Noches de insomnio | Capítulo 14: Noche XIV
NOCHE XIV
Sisa
—
¡Cachorra! ¡Arriba! ¡El
desayuno está listo!
Abrí los ojos con pesadez.
Sentía el sol colándose por las ventanas y los suaves cobertores afelpados que
tenía en Asiri. Sonreí levemente porque había escuchado la voz del abuelo, como
todas las mañanas.
Casi hasta me parecía estar
viendo el techo color celeste suave de mi antigua habitación.
—
¿Cachorra? ¡Cachorra,
arriba, rápido!
—
Abuelo, te extraño mucho —
dije somnolienta, al ver sus enormes ojos grises y su bigote poblado.
—
Yo también te he extrañado,
pero apresúrate que el desayuno se enfría.
¡Vaya! Hasta percibo el
olor de esos panqués de la felicidad que Joan aprendió a preparar de él.
¿Mmm? Qué extraño, en serio
huele a es...
—
¡¿Eh?!
Abrí los ojos de par en par
y me encontré al abuelo observándome de buen humor. Traía ese simpático
delantal melón que solía usar la abuela Marlene, y una espátula en mano.
—
Lirau te ha vuelto algo
dormilona, Cachorra.
—
¡Abuelo! — chillé, me
reincorporé de un tiro y lo abracé con fuerza.
Parte de su bigote me hizo cosquillas en la mejilla.
—
¡Igual de efusiva que la
loca de tu abuela! — comentó riendo—. En seguida traeré la comida para que las
niñas disfruten de un buen desayuno estilo Asiri, ¿de acuerdo?
—
¿Mmm?
No fue hasta que me dijo eso que volteé y me encontré a Loi y a
Etel desemperezándose al lado mío; tan despeinadas como probablemente estaba
yo.
Entonces lo recordé.
»— ¡Claro que iremos contigo, Bellota!
Me había puesto tan contenta con lo de Gaib Art que decidí darme
una escapada a Asiri el fin de semana (Gisell no puso peros de por medio). Loi
y Etel me oyeron decir que saldría de viaje, y no tuvieron mejor idea que
unirse a mis planes: total, volveríamos el domingo por la tarde para llegar por
la noche a Lirau, y no faltar el lunes a clases.
Tomas había querido venir, pero la escuela tenía un partido de
tenis importante el sábado.
Habíamos llegado ayer por la noche a Asiri, después de que
tomáramos el último tren. El abuelo y Joan habían venido a recogernos a la
estación.
—
Señor Alcides, déjeme
decirle que usted es una verdadera eminencia masculina — comentó Loi mientras
comía con muchas ganas los panqués con miel encima—. Mi padre y mi hermano son
un desastre en la cocina, y yo realmente creo que un hombre que cocina es ya el
rey del cielo.
Etel la apoyó y el abuelo pidió que dejaran de halagarlo o se
sonrojaría.
—
Viejo, ¿has visto mi
camiseta gris? ¡Oh, buenos días, chicas, hola Bellota! — Mi hermano apareció
por la puerta de la cocina solo con los jeans puestos.
Etel se atragantó con lo que tenía en la boca.
—
Qué fastidio tener clase
también los sábados — agregó.
—
¡Qué manera de aparecerse
es esa, jovencito! — El abuelo se puso de pie: Loi elevó la mirada, sorprendida
al ver lo alto que era—. ¡Hay niñas en la casa!
—
¡Ah, abuelo, pero si…!
—
¡Pero nada, muchacho
indecente! — Se acercó a él dispuesto a golpearlo en la cabeza pero Joan salió
a todo escape:
—
¡Viejo, nooooo!
Y después esas risas que tanto extrañaba resonaron desde el patio
posterior.
Ya por la tarde, al regreso de Joan, llevamos a Loi y a Etel a conocer
los lugares más cercanos en Asiri (no es tan grande como Lirau, pero era
imposible recorrerlo en dos días), y terminamos cenando en un restaurante de
comida picante. Joan y Loi se enfrascaron en una batalla intensa, para ver
quién resistía más cucharadas de una humeante sopa con todas las especias más mortíferas
Al final ganó ella después de que mi hermano pidiera casi a gritos un enorme
vaso con agua.
Regresamos a casa a eso de las diez. Estaba muy contenta porque
Loi y Etel la habían pasado bastante bien.
—
Y ahora, como todo buen
invitado en la casa de Alcides Maleri — inició el abuelo—, tendremos el brindis
respectivo con esta botella de vino que mi admirable padre…
—
Viejo, esa historia ya se
la sabe todo el mundo — soltó Joan con los ojos en blanco y se ganó un bonito
coscorrón por ello.
El abuelo tiene como hobby coleccionar botellas de vino, y una
peculiar costumbre de ofrecerle a cada nuevo visitante una pequeña copita de la
cosecha que su padre le había dejado hace mucho tiempo. Tenía cinco botellas de
colección, pero después de tantos años ahora solo quedaban dos.
Joan había recibido una de esas cinco botellas cuando cumplió
dieciocho: la de papá para ser más exactas, ya que él nunca la abrió. Según la
costumbre de la familia Maleri, todos los hijos mayores debían seguir esta
tradición.
—
Y ahora, ¡salud! —
pronunció solemnemente el abuelo.
Loi y Etel parpadearon, maravilladas:
—
¡Qué rico está!
—
Bueno, señoritas, quiero
agradecerles por cuidar tan bien de mi Cachorra. — Me encogí en mi asiento,
entre avergonzada y emocionada cuando Loi y Etel asintieron muy convencidas de
estar cuidándome como el abuelo decía—: Estoy muy contento al saber que ya te
adaptaste a Lirau, hija; y la noticia con la que llegaron ayer, me ha dado suficientes
motivos para creer que tengo nietos grandiosos.
—
Lo dices por Sisa y por mí,
¿verdad? — añadió Joan de manera juguetona.
—
También hablo de tu hermana
Corín — lo reprendió el abuelo con severidad, pero después sonrió
cariñosamente—: Me alegra muchísimo que mi Cachorra haya conseguido tan buenas
amigas.
—
Señor Alcides, usted
también toca el violín, ¿verdad? — le preguntó Etel. El abuelo asintió y Loi le
pidió que nos tocara algo. Se puso algo difícil diciendo que no tocaba desde
hace tiempo y que el único violín con el que contaba me lo había obsequiado a
mí.
—
¡Lo tengo aquí! — solté sin
darle tregua, y subí corriendo al segundo piso para traerlo.
Cuando estuve de regreso todos lo animamos tanto que finalmente
suspiró resignado porque sino no nos callaríamos.
—
No sean duros conmigo; estas
manos ya no son lo que eran antes…
—
Vamos, viejo: ¡solo hazlo! —
exclamó Joan.
Le pasé el violín y sentí una emoción tremenda cuando lo puso directamente sobre su hombro porque él no usaba el
soporte. Lo vi altísimo, con esa presencia tan imponente que desprendía; Etel y
Loi aguardaban expectantes.
Las notas empezaron a fluir y moldear una de las tantas melodías
con las que solía sorprenderme cuando inicié las clases de violín a su lado. Su
bota de cuero golpeteaba el piso para no perder el compás; nosotros empezamos a
seguirle el ritmo con palmadas. Loi y Etel gritaron emocionadas cuando el
abuelo aumentó la velocidad y el violín resonó con más fuerza.
Hay algo en la manera de tocar del abuelo… La tía Ruth solía
repetirlo siempre que lo escuchábamos:
»— Papá, tú tocas como si
el violín se te fuese a escapar. Le pones tanta fuerza que a veces me da la
impresión de que terminarás partiendo el arco en dos.
Ambos usábamos el mismo violín, pero en sus manos sonaba tan
diferente: era uno más rudo, más seguro, hasta temerario, diría yo.
Ojalá algún día pueda tocar así.
La piel se me erizó ante el increíble y exacto puente que resonó. Recordé
todas las sesiones de práctica que tuve con él desde los siete años: de lunes a
viernes, por lo menos una hora después de volver de la escuela. Los sábados y
domingos íbamos a la parte posterior de la casa, por donde iniciaban los campos
de trigo, y las dos horas que empleábamos en practicar eran las que más
esperaba en toda la semana.
Tocar el violín, como le dije a Alen, creaba en mí una sensación
que sería comparable con “volar”, por muy extraño que parezca (ya que en
realidad nunca había volado, hasta hace unos días, gracias a él mismo). Pero
también era el secreto que compartíamos el abuelo y yo; todas esas sesiones de
práctica, todo lo que he aprendido y me ha enseñado nos ha unido tanto, que a
veces cualquier cosa que implique violín me lo recuerda. Y estoy más que segura
que al abuelo también le sucede igual.
La melodía terminó suavemente y todos nos pusimos de pie a
ovacionarlo:
—
¡Realmente es grandioso,
señor Alcides! — exclamó Loi cuando el abuelo se inclinó a modo de reverencia
con violín y todo.
—
Había olvidado lo bueno que
eras, viejo — soltó Joan impresionado—. Tienes que seguir con la vena
artística, Bellota. Yo lo dejé porque no era tanto lo mío, pero creo que tú si
puedes perpetuarlo.
—
Estoy muy orgulloso, Cachorra. No quiero
presionarte, pero…es casi como si estuvieras realizando uno de los sueños que
yo no pude llevar a cabo.
Sus ojitos grises me observaron con tanto afecto, que tuve que
poner muchísimo esfuerzo para no terminar llorando de la emoción. Joan también
se puso de pie, me despeinó el cabello y me envolvió en un abrazo mientras me
decía que, si realmente quería dedicarme a la música, iba a apoyarme en todo.
Loi y Etel me sonreían desde el sofá.
—
En fin, ya es tarde. Ahora
todos nos iremos a dormir, pero antes dejaré algo en manos de las señoritas
para que tengan una charla amena en la habitación de mi nieta.
Se puso de pie y bajó al sótano. Se demoró un par de minutos y
después retornó con otra botella de vino.
—
Su abuela solía decir que
las chicas también tienen derecho a divertirse tanto como los chicos — nos
explicó con voz solemne. Loi se puso de pie y recibió la botella, entusiasmada —.
Es un borgoña, y tiene nueve años de viejo. No es mucho pero creo que para
damitas de apenas diecisiete años está bien.
No tengo que decir que eso bastó para que Etel y Loi se enamoraran
del abuelo.
—
¡Desde hoy tu abuelo es
también el mío, Bellota! ¡Es demasiado estupendo! — exclamó Loi cuando ya
estábamos en mi habitación, con Joan.
—
Por cierto, ya que están
aquí, quiero aprovechar para pedirles un favor, chicas.
Las tres observamos con curiosidad a mi hermano, que salió
disparado por la puerta y después regresó con la laptop encendida.
—
¿Mmm? ¿Qué pasa, Joan?— le
pregunté al verlo tecleando con velocidad.
—
Un amigo mío en Lirau tiene
una banda. Va a ver un tributo de rock de todos los tiempos a finales de agosto,
y quería pedirles que asistan para darles algo de apoyo. Esta es la página del
evento, por favor, ¡vayan! — nos pidió
con una innecesaria mirada de cachorrito, porque Etel y Loi asintieron antes de
que terminara de hablar—. La verdad es que son
terribles y no sé cómo demonios consiguieron ser aceptados para el evento, pero
apreciaría que el local se llenara al inicio porque ellos solo abrirán el show.
Sería genial si fueran con sus amigos y los vitorearan un poco. Al final
también pasarán algo de música variada, así que van a divertirse.
—
¿Mmm? ¿Cuáles son? — le
preguntó Loi mientras leía la lista de bandas que se presentarían—. Jajajajaa,
aquí hay una que se llama “Mamá, quiero ser músico”.
—
Son ellos — indicó avergonzado.
—
¡¿Es en serio?! — repliqué y
rompimos a reír.
—
Irán, ¿verdad? Yo también
voy a hacer lo posible para viajar a Lirau y apoyarlos.
Loi aprovechó el momento para invitarlo a asistir al concierto de
JOBEY junto a nosotras. Le comentó sobre las entradas gratuitas de Iago, y Joan
se vio bastante entusiasmado hasta que le dijimos que el concierto caía el
quince de agosto.
—
¡Mierda! ¡Es viernes, pero
tengo programado el examen final de un curso, y a las siete de la noche! — exclamó
lleno de frustración—. Maldita sea, ¡se supone que la universidad es la etapa
genial!
—
No te preocupes. Te prometo
que me divertiré como nunca ese día — le prometí.
Se puso de pie y me aplastó la cabeza:
—
¡El deber de las hermanas
menores es ser adorables, maldita sea!
—
¡Joaaaaan!
Charlamos un tanto más: nos contó sobre la universidad, los cursos
y cuando le pregunté a propósito de la chica de la que el abuelo tanto hablaba,
me respondió que era una “amiga”. Etel y Loi fruncieron el ceño al notar la
sonrisa de idiota que se le plasmó en el rostro cuando nos dijo que se llamaba
Cloe.
Un par de minutos después su celular sonó. Contestó y como la
misma sonrisa estúpida reapareció, supuse que la que llamaba era ella.
—
¡Nooooo! ¡¿Por quééééé?!
—exclamaron Loi y Etel cuando salió a contestar muy animado.
Retornó casi media hora después de recibir la llamada.
—
Te gusta mucho, eh — señalé
ante la sonrisita de campeón que traía en el rostro.
—
No me hagas mencionar a tu
“amiguito" y su moto temeraria— me lanzó sin previo aviso, y Loi y Etel
inmediatamente voltearon a verme con indignación.
Me vi forzada a hacer una veloz narración de aquel día, que
terminó con Joan y su “maravillosa” charla de “protección ante chicos con pinta
de playboys”. Loi y Etel se entusiasmaron tanto con el tema que se lanzaron con
preguntas a diestra y siniestra sobre cómo reconocer a uno, mientras mi hermano
se dedicaba a intentar responder sabiamente (según él, claro), cada
interrogante femenina.
A eso de las dos nos dejó porque estaba muy cansado. Intentó
acompañarnos pero cuando su cabeza impactó contra una de las patas de mi cama
porque estábamos sentados en el piso, las tres le pedimos que se fuera a
descansar.
—
¡Te lo repito! ¡A partir de
hoy tu abuelo es también el mío, Bellota! — me dijo Loi con expresión soñadora
y después de la cuarta copa de vino —. ¡Y Joan mi hermano! ¡Aunque lo que
siento por él sería incesto, pero bueno!
—
¡Completamente de acuerdo! —
aprobó Etel con las mejillas igual de sonrosadas —. Aunque no voy a negarles que
me ha devastado pensar que la tal Cloe va a quedarse con él. ¡Yo lo vi desde el
año pasado! ¡No es justo”
Traté de calmarlas un poco
cuando se abrazaron en señal de apoyo moral, pero no me hicieron caso.
