Noches de insomnio | Capítulo 16: Noche XVI
Capítulo 16 | NOCHE XVI
Alen
Cuando los odiosos “tic-tac” de los relojes resuenan en mis oídos, comprendo que ya estamos en un lugar seguro.
—
¡Por todos los cielos!
¡¿Qué rayos ha sucedido?! — oigo a Hethos.
Me desplomo sin fuerzas sobre el suelo porque ya no puedo ni
mantenerme en pie.
—
¡Tarek! ¡Tarek!
—
Tra-tranquilas, estoy…estoy
bien.
La voz débil me alerta. Giro y me encuentro a Loi abrazando
desesperada el cuerpo de mi amigo. Sisa intenta detener la hemorragia del brazo
que empleó para el cántico presionándolo con ambas manos.
No, me equivoco. Tarek no solo está sangrando por las heridas de
los azotes sobre su cuerpo: también está sangrando por los ojos.
No...
—
¡Rápido, Alen! ¡Ayúdame a
llevarlo al segundo piso! ¡Agua! ¡Necesito agua! — exclama Hethos.
Tomo a Tarek con toda la fuerza que me queda y lo traslado al
segundo piso. Escucho los sollozos de Loi; me parece también estar oyendo la
voz de Etel.
Lo deposito con cuidado sobre el camastro que hay en la
habitación. Hethos aparece rápidamente y abre las ventanas con fuerza. Sisa trae
una tina mediana de porcelana con el agua requerida.
La sangre de Tarek ha teñido sus manos y tiene los ojos llorosos,
pero está intentando mostrarse serena.
—
El cielo está completamente
nublado, no se distingue ni una condenada estrella — murmura Hethos.
—
¿Estrella? — pregunta ella
con voz temblorosa.
—
El elemento regente de Seir
eran las estrellas; se alimentaba observándolas cuando era un demonio completo.
El proceso de curación sería más sencillo si tomo algo de energía de ellas.
Hethos deposita el recipiente con agua junto a la ventana y
empieza a murmurar un salmo que no he escuchado jamás. Sisa está a mi lado,
apretando los labios con fuerza. Tiene rasguños por todo el rostro, los brazos
y parte de las piernas que no cubre aquel vestido.
—
Amigo, ¿estoy…? ¿Estoy muy
maltrecho? — me pregunta Tarek con voz débil, pero en tono bromista. Le
respondo que está tan feo como siempre, y suelta una ligera carcajada.
Sin embargo, tengo que pedirle que se detenga cuando empieza a
botar sangre por la boca.
Sisa palidece y empieza a balbucear disculpas infinitas, llena de
remordimiento.
—
¿Bellota? Oh, vamos, no te
preocupes…de todas… — Tose de nuevo; le grito a Hethos que se apresure porque
está botando más sangre —…de todas maneras iba a hacerlo; Berith ya me había
amenazado antes con lastimarla.
—
Pe-pero si yo no hubiera
acudido a ese lugar… ¡Si yo no te hubiera llamado…!
—
Sisa… ¡Sisa, relájate! — le
pido. Desde hace un buen rato la noto algo exasperada: su esencia se siente
completamente diferente, y ya de por sí estaba nerviosa por todo lo ocurrido —.
Te desmayarás si no te calmas.
El agua en el recipiente empieza a emitir un destello violeta que
poco a poco se va haciendo escarlata. Hethos toma un paño y lo hunde en ella, para
después acercarse a Tarek y cubrir sus ojos con él.
El grito desgarrador que suelta coincide con la barrera que Hethos
invoca alrededor para que así no se escuche nada fuera de la tienda. Me siento
tremendamente inquieto por lo doloroso que parece ser para Tarek, y pensando en
el pago aleatorio de aquel sello de protección.
Un par de pasos veloces resuenan en las escaleras.
—
¿Qué…? ¿Qué le sucede? —
pregunta Loi muy asustada.
Tarek se mueve inquieto sobre la estrecha cama:
—
Alen, ¿es…es la
prin-princesa?
—
Tranquila, niña, va a estar
bien — le responde Hethos y siento algo de alivio. Ahora se concentra en cerrar
las heridas más profundas—. Por lo que percibo, me parece que ha invocado un
sello protector, ¿verdad? — Asiento ante la mirada inquisidora; Tarek se
remueve, incómodo—. Ambos saben que ese cántico pide un pago a cambio y que es
aleatorio, ¿verdad?
—
¿Aleatorio, señor Hethos? —
pregunta Etel que acaba de aparecer por la puerta y con suma timidez.
