loi!
— Estoy…estoy bien. Solo…siento como si
me hubiera dado la carrera de mi vida — me explica agotada. Me sonríe, y cuando
estoy por devolverle la sonrisa, escucho la voz de Durand retumbar divertida en
todo el salón:
— ¡¿QUIÉN PIDE EL BRAZO DEL ERRANTE?!
Loi y yo gritamos: una turba de
demonios se aferra al cuerpo de Tarek, tironeando de él salvajemente
Está inconsciente.
— ¡Lo van a matar, Sisa! ¡Lo van a matar!
— estalla Loi desesperada. Se lanza contra la burbuja para intentar salir, pero
es imposible romperla —. ¡SUÉLTENLO! ¡DÉJENLO EN PAZ!
— ¡NO, TAREK!
— ¡NO ESTORBES, CALEHIM! — Alen es lanzado sin piedad, pero reaparece, tratando de
ayudarlo. Aleja a varios demonios valiéndose solo de los puños y aventándolos
lejos pero cada vez aparecen más.
Me lanzo con fuerza contra la burbuja,
junto a Loi, pero no tenemos éxito. Y veo las figuras que van apareciendo,
desnudas y semejantes a humanos, pero excesivamente delgados. La piel
amarillenta se pega a sus huesos, y los ojos huecos son espantosos.
Algunos rodean a Alen, se aferran a sus
piernas, otros a sus brazos…
…y después le clavan los dientes en la
piel.
— ¿Sabías que la esencia de un ángel es
casi un manjar para nuestras tropas? — Loi retrocedió asustada, cuando Gabriel
apareció frente a nosotras—. Después de todo, nuestras legiones suelen ser
almas humanas condenadas a pagar sus pactos con nosotros: un ángel es casi como
un festín para ellos. — ¡No! —. Pero
no van a matarlo, tranquila: Berith no lo permitiría. A lo mejor solo lo dejen
sin un brazo o una pierna. Pero al errante, a ese sí que lo van a despedazar.
En ese momento comprendí que los que se
reproducían a niveles extraordinarios, esos que Gabriel llamaba “tropas”,
salían de las bocas de algunos demonios. Las abrían inconmensurablemente y
después algo semejante a líquido negro viscoso salía de ellos, y cuando caían
al suelo poco a poco adquirían sus figuras.
Gabriel chasqueó los dedos y del piso
emergió humo rojo. De este salieron algo de veinte figuras más.
— Vayan, queridas. Ahí hay un calehim dispuesto a satisfacer su
hambre. Si quieren comerse al errante, no pongo peros de por medio.
— ¡LOS VAN A MATAR, SISA! — grita Loi a
mi lado. Los dos se han perdido en medio de la turba de atacantes. Intento
romper la maldita burbuja, pero no puedo, ¡es demasiado dura!
Entonces oigo los gritos de Alen…
…y el corazón me palpita con tanta
fuerza que duele.
— ¡SISA! ¡LOS VAN A MATAR!
¡No,
Dios! ¡Los van a matar! ¡Los van a matar!
Gabriel me lanza una última sonrisa, y
después se aleja, rumbo al escenario de la masacre. Loi llora desesperada
mientras empuja con fuerza. Me cuesta mucho respirar, oigo la voz de Durand
ordenando que no lastimen demasiado al
calehim, y después un alarido de
Tarek que rellena toda la estancia. Loi llora con más fuerza.
¡No!
¡No! ¡Los matarán! ¡Los matarán!
La voz de Alen estalla llena de dolor,
en un alarido que me parte el alma. Casi puedo escuchar las bocas deformes
hundiéndose en su piel.
¡No!
A
él no…
¡Ayuda!
¡A
él no...!
Que
alguien nos ayude…
¡A
ÉL NO!
— ¡SISA!
¡CRASH!
La burbuja explotó; no entendí bien
cómo. Algunos fragmentos de cristal se me clavaron en los brazos y me
rasguñaron parte del rostro, pero no sentí dolor.
Giré de reojo, y me encontré a Loi
intentando ponerse de pie. ¿Qué sucede? Todo se ve tan estúpidamente lento…
No lo tocarán
No...
…porque es mío…
Siento los ojos arderme, los músculos
de mi cuerpo tensarse, casi como si estuviera a punto de lanzarme en una
carrera que ningún humano jamás podría igualar. Y trato de refrenar la sonrisa
que siento dibujarse en mi rostro, pero es imposible porque lo que tengo en
frente es nada para mis manos.
Insignificantes
seres tratando de tocar lo que me pertenece.
— ¡SISA! ¡SISA! — Loi me llama, no sé
para qué: en este momento no me interesa.
Me inclino.
Van a desear no haber nacid…
— ¡No!
Un par de manos me detuvieron por la
cintura.
— ¡No me toques!
Giro bruscamente, y me encuentro con un
par de ojos violeta brillando intensamente.
— Cálmate — murmura alguien bajo el manto
negro que lo cubre por completo, exceptuando la parte de los ojos que me
observan ansiosos—. Cálmate, eres Sisa Daquel, no olvides eso.
Sisa Daquel...
¿Quién…?
El brusco mareo me trae de vuelta. Los
sonidos retornan: los gritos de Alen y Tarek, el grupo de demonios atacándolos
salvajemente.
— ¿Qui-quién eres? — pregunto perpleja.
— Los ayudaré, pero deben irse pronto; no
hay manera de que ganen esta batalla. Berith quiere a como dé lugar destruir al
errante, y está poniéndose algo complicado.
El recién llegado se transformó en una
mancha difusa y pasó con una rapidez asombrosa a través de la turba. Estaba
completamente cubierto de negro, pero dejó en mi visión sus ojos violeta y algo
de color azul que no distinguí bien. Varios demonios fueron lanzados hacia
afuera del círculo y de la nada…
— ¡Ah!
Alen y Tarek aparecieron en frente de
nosotras; algo ensangrentados, pero a salvo.
— ¡HUYAN! — escucho que alguien grita; la
voz es grave, le pertenece a un chico, es el desconocido. Observo al frente y
compruebo que la turba de demonios está luchando contra la mancha azul difusa
que nos ha salvado y que pasa casi como una flecha de un lado para el otro.
Alen se pone de pie, se acerca a mí y a
Loi para sujetarnos de las muñecas; Tarek se aferra a su pierna.
— ¡EL ERRANTE SE ESCAPA! — brama Berith.
Quiero ver al desconocido, pero es
imposible en medio de tanto movimiento.
— ¡ATRAPEN AL ERRANTE! — ahora grita el
de piel de leopardo—. ¡NO SE DISTRAIGAN! ¡SOLO SE TRATA DE NANAEL!
¿Nanael?
Y después el piso pierde consistencia.
Ya estamos en la tienda de Hethos.

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