—
¡Vamos a entrar a Gaib Art,
Bellota! — me dijo Loi muy optimista —. Si no veo la misma sonrisa que pusieron
tu…quiero decir, “mi” abuelo y Joan cuando les contaste sobre la primera fase, ¡juro
que no volveré a hablarte en mi vida entera!
—
¡Y también nos quedaremos
con Alen! — exclamó Etel con convicción.
—
Sí, esa es una buena
amenaza — aprobó Loi muy segura.
Dejé que siguieran hablando de Alen y “sus salvajes cabellos al
viento”, como los describía Etel, hasta que le llegó el turno a Loi a propósito
de las flores que Tarek le había enviado a casa. A pesar de que decía que no le
llamaba en nada la atención, la vi algo emocionada cuando nos contó que Janna
había aparecido en su habitación para anunciar que había llegado un ramo
tremendo de rosas rojas a la casa, y con una nota que decía: “Para la futura
estudiante de Gaib Art y mejor bailarina del universo”.
Me sentí muy feliz por ella. Ambas me preguntaron por Alen, ya que
era obvio que si Tarek se había enterado de lo de Loi era porque él se lo había
contado. Y eso por lo visto me involucraba a mí también en la ecuación.
—
¿También te felicitó? — me
preguntaron expectantes.
—
Ehh, sí…me dijo que…lo
lograría el próximo año — respondí torpemente.
Ambas se vieron un tanto decepcionadas; tal vez esperando escuchar
algo más interesante.
Como que me había llevado “a volar” o algo parecido.
—
¿Mmm? ¿Ellos fueron tus
compañeros, Bellota? — me preguntó Loi de repente.
—
Síp, los de tercer, cuarto
y quinto grado — respondí cuando me señaló las fotos que había dejado pegadas
en el escritorio.
—
¿Y él es el famoso Marcus?
La foto que ambas observaban me tenía a mí de protagonista al lado
de un chico delgado, de cabello negro, ojos grises y gafas enormes. Ambos llevábamos
traje y bigotes falsos porque fuimos parte de una obra de teatro en la escuela.
Se me escapó una sonrisa al recordar que esa foto la sacó Abby, la hermana
mayor de Marcus, a pesar de las protestas de él.
Tomé la botella de
vino; de repente lo escarlata del líquido a contraluz me lo recordó bruscamente:
Durand.
Desde que había
recibido los resultados de Gaib Art no me había puesto a pensar en su visita.
¡BROM!
Volteé ante el estruendo y me encontré a Loi y a Etel riendo en el
piso después de un vals algo descoordinado y una caída inminente.
—
¿Alguna sabe que es el
Oráculo, en Lirau? — lancé de una vez por todas.
—
¿Oráculo? — repitió Etel
con curiosidad—. El oráculo era la fuente más precisa para las predicciones en
la mitología griega.
—
¡Eso! — aprobó Loi reincorporándose—.
Pero como dices en Lirau, supongo que hablas del club nocturno “Oráculo”.
—
¿Es un club nocturno? —
tanteé.
—
Síp, queda por el centro de
la ciudad. Pasan buena música y tiene fama de ser un lugar de perdición; solo
abre los viernes. Iago dice que para conseguir entrada debes por lo menos hacer
una reserva con dos meses de anticipación: siempre está lleno.
—
¿De perdición?
No sé por qué me extraña, tratándose de Durand.
—
Bueno, eso es lo que Iago
dice. La verdad siempre he querido ir; Tomas dijo que había averiguado al
respecto y no pedían identificación de mayoría de edad. ¿Por?
—
Ehh… por nada en particular
— agregué rápidamente.
—
La verdad es que yo también
quería conocerlo, así que no sería mala idea intentar ir una noche. Pero no le
digamos a Tomas porque es un hombre de lo más paranoico así que fácil y termina
apareciéndose ese día para gritar que somos menores de edad.
—
Pues tú ya tendrás
dieciocho en setiembre — dijo Etel chocando su copa con la de Loi
—
¡Eso! ¡Por fin dieciocho! Y
como es una cifra importante, haré una fiesta espectacular. — Etel aplaudió
contentísima. Loi volteó a verme—: Por cierto, ¿cómo quedaste con Gisell con lo
del monto para el examen?
Ah, eso…
Torcí el gesto, desganada.
—
¿Qué pasa?
—
Me dijo que cuando quisiera
estudiar algo “de verdad”, hablara con ella.
Si tuviera
dieciocho ya podría hacer uso del dinero de mamá sin restricciones, pero aún
faltaban algo de cinco meses para eso y el examen tenía que ser pagado antes de
que acabara junio.
—
¡¿Qué?! — exclamó Loi
indignada—. ¿Por qué no se lo dijiste al abuelo Cides, o a Joan?
—
No quiero preocuparlos —
murmuré desanimada.
—
Ok, no te preocupes. En
todo caso haremos uso del plan B, ¿o era el C? Bueno, no importa. El caso es
que le pediremos a mi padre el monto…
—
Loi… — dije algo apenada.
—
¡Nada! Ya te dije que yo me
encargaría de eso, Bellota.
—
¡Pero ni bien disponga del
dinero de mamá…!
—
No te preocupes, Sisa.
Además, mi padre es un fanático de la música clásica, probablemente ni siquiera
acepte hacerte el préstamo: ¡te pedirá apadrinarte!, así que…
—
No, no, será un préstamo —
indique con seguridad.
Loi asintió, restándole importancia:
—
Lo que digas, Bellota. Lo
que digas.
¡BROM!
Oímos otro
estruendo: Etel había tratado de hacer una pirueta al ritmo de la música que
salía de la radio de mi habitación, y había terminado sobre la alfombra, en una
pose algo extraña.
—
¡Ya dejen de reírse y
ayúdenme, por favor!
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
La mañana del lunes se pasó rápidamente. Tomas preguntó a propósito del
viaje y Loi le comentó muy animada lo bien que la pasamos. Me alegró muchísimo
oír el cariño con el que hablaba del abuelo y Joan.
Etel participó de la charla pero con menos intensidad porque se
pasó la mayor parte del tiempo dormitando. Se había amanecido haciendo los
deberes para hoy, igual que yo, pero como nuevamente me había atacado ese
misterioso insomnio que por la mañana no me dejaba tan destruida, llegué de
manera normal a clases.
—
Tu abuelo parece muy amable
— me dijo Tomas en el receso.
—
¡Es un hombre espectacular!
— me ganó en responder Loi. Etel asintió fervientemente a pesar de estar media
dormida—. Ahora eso sí, déjame advertirte que, si realmente quieres algo con
Sisa, lo más probable será que te encuentres cara a cara con su amiga Petra.
—
¿Petra? — preguntó Tomas
con curiosidad.
—
Sí, su escopeta. Marcus
Leda ha tenido varios encuentros con ella, y solo se ha salvado porque tenía la
rapidez de una bala para huir, según el mismo señor Cides.
—
Vaya… — murmuró algo
intimidado.
A la hora de salida Etel se fue con Tomas que se ofreció a llevarla
a casa porque parecía que iba a caer dormida en cualquier lugar, y yo acompañé
a Loi para que coordinara los nuevos horarios de ensayo ahora que ya había
salido el título de la rutina oficial. Todos los postulantes a la Facultad de
Danza tenían que presentarse con un fragmento del Lago de los cisnes (tal y
como había pronosticado la profesora Inés), y una rutina libre.
En mi caso se había escogido El Nocturno para violín y piano de
Chopin. Tenía que ponerme a practicar cuanto antes porque la he escuchado pero
nunca he intentado tocarla.
Llegamos al
edificio de ensayos; subimos por las escaleras hasta el tercer piso porque el
ascensor tenía un letrero que decía “fuera de servicio”. Mientras Loi le
preguntaba a un maestro por la profesora Inés, vi una figurita a través de las
paredes de cristal de uno de los salones.
¡Cierto! Marissa me
había comentado que Naina también ensayaba en este edificio.
—
¡Hola! — la saludé a través
de las puertas traslucidas cuando ella volteó y observó en mi dirección. Dio un
salto, emocionada, y cuando estaba por acercarse la profesora que ese día
estaba impartiéndole la clase la llamó con suavidad por su nombre.
No era la misma que recordaba haber visto en el recital. Tal vez
la habrían cambiado, o la otra estuviera de descanso, quién sabe.
—
Godzilla está en el séptimo
piso — anunció Loi agotada—. ¿Mmm? ¿Qué estás mirando, Bellota?
—
Ella es la hermanita de
Alen, Loi: Naina.
Volteó con curiosidad, y después puso gesto de conmoción:
—
¡Por Dios! ¡Qué cosita tan
linda!
—
Sí, ¿verdad?
Me despedí con un movimiento de manos y seguimos por las escaleras.
Esperé a Loi en la parte exterior de uno de los salones, y por las paredes de
cristal distinguí a la profesora Inés acercándose a ella: tenía esa típica
postura militar, pero se notaba que estaba muy feliz por verla.
Aproveché los
minutos y saqué las partituras que el abuelo muy gentilmente me había dado para
irlas memorizando. Tenía un baúl repleto de ellas; cuando le comenté lo de
Chopin casi al segundo me sacó la que necesitaba.
No pasaron más de
quince minutos. Loi salió del salón, sin fuerzas:
—
Maldita sea, está muy feliz
porque he pasado, pero me ha dicho que ahora ensayaremos lunes, miércoles y
viernes de seis a nueve de la noche. Lo bueno es que ya me dijo que los fines
de semana no se tocan.
—
¡Todo sea por el examen! —
le dije con convicción.
—
Sí, ¡todo por el examen! —
reiteró —. Por cierto, Bellota, estaba pensando que para la rutina libre
podrías presentarte con algún tema compuesto por ti, ¿no te parece?
—
¿En serio? — exclamé
entusiasmada—. Estaba pensando lo mismo, pero no sabía si era una buena idea.
—
¡Por supuesto! Hay que
reunirnos un día a escuchar las canciones que tienes en mente para la audición,
y te ayudamos a escogerla.
¡Pero qué idea tan genial!
—
Ahhh, tengo unos antojos de
frapuccino, ¿qué dices? ¿Vamos por uno? — sugirió —. Y de ahí pasamos a
molestar a Etel que debe estar durmiendo como un oso en su casa.
Estábamos por llegar a las escaleras cuando un sonido ensordecedor
llenó todo el ambiente.
Los focos situados en algunas zonas del techo parpadeaban
encendidos, de color rojo.
—
¿Qué pasa? ¿Son las alarmas? — pregunté extrañada.
—
Tranquila, Inés me dijo...
— Una gran multitud apareció por el pasillo perpendicular. Loi tuvo que elevar
la voz cuando por lo menos treinta personas cruzaron en frente de nosotras—
¡... que harían un simulacro de incendio!
—
¿Y por qué todos se ven tan
asustados? — le pregunté en el mismo tono al oír algunos gritos.
—
¡Supuestamente iba a ser
sorpresivo! ¡Para ver si los estudiantes están preparados para un verdadero
incendio! ¡Por eso el ascensor está deshabilitado!
Bajamos detrás de los chicos que se aglomeraban en los escalones y
luchaban por bajar con rapidez. Los más sensatos comprendieron que todo no se
trataba más que de un simulacro y dejaban espacio para que los demás (que sí
estaban algo alterados), corrieran a sus anchas.
Loi y yo bajábamos con tranquilidad, incluso riéndonos un poco por
todo el tumulto…
…hasta que caí en la cuenta de algo.
—
¿Sisa? — me preguntó Loi
cuando me detuve abruptamente.
Naina
Naina le tiene
pánico a estar en medio de gente aglomerada.
Su maestra debía
estar al tanto de su dificultad frente a tantas personas, pero recordé que me
parecía no ser la misma a la que había visto en el recital.
—
¿Sisa?
Oí más gritos en
los siguientes pisos: si chicos más grandes gritaban, espantados por todo el
tumulto, ¿cómo estaría ella siendo tan pequeña?
—
¿Sisa…? ¡Sisa! ¡¿A dónde
vas?! — me gritó Loi.
—
¡Naina! ¡Se aterroriza
cuando hay demasiada gente!
Bajé hasta el tercer piso y corrí en sentido contrario de la marea
de gente que buscaba llegar a las escalinatas con rapidez. Me choqué con varias
personas en el trayecto.
¿Dónde? ¡¿Dónde…?!
—
¡Naina! ¡Naina! — la llamé
cuando llegué al salón, pero comprobé que ya estaba vacío.
Observé alrededor, en medio de los pequeños que salían corriendo
de los otros salones, pero no la encontré.
—
En los jardines, ¡seguramente
ya están en los jardines posteriores! — me dijo Loi que apareció detrás de mí,
muy agitada—. Siempre que hacen simulacros nos llevan a todos ahí para formar
las rondas de precaución. Cada ronda es por curso.
Salí corriendo por el camino que Loi me indicó y bajé por las
escaleras de emergencia. Llegué al primer piso y crucé todo el salón que
conducía al campo posterior. Varios chicos reían, ya comprendiendo el punto, y
algunos protestaban en contra de la medida poco cuidadosa. Finalmente llegué a
terreno abierto y me encontré con un tumulto de gente.
Cielos, en serio este edificio es enorme: ¡hay una cantidad
exorbitante de personas!
Crucé a través del césped buscando el curso de Naina, y después de
un recorrido algo complicado por el número de cuerpos, distinguí a la mujer que
había visto en su salón.
—
Niños, por favor, quédense
en su sitio tranquilamente. ¡No pasa nada!
—
Disculpe, este es el curso
debutante, ¿verdad?— le pregunté al llegar a su lado, inquieta.
—
¿Eh? Sí, ¿quién es...?
—
¡Naina! ¿Dónde está Naina
Forgeso?
—
¿Naina Forgeso? — repitió y
giró en todas las direcciones—. ¿Naina, cariño? ¿Naina? ¡Naina!
—
¡¿Dónde está?!— insistí.
—
Estaba aquí, hace un
segundo. ¡Estaba…estaba algo nerviosa pero…!
No terminé ni de
escucharla y me perdí nuevamente entre la multitud. No fue hasta que vi las
escalinatas que conducían a algo semejante a una pequeña torre en medio de todo
el campo, que se me ocurrió la idea de buscarla desde allá arriba.
Corrí a través de
todas las personas y subí rápidamente hasta la parte más alta a pesar del
cordón que decía “No ingresar”. Intenté ubicar a Naina en medio de toda la
gente reunida; buscaba su cabello marrón ondeado, el lacito color melón con el
que la había visto hace un momento, y entonces…
¡Ahí!
Encogida bajo un
árbol, cubriéndose los oídos y moviendo frenéticamente la cabeza.