—
Significa que no se sabe
con exactitud qué se entregará para pagar el precio — respondo yo. Hethos
concentra una pequeña bola de energía sobre la palma de sus manos y la
posiciona sobre el paño que cubre los ojos de mi amigo. Loi se encoge junto a
Etel porque otro alarido llena la habitación.
El cuerpo de Tarek empieza a moverse con bruscos espasmos; los
alaridos se multiplican. Loi suelta otro sollozo, pero no es hasta que veo de
reojo que compruebo que Sisa está llorando en silencio, con los ojos
completamente abiertos, mientras se clava con rabia contenida las uñas en los
brazos. Los rasguños que tenía se habían convertido en franjas abiertas.
La detuve por las muñecas:
—
No, ¿qué haces?
—
Es mi culpa, Alen… — Trato
de decirle que no es así, pero otro grito llena el lugar y esta vez Hethos
parpadea, inseguro.
—
Alen, quédate conmigo.
Niñas, abajo.
—
¿Qué? ¡Pero Tarek…! —
repara Loi.
—
¡Abajo! — repite Hethos, su
mirada seria me asusta. Sisa me observa, preguntándome en silencio qué sucede,
y no me queda más que esquivar sus ojos y pedirle que baje junto a Loi y a
Etel.
—
¡Alen! — me reclama —. ¡Alen!
Les pido con calma que por favor bajen y finalmente obedecen.
Hethos hace más estrecha la barrera: no podrán pasar ni escuchar nada.
—
Seir, has solicitado un
sello de protección para toda una familia y allegados.
—
Sí, ya lo sé — responde en
voz baja.
—
¿Puedes explicarme qué
clase de imprudencia…?
—
Nada de sermones; al grano,
Hethos — suelto intranquilo. Tarek me sonríe con los ojos cubiertos y eleva
débilmente un pulgar en signo de aprobación.
—
El pago más visible hasta
ahora me parece que es el de los ojos. — Todo se detiene abruptamente, una
horrible sensación se aloja en mi abdomen: ¿los
ojos? —. No sabremos si ha
comprometido los dos hasta que termine el proceso de curación.
—
¿Qué estás diciendo? —
pregunto consternado, rogando haber escuchado mal.
Tarek sonríe otra vez, pero su sonrisa me traspasa.
—
Lo que oyes… — Hethos
suelta un suspiro—. Está ciego.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
No ha pasado ni una hora. Lo sé porque cada reloj que adorna la
trastienda tiene las manecillas en el mismo lugar: 1:30 a.m.
He resumido de manera muy breve todo lo que ha pasado en mi vida
hasta ahora. Etel y Loi han escuchado cada parte de mi narración cada vez más
sorprendidas, y también más convencidas de que por muy raro que parezca, todo
es verdad.
—
El señor Hethos ya me había
comentado algo — indicó Etel —. Dijo que no podría borrar nuestros recuerdos
porque involucraban a demonios, y ese campo ya estaba fuera de su alcance.
Recordé bruscamente la vez que Alen me rescató de aquel callejón y
claro, había empezado a tener ciertos pasajes borrosos, pero las partes en las
que salía Gabriel estaban casi intactas.
—
Si no hubiera vivido lo de
hace un rato, te juro que no lo creería — me dijo Loi envuelta en los
cobertores que Hethos le había pasado a Etel cuando despertó, después de que
Alen la dejara con él.
La admiro muchísimo: hace unos momentos estaba desesperada y no
paraba de llorar por Tarek; después se quedó en silencio, observando la nada, y
soltó un suspiro.
—
Llorando no voy a ganar
nada — murmuró para sí misma y adoptó una postura serena.
Dios, nunca había pensado que esperar sin saber qué sucede es una
de las sensaciones más horribles en el mundo. No debí buscar a Zamai, ¡no debí
hacerlo! ¡Y ahora por mi irresponsabilidad Tarek estaba sufriendo las
consecuencias!
¡Estúpida, estúpida,
estúpida!
—
Sisa… ¡Sisa! — Reaccioné: Loi
me sostenía por las muñecas —. Te estás haciendo daño, ¡mira tus brazos!
Bajo la mirada, como me indica, y compruebo que me he clavado las
uñas con tanta fuerza que por algunas zonas estoy sangrando otra vez.
—
Vaya, no... No me había
dado cuenta.
—
Debemos hacer algo con tus
heridas. ¿No te duele la mano? — Observé a Loi, sin comprender—. Lo digo porque
esa cosa…esa burbuja era extremadamente dura y entonces la rompiste solo
dándole un golpe y…
¿Qué?
—
¿De qué hablas, Loi? — le
pregunté inquieta.