—
¡Alen! — exclamé sin
pensarlo, y él apareció de manera instantánea a mi lado.
—
¿Sisa? ¿Qué suce…?
—
¡Naina! — lo interrumpí. No
necesitó de mayor explicación, porque escuchó todo el disturbio de afuera, y
vio con horror la cantidad de estudiantes que estaban en el campus.
Desapareció en menos de un parpadeo, y después retornó a la misma
velocidad, ya con Naina en brazos.
—
Shhh, ya, tranquila, bonita
— le dijo mientras ella lloraba desconsoladamente y se acurrucaba en su pecho—.
No llores, ya estoy aquí. No pasa nada.
No supe qué hacer porque él trataba de aplacar el ataque con la
máxima ternura, pero Naina seguía llorando en silencio. Su boquita se abría de
tanto en tanto como para soltar sollozos, pero ninguno emitía sonido alguno.
—
Ya, ya, nos iremos a casa,
¿está bien? — prometió y ella asintió—. Espera, iré a hablar con tu maestra
para decirle que ya nos vamos. Te dejaré un segundo con Sisa, ¿de acuerdo? — Intentó
pasármela, pero ella se aferró con fuerza a su camisa y negó con desesperación.
Alen volvió a acercarla a su pecho y le dijo que entonces iríamos todos juntos.
Bajamos por las escalinatas en medio de las indicaciones que
algunos encargados daban a través de megáfonos. Alen se acercó a la maestra de
Naina que suspiró aliviada cuando la vio, y después asintió.
Supuse que le había dicho que se la llevaría a casa.
—
¡Sisa! ¡Ah, la encontraste!
— me dijo Loi cuando ingresamos al edificio nuevamente. Vio a Naina y abrió los
ojos con sorpresa—: Cielos, realmente se ha asustado mucho.
—
Hola, Loi, ¿qué pasó?
—
Oh, ¿qué tal, Alen? Has
aparecido…como invocado — comentó algo sorprendida. Él asintió, restándole
importancia—. Un simulacro de incendio sorpresa: para ver si los estudiantes
reaccionaban de manera apropiada. Me parece que ha sido un tanto imprudente
porque a esta hora la mayoría de secciones infantiles ensayan. Bellota pensó
que Naina podía asustarse y salió corriendo como alma que lleva el diablo —
añadió con demasiado énfasis en su explicación. Elevé una ceja ante la
sonrisita que me lanzó de reojo—. ¿Sabes? Quiere mucho a tu hermanita.
—
Sí, ya lo comprobé.
Muchísimas gracias, Sisa. — Me sonrojé violentamente cuando los ojos miel me
observaron.
Les pedí que volvieran con cuidado a casa, pero cuando estaba por
acercarme a Loi una de las manitas de Naina se aferró a mi chaqueta.
Elevó la mirada y negó con la cabeza.
—
Ehh, bueno, la verdad… ¡la
verdad es que yo tengo muuuchas cosas que hacer! — soltó Loi de la nada y con
demasiado entusiasmo—. Y cómo ustedes van al mismo vecindario, ¡tal vez lo
mejor sería que se fueran juntos!
—
¿Eh? ¿Loi?
—
¡Adiosito! ¡Nos vemos
mañana en la escuela!
Vaya, qué rápida. No entiendo cómo ha logrado cruzar la pista de
manera tan agraciada y sin tropezarse. Hasta parece que también puede
transportarse.
—
¿Entonces nos vamos? — me
preguntó Alen. Asentí.
Salimos del
edificio de ensayos y sin previo aviso me tomó de la mano. Me dijo que lo ideal
era no perder demasiado tiempo y llevar a Naina a casa. Llegamos a una calle
desprovista de gente, y para cuando me di cuenta, ya estábamos en mi vecindario.
—
Espera un momento, ¿sí? —
me pidió.
Caminó con Naina en
brazos hasta las rejas negras, las abrió y casi como cronometrado Marissa salió
por la puerta principal. Se llevó las manos a los labios de la impresión y
después recibió a Naina llena de preocupación.
Alen señaló en mi
dirección y Marissa me llamó con una mano.
Me acerqué algo
vacilante. Le pidió a Alen que sostuviera a Naina unos segundos y me atrapó en
un emotivo abrazo.
—
Me acaban de llamar del
edificio — me dijo. Sus lágrimas me humedecieron las mejillas—. Ya son dos
veces las que salvas a mi Naina, ¡no sé cómo voy a agradecértelo! Gracias,
cariño, ¡gracias!
—
No…no diga eso, no-no es
necesario.
Me dio las gracias
miles de veces más, y después dijo que iría a recostar a Naina que empezaba a
cerrar los ojitos, agotada. Nos ofreció algo de té, pero Alen se negó
cortésmente, alegando que tenía que volver a la universidad.
Yo también preferí
desistir porque el abrazo me había dejado algo sensible. Sería algo tonto de mi
parte ponerme a llorar de la nada mientras bebía té.
—
Muchas gracias, Sisa — lo oí
decirme cuando nos quedamos solos, caminando sin un rumbo en particular. Le
dije que perdiera cuidado, que a mí también me preocupaba el bienestar de Naina,
pero ni aun así cambió el gesto abatido de su rostro—. Estoy buscando las
letras de mi nombre, pero también debería poner más empeño en conseguir que
Naina recupere la voz.
Estaba muy enfadado consigo mismo.
—
Alen…
—
Ella me dio mucho la
primera vez que estuve aquí, y yo no puedo hacer ni un maldito esfuerzo para
retribuírselo: qué clase de idiota soy. Debería estar más pendiente de ella. — Se
reprochó, frustrado—. Un simulacro de incendio, qué clase de ironía es esa.
¿Ironía?
Llegamos hasta la última casa de esta calle; se sentó sobre la
acera.
—
¿Por…? ¿Por qué dices eso?
Se quedó tanto tiempo en silencio que, pensé, había sido
indiscreto de mi parte formular esa pregunta…
…pero elevó la mirada, y después inició:
—
Conocí a Naina en mi
primera vida, cuando caí. Se llamaba Amali. — Una fuerte ráfaga de viento me
obligó a cerrar los ojos. Para cuando los abrí, distinguí un ligero cambio en
el ambiente que no supe explicar—. Ella me acogió en su hogar. Era una niña de
diez años que vivía sola porque su abuela había salido por comida y aún no
retornaba. Su pueblo estaba siendo azotado por una epidemia mortal. Amali no lo
comprendía.
Visualicé aquel contexto macabro: personas muriendo día tras día,
sin encontrar la cura para detener los decesos. Naina…Amali en medio de un
período de tiempo tan difícil.
Alen soltó un suspiro:
—
Me vio caer una noche; se
acercó a mí, me preguntó qué era y yo tuve la estúpida idea de responderle con
demasiada sinceridad: “soy un ángel”, le dije entre balbuceos, porque ni
siquiera comprendía bien lo que significaba “hablar”.
Imaginé a Alen vulnerable, iniciando su primera vida en este
mundo. No comprender ni siquiera el significado de “hablar”, implica que no hay
modo de comunicarse.
—
No podía moverme porque
tampoco sabía usar las piernas, y no sabía cómo guardar mis alas, así que los
primeros días me llevó comida y agua hasta el lugar en donde me encontraba.
Trajo mantas para abrigarme y se quedaba hasta muy tarde charlando conmigo.
Cuando pude ponerme de pie me llevó a su casa: ahí me encontré con el cuerpo
sin vida de su abuela. Nunca llegó a salir por comida, había muerto en el
granero, también infectada por la peste. No me atreví a decírselo porque ni
siquiera podía encontrar las palabras que transmitieran lo que sentía.
Se quedó sumido en un triste silencio, con la mirada perdida, los
ojos vacíos; como si estuviera viajando entre recuerdos espantosos.
Por un momento recordé lo que Hethos me había dicho en cierta
oportunidad: cuando Alen cayó, a pesar de que su razonamiento era superior al
nuestro, este no compatibilizaba del todo con su nuevo cuerpo.
» Era como un niño: cada
cosa debía explicársele con cuidado porque el Mundo Terrenal era algo nuevo
para él. A veces se quedaba horas solo observando sus dedos, sus brazos,
fascinado, sin comprender exactamente cómo se movían por órdenes internas.
Su voz me trajo al presente:
—
Amali terminó contándoles a
todos en el pueblo sobre mí. Dentro de ella había una emoción increíble, sentía
que a todos les gustaría conocerme. “¡Hay un ángel en mi casa, hay un ángel en
mi casa!”, es lo que la oía decir a lo lejos mientras buscaba comida. En esa
época mis sentidos aún eran muy sensibles. Si yo hubiera hecho algo para evitar
que corriera la noticia…
El tono áspero me tomó con la guardia baja; casi podía sentir su
resentimiento.
Sospeché que la historia acababa mal.
—
Te imaginas lo que pasó,
¿verdad? — me preguntó hoscamente. No respondí, su voz me había asustado—. La
tacharon de bruja, la culparon por la peste… Decían que había asesinado a su
abuela, que había invocado a seres malignos…
¿Qué…?
—
Un domingo por la tarde
vinieron a la casa; yo estaba por el río, buscando agua, fascinado al comprobar
que podía ver mi reflejo en ella. Cuando volví, intenté localizarla: se la
habían llevado a la plaza principal. La
encontré atada a un poste…
—
No…
—
Sí. — Soltó una risa agria
y después los ojos miel me observaron con seriedad—. La quemaron. La quemaron viva mientras gritaban “que muera la
bruja”, “Dios, te entregamos a la bruja”.
Quise actuar, salir a defenderla, ¡pero era un inútil en este jodido
cuerpo! No podía ni correr, mucho menos hacer uso de los poderes que me
quedaban ¡porque aún no me adaptaba a mi nueva maldita condición!
Una imagen me cruzó la mente tan veloz como un flash cegador: una
niña gritando de pavor, humo rodeándola, gente ovacionando el espectáculo, ojos
miel abiertos de par en par, siendo testigos de todo.
—
Cuando recuerdo eso a veces
me pregunto ¿qué significa ser “humano” para ustedes? ¡Era apenas una niña! ¡Y aun
así la quemaron viva! ¡Incluso disfrutaban al oírla gritar! Era un espectáculo,
¡todo se convirtió en un jodido espectáculo! — bramó con tanta rabia que me
encogí bruscamente.
Había olvidado lo intimidante que podía sonar.
—
¿Por qué los tuyos son así,
Sisa? — me increpó—. ¿Por qué?
—
¡Al…! — Pero ni siquiera
pude excusarme. Su nombre se quedó a medio pronunciar, porque desapareció y no
alcanzó a escucharlo.
Me quedé ahí, con el corazón latiéndome a mil por hora y pensando
que quemar a una niña por ser tachada de bruja era una completa crueldad.
¿Qué significa ser “humano”?
La verdad es que en este momento yo tampoco lo sé.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
—
Sí, la verdad es que la
muerte de Amali lo ha marcado de sobremanera — me dijo Tarek después de que le
contara lo que había sucedido el lunes—. Pero tranquila, probablemente dijo eso
porque estaba algo nervioso por lo que le había sucedido a Naina en el edificio
de ensayos. Ya verás que cuando lo veas de nuevo va a estar como si nada.
—
Mmm, ojalá — respondí algo
insegura.
—
Ahora el asunto es que va a
terminar molestándose conmigo y dándome una paliza si se entera de esto —
replicó exaltado—. Me matará cuando sepa que te estoy llevando a la tienda de
Hethos para otra sesión de Li-kay.
—
Si se lo dices, ¡ahora
mismo llamo a Loi y le digo que cancele la cita! — lo amenacé y me miró lleno
de indignación:
—
Bellota, de Alen lo sabía
pero ¡¿tú también?! ¡Nunca lo creí de ti! ¡Ustedes dos son el uno para el otro!
Deberían fundar el club de “atormentemos al pobre errante” de una vez por
todas.
Le había pedido a Loi que aceptara salir con Tarek mañana, sábado
(me había respondido que “bueno” con indiferencia, pero creo que estaba
bastante satisfecha con el asunto). Esto a cambio de que él mantuviera
entretenido a Alen en lo que yo iba a visitar a Hethos. Tal vez una sesión más
de Li-kay podría darnos más pistas
sobre Albania, y así las palabras de Durand dejarían de preocuparme demasiado.
—
¡Ah, me muero de la
emoción!
—
Déjame decirte que has
hecho muchos puntos con el ramo de rosas.
Los ojos le brillaron.
—
Solo espero que todo esto
sea para algo serio, porque sino yo misma me encargaré de decirle a Loi que se
aleje — señalé con firmeza.
—
Parte de mi naturaleza es
no entender mis propios motivos, ni saber con exactitud qué quiero. — Volteé a
verlo, disgustada, y me regaló una sonrisa—. Pero créeme cuando te digo que
lastimar a la princesa no está en mis planes, Bellota.
—
Entonces está bien. Por
cierto, ¿qué le dijiste a Alen para mantenerlo entretenido?
—
Oh, le pedí que fuera a
ayudar a Copo de Nieve. Ahora solo ruego porque en serio no se entere de que…
—
¿…estás cubriéndola para
que vea a Hethos de nuevo? — oímos por detrás.
Ambos dimos un pequeño brinco, giramos y ¡miren a quién tenemos
aquí!
—
Oficialmente estoy muerto,
¿verdad? — musitó Tarek resignado.
—
Muerto es poco, Tarek. Copo
de Nieve no abrió la tienda hoy, y prácticamente eres un libro abierto cuando
se trata de secretos — señaló con seriedad—. Y tú, Sisa, ¿puedo saber a dónde
te está llevando esa mente de bellota imprudente?
Tarek tenía razón: él estaba como si nada. Pensé que después de
sus palabras estaría enfadado o algo, pero lo encontré muy tranquilo.
Hasta con ese tonito burlón que solía emplear conmigo.
—
¡Ha pasado mucho tiempo
desde que he tenido alguna visión! — capturé la primera idea que se me cruzó
por la mente. Tarek, al lado, dijo: “sísísísísí”—. Tal vez algo esté fallando
en mi cabeza…no sé, quiero que Hethos vea eso.
—
¿En serio? ¿Fallando porque
NO tienes visiones? — replicó con ironía—. ¿El asunto no es que cierta bellota
quiere volver a tener una sesión de Li-kay?
—
¡Noooo, por supuesto que
no! — exclamó Tarek pero sonó a mala mentira.
—
Igual están perdiendo su
tiempo. Hethos no volverá hasta más o menos la medianoche, ¡y eso! No sé qué
asuntos está atendiendo. Por cierto, contigo voy a tener una charla más tarde,
Tarek.
—
¡Ella me obligó, yo no
quería! — respondió rápidamente. Lo miré indignada: ¡traición! —. Y me voy
antes de que llames a la princesa.