—
¿No lo recuerdas? Estábamos
dentro de esa bola que nos protegía; entonces Alen y Tarek fueron atacados por
esas cosas horribles, intentamos romper la burbuja, pero era muy dura y…
—
¿No estalló por sí sola?
Loi me miró con incredulidad:
—
¿Es en serio? ¿No lo
recuerdas? — Sentí que el cuerpo se me puso rígido. ¿Sensación de olvido? ¿Otra vez? —. Te pusiste de pie y dijiste que
esa barrera no era nada para ti. Le lanzaste un golpe con la palma de la mano y
literalmente explotó. No pensé que tuvieras tanta fuerza.
Intenté ordenar mis ideas porque yo juraba que la burbuja había
estallado por sí sola.
—
¿Y…? ¿Y qué pasó después? —
pregunté con algo de temor.
Loi frunció los labios, recordando:
—
Bueno, te quedaste mirando
a la turba de…bueno, de esas cosas feas y delgadas, y yo empecé a llamarte. Me
parece que entraste en shock o algo porque rompiste a reír, y de ahí todo es
complicado. Tarek y Alen aparecieron ensangrentados, los demonios empezaron a
gritar y bueno, llegamos aquí.
—
No… ¿no viste al sujeto
vestido de negro? — Loi entrecerró la mirada, confundida.
—
¿De negro? No, es que todo
sucedió tan rápido.
—
¿Eh? ¿Qué es esto, Loi? ¿Un
tatuaje? — Volteamos al oír a Etel y me sorprendí al ver varias líneas
ondulantes, entrecruzándose unas con otras, sobre el pecho de Loi, al lado
izquierdo, casi a la altura del corazón.
No sé con exactitud si la pequeña figura era una flor con varios
pétalos, o una estrella de varias puntas. Las líneas eran sutiles, ni siquiera
se notaban mucho a menos que se entornara la mirada.
—
¿Qué es esto? No lo tenía
antes — indicó desconcertada.
—
Es el Sello de Protección —
oímos por detrás. Hethos bajaba del segundo piso, claramente agotado.
Nos pusimos de pie inmediatamente.
—
¿De protección? — preguntó
Loi. Hethos asintió—. Entonces… ¿es cierto que él hizo una especie de conjuro
para protegerme del idiota de…? ¿Cómo se llama? ¿Berand?
—
Durand — la corregí.
—
¿Y…? ¿Y también es cierto
que tenía que dar algo a cambio? Lo…lo escuché de Alen. — Hethos lo confirmó.
La mano de Loi se aferró con fuerza a la mía. Sentí toda la
preocupación que emanaba por la forma en la que me apretó los dedos.
—
El pago…no entiendo de eso,
pero sonaba peligroso — insistió. Alen apareció por las escaleras; su cuerpo ya
no tenía ningún rasguño, pero su mirada meditabunda me inquietó —. ¿Qué tuvo
que dar a cambio?
—
¡No mucho, en realidad! —
gritaron desde arriba. Y después una carcajada amable estalló.
Era Tarek.
Loi me miró, inquieta, y después volteó a ver a Alen y a Hethos.
—
Sube, niña, te va a dar un
infarto si no lo ves — lanzó Hethos comprendiendo sus gestos e indicándole con
un cabeceo los escalones de madera. Sus dedos me soltaron, y su cabello flotó
por la rapidez con la que se lanzó hacia el segundo piso.
—
Bueno, va siendo hora de
que hagamos algo con tus heridas, niña. — Me senté sobre uno de los sofás
mientras Hethos sanaba mis brazos y las cortadas en mi rostro y mis piernas—.
Lamento decir esto, pero ha sido imprudente…
—
Hethos, basta — advirtió
Alen—. No es momento para…
—
No. Ustedes parecen una
pandilla de adolescentes que no saben lo que es el peligro —. Sentí algo cálido
brindándole alivio a mis raspones, pero la incómoda culpa que sentía en el
pecho se hizo más profunda —. Y lo comprendo en ellas porque son pequeñas, pero
Seir y tú deberían empezar a comportarse con más sensatez.
—
Hethos, ya — insistió Alen.
—
Lo siento mucho — murmuré.
No era culpa de Alen y mucho menos de Tarek. Ellos en realidad habían aparecido
en aquel lugar porque yo los llamé buscando ayuda.
Etel me sonrió como para darme apoyo.
—
¿Puedo saber en qué cabeza
entra la idea de ir a un lugar al que te ha citado un demonio, niña?
—
Hethos — advirtió Alen.
—
Lo mismo va para ti: si
ella es irresponsable es porque tu ejemplo no es el mejor. ¿Crees que no
recuerdo lo del niño asesinado?
Alen volteó la mirada, disgustado.
—
Además de todo esto, ¿acaso
nadie se ha puesto a pensar que Gabriel podría venir por ti ya que hay más
personas que saben de tu situación como calehim?
Me puse de pie, con el corazón latiéndome con violencia. Alen
parpadeó pasmado, como comprendiendo recién aquello.
—
Por lo que veo tampoco
habías pensado en eso. En fin, si ya ha pasado tanto tiempo supongo que no
estamos infringiendo ninguna regla. Pero escucha, Alen, estamos así, así de
“cerca” para que inicies una nueva vida — recalcó severo —. Has detenido el
tiempo como se te ha venido en gana, y gracias a quién sabe Kohn no ha dicho
nada al respecto; y la verdad me parece muy extraño que ni siquiera se haya presentado
para una advertencia, pero esos son otros temas — reflexionó para sí mismo—. Y
ahora hay dos humanas más involucradas y podríamos tomar sus recuerdos, pero
las partes importantes tienen a demonios en ellos así que sería en vano; no
podemos manipular los de ese tipo. Tienes que empezar a ser más prudente; ¡esto
no es un juego!
Alen asintió temeroso. Me reprendí mentalmente porque no era su
culpa, era mía.
—
Y tú, niña, que sea la
última vez que haces algo parecido — dijo enfocándose en mí —. Berith no tiene
nada qué ofrecer que nosotros no podamos obtener con algo más de esfuerzo.
¿Puedo preguntar qué te dijo para que aceptaras ir a ese lugar?
—
Durand… Durand me propuso…
— Me quedé en silencio por unos segundos, porque sería demasiado embarazoso
mencionar la última propuesta que me había hecho.
—
¿Sisa? — me llamó Etel ante
el silencio.
—
En realidad, quería ver a
Zamai porque Gabriel me dijo…
—
Espera, ¿qué?
Alen y Hethos me interrumpieron; me observaron detenidamente.
Por el gesto en sus rostros, pensé que había dicho algo muy malo.
—
Niña, ¿dijiste Zamai? — me
preguntó Hethos adustamente. Asentí —. ¿Estás segura de eso?
—
Me…me dijo que era un Aliter.
Les di una descripción de cómo lo recordaba físicamente y el lugar
en el que me había recibido: acolchado, muy luminoso y casi sin sonidos que
pudieran perturbarlo.
Alen caminó de aquí para allá, exacerbado. Hethos frunció los
labios:
—
Está un paso más adelante —
murmuró contrariado—. Sabía que intentaríamos buscarlo.
—
¡¿Y por qué demonios Berith
tiene tanto interés en devolverme mi nombre?!— explotó Alen airado; tomó uno de
los relojes de uno de los estantes y lo aventó contra la pared del costado sin
contemplaciones.
¡CRASH!
Etel y yo dimos un respingo ante el estruendo de las piezas
quebrándose.
—
Cálmate. No puedes perder
el control de esa manera — le reprochó Hethos—. Y mis relojes no tienen la
culpa así que compórtate.
Alen cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire, buscando
serenarse. Se mantuvo en silencio por unos segundos, pero claramente parecía
tener una especie de batalla interna consigo mismo.
—
Lo siento mucho, Etel, Sisa.
— Se sentó sobre el sofá de enfrente y soltó un suspiro —. Nosotros también lo
estábamos buscando. Hethos creyó que podía ser una buena idea encontrarlo, y
preguntarle directamente mi nombre.
—
En fin, ya no se puede
hacer nada — indicó Hethos—. Si Berith lo tiene significa que ya le está
brindando morada. Intentar hablar con él será una pérdida de tiempo; en esta
vida le guardará fidelidad y dudo mucho que podamos hacer algo para que charles
con él.
Alen asintió, resignado.
—
Espera…estoy viendo algo
alrededor… — La mirada de Hethos se clavó sobre mí. Me estremecí —. Niña,
¿llegaste a preguntarle algo? Porque ellos no hablan si no les das algo a
cambio.
—
¿Eso es cierto, Sisa? — Alen
se puso de pie inmediatamente y se acercó a mí, preocupado.
—
Bu-bueno, me dijo que el
pago ya estaba hecho cuando empezamos a hablar — respondí torpemente—. Que con
verme bastaba. Le pregunté por qué y mencionó algo de La Rebelión de los 500
caídos.
Alen bajó la mirada, pensativo. Hethos, por otro lado, se quitó
los lentes y sus ojos violeta fulguraron con intensidad. Etel soltó un bajo
“woww”.