—
¡Tarek!
—
¡Adiós, Bellota guapa!
—
¡Ayy, Tareeeek! — chillé
cuando desapareció de manera veloz.
—
Igual después voy a hablar
con él, y tú — giró en mi dirección y entrecerró la mirada: bien, me está
acusando—, ¿puedo saber en qué demonios estabas pensando?
—
Alen, ya te dije que no me
duele. Si la vez pasada me afectó fue porque no estaba preparada. No sabía ni
siquiera qué significaba el proceso, ¡pero ahora…!
—
Ahora nada.
—
Alen.
—
No.
—
¿Por qué eres tan
testarudo?
—
La testaruda es otra perso…
— Ambos nos quedamos estáticos en ese momento. Yo porque sentí algo peculiar,
como si fuera a tener una imagen mental; y cuando volteé a verlo, comprobé que
él tenía una mano sobre su cuello.
—
¿Lo sentiste? — le pregunté
sin saber exactamente a lo que me refería.
Me observó consternado.
—
Otra letra — murmuró.
—
¿Qué?
—
Me está escociendo el
cuello — me dijo, y entonces recordé lo que eso significaba—. ¿Pero qué…? ¿Por
qué…?
Lo miré igual de aturdida, esperando que dijera algo más, cuando
de repente vi al frente, en la otra acera, y una melena oscura llamó mi
atención:
¡Ahí está!
—
¡Zara! — grité de la nada.
Algunas personas voltearon a observarme extrañadas; Alen abrió los
ojos, completamente aturdido.
Corrí y crucé la pista; ella seguía andando como si no me hubiera
escuchado.
—
¡Zara! — exclamé cuando la
alcancé y la detuve por el hombro.
Los enormes ojos oscuros me observaron sorprendidos, pero al
reconocerme inmediatamente se entrecerraron con tedio:
—
¿Qué sucede?
Es la primera vez que veo más de cerca a Zara Lagares, porque en
el club de pintura suele sentarse sola en los taburetes del final. Tiene los
ojos oscuros delineados profundamente, y la piel muy pálida. El cabello negro
le caía a la altura del mentón y le daba un aura muy elegante. Es sumamente
delgada y de mirada algo penetrante.
—
¿Tú no eres Daquel? ¿De
pintura?
—
¡Sí! Eh…bueno…yo… — Estaba
intentando encontrar alguna excusa creíble, cuando Alen llegó junto a nosotras.
Le lancé una mirada esperando que comprendiera el punto.
—
¿Y bien? — insistió ella
con una ceja en alto.
—
Yo…bueno…yo me… ¡me
preguntaba por qué no te veía ya en el club de pintura!
—
¿Qué? ¿Y por qué tendría
que explicarte eso? No somos amigas.
Bien, debo aceptar que tiene una manera algo ruda para decir las
cosas.
—
Sí, es que…como solía verte
ahí…
—
¿Y él quién es? — me preguntó,
señalando a Alen con un cabeceo. Él elevó las cejas ante el tono frío—. Oye,
¿no se supone que tú sales con Tomas?
—
¿Ah?
—
Con esa cara de niña buena
ni yo lo hubiera creído. — Parpadeé, llena de confusión—. Por lo menos sé
sincera con él y dile que sales con otro chico.
—
Yo…yo no estoy saliendo con
Tomas.
Ahora entiendo por qué Loi y Etel dicen que Zara resultaba algo intimidante.
—
¿Ah no? ¿Entonces eres de
las que ilusionan a los chicos por hobby o algo así?
—
¿Qué? — Me desencajé por
completo ante sus palabras. Alen torció el gesto, sin comprender—. O-oye, no sé
dónde habrás escuchado eso, pero Tomas y yo solo somos buenos amigos.
—
¿Sí? Pues parece que él
quiere otra cosa. Me habla tanto de ti que hasta podría escribirte una
biografía. — Bien, voy a tratar de no molestarme porque Zara parece ser
importante en todo esto —. Bueno, si no tienes nada más que decirme me vo…
—
¡ESPERA! — casi grité.
Volteó a mirarme con extrañeza—. Ehhh, olvidé…olvidé presentarte a mi amigo.
—
¿Qué? ¿Qué rayos sucede conti…?
—
Él…él es Alen Forgeso — lancé
sin rodeos y lo empujé un tanto para que se acercara.
Tal vez era una buena idea que se conocieran.
—
Ah, hola — respondió Zara
con desconfianza. Alen parpadeó, tan indiferente como solía ser con la mayoría
de personas, y le ofreció la mano:
—
Mucho gusto, Zar…
Entonces vi los dedos de ambos rozándose en el apretón de manos, y
la cabeza me giró con violencia. Y después…
Otra vez…
Hay una habitación y en medio una cama con doseles blancos.
También hay una cómoda con un espejo enorme; frente a ella está una mujer,
cepillando el largo y ondeado cabello de otra… No, es más joven, es una chica.
Una chica sentada sobre un elegante taburete y con las faldas del vestido verde
pálido cayendo graciosamente sobre la alfombra.
Ambas se ven algo difusas y no puedo distinguir sus rostros.
» ¿Y por qué crees que ella
pueda ser algún tipo de impedimento? — pregunta la que permanece sentada mientras mueve delicadamente
el brazo izquierdo. Lo eleva y lo tuerce con gracia, como si estuviera
siguiendo una melodía insonora. Sus dedos bailan de la misma manera.
» ¡¿Qué?! ¿Es que acaso no
me ha oído, niña Albania? — exclama la otra mujer, con
cierto tono escandalizado. Deja el cepillo a un lado y se pone en frente de
ella—. ¡Es su prometida! ¡Van a casarse
en un par de meses!
» ¿Y eso qué? Aún no son
marido y mujer — el brazo de Albania se mueve con tanta gracia
que por un momento me deslumbro ante el espectáculo—, y de serlo, igual no tendría por qué ser un impedimento para mí.
» ¡¿Pero acaso se está
escuchando, niña?! ¡No sabe lo que está diciendo!
» No me importa si es su
prometida o no: ella no lo merece. Voy a casarme con él, Nuna, así sea lo
último que haga.
—
¡Sisa! ¡Sisa!
—
¡Ah! — Me encuentro con los
ojos inquietos de Alen que sostiene una de mis manos. No entiendo cómo hemos
llegado a esta banqueta y a este parque.
A un lado está Zara, echándome aire con su carpeta de dibujo.
—
¿Estás bien? — me pregunta
él preocupado. Asiento brevemente.
—
¿Estás segura? — me dijo
ella—. Por si acaso anda a hacerte un chequeo o algo: te has desvanecido
bruscamente. Si tu novio no te sostiene, hubieras terminado cayendo de cabeza
contra el pavimento.
—
Eh…no-no es mi novio —
aclaré rápidamente.
—
Ah, entonces lo de que
puedes estar embarazada tal vez no sea cierto. — ¡¿Qué?! Sentí que el rostro se me puso colorado; Alen frunció el
ceño, desconcertado—. Ya estás bien, ¿no?
—
Sí, eh…gracias por el aire
— respondí sin saber qué más agregar. Zara asintió y dio signos de ya retirarse
—. ¡ESPERA! — grité otra vez y Alen y ella dieron un respingo —. Digo, tal… tal
vez podríamos salir a tomar algo un día: un helado, un café. ¡Si quieres,
claro!
—
No, no quiero. — ¡Ay! —.
Realmente eres extraña; no entiendo qué le gusta a Tomas de ti — me dijo
y después la vi alejarse con el cabello corto bamboleándosele de aquí para allá.
Vaya, así que así se siente ser rechazada sin ningún tipo de
tacto.
—
Alguien tiene un humor algo
feo — comentó Alen sorprendido.
Lo miré, sin creerlo:
—
¡No me digas! Conozco a
alguien que tiene el carácter parecido.
—
¿Qué? Ah, por favor. Ni de
broma: esa chica tiene muy mal carácter.
—
¿Y tú no?
Dejé la banca e intentamos seguir a Zara, pero ella tomó el
autobús y se perdió en la siguiente esquina. Alen soltó un suspiro y alegó que
ya no sentía nada en el cuello así que era en vano ir tras ella.
Le comenté brevemente la visión que había tenido y solo conseguí
que frunciera el ceño, confundido.
—
Albania estaba empecinada
en casarse con alguien — murmuró y después se encogió de hombros—. ¿Y eso por
qué es tan importante en la búsqueda de mi nombre? No lo comprendo.
—
A…a lo mejor quería…
—
¿Sí?
—
A lo mejor quería casarse
contigo — concluí. Los ojos miel se abrieron, sorprendidos.
Por un momento sentí que el abdomen se me contrajo: ¿qué tipo de
relación tuvieron él y la tal Albania?
Su risa estalló y me trajo de vuelta. Lo miré con curiosidad.
—
Sisa, entre los míos no
existe nada parecido al matrimonio. Además, es obvio que Albania era humana. No
había manera de que tuviera contacto directo conmigo en mi existencia original.
Caminamos un par de cuadras más y decidí volver a intentar lo del Li-kay con Hethos. A lo mejor ahora que
acabo de tener una visión las cosas fluyen con mayor facilidad; pero Alen
seguía insistiendo con lo de que no estaba en la tienda.
Pero lo repetía tantas veces que por un momento me dio la ligera
impresión de que me mentía.
—
Igual iré.
—
¡Qué testaruda, niña!
—
No me importa lo que me
digas.
Nos detuvimos ante
el semáforo en rojo y mientras seguíamos discutiendo a propósito de si Hethos
estaba o no en la tienda, un niño de cuclillas bajo un poste llamó nuestra
atención. Estaba dándole pequeños retazos de pan a un perrito que los devoraba
ávidamente.
Me acerqué un tanto
y noté que por cada bocado que le daba al animalito, más fruncía el ceño:
—
No creo que papá se enfade,
las usé para comprarte comida — decía asintiendo para sí mismo, pero después
apretó los labios, inquieto—. Además, fueron solo quince pormias.
—
¿Mmm? ¿Sucede algo? — le
pregunté, inclinándome un poco.
El pequeño elevó la
mirada y la entrecerró con desconfianza:
—
No debo hablar con extraños
— agregó en voz bajita. El perrito, a su lado, empezó a mover la cola
efusivamente cuando vio a Alen.
Ok, esa reacción es igual a la de Petardo. ¿Es que acaso todos los
animales lo aman?
« Es un ángel, so, tonta»
Ah, sí.
—
¿Qué pasó? — indagó Alen
con amabilidad. Supuse que la pregunta era más por cortesía, ya que como era
pequeño sí podía leer su mente y estar al tanto de todo.
—
Quince pormias…el perrito
tenía hambre — murmuró.
Ah, dinero. ¿Se le habría perdido o algo así?
—
¿Era muy importante? — le
pregunté rebuscando en mi mochila—. Porque si quieres…
—
¡No! ¡No debo aceptar nada
de extraños! ¡Nada! — exclamó y salió a todo escape, con el perrito que primero
dudó, observando con ojos ávidos a Alen, pero después le siguió los pasos.
Volteó por la esquina, veloz, y lo perdimos de vista.
Pobrecillo, seguramente era su propina o algo y se le ha perdido.
—
Los niños tienen demasiada
energía — me comentó con una leve sonrisa—. Está algo asustado porque salió a
comprar algo que le encargó su padre y ha usado parte del dinero para comprarle
pan a ese animalito. — Ahh, así que era eso —. Bueno, ¿te llevo a casa?
—
Nop, ya te dije que iré a
lo de Hethos.
—
Sisa — me advirtió.
—
¡No! ¡Déjame ir!
—
¡Pero ya te dije que no
está!
—
¡Entonces quiero
comprobarlo con mis propios ojos!
—
Eres una niña de lo más
molestosa.
Crucé la pista rumbo a la tienda de antigüedades antes de que me
saliera con alguna otra réplica; no pasó mucho para que apareciera a mi lado.
Pasé por alto su gesto de fastidio, hasta que recordé lo de la última vez.
—
Por cierto, ¿cómo…? ¿Cómo
está Naina? — pregunté algo indecisa.
—
Está mucho mejor. Y
hablando de eso, Marissa quiere que pases por la casa un día. Realmente quiere
agradecerte por lo de la vez pasada.
—
No fue nada; el que hizo
todo fuiste tú — señalé, aliviada ante su tono tranquilo.
Por lo visto Tarek tenía razón: había sido solo cosa del momento.
—
Pero si tú no me hubieras
llamado, no habría podido ayudarla — apuntó gentilmente.
—
Bueno, entonces fue un
esfuerzo en conjunto.
—
Sí, pero yo no puedo
recibirle el té a Marissa sin arriesgarme a que Gabriel venga por mí. Ya sabes…
—
Sí, lo de “ángel o humano”
— murmuré.
—
Así que no estaría de más
que la hagas feliz aceptándole la invitación. Por cierto, también quería
disculparme por mi brusco cambio de humor de esa vez. — Lo observé, curiosa—.
Recordé lo de Amali, y soné rudo; no es tu culpa, después de todo tú no estabas
entre la multitud que la condenó a la hoguera.
—
Descuida.
—
Hethos me ha dicho
incontables veces que no debo ser tan inflexible, después de todo ustedes no
vinieron al mundo con un manual para vivir — añadió mientras atravesábamos las
calles—. Si bien yo caí en una época en la que se creía que las enfermedades
eran castigos divinos y serían eliminadas mediante sacrificios, ahora hay
mejores respuestas en torno a esos temas. Han expandido su manera de ver las
cosas. Lo único…lo único que no llego a comprender es cómo pudieron quemar
deliberadamente a una niña. Nadie en la multitud dijo que no; nadie pensó que
Amali podría haber sido uno de sus hijos.
Cruzamos, y al doblar por la calle, la tienda de Hethos nos dio la
bienvenida con las puertas completamente cerradas.
—
¿Eh? ¡En serio no está! —
murmuró sorprendido. Volteé a verlo con mala cara—. ¿Qué? Igual no está.
—
¡Alen, eres un…!
—
¿Ahora sí podemos irnos? —
insistió contento.
Resoplé malhumorada.
—
¡Pero mira qué suerte
tenemos! Ahora tendrás más tiempo para ensayar, y no sé por qué me da la ligera
impresión de que tu violín quiere cantarme algo. — Fruncí aún más el ceño ante
el tono risueño—. ¿Mmm? ¿Debo interpretar ese gesto de abuelita cascarrabias
como que no te gusta la idea?
—
Alen, ¿por qué no quieres
que vea a Hethos? — protesté mientras caminábamos a algún lugar en el que
pudiera sacar el violín.
Sí, al final se salió con la suya.
—
¿Por qué? — repitió y elevó
una ceja, como si fuera obvio—. Porque ya te dije que no sirve de nada que me
brindes tu ayuda si te lastimas en el proceso.
—
¡Pero no me lastimé!
—
No vamos a hablar de eso.
Y me quitó el estuche para prácticamente trotar con mi violín en
hombros.
—
Alen… ¡Alen!
Llegamos al parque cerca al malecón en donde solía practicar
después de la escuela. Se sentó muy campante sobre el césped y me sonrió:
—
Adelante.
—
¿Algo más, su majestad? —
pregunté con sarcasmo mientras sacaba el violín.
—
Mmm, bueno, si tocaras alguna
de tus composiciones creo que estaría bastante satisfecho. — Le puse mala cara —.
¡Ah, ah! No lo hagas con ese humor porque va a sonar mal.
—
¡Te odio con todo mi
corazón, Alen Forgeso! — Y pasé el arco con rudeza.
—
Oye, eso no ha sonado tan
genial como esperaba.
—
¡Pues el concierto de hoy
va a ser así, así que ni protestes!
Pasé el arco de manera descuidada un par de veces más; pero de ahí
me detuve porque no soportaba tratar así a mi violín.
—
Qué buena chica. Ahora
empieza — me dijo con sonrisa de niño bueno.
Saqué las partituras de Chopin y decidí empezar con la sesión.
Alen torció el gesto, decepcionado, aludiendo que hubiera querido oír una de
las mías, y la verdad con eso último el enojo se me pasó por completo.
Aun así, tenía que practicar para la prueba de enero así que lo
mejor era familiarizarme con Chopin de una buena vez. Me sonrió y dijo que
igual le encantaría escucharme.
No tengo idea de cuánto tiempo estuve practicando porque él era un
público demasiado acomedido. No me interrumpía y simplemente se quedaba
escuchando en silencio, con los ojos cerrados, disfrutando de cada nota. Lo
observé cuidadosamente mientras continuaba con la melodía, y de repente el
viento sopló con suavidad y le desordenó el cabello marrón. Sonrió suavemente
pero no abrió los ojos.
No te desconcentres…no te
desconcentres…
Recordé el pequeño beso que le robé después de que me llevara con
él por el cielo: el corazón me latió con violencia.
Ya había pasado algo de una semana y ninguno de los dos había
mencionado nada al respecto. Aunque en realidad ninguno de los besos que
habíamos compartido había sido tema de conversación. Excepto el primero, porque
él… bueno, fue más que nada a modo de disculpa, y después de eso no dijo nada
más.
« ¿Qué quieres oír?»
Nada…
« ¿Acaso un: me gustas,
Sisa? ¿Si nos hemos besado ya tres veces, tal vez es porque hay algo entre
nosotros? »
Nosotros…
—
¿Sisa?
Alen me observaba extrañado. Comprendí que había deslizado el arco
con poca firmeza y una nota terrible había profanado la melodía.
—
Lo…lo siento.
Nosotros…
¿Qué “nosotros”, Sisa? ¡No hay ningún “nosotros”!
—
¿Qué pasa?
Se puso de pie, preocupado. Me encogí cuando se acercó.
—
Na-nada — respondí tratando
de no ver su boca.
—
¿Te encuentras bien?
—
La…la verdad… — No—. ¡La verdad es que creo que
deberíamos pasar por la tienda de Hethos una vez más! — dije rápidamente.
—
¿Qué? ¿De nuevo con eso? —
reclamó fastidiado.
—
Sí — repliqué. Me miró con
severidad—. Alen, ¿no crees que es mejor que vaya contigo a que un día termine
yendo sola?
—
¿Por qué te empeñas tanto
en eso, Sisa? — exigió.
¿Por qué me empeño tanto? Pues
porque no quiero que termines loco.
Porque Durand ya me explicó que tu estadía aquí es como una
tortura.
—
Porque también me da
curiosidad el saber por qué tengo esas visiones.
Me miró fijamente, como sopesando mi respuesta, y después resopló
agotado:
—
No puedo negarte eso,
tienes tanto derecho a saberlo y comprenderlo como yo. — Suspiró y suavemente me
quitó el violín de las manos para guardarlo en el estuche—. Eres demasiado
testaruda, Bellota. De acuerdo, ¡vamos!
¡Genial!
Me tomó por la muñeca y aparecimos instantáneamente a unas calles
cerca de la tienda de Hethos. Mientras caminábamos, vimos a un enorme grupo de
gente rodeando una casa amarilla. Había periodistas, un auto de la policía y
una ambulancia.
¿Un accidente?
Cuando doblamos la esquina, me percaté de la hora: ya eran casi
las ocho de la noche. Habíamos tenido una charla larguísima que incluyó desde
anécdotas graciosas con Tarek (que una vez llegó ebrio a casa e intentó besarlo
para darle energía “porque eso hacían los amigos”); hasta mi casi adoración por
Cryin’ de Aerosmith.
Ahora, Alen iba contándome su rara afición por los chocolates que
por lo visto no tenía explicación lógica alguna, y algunas diferencias entre
demonios y ángeles.
—
¿Sanación? — Él asintió—. Y
ellos no pueden hacer eso.
—
No, la naturaleza demoníaca
implica muchas libertades para ellos a diferencia de nosotros: pueden hacer,
literalmente, lo que se les dé la gana en cualquier mundo; pero sus habilidades
en cuanto a sanación, sobre todo de vidas humanas, están muy limitadas.
—
¿Eso significa que Tarek no
puede sanar gente?
Negó con la cabeza:
—
Además, los demonios tienen
prohibido ayudar a los humanos a menos, claro, que existan pactos de por medio.
Como Tarek es un errante, en ese campo es más flexible pero aun así su
capacidad es bastante limitada a diferencia de la mía. También es el más
sincero de los suyos; Hethos y yo podemos confiar en él porque ya no tiene la
capacidad de mentir.
—
¿Ah no?
—
No, cada palabra que oigas
de sus labios jamás va a tener ningún tipo de falsedad en ellas.
—
¡Vaya!
—
Y como te dije, sí puede
brindar su ayuda sin ningún tipo de pago a cambio, pero hay ciertas
restricciones. Por ejemplo, no puede ayudar a ningún humano que esté al borde
de la muerte.
—
¿Solo al borde de la
muerte? — Asintió—. ¿Y…y tú?
—
Yo puedo, pero depende de
la cantidad de energía que se requiera.
—
Ohh…
Le pregunté acerca de la
pequeña ave que, me pareció, resucitó hace tiempo, y me dijo que eran casos muy
puntuales: dependía mucho del tiempo en el que se actuaba (el ave acababa de
morir, así que era sencillo recuperar su esencia vital), y también el tamaño
del ser. Los ángeles tenían el poder de resucitar humanos, pero estaba
estrictamente prohibido hacerlo; además, él, como calehim, no tenía ni el poder suficiente para revivir a ningún ser
vivo que fuera más grande que un pequeño pajarito.
Doblamos por la siguiente
esquina, ya para llegar a la tienda de Hethos.
Suspiré desganada al
observar al frente.
—
Bueno, ahí lo tienes — me
dijo demasiado satisfecho—. Hethos no regresa, punto final.
—
¡Pero regresará! ¡Mañana, o
pasado! ¡Y entonces ahí hablaré con él!
—
Lo que tú digas — me
respondió; pero era evidente que estaba bastante contento por ahora.
Giramos, me ofreció llevarme a casa de manera veloz, pero le dije
que prefería caminar. Los amigos de Corín probablemente seguían en casa por eso
de su trabajo grupal, y por lo que sé el famoso Esteban iba a estar entre
ellos. Después de la escena que me hizo ella a propósito de él hace tiempo, lo
mejor era esperar que la casa estuviera vacía para retornar.
Le estaba contando a Alen sobre la “cita” de Loi y Tarek, cuando
oímos que un tumulto se desató. Una mujer gritaba desesperada al frente,
justamente en las afuera de la casa amarilla en la que había visto tanta gente
hace rato.
La policía seguía cercando el lugar.
Misteriosamente, el perrito de hace rato daba vueltas en la acera
y ladraba fervientemente en medio de tristes aullidos.
—
¿Qué habrá pasa…? ¿Alen? —
Pasó delante de mí para cruzar la pista con rapidez, sin voltear—. ¡Alen!
Le seguí los pasos,
completamente confundida por el repentino cambio. Lo alcancé justo cuando la
mujer rompió en llanto:
—
¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
¿Qué?
Dos hombres
salieron de la casa arrastrando una camilla. Un pequeño cuerpo iba en ella,
cubierto por una sábana blanca. Los gritos de la mujer se multiplicaron.
Era la primera vez
que oía a alguien tan desesperada.
—
¿Qué…? ¿Qué pasó? — le
pregunté en voz bajita al chico del costado.
—
Los vecinos oímos gritos,
llamamos a la policía— me explicó conmocionado. Alen lo observó con seriedad,
escuchando atentamente—. Parece que el hombre que vivía en esta casa mató a su
hijo de nueve años.
¿Dijo “mató”?
La garganta se me secó. Una horrible sensación de frío me llenó el
cuerpo.
—
¿Qué dijiste? — repitió
Alen con brusquedad.
—
Bu-bueno, eso parece — dijo
el chico, algo asustado por el tono de voz—. Yo vivo aquí al lado. Escuché que
el niño gritaba, creo que lo estaban golpeando. — Traté de no imaginar la
escena pero mi cabeza ya estaba trayendo a colación imágenes horrendas—. Cuando
la policía llegó solo hallaron el cadáver; el miserable de su padre ya había escapado.
Los oídos me zumbaron: siempre se oyen casos como este en las
noticias, pero era la primera…
Era la primera vez que lo contemplaba tan de cerca.
De pronto los alaridos de la mujer llenaron todo; giré justo para
verla aferrarse con desesperación al pequeño cuerpo. La sábana blanca se
deslizó por el movimiento y nos reveló un pequeño rostro magullado.
Los agentes lo cubrieron rápidamente, pero yo ya no podía borrar
la imagen:
»— Quince pormias…— No, no puede ser—. El perrito tenía hambre.
No…
Algo espantoso se expandió por mi pecho: era el mismo niño que
habíamos visto por la tarde, junto al perrito.
¡Pero si lo habíamos visto hace unos momentos! ¡Vivo!
La mujer lloraba desesperaba; algunos vecinos murmuraban.
—
N-no... — oí por detrás.
Volteé y me encontré a Alen consternado... Apretó los puños cuando la mujer le suplicó a gritos a uno de
los oficiales de policía que le devolvieran a su hijo, y observó con pasmo
cuando otro la tomó por la cintura e intentó alejarla del cuerpo completamente
indiferente. Los periodistas intentaban obtener respuestas con insistencia,
casi pasando por alto el dolor de aquella madre, y los vecinos no dejaban de
murmurar, escandalizados, pero más enfocados en conocer detalles y discutir
teorías entre ellos.
—
Alen…
Intenté acercarme a él cuando lo vi tomarse la cabeza con fuerza,
hundiendo los dedos en sus sienes con violencia.
Observó con dolor a la mujer, al cuerpo del pequeño, al perrito
que aullaba y después giró, alejándose a todo escape de la escena.
—
Alen… ¡ALEN!
Salí entre el tumulto e intenté alcanzarlo, pero cuando llegué a
la esquina por la que lo había visto doblar no encontré nada.
¿A dónde…? ¿A dónde ha ido?
Le ha afectado, ¡le ha afectado muchísimo!
¿Qué vas a hacer?
—
¡Seir! — lo llamé,
desesperada.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
» ¡Devuélvanme a mi hijo!
¡DEVUÉLVANME A MI HIJO!
En este mundo, quince moneadas valía un niño. Quince monedas que
habían sido empleadas en alimentar a otro ser igual de vulnerable. Quince monedas…
Quince malditas monedas.
—
¡Alen! — oí pero no me
importó.
Atravesé rápidamente todas las calles, buscando al sujeto al que
había visto en la mente de aquel niño. Tenía nueve años, se llamaba Josué;
quería ser veterinario cuando terminara la escuela. Le habían pedido que fuera
por una caja de leche, y se sentía afligido porque había invertido quince monedas
del monto que le habían dado en alimentar a un perro callejero.
Pero creía que su padre lo entendería, hasta que lo felicitaría
por su buena acción del día.
No fue así.
Quince malditas monedas.
¿Qué es esto? ¡¿Qué clase
de mundo es este?!
Crucé cada calle cercana, cada callejón, esperando encontrar algo,
alguien. No…no puede quedarse así, no
puede haber gente matando a más gente; no puede haber niños llorando porque sus
padres van a golpearlos; no pueden haber niños asesinados.
No lo entiendo; no lo comprendo.
«Alen, Alen, ¿dónde estás?»
Escuché su voz llamándome, desesperada…pero no acudiría esta vez;
primero tenía que encontrarlo.
—
¿Buscando presas, Forgeso?
— Nhyna apareció al frente, en esta calle completamente desolada. La miré, agitado—. Oh, ¿pero qué veo? ¿Ojos de ángel vengador?
Ustedes no están creados para esa clase de sentimiento. Eso le corresponde a
los míos.
Ignoré sus palabras, pero cuando estaba por desaparecer en pos de
otro lugar de búsqueda, la oí reír:
—
Pero ver a un ángel
descontrolado es algo que no podría perderme por nada del mundo.
—
Lárgate, Nhyna…
—
Sé dónde está, Forgeso. Agazapado
como una cucaracha. Pensando y pensando si realmente mató a ese niño. Quieres
respuestas, ¿verdad? Entender por qué lo hizo; ven conmigo, te puedo ayudar con
eso.
La seguí en silencio, con el eco de sus tacones impactando contra
el pavimento. Llegamos a un callejón sin salida y entonces lo vi.
—
¿Cariño? ¿Te sientes mejor?
— le preguntó inclinándose hasta su oído. El hombre permanecía ahí, de
cuclillas, y abrazándose a sí mismo—. Yo estoy de tu parte, no lo olvides. Fue
un niño irresponsable, merecía lo que obtuvo.
—
¡¿Cómo puedes…?!
—
¡S-sí! ¿Ve-verdad que s-sí?
— Los ojos inyectados en sangre, sin ningún tipo de remordimiento en ellos, me
golpearon con violencia—. ¡Lo-lo merecía! ¡Lo merecí…!
—
¡¿Es que estás loco?! —
bramé atrapándolo por el cuello—. ¡Era tu hijo!
No lo entiendo, ¡no lo
entiendo!
—
¡No! ¡No era mi hijo! —
profirió—. ¡Solo era hijo de esa perra que me engañó con otro!
—
¡PERO ERA UN NIÑO!
Nhyna soltó un grito, emocionada; los ojos desorbitados del hombre
me aturdieron. ¿Qué es esto? Esto…
¿esto es “ser” humano? ¿Matar a un niño sin ningún tipo de remordimiento porque
sabes que NO es tu hijo? ¿Egoísmo? ¿Al final el amor también es egoísta? ¿Todo se reduce a egoísmo?