—
¿Te dijo eso? ¿La Rebelión
de los 500 caídos? — Asentí —. Qué extraño; es parte de nuestra historia, pero
es un suceso muy antiguo. Y por órdenes de altas jerarquías, son pocos los que
recuerdan lo sucedido. No tendría por qué estar relacionado contigo. — Si ellos
no estaban seguros de lo que significaba aquello, yo menos —. Lo añadiré a la
lista de cosas que tenemos que averiguar.
—
Dis-disculpe, señor Hethos,
pero ¿qué sucedió en esa rebelión? — preguntó Etel.
Estaba segura de que se moría de ganas por preguntar más cosas
porque es muy aficionada a todo lo sobrenatural, y en este momento estaba
siendo testigo de muchas de esas cosas.
—
Mmm, no puedo comentar
mucho al respecto porque es un tema que no se toca con humanos, y tampoco tengo
los datos necesarios para dar una explicación detallada; pero por lo que sé,
como suele suceder, en cierta época un grupo de los nuestros quisieron derrocar
el sistema. Le llaman La Rebelión de los 500 caídos porque fueron 500 los
ángeles, de muy alta jerarquía, los que iniciaron las revueltas. Se aliaron con
un fuerte séquito de demonios para su cometido, pero finalmente fueron vencidos
y todo volvió a estar en su lugar. Es muy sencillo decirlo así, pero la verdad
es que duró muchísimo tiempo. Varios universos humanos y de otros seres se
vieron afectados.
—
¿Qué buscaban con la
rebelión? — preguntó Etel con interés.
—
Ah, es complicado;
dejémoslo en que querían cambiar la manera en la que se custodia la vida de los
humanos. De solo observar, se buscaba tener mayor control sobre ustedes.
Siempre ha existido esta lucha entre ellos y nosotros, con ustedes de por medio
por el tiempo de creación. Ángeles y demonios fuimos creados segundos después
de que los humanos nacieran espontáneamente del Todo, ambos para supuestamente
custodiarlos. Ahora, nadie comprende bien el momento en el que las perspectivas
cambiaron tanto.
—
Ustedes nacieron al mismo
tiempo — comenté. Hethos asintió:
—
Otros seres suelen
describirnos diciendo que nosotros somos el gemelo bueno, y ellos…
—
El gemelo malvado — agregó
Alen, irónico.
—
¿Y ustedes se reproducen? —
preguntó Etel de la nada y rompió el tema bruscamente.
Alen elevó una ceja, divertido.
—
Esto sucede cuando das
cabida para preguntas. Los humanos son muy curiosos — comentó Hethos con
aburrimiento —. Somos un número limitado, niña. Tanto ángeles y demonios; pero
no somos mil o diez mil, te sorprendería la cantidad. Ni siquiera puedo
decírtelo porque demoraría siglos en terminar de pronunciar la cifra.
—
Ohhh, entonces no se
reproducen — dijo como para cerciorarse.
—
No, niña, no nos
reproducimos — confirmó Hethos fastidiado—. Aunque hay ciertos mitos…
—
¿Sobre qué? — preguntó
ansiosa. Alen soltó una leve risita.
—
Ya fue suficiente, no soy
un abuelo cuentacuentos. — Etel resopló, decepcionada —. Bien; tú, niña, ya que
hablaste con Zamai, dime, ¿recuerdas que te haya dicho algo importante?
Narré de manera muy concisa todo lo que recordaba sin omitir
ninguna parte. Aunque tuve que esforzarme un tanto porque en realidad, por todo
lo último, los recuerdos de la conversación me venían por fragmentos.
—
Tranquila, es normal. Si
quieres respuestas de un Aliter la
conversación siempre debe ser personal — me dijo Hethos sin
inmutarse.
—
¿Personal? — pregunté sin
comprender.
—
Para obtener respuestas de
un Aliter, el interlocutor debe estar
involucrado en la respuesta. De lo contrario, la información se olvida. Cuando
se intenta transmitir respuestas a terceros, el mensaje se va perdiendo. Es
algo muy extraño.
—
Eso significa que si yo
hubiera hablado con él y le preguntaba cosas sobre Sisa, ¿no las recordaría al
momento de contárselas a ella? — preguntó Etel y Hethos asintió.
Mmm, entonces… ¿por qué Durand decidió dispararle? Si me decía el
nombre de Alen, probablemente lo hubiera olvidado al momento de transmitírselo.
A menos…
A menos que no lo olvidara porque tuviera que ver conmigo.
—
Tal vez el disparo fue solo
para asustarte — declaró Hethos cuando se los comenté.
—
No, no lo creo — dijo Alen
con seriedad—. Sisa es importante en todo esto: sus visiones sobre Albania, su
capacidad para llamarme en dónde sea. — Comprendí que se refería al hecho de
haber podido oírme aun estando en Oráculo, que tenía muchísimas barreras
recubriéndolo —. El hecho de ser mi verdad es importante.