—
¡Véngalo, venga a ese pobre
niño y dale paz a su alma, Alen Forgeso! — gritó Nhyna eufórica; la cabeza me
dio vueltas—. ¡Porque eso es todo lo que verás en tu estadía por estos lares!
¡Vamos, dímelo! ¡¿Qué ves?!
¿Qué veo?
Veo un mundo retorcido, repleto de egoísmo; de intereses
individuales, de olvido, de crueldad.
— ¡MÁTALO! ¡MÁTALO! ¡VENGA EL ALMA DE ESE
POBRE NIÑO!
« ¡QUEMEN A LA BRUJA!»
« ¡DIOS! ¡TE ENTREGAMOS A LA BRUJA!»
— Esto es todo lo siempre vas a ver,
Forgeso…
« Y después sigues tú, cariño. Las niñas también me gustan
»
— …porque el Todo los hizo de un modo, y
ellos escogieron ser de otro.
« ¡No! ¡No era mi hijo! »
«…el perrito tenía hambre»
— Ellos escogieron ser egoístas. Vamos,
dime, ¿qué haces aquí?
¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué? ¿Qué…?
“¿Ángel
o humano?”
Ángel, ángel, siempre ángel.
Antes muerto que humano.
Humano jamás.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¡Alen! ¡ALEN!
Grité pero no obtuve respuesta; esperé que apareciera junto
a mí, preguntándome ¿qué sucedía?, pero nunca vino.
No apareció.
— No lo ubico. No soy tan bueno como él
para detectar presencias.
Me aferré al brazo de Tarek; otra vez
sentí ese horrible jaloneo y aparecimos en otro parque.
Me dieron arcadas ante el movimiento;
tuve que inclinarme para intentar relajarme.
— Lo siento, Sisa, soy un desastre
transportando personas — se disculpó. Me reincorporé rápidamente a pesar del
horrible mareo, para evitar darle más dificultades.
Observé alrededor y no encontré nada
que pudiera darnos algún rastro sobre su paradero.
— Nhyna… — murmuró Tarek de la nada.
— ¿Qué?
— Lo encontré — confirmó. Me tomó por la
muñeca, y después volví a sentir el brusco jaloneo hacia el frente.
— ¡Ah!
El piso nuevamente apareció bajo mis
pies. Me incliné con brusquedad porque esta vez sí iba a devolverlo todo.
— ¡MÁTALO, FORGESO!
Entonces la escena de en frente me
congeló por completo.
Un sujeto…un sujeto parecido a Alen
estaba en frente de nosotros, golpeando brutalmente a un hombre que escupía
sangre por la boca y emanaba más líquido rojo por algunas heridas que tenía en
el cuerpo.
No…no
es él…. ¡no puede ser él!
— ¡Mátalo, Forgeso! — oí de nuevo y comprendí
que no estaba solo: Gabriel estaba ahí, fascinada ante el espectáculo —.
¡Vamos, mátalo!
Abrí los ojos, espantada, ante las
protuberancias que se movían sobre su espalda, por debajo de la camiseta
oscura. Como si algo estuviera atrapado, y quisiera romper con la piel para
escapar.
— Sus alas — murmuró Tarek alterado.
— ¿Qué…?
Gabriel caminaba alrededor de ambos,
con los ojos rojos brillándole de la euforia.
Me aferré con fuerza al brazo de Tarek…
— ¡Mátalo, Forgeso! ¡Mátalo!
…pero se soltó de mi agarré y se lanzó
hacia adelante, decidido:
— ¡Alen! ¡ALEN! — vociferó e intentó tomarlo
por los brazos—. ¡ALEN, NO!
— ¡SUÉLTAME, TAREK!
La voz le sonaba grave, distorsionada.
Y sus ojos…sus ojos fulguraban descontrolados, cambiando de color en cada
parpadeo: primero ámbar brillante, después violeta, ámbar, violeta.
Estaba completamente fuera de control.
— ¡¿QUÉ TE PASA, ALEN?! ¡ESTE NO ERES TÚ!
— bramó Tarek y lo empujó con tanta fuerza que lo envió a un par de metros
lejos.
— Se merece la muerte. ¡Mira lo que le
hizo a ese pobre niño! — añadió Gabriel teatralmente. El hombre se veía
completamente maltrecho, tirado como una marioneta rota en el concreto—. ¿Crees
que alguien así merece vivir, errante?
— ¡Está prohibido que toquemos la vida de
los humanos! — refutó Tarek con firmeza—. ¡Es solo un truco, Alen! ¡No seas
idiota!
— ¡Este hombre mató a un niño! — Solté un
grito cuando intentó acercarse de nuevo al sujeto, pero Tarek fue lo
suficientemente rápido como para ponerse en medio—. ¡MUÉVETE, ERRANTE!
Tarek parpadeó, tal vez igual de
conmocionado que yo por el apelativo, por el tono ofensivo: Alen nunca lo había
tratado de esa forma.
— Alen… Alen, amigo, ¡mírame! ¡Soy yo,
Tarek! ¡Seir, Seir! ¡Desde la quinta vida, ¿lo recuerdas?! ¡Te prometí que iba a estar contigo hasta que
recuperaras tu nombre! ¡Siempre, siempre! ¡Que no iba a permitir que perdieras
el control y los Phaxsi vinieran por
ti!
Los
Phaxsi…
Durand no mentía.
— ¡MUÉVETE!
— ¡NO! ¡NO VOY A DEJARTE ASÍ! ¡ELLA SOLO
ESTÁ SACANDO LO PEOR DE TI! ¡ESTE NO ERES TÚ!
Lo vi aspirar con fuerza, con sus ojos
cambiando de color descontroladamente y revelando la batalla interna que
libraba consigo mismo. Los bultos sobre su espalda seguían moviéndose
frenéticamente; Gabriel no dejaba de provocar más la furia que desprendía.
Entonces de un momento a otro se
inclinó con violencia, la parte posterior de su camiseta se rasgó por la
presión. Y después un grito lleno de dolor estalló.
Todo retornó con brusquedad: Albania
frente al precipicio, Alen gritando de dolor…
Dios, era igual. ¡Sonaba igual!
¡NO!
Intenté acercarme, pero Gabriel me
cerró el paso:
— Al errante no le importa nada, Forgeso
— lanzó y me sonrió—. Él vive en el Mundo de los Terrenales sin importarle
absolutamente nada. ¿Por qué escucharías a alguien que vive de manera tan
despreocupada?
— ¡Porque es su amigo! ¡Basta, basta! —
grité. Alen elevó la mirada; sus ojos enloquecidos se enfocaron en los míos.
La piel se me erizó ante la mirada
llena de aversión. La inocencia de los ojos miel ya no estaba, se había ahogado
en los pozos ahora violeta.
Entonces el hombre empezó a toser con
dificultad, y el sonido fue casi como un incentivo a continuar:
— ¡ALEN, NO! — bramó Tarek al comprender
las intenciones, pero Alen se acercó a toda velocidad y de un movimiento lo
lanzó lejos.
— ¡FUERA, ERRANTE!
— ¡Tarek!
¡BROM!
Su cuerpo impactó bruscamente contra la
pared del costado; las rajaduras en el muro confirmaron la fuerza descomunal
con la que había sido arrojado. Corrí hacia él y lo ayudé a ponerse de pie con
algo de dificultad.
Es la primera vez que compruebo que
realmente pesa mucho.
— ¡Mátalo, Forgeso! ¡MÁTALO! — le gritó
Gabriel, y consiguió que se acercara lleno de ira al hombre que intentaba ponerse
de pie en vano y suplicaba misericordia. Sentí que la garganta se me secó y los
ojos me picaron muchísimo, porque yo sabía lo mismo que Tarek: él no era así.
Tomó al hombre por el cuello, los dedos
se aferraron a la garganta.
— ¡ALEN, NO!
Solté a Tarek e intenté correr hacia él,
pero Gabriel nuevamente se interpuso:
— Este es el verdadero, niña: te lo
presento.
— ¡No es cierto! — repliqué —.
¡NO ES CIERTO! ¡ALEN, NO!
El hombre empezaba a ponerse morado por
la falta de aire. Corrí hacia él evadiendo el cuerpo de Gabriel, pero la
velocidad de Tarek superó la mía.
— No voy a darte el placer de verlo
destruirse, Nhyna — susurró cuando pasó junto a nosotras como una flecha en el
aire. Tomó al hombre, lo quitó de en medio con rapidez, y lanzó un golpe
certero sobre el pecho de Alen con la palma extendida. Fue tanta la precisión
que logró hacerlo tambalearse, y lo mandó hacia atrás, a un par de metros lejos.
Las
protuberancias en su espalda desaparecieron bruscamente.
En la mano con la que Tarek lo había
golpeado flotaba algo parecido a una pequeña esfera de luz violeta que se
esfumó en pocos segundos.
No sé qué pasó, pero toda la tensión
que sentía en el ambiente se disipó de manera inmediata.
— Siempre tienes que aparecer para
arruinar la diversión, mugroso errante.
Tarek se tambaleó un poco. Corrí y lo
tomé con fuerza por el brazo para darle apoyo.
— ¿Diversión? — ironizó —. No vas a
tocarlo, Nhyna.
— Ah, qué dulce. Los fieles amigos: el
errante y el calehim. Ambos exiliados
de sus mundos, ambos queriendo encontrarle “sentido” a sus existencias.
— ¿Qué significa darle sentido al
existir? — apuntó Tarek—. Codiciar algo y en vista de que no puedes conseguirlo,
¿hacer que se destruya? ¿Ese es el sentido de “tu” existencia? — Los ojos
celestes de ella lo miraron con indignación—. Esa no es la manera más adecuada
de hacer que se acerque a ti, Nhyna. Creí que, siendo tu especialidad el Amor,
serías más sabia que cualquiera en estos temas.
¿Qué?
¿Acaso Tarek estaba sugiriendo que ella…?
— ¡Te voy a destruir, Seir! — le espetó rencorosamente
—. Berith tiene tantas ganas de matarte, pero si tengo la oportunidad, te juro
que seré yo misma la que lo haga. — Y nos lanzó una mirada llena de rabia, para
después desaparecer, llevándose consigo al hombre moribundo.
Tarek soltó un suspiró y después se
estiró un poco para aliviar los dolores del cuerpo.
— Hethos va a enfadarse — lo oí
murmurar—. Esta vez se ha lastimado demasiado.
Alen estaba ahí, sobre el piso, con la
camiseta rasgada por la parte posterior, respirando con dificultad y con la
mirada gacha. Iba a acercarme como Tarek estaba haciendo, pero algo llamó mi
atención: sobre el poste apagado de en frente reposaba… ¿un halcón?
¿Cómo ha llegado a este lugar?
Pero bastó que parpadeara una sola vez,
para que el ave ahora pareciera ser un niño… un niño de brillantes ojos verdes
vestido de blanco, y con algo parecido a una cuchilla enorme suplantando su
mano derecha.
— Ta… Tarek — lo llamé, pero cuando volví
a observar en la misma dirección ya no había nada.
Tragué despacio: a lo mejor lo he
imaginado.
— ¿Alen?
¿Amigo? — oí a Tarek. Alen respondió con una ligera cabeceada, aún en el
pavimento y sin elevar la mirada.
Su espalda tenía enormes moretones,
como si lo hubieran golpeado atrozmente, y varias cortadas, semejantes a azotes.
— Cielos, ya eres tú otra vez. Qué
alegría, hermano — le dijo, y en ese momento recién comprendí algo que había
pasado por alto.
Tarek realmente lo estimaba; le profesaba
un cariño sincero y se preocupaba por él. Los ojos se me humedecieron un poco
porque recordé la vez en la que Alen me había contado pasajes de sus vidas en
este mundo: siempre decía que todos los que llegaban a amarlo, terminaban
olvidándolo.
Pero Tarek no lo olvidaba, y siempre se
empeñaba en buscarlo cuando iniciaba una nueva vida. A lo mejor es por eso que
cuando Alen habla de él, siempre contiene una sonrisa. Así sea para decirme que
solo anda jugando por la vida o que es un idiota.
— Tarek…lo siento mucho — musitó con voz
débil. Sentí un alivio increíble cuando escuché su voz suave, sin esos
horribles matices de antes.
Tarek le ofreció la mano para
ponerse de pie, y cuando elevó la mirada y la cruzó con la mía, los ojos se le entrecerraron
con dolor.
—
Has
visto una parte terrible de mí — murmuró lleno de remordimiento. Quise tocar su
brazo y decirle que eso no era cierto, pero sus ojos se desviaron, avergonzados
—. Lo siento, Sisa.
Y desapareció al instante.
¡No!
— Tarek, ¡Tarek!
— Tranquila, ya no tiene casi nada de
energía. Lo máximo que podrá hacer es caminar— me explicó con una leve
sonrisa—. Vaya, hace vidas que no lo veía ponerse así.
— ¿Ya…? ¿Ya había sucedido?
— Sí, pero…no creo que sea prudente de mi
parte contarte eso. No me corresponde a mí decírtelo. — Lo ayudé a salir con
cuidado del callejón porque estaba algo lastimado—. Tranquila, ¿viste esa
esfera que tenía en la mano después de golpearlo? — Asentí—. Bueno, era toda la
energía que Alen tenía reservada, así que ahora realmente le queda muy poca,
porque se la quité.
— ¿No crees que Gabriel…?
— No, descuida. Alen ya reaccionó, él es
más sensato que yo. No caerá de nuevo.
Salimos hasta una calle más transitada
y detuvo un taxi; me dijo que se encontraba algo débil como para transportarse.
— Descansa tranquila, Bellota. Cuando te
digo que Alen va a estar bien, no te estoy mintiendo— me dijo con amabilidad
cuando nos bajamos a unas casas de la mía—. Tal vez esté por ahí, reflexionando
en el muelle o tal vez desmayando a chicos que están dando
problemas. — Elevé una ceja, sin comprender—. Tiene una especie de complejo de
súper héroe: solía salir por las noches a “arreglar” la ciudad —añadió
divertido. Quise sonreír, igual que él, pero aún estaba inquieta—. No te
preocupes.
Recordé eso sobre su honestidad
absoluta y preferí creerle.
— Tarek, ¿y esas cosas que golpeaban su
espalda? — me atreví a preguntar.
— Oh, bien: eran sus alas.
— ¿Sus alas?
Me explicó el asunto con mucha
paciencia: cuando Alen cayó por primera vez, aún mantenía sus alas, pero
después aprendió a ocultarlas porque era muy doloroso tenerlas al aire. Y
cuando Hethos lo encontró se encargó de sellarlas para que no volvieran a salir
porque eran peligrosas. Cuando Alen perdía el control de sobremanera o empleaba
demasiada energía, su esencia de ángel se maximizaba y sus alas, como parte de
su naturaleza original, clamaban por salir.