Su verdad…
—
En fin, no debemos tomar al
pie de la letra las palabras de Zamai porque no todo lo que dicen los suyos es
absolutamente cierto — acotó Hethos —. Después de todo, nacieron de la
somnolencia del Todo. — “Y cuando se está por caer dormido, se mezcla realidad
con fantasía”, recuerdo que me advirtió también Zamai —. Por cierto, niña, ¿en
qué momento las otras niñas aparecieron en la escena?
Le respondí que charlaba con Durand después de que le disparara a
Zamai (omití por completo la parte en la que me besó), y cuando estaba pensando
en qué agregar para explicar por qué las dos aparecieron para ayudarme, Etel
lanzó la bomba sin previo aviso:
—
¡Ese sujeto estaba acosando
a Sisa! — Me ericé ante la declaración —. Estábamos buscándola y cuando
llegamos la encontramos acorralada contra la pared. No te besó a la fuerza,
¿verdad, Bellota?
Etel me observaba preocupada mientras yo esperaba que un agujero
enorme se abriera y me permitiera esconderme en él por los próximos veinte
años.
—
N-no, cla-claro que no.
Elevé la mirada discretamente: Alen me observaba de reojo, suspicaz.
No me cree.
—
Sisa, que sea la última vez
que te arriesgas así, ¿entendido? Berith no es precisamente el más pasivo de
los demonios: su historial te pondría los pelos de punta — indicó seriamente. Me
hubiera encantado protestar, pero realmente me merecía todas las reprimendas
del mundo.
—
Ah, también…también le
pregunté por Nanael, y me dijo que era un ángel de alta jerarquía — lancé para
desviar un tanto el tema sobre Durand.
—
¿Nanael? — preguntó Alen
desconcertado —. ¿No es el mismo nombre que escuchamos antes de ser rescatados?
— Hethos lo miró, sin comprender, y Alen narró brevemente que mientras las
tropas de algunos demonios los atacaban, alguien apareció y los ayudó a
escapar. Dijo que estaba completamente vestido de negro, así que me convenció
de que no fue una alucinación.
—
Nanael — murmuró Hethos—.
Recuerdo haberlo escuchado. ¿Por qué le preguntaste sobre él?
Les comenté acerca de las voces que había escuchado en la casa de
Etel que involucraban a Albania y a la mujer llamada Nuna que suelo oír en
varias oportunidades, y después el ingreso de ese chico al que no lograba
reconocer aún.
Hethos y Alen empezaron a lanzar conjeturas al respecto, con más
desconcierto ante el hecho de que el tal Nanael supiera mi nombre, y en esos
minutos intenté recordar que más me había dicho Zamai.
Me dijo que me alejara de todo… ¿Pero por qué? ¿Bendición,
castigo? Cielos, ¿qué más me di…?
—
¡ERES UN IDIOTA! — oímos
desde arriba y después pasos veloces—. ¡Me voy a casa!
—
¿Esa no es…? — me preguntó
Etel con curiosidad, y sí, sí era.
Loi bajó echa una furia del segundo piso.
—
Princesa, ¡princesa! —
Tarek apareció por el umbral con el brazo derecho inmovilizado por una especie
de cabestrillo de modelo algo inusual, e intentó bajar por las escaleras de
madera, pero con muchísima dificultad —. ¿Por qué te pones así?
—
¿Por qué? — exclamó Loi en
medio de la habitación—. ¡¿Te parece poco que me salgas con una estupidez como
esa?!
—
¿Qué pasa? — me preguntó
Etel en un murmullo. Negué con la cabeza, igual de perdida que ella y que todos
en la habitación, a decir verdad.
—
Pero es la verdad, ¡no
puedo mentir, ya te lo dije! — se defendió Tarek.
—
¡¿Y cómo crees que me
siento ante algo así?!
—
¡Cuidado! — Alen se puso de
pie velozmente y sostuvo a Tarek que por poco y cae por los últimos dos
escalones.
Loi quiso acercarse, pero apretó los labios con fuerza y se
mantuvo distante.
—
¿Por qué dices eso? — insistió
Tarek confundido.
—
¡Porque lo que acabas de
decirme es la estupidez más grande que he escuchado en toda mi vida! ¡Y créeme
que sé de lo que hablo porque ya ha habido un imbécil insuperable en ella!
—
No puedo mentir, es parte
de mi naturaleza — repitió Tarek en voz baja.
—
Ok, eres sincero, ¡pero
también eres un perfecto idiota! — lanzó Loi y sus ojos se humedecieron; la voz
se le entrecortó—. ¡Decir que dejarás de intentarlo, que ya no vale la pena…!
¿Crees que tu ojo derecho era lo único que me gustaba de ti? ¡¿Que las
cicatrices en tu cuerpo, que la inmovilidad de tu brazo, te transformarán en
una persona diferente?!
Hethos elevó una ceja al comprender, igual que todos, que la
charla era de a dos y los demás simplemente cumplíamos el rol de muebles de
decoración
—
¡Es que lo soy! ¡Soy una
persona diferente! ¡Mírame, soy un errante! ¡Y ahora medio ciego, y bastante
maltrecho corporalmente!
¿Medio ciego...?
—
¡Y eso para mí es pura
mierda! ¡¿Me crees tan malditamente superficial como para fijarme en esos
detalles mínimos?!
Todos intercambiamos miradas, algo incómodos: era tan extraño que
ese par estuviera discutiendo como si fuéramos invisibles.
—
No lo hagas por lástima,
princesa… soy un errante, pero aún conservo mucho orgullo de demonio.
—
¡¿Por lástima?! — chilló
Loi sin creerlo.
—
¡Aún no me habías dicho que
sí y ahora de la nada, ¿repentinamente te gusto mucho?! — exclamó exaltado.
Loi desvió la mirada, llena de frustración, y Etel y yo la
comprendimos perfectamente.
Ambas sabíamos que ella planeaba decirle que sí desde antes del
ataque; nos lo había confirmado en Oráculo, mientras bailábamos. Sin embargo,
Tarek no sabía eso.
—
Solo te dije lo que
pensaba, princesa; que tal vez deba dejar de intentarlo porque dudo que quieras
seguir con esto habiendo tantas cosas de por medio. Entonces me sales con que “sientes
algo por mí” — replicó amargamente—, y me haces pensar que estoy condenando a
una niña humana a amarme porque me debe el “haberla protegido de un demonio
algo chiflado”.
Del tono juguetón que solía emplear no había ni rastro. Tarek
sonaba tan diferente a como solía ser. Y ahí comprendí que realmente parecía
querer a Loi de manera sincera. Se notaba lo difícil que resultaba para él todo
esto.
Alen seguía sujetándolo por la cintura. Lo palmeó amablemente,
como dándole apoyo.
Loi se pasó el dorso de la mano por los ojos, agotada:
—
Escúchame, Tarek, si crees
que sería lo bastante idiota como para decirle a “un semi demonio” que lo
quiero por lástima, entonces no me conoces — declaró muy segura —. Si te he
dicho algo semejante, es porque he decidido arriesgarme a pasar por alto todo
lo “extraño” que hay alrededor de tu naturaleza. ¡Porque sencillamente siento
que lo que hay entre ambos podría funcionar…!
—
¡¿Y cómo quieres que no
piense que hay una especie de gratitud en medio?! — exclamó tenso; pero Loi negó
con la cabeza, sin creerlo, y pasando por alto que Alen estaba muy cerca, tomó
a Tarek por el rostro y lo besó.
Hethos elevó una ceja, bastante incómodo, y optó por girarse y
tomar una lámpara que parecía estar en proceso de restauración.
Alen parpadeó, fingiendo prestarle atención a cualquier otra cosa
menos a ellos, porque prácticamente estaba sujetando a Tarek mientras Loi lo
besaba.
Etel, por otro lado, no dejaba de apretarme el brazo con fuerza,
emocionada.
—
Iago y papá suelen repetir
que soy Lucifer hecha persona — añadió al romper el beso. Él abrió los ojos,
completamente ensimismado —. Tal vez es por algo, ¿no crees?
En ese momento recién me enfoqué en el ojo derecho de Tarek. Se
veía algo diferente a como solía recordarlo: estaba como adormilado, un poco
más cerrado que el izquierdo.
Observé a Alen y asintió, comprendiendo mi pregunta: Tarek había
perdido la vista del ojo derecho.
—
Pero princesa…
—
Tarek, por una vez en tu
vida deja de ser tan idiota y cierra la boca — concluyó Alen burlonamente —.
Ahí tienes a una chica que te quiere tal y como eres. No lo arruines, por
favor. Has sido el ser más odioso del planeta hablando y hablando de cuánto te
gustaba y ahora que la tienes, ¿planeas no aceptarla?
—
Siempre supe que el
inteligente en la relación eras tú, Alen — aprobó Loi con una sonrisa.
—
¡Oyee! — protestó Tarek.
—
Prefiero llamarlo
“practicidad”, porque si hoy no aclaran esto, voy a tenerlo deprimido y será el
doble de odioso — añadió Alen erizándose al pensarlo.
Tarek torció las cejas, fingiendo indignación, pero después
deslizó la mano izquierda con algo de torpeza hasta atrapar la de Loi y
aferrarse a ella con cariño.
—
Cuando te vi supe que no
sería sencillo acercarme a ti. Tenías la misma chispa en los ojos que ahora: la
mirada altiva de una auténtica princesa. — Loi sonrió con satisfacción y
después le acarició los cabellos con ternura.
—
Vaya, demasiadas emociones
por hoy — comentó Hethos, aburrido—. No tengo idea de lo que acaba de suceder
aquí, pero quédense si quieren, váyanse o lo que sea. Yo sí me voy, tengo algo
que atender. Y agradece que esa niña ya tenga una reserva de protección, Seir,
o sino el precio no hubiera sido solo un ojo y la movilidad del brazo derecho.
Etel y Loi dieron un brinco cuando vieron a Hethos desaparecer en
un parpadeo.
—
¿Eh? ¿A qué se refiere? —
preguntó Loi.
—
Tu abuelo también fue
médico, ¿verdad? — Ella asintió; Alen sonrió—: Tu abuelo, tu padre, y tu
hermano han salvado muchas vidas humanas. Eso te da cierta protección en todas
tus próximas vidas. Ustedes lo llaman Karma en algunas ocasiones. — Loi abrió
la boca, sorprendida—. El sello que invocó Tarek fue costoso, pero cierta parte
ya estaba pagada por las acciones de tu familia. Además, Hethos cree que hay
una especie de protección previa alrededor de ti, aunque no ha podido
identificarlo. Parece un vínculo, pero a la vez no.
—
No sé a qué te refieres con
vínculo…pero si ha sido de ayuda, ¡pues qué bueno!
Alen se encargó de los rasguños que Loi tenía en algunas partes
del cuerpo y después nos llevó de vuelta a casa. Tarek tuvo que quedarse porque
aún estaba débil. Al momento de despedirse se miraron, y cuando él le pidió un
beso a modo de despedida, ella soltó una carcajada y se negó juguetonamente.
No obstante, antes de que Alen nos transportara giró, volvió hacia
él y depositó uno suave sobre su ojo agraviado.
Tarek la miró sorprendido y después sonrió:
—
Ese beso ha valido más que
todas mis vidas juntas — declaró y Loi se sonrojó tan bruscamente que intentó
disimularlo dándole un manotazo.
Lo último que vimos fue a Tarek despidiéndose amablemente, y
después aparecimos en la casa de Etel. En el patio de entrada, para ser más
exactas.
—
¡ESO HA SIDO DEMASIADO PARA
MI CORAZÓN! — chilló mientras sacudía frenéticamente a Loi que, parecía, andaba
en Plutón.
—
Ay, Etel, ¡ya basta! —
replicó al reaccionar.
Íbamos a entrar, pero Alen me tomó por la muñeca.
—
Espera un momento, Sisa;
quiero hablar contigo.
—
Sí, cla-claro.
—
¿Sabes? Tal vez deberíamos
ir entrando — soltó Loi con velocidad.
Etel asintió reiteradas veces:
—
¡Claro! ¡Vamos, vamos!
¡Demórense lo que quie…! ¡Ouch, ya, no diré nada!
—
Por cierto, gracias, Alen.
El día de hoy ha sido algo extraño, pero creo que ya estamos asimilando varias
cosas — agregó Loi; nos lanzó una sonrisita de complicidad, intercambió una
mirada nada discreta con Etel, y se fueron corriendo demasiado emocionadas
rumbo a la casa.
La puerta principal se cerró. Giré de reojo y comprobé que las dos me hacían porras por la
ventana del costado; Alen volteó y las cortinas cayeron rápidamente.
—
Sisa, quiero ser muy claro
con esto, ¿sí? — Loi y Etel nos habían dejado solos porque tal vez imaginaban
que él iba a decirme algo muy importante, pero por el tono ya sabía que iba a
ser una reprimenda —. No vas a volver a hacer algo parecido, ¿de acuerdo?
Prométemelo.
—
Lo siento mucho, sé que fue
un acto imprudente, pero es que…
—
Es que nada —me interrumpió
con tranquilidad, pero muy serio —. Primero aceptas charlar con un demonio
peligroso como Berith sin decirme nada al respecto; y después te encuentro en
el club que él dirige casi a merced de toda su gente. Dime, ¿no pensaste que
intentaría atacarte?
—
Yo…yo solo quería hablar
con Zamai sobre mis dibujos — murmuré.
Me sentía como cuando el abuelo me regañaba por irme a practicar
con el violín hasta