— Y sería terrible, porque el cuerpo
humano no está diseñado para tener alas. Huesos rotos, músculos, piel
desgarrada…— Imaginé un par de hermosas alas queriendo ver la luz, pero
lastimando a su dueño en el proceso—. Y después ellas mismas perderían el
control al no verse compatibles con su esencia, y podrían matarlo.
— ¿Sus alas podrían matarlo? ¿A él mismo?
— Cada especie tiene ciertas
características, Sisa. Los suyos, por ejemplo, tienen algo muy particular: las
alas son parte de su composición, pero aun así es como si tuvieran mente
propia. Es por eso que, si las de Alen salen en su cuerpo humano, también
perderían el control y harían lo posible para deshacerse del intruso. El
intruso en este caso es él, ya que, aunque es el dueño, no conserva su
naturaleza original porque tiene algo de humano. Mientras más tiempo pase en
este mundo, más desconfiadas se vuelven ellas. Y tomando en cuenta que ya lleva
aquí nueve vidas pues…
La sonrisa triste que se le formó en
los labios me conmocionó.
— Es algo un poco retorcido, ¿verdad? Que
algo que supuestamente te pertenece, que es parte de ti, al final no te
reconozca y quiera matarte.
— Tarek…
— Si empleamos términos humanos… te diría
que ese idiota es mi amigo, le tengo tanto cariño que realmente no soportaría
verlo destruirse. — Soltó una risita baja y después el gesto en sus labios se convirtió
en angustia.
No pude ni acabar la cena que Gisell
había dejado para mí. Junto al plato en el microondas había una nota en la que
me explicaba que estaría en una reunión por el cumpleaños de un compañero de
trabajo, y que Corín dormiría en la casa de una amiga. Realmente me dio
muchísimo gusto estar sola, por lo menos esta noche, porque al menor signo de
interrogantes creo que me hubiera echado a llorar al recordar el estado en el
que había encontrado a Alen.
Me quité la
chaqueta y me quedé caminando de aquí para allá en mi habitación, inquieta. Fui
a asearme, y cuando volví a intentar relajarme, comprobé que el método no
estaba funcionando.
El reloj dio las doce y me percaté de
que ni me había puesto el pijama. Estaba muy preocupada: necesitaba saber en
dónde estaba, si estaba bien y si ya se había recuperado.
A mi mente vino el fugaz recuerdo de
aquel halcón transformándose en niño, y las palabras de Durand me atacaron con
violencia.
»— Hay más de ellos alrededor, tal vez el mismo Forgeso no es
consciente de sus presencias. Lo están vigilando.
No quería creerle porque Hethos me
había repetido miles de veces que no era inteligente confiar en las palabras de
un demonio; pero Tarek ya me había confirmado algo: los Phaxsi eran reales, el que Alen pudiera perder el control y fuera aniquilado
por ellos también era cierto.
Y
ese niño de ojos verdes…
Me puse de pie, intranquila, y después
de abrir las ventanas, tal vez esperando encontrarlo caminando como antes,
pronuncié su nombre en voz baja:
— Alen. — El viento frío me erizó la
piel—. Alen… Alen, ¿en dónde estás?
La respiración se me descontroló ante
el enorme silencio.
No aparecía…no…no venía como solía
hacer cuando lo llamaba en voz alta.
— Alen, Alen — repetí, empezando a exasperarme.
¿En dónde estaba?—. ¡Alen, te
necesito, por favor! — solté con más fuerza, exaltada.
Entonces una figura apareció detrás de
mí. Giré y me lo encontré respirando con dificultad, con una mano apretando
fuertemente una parte de su abdomen.
— ¿Alen? — Me acerqué lentamente y solo
pude ahogar un grito.
Su camiseta… ¡Su camiseta estaba
manchada de sangre!
Quité su mano y me encontré con parte
de la tela desgarrada: un corte muy profundo se distinguía en medio de la piel.
No…
¿Qué se ha hecho?
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Sentía los músculos entumecidos por el
viento gélido, y los dientes castañearme con fuerza. Ahora que lo pienso, así
se siente el frío. Es una de las pocas sensaciones que me embargan cuando estoy
con muy poca energía.
»— Quince pormias…el perrito
tenía hambre.
Recuerdo el rostro de aquel niño;
recuerdo su mente vívida llena de colores, llena de sueños, de esperanza.
Llegaría a casa, le explicaría a su padre que había alimentado a ese cachorro y
le preguntaría si podía quedarse con él.
¿Y qué había recibido a cambio?
»— Escuché que el niño gritaba, creo que lo
estaban golpeando.
Pasé junto a un grupo de personas sin hogar. Todos alrededor
de una pequeña fogata encendida en un latón cilíndrico. Uno llegó con algo que
parecía ser una bolsa con alimentos. Todos se arremolinaron, pero él levantó
una mano como diciéndoles que se detuvieran.
Entrecerré la mirada, sin comprender si no quería compartir
parte de su botín o…
— Primero
los niños — leí a
través de sus labios, y todo volvió a perder sentido.
¿Qué es este mundo? Hay personas que terminan matando
niños, pero también los hay como este hombre que antepone la fragilidad al
egoísmo. Los Terrenales han nacido de una lágrima del Todo, llenos de
sentimientos que rondaban entre el asombro, la contemplación, la alegría, el amor… ¿Por qué algunos están tan
corrompidos?
Deambulé por las calles solitarias de Lirau. Elevé la mirada
y me encontré con mi agujero de escape más brillante que nunca.
» ¿Qué es eso?
» Es la luna.
Subí por las escaleras de emergencia de un edificio
deshabitado. Llegué hasta el último piso y recordé cómo absurdamente daba
saltos intentando llegar a ella en mi primera vida.
» ¡Ho-hola! ¡¿Hay
a-alguien ahí?! — gritaba y
después Amali soltaba varias risitas.
» No hay nadie allá. Bueno, tal vez
papá Dios pero no creo que te escuche desde aquí.
— ¡Calladito, imbécil!
Observé hacia abajo y me encontré con un grupo de chicos
rodeando a alguien.
Bajé tan rápido que terminé tropezando. Mi cuerpo impactó
con el duro concreto.
— ¿Y este? ¿De dónde salió? — preguntaron al observarme.
Elevé la mirada y comprobé que un chico
más estaba ahí, tirado en medio y completamente ensangrentado.
— Déjenlo — pedí; me puse de pie. Pasé
entre ellos, ignorando sus miradas extrañadas, y me acerqué a él—. ¿Estás bien?
— le pregunté, asintió brevemente y después cerró los ojos, desmayado.
Lo tomé por los hombros para
levantarlo, cuando sentí un fuerte empujón en la espalda. Giré y me encontré
cara a cara con los seis sujetos que habían estado moliéndolo a golpes.
— ¡Estoy hasta el culo de
la gente que se mete en donde no los llaman! — Lo miré, sin ninguna intención
de retroceder, y sacó una navaja de sus pantalones—. Amigo, ¡no era tu puto
problema!
Intenté esquivarlo, pero dos pares de
brazos me sujetaron y una especie de aire frío me llenó los pulmones. Un
horrible estremecimiento se expandió por mi cuerpo, y después sentí dolor,
muchísimo dolor.
Vi la hoja resplandeciente saliendo de
mi abdomen y por instinto puse mi mano sobre la zona vulnerada: sangre
Solo he sangrado cinco veces en todas
mis vidas, y no es algo que me parezca precisamente agradable.
— ¡La policía! ¡La policía! — gritó otro
ante el sonido cercano de algunas sirenas. Uno de ellos me lanzó un último
golpe, y después se perdieron por la salida del callejón.
Llegué hasta el chico desmayado: su
pulso estaba ahí, estaba bien; solo algo golpeado, pero nada más —. ¡A-AYUDA! —
grité y después cerré los ojos con fuerza ante el dolor. Ahora que llegara la
patrulla todo estaría bien para él.
Cielos…realmente me estoy desangrando.
Va a costar trabajo que me cure a mí mis…
Alen
Parpadeé, algo aletargado, mientras
reposaba ahí, en una esquina en silencio: dos
oficiales levantaban al chico que acababa de recuperar la conciencia.
Alen…
Alen, ¿en dónde estás? ¿En dónde?
¿Sisa?
No, no podía ir a verla. No después de
la horrible escena de la que fue testigo.
Alen,
Alen
Cerré los ojos; la verdad ya no me
hacía tanto frío.
La sangre ya dejó de brotar… mmm, no
debí moverme: está saliendo más.
¡Alen,
te necesito, por favor!
Abrí los ojos con toda la fuerza que
pude y me concentré. Para cuando me di cuenta, ya estaba ahí, en un cómodo
lugar que olía a flores y con un par de ojos iluminados por la luz nocturna,
observándome sorprendidos:
— ¿Alen? — Oh, aquí viene. Me encojo sin
explicación porque me siento demasiado avergonzando ante ella—. ¡Alen!
No…
Está llorando.
— No, n-no llores — le pido cuando se
acerca y me toma por los brazos. Me obliga a sentarme con cuidado en algo
mullido…ah, es su cama.
Quita
con delicadeza mi mano de la zona lastimada.
— ¿Qué pasó? ¿Qué te hiciste? — me
pregunta devastada.
¿Qué
es esto?
¿Dulzura?
Sí, es eso que ellos llaman dulzura.
Ella siempre lo hace: siempre tiene esa manera tan gentil de preocuparse por
mí.
— Estoy bien…
— No… ¡oh, Dios! ¡Estás sangrando
demasiado!
Trago despacio porque me duele hasta el
respirar.
— Por lo que veo, si me muevo mucho…sale
más.
No
soy muy diestro con estos temas así que…
— ¿Debo llamar a un doctor? ¡No hay nadie
en casa y…!
— No. — La detuve por la muñeca: cálmate, Bellota, cálmate —. Estoy bien.
Las…las armas humanas no me afectan.
— ¡Pero si estás sangrando mucho!
— Ya…ya va a pasar. Mi cuerpo se cura por
sí mismo; solo…necesito algo de tiempo — murmuro y los ojos se me cierran
automáticamente, pero ella me sacude con delicadeza. Suelto un quejido.
— ¡No te duermas, no te duermas! El
abuelo dice que cuando uno está grave y duerme…ya…ya no despierta…
— Pues tal vez tu abuelo tiene razón,
pero… — toso un poco. Mierda, realmente me está doliendo—… recuerda que no soy
humano completo.
— ¿Cuánto…? ¿Cuánto tardarás en
recuperarte?
— Tranquila. En…en unas horas estaré…como
nuevo.
Cielos, el dolor…el dolor físico es
algo a lo que jamás me
acostumbraré. Dentro de mí, a pesar de no recordar parte de mi existencia
original, puedo
asegurar que nosotros no sentimos este tipo de tormento corporal. Ahora mismo
me parece estar bajo una roca inmensa que me impide respirar, y con miles de
agujas en la columna que solo intensifican todas estas horribles sensaciones.
Intento ponerme de pie, pero ella me
detiene. “¿A dónde vas en ese estado?”, me dijeron los ojos preciosos. “A
casa”, traté de explicarle.
— No — murmuró. Se acercó a mí, el
colchón se hundió ante el movimiento —. No te puedes ir así.
— Estoy bien, no seas testaruda.
La cabeza empieza a darme vueltas, los
ojos se me cierran ligeramente. ¿Cómo lo llaman ellos? ¿Debilidad corporal?
Bueno, tomando en cuenta que prácticamente he perdido algo de dos litros de
sangre supongo que es normal.
Empecé a sentir una especie de
hormigueo en las yemas de los dedos, y cuando estaba por advertirle que si
quedaba inconsciente no se asustara, el tacto de sus manos sobre mi rostro me
puso en alerta.
Cuidado…
Perdí el ritmo de la respiración, pero
no supe si era una reacción por mi estado, o porque su cercanía empezaba a
perturbarme. Como siempre me sucedía cuando estaba a solas con ella.
No la mires, no te distraigas. No pienses que su cabello es
precioso, que su voz es melodiosa. Que
sus ojos son hermosos.
Un ligero temblor se apoderó de su
cuerpo. No me dijo nada, pero sé lo que está pasando por su mente: necesito
energía, ella sabe cómo proporcionármela.
No…no
vayas a hacerlo.
— Alen…
De pronto el lugar se percibe extremadamente
pequeño; me invade una extraña sensación: febril, penetrante…casi urgente. Comparándola con todas
las sensaciones y emociones que he percibido en todas mis vidas, esta…esta se
asemejaba mucho al hambre, a la sed…
La
necesito… Realmente la necesito.
— No. — Aprieto tanto la mandíbula que me
lastimo. Ella no es un objeto, no es algo de lo que pueda disponer cuando se me
dé la gana.
Vete, ¡ni se te
ocurra tocarla!
— Alen, te-te duele mucho.
— No…no me duele… ya no me duele — le
digo pero creo que en realidad las palabras nunca salieron en voz alta, ella no
leyó las advertencias.
Sus ojos recorrieron mi rostro…sus
dedos bajaron a mis labios.
¡No!
Me puse de pie violentamente. Me encogí
con brusquedad porque había sido demasiado para la herida.
— ¿A dónde vas?
— ¡A casa!
Tenía que irme. Yo no podía seguir
aquí, en la misma habitación con ella. Las flores, la miel, los ojos preciosos:
¡todo me aturdía! La mente se me disparaba y me proyectaba imágenes extrañas;
en todas ellas me veo a mí mismo abrazándola, besándola, tocándola.
— ¡Alen, no! ¡Estás herido! ¡Ni siquiera
puedes movert…!
— ¡No es tu problema, Sisa!
Retrocedí para evitar que me tomara por
el brazo, y los ojos se le abrieron sorprendidos: no debía tocarme…no, de todos los seres, ella no debía
tocarme.
Porque no estaba seguro de lo que eso
podría desatar.
Intenté concentrarme, pero ¡maldita
sea! ¡No tenía casi nada de energía para huir! Estaba considerando que lanzarme
por la ventana no era tan mala idea.
— Tienes razón…no es mi problema — oí de
repente —. Pero lastimosamente soy de las estúpidas que cuando se sienten con
la obligación de ayudar no pueden hacer nada al respecto.
— Sisa…
— ¡Y tú eres de los idiotas que creen que
pueden hacerlo todo solos!
Los ojos preciosos brillaron llenos de
tristeza, pero la rabia la superó. Y entonces descubro que a veces pienso que
ella es muy frágil, pero en realidad es más fuerte de lo que yo mismo podría
ser. Es tranquila, sosegada, pero en el fondo tiene un carácter fuerte,
dominante…y no puedo evitar sonreír ligeramente, porque extrañamente sé que eso
es algo que ha aprendido de su abuelo.
Y por algún misterioso motivo su
nombre resuena con fuerza, haciendo eco en cada parte de mi cabeza. Albania, Albania, Albania…
— ¡Tarek se preocupa por ti! ¡Yo me
preocupo por ti! ¡¿Por qué no puedes entender que podemos ayudarte?! — grita
enfurecida. Sus ojos me acusan, su voz me reprocha mi soledad. Y es que ella no
entiende, no comprende, que para mí
no hay nada peor que depender de alguien más. Porque todos al final se esfuman:
como Marine, como Francesco…
…y
después duele más.
Ruego porque Tarek no decida
abandonarme también.
Mierda, estoy solo…solo...
Siempre
solo.
— ¡Eres un idiota! — resuena en medio y
reacciono, solo para ver lo enfurecida que está—. ¡Solo haces que nos
preocupemos por ti, y pasas por alto lo importante que eres para nosotros!
Sus manos se mueven con cada palabra
que da, parece que quiere golpearme. Está furiosa, airada y la verdad es que es
muy extraño…
…porque también la veo más hermosa que
nunca.
— ¡Hethos, Tarek…! ¡Ellos se preocupan
por ti! ¡Pero tú…! — Dejo de escuchar lo que me grita porque la forma en la que
su cabello se mece me aturde por completo.
Cabello avellana flotando, ojos
hermosos brillando…
» No vas a dejarme… no vas
a dejarme porque soy lo que más amas en la vida.
» Eso se llamaba soberbia,
Albania.
» ¿Se considera a la
sinceridad como soberbia? — La risa musical me
cautiva; quisiera capturarla y guardarla para escucharla en las tardes de añoranza—.
Porque de serlo, mi “te amo” es la cumbre
de la soberbia. Eres mío…siempre serás mío. Si alguien intenta alejarte de mí,
no vivirá para contarlo.
Albania… Albania… Albania.
Hermosa, pero mortífera…
— ¡Alen! ¡Te estoy hablan…!
No pude contenerme y mandé todo al
infierno: su
voz se apagó, mis labios la ahogaron. Para cuando comprendí mejor las cosas ya
la tenía aprisionada por la cintura mientras la besaba con un descontrol que a
mí mismo me sorprendió. La oí soltar un quejido, sentí sus manos aferrándose con
fuerza a mis brazos, y milagrosamente su boca se rindió ante la mía y envió
demasiadas señales a todo mi cuerpo.
Agua…agua…
Estoy vagando por el desierto, bajo ese
sol incandescente y con los labios anhelando vida.
Vida…vida…
Dame vida, amor.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
No entendí bien qué sucedió. Recuerdo que estaba
gritándole porque tenía unas ganas infinitas de golpearlo, y de pronto los ojos
se le encendieron. Violeta fulgurante fue lo último que vi antes de sentir que
me tomó por la cintura y me besó como no lo había hecho hasta ahora.
— A…Al… — intenté decir pero sus labios
se volvieron más exigentes. Me sobresalté ante el movimiento, ante la rudeza,
pero a los segundos todo el temor se transformó en algo completamente
diferente. En ese tipo de sensación envolvente que aún no sé explicar del todo.
Hundí los dedos en su cabello mientras
el movimiento se aceleraba; mi respiración se disparó como un proyectil sin
rumbo, sus dedos presionaron mi cintura. Lo atraje hacia mí en un arranque de
ansiedad porque la distancia debía eliminarse por completo. Y cuando mi espalda
chocó contra lo mullido del colchón, comprendí que habíamos buscado un lugar más
cómodo.
Sentí algo cálido junto a mi abdomen. Rompimos
el beso por unos segundos, y comprobé que un resplandor violeta difuso brotaba
de su propia piel y hacía que la herida cerrara poco a poco.
Elevé la mirada para decirle que ya
estaba mejor, pero el destello eléctrico de sus ojos me descontroló de
sobremanera. Me reincorporé lo suficiente como para atraparlo por el cuello y
volver a su boca. En algún lugar de
mi cabeza retumbó un “¿qué están
haciendo?”, pero no obtuvo ningún tipo de respuesta. No lo sabía, realmente no lo sabía, porque de lo
único que era consciente en ese momento era que podría pasarme la vida entera
besándolo y no molestarme por ello.
Cerré los ojos con fuerza cuando su
boca se deslizó lentamente hasta mi cuello. Mis manos volaron hacia su pecho y
automáticamente bajaron al borde de su camiseta; la respiración se me tornó
áspera al sentir su piel bajo la mía. Me reincorporé solo para atraerlo a mi
boca de nuevo, y una de mis manos fue capturada. Nuestros dedos se entrelazaron
con fuerza sobre la funda de mi almohada, y comprendí que sucedía: me estaba perdiendo… Me estaba perdiendo
a mí misma por culpa de sus besos.
Toda la habitación iba transformándose
en una especie de remolino de colores. No pude evitar arquearme cuando la mano
que él tenía libre subió despacio por mi cintura, tocando mi piel directamente,
y se me escapó un gemido que coincidió con el sonido de la puerta abriéndose en
el primer piso.
Gisell…
Al segundo siguiente me encontré sin el
peso cálido que tenía sobre el cuerpo.
— ¿A…Alen? — susurré reincorporándome.
Él estaba casi al otro lado de la habitación,
mirándome consternado e igual de agitado.
— Lo…lo siento mucho — me dijo abrumado.
Quise acercarme, pero desvió la mirada, angustiado—. Realmente lo siento mucho,
Sisa. Ya…ya no sé dónde voy a parar.
— Alen…
Sentí que el viento de la noche ingresó
por mi ventana, haciendo ondear mis cortinas en la soledad de mi habitación.
Quise decirle tantas cosas, pero no las
hubiera escuchado.
Ya se había ido.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Ya pasaron casi tres semanas…y sigo sin
verlo.
— Uyy, ¿qué fue ese suspiro? — oí la voz
de Loi. Volví en mí justo cuando el profesor Nelson dejó mi práctica calificada
sobre mi carpeta—. ¡Ey! Has sacado una A en Física, Bellota: ¡estupendo! Has
estado estudiando, qué buena chica.
Sí, era verdad. Uno porque realmente quería
salir con notas que me permitieran relajarme un poco a fin de año para
enfocarme completamente en lo de Gaib Art; y otro porque así evitaba pensar en él.
No lo veo desde hace tres semanas; no
me he atrevido a llamarlo. Veía a Naina pero siempre con Santiago o Marissa al
costado; y cuando Tarek venía a la escuela a ver a Loi, lo hacía solo.
Finalmente me rendí y le pregunté a
propósito de eso. Me respondió que Alen y Hethos habían salido en una especie
de peregrinación en búsqueda de mayores pistas para lo de su nombre y que
demorarían algo en retornar.
— Oye, ¿y ya estás saliendo con el tipo
ese? ¿Tarek? — lanzó Tomas.
Loi elevó una ceja, jactanciosa:
— Va a tener que hacer muchos puntos si
realmente quiere salir conmigo — puntualizó con elegancia—. No soy de las que
con un par de ramos de flores o palomas mensajeras aceptan.
— Eso sin contar las veces en las que ha
venido a recogerte, que ha pasado por el salón de ensayos, y te ha llevado a
comer helado — agregó Etel contando con los dedos.
— Sí, pero, ¿saben? A pesar de que no
puedo negar que me simpatiza y que… ya, sí, me parece guapo — señaló ante la
mirada firme de Etel—, aún hay algo…
— ¿Qué sucede? — preguntó Tomas
desconcertado.
— La verdad es que a veces siento que me
está ocultando algo.
Etel lanzó un rotundo “no”, pero Tomas
gritó “ajá” y se puso a decir que tal vez se traía algo entre manos.
— ¿Tú qué dices, Sisa? ¿Crees que es un
buen chico? — me preguntó Loi algo ansiosa.
Tarek…
A ver: Tarek no era un humano
convencional, de acuerdo; y comprendía que no le explicara esa parte a Loi
porque a lo mejor saldría corriendo, como me pasó a mí la primera vez que me
enteré de todo; pero a pesar de eso nada cambiaba la naturaleza amable que
tenía.
— A mí me parece un chico sincero y
amable. Por ese lado tiene mi aprobación.
— Bueno, tal vez solo tenga que hacer un
par de puntos más — dijo Loi restándole importancia, pero la noté más contenta.
Después del receso entramos al
laboratorio para la clase de Química. Me senté junto a la ventana y algo
peculiar llamó mi atención.
Un halcón reposaba sobre uno de los
postes de alumbrado del patio.
— Daquel, ¿qué le pasa? — me llamó el
profesor.
Había terminado poniéndome de pie y
asustando a todos mis compañeros por el sonido estridente de mi taburete contra
el piso. Me disculpé y volví a mi sitio.
Loi me lanzó una mirada curiosa pero
fingí no darme cuenta.
»— Ángeles y otros seres
están rodeándonos. Hay muchos siguiéndole los pasos.
Me pasé toda la mañana pensando en
aquel halcón que se transformó en niño, y preguntándome si podría haber sido
una alucinación en respuesta al pánico que me produjo ver a Alen golpeando
brutalmente a ese hombre aquella vez. Loi tuvo la amabilidad de ayudarme a
hacer todo el compuesto químico que el profesor nos dejó como trabajo para la
clase, porque yo estaba tan distraída que probablemente hubiera terminado
haciendo explotar el laboratorio.
A la hora de Literatura acabé tan
rápido el cuestionario de preguntas sobre Poe, que tuve un par de minutos para
sentarme afuera del salón, a esperar que los demás terminaran. Me entretuve
haciendo garabatos en mi cuaderno de apuntes mientras no dejaba de pensar en
aquel niño de ojos verdes.
¡Pik!
La punta de mi portaminas se partió en
dos, y recién me percaté de lo que estaba dibujando.
— Otra vez…
Sobre los renglones de mi cuaderno, había
dos figuras del mismo tamaño, a una misma distancia; otra vez una de ellas no tenía
rostro.
Parpadeé, incrédula, porque después de
tanto tiempo no se me había ocurrido preguntarle a Hethos si mis dibujos
tendrían alguna especie de significado.
Rompí la hoja, algo perturbada, y
cuando elevé la mirada un pequeño avión de papel cayó sobre mis piernas.
Volteé a todos lados, preguntándome de
dónde pudo haber salido porque el pasillo estaba completamente vacío. Y al
abrirlo, ubiqué al dueño:
¿Qué significan tus dibujos?
Zamai puede ayudarte con eso.
Va a decirte cosas que ni Abdiel ni el
mismo Alen jamás te dirían,
siempre está con Berith, en Oráculo.
Por cierto, voy a atormentar tanto a
Forgeso
que terminará loco y los Phaxsi vendrán por él.
No sabes el placer que me va a producir
ver algo tan puro como un ángel
corromperse de manera más salvaje que
un mismo demonio
Me puse de pie, alterada. Giré a todos
lados y por la ventana de en frente comprobé que por las canchas de cemento
cabello rubio fulguraba con los rayos del sol.
La figura se giró y entonces la vi:
Gabriel me sonrió y después desapareció. Arrugué el papel sin contemplaciones,
pero no lo boté.
A la hora de salida escuchaba las risas
de Loi y Etel mientras hablaban sobre Tomas y su nuevo corte de cabello. Tenía
la mente en otro lado; ni siquiera me había percatado de ello. Tuve que lanzar una
carcajada forzada para que no se me notara lo alejada que estaba de la charla.
Alen… Supuestamente Alen y Hethos continúan
en su viaje de peregrinación; me he pasado casi todos los días pensando y
pensando en él y no ha vuelto a aparecer a mi lado. Tengo dos respuestas para
ello: no quiere venir a verme después de lo que pasó en mi habitación… o está
en un lugar tan lejano que no llega a oírme.
Y si no puede oírme tal vez… solo tal
vez podría ir a hablar con Durand sin que él se entere. Y Zamai… ¿el tal Zamai
podría ayudarme a saber el porqué de mis dibujos?
Iba a despedirme de manera veloz para
ir a algún lugar a practicar con el violín y de paso pensar bien en lo último,
pero Loi me indicó con la mirada que esperara. Despedimos a Tomas un par de
calles más adelante, y después nos lanzó una sonrisita cómplice.
— ¿Qué está pasando por esa cabeza
traviesa, Loi Amira? — le preguntó Etel con suspicacia.
— No podía decírselos en frente de Tomas
porque iba a ponerse como vieja neurótica y decir que es peligroso, y bla, bla,
bla. — Etel y yo intercambiamos miradas, desconcertadas—. ¡Miren lo que tengo
aquí, señoritas! — exclamó contentísima.
Parpadeé, algo desencajada, cuando me
encontré con tres rectángulos del tamaño de la palma de una mano. Etel preguntó
que eran.
— ¡Son entradas para Oráculo! — respondió
Loi entusiasmada. ¿Qué? —. Como Bellota
lo mencionó la vez pasada, hablé con algunos amigos del taller de danza, y uno
me consiguió las entradas. ¡Son para este viernes!
— ¡¿Qué cosa?! ¡¿Para Oráculo?! — chilló
Etel y Loi asintió con energía.
Me quedé de una pieza: ¿qué significaba
esto? ¿Que tal vez sí era apropiado buscar a Durand?
— ¿Qué dices, Bellota? Obviamente vendrás
con nosotras, ¿verdad?
¿Es seguro acudir a un lugar al que un
demonio me ha invitado?
¡No,
claro que no!
Quise pedirles que lo pensáramos mejor,
pero gritaban tan emocionadas que no había que ser un genio para comprender que
nada las haría cambiar de opinión.
¡¿Por qué tuve que mencionar ese
condenado lugar?!
— ¿Cómo saldremos? — indagué, tratando de
no sonar demasiado pesimista—. Si decimos que vamos a ir a ese club nocturno
tal vez no…
— Demonios, no pensé en eso — bufó Loi,
cayendo en la cuenta—. Iago va a decir que no, rotundamente.
— ¡Mis padres han salido de viaje a
visitar a mis abuelos! ¡Tengo la casa sola hasta el domingo! ¡Pueden decir que
se quedan a dormir conmigo! — gritó Etel como si se hubiera sacado la lotería y
Loi chocó su mano con la de ella, en símbolo de aprobación.
— ¡Listo, entonces queda así! ¡El viernes
nos vamos a Oráculo!
—¡Pero chicas…! — intenté decir.
— ¡Y ni una palabra más!
Cielos, algo va a salir mal.
Algo va a salir muy mal.

.png)


Comentarios
Publicar un comentario
Por cada comentario, nace un hada escritora.
No olvides comentar… ✨ 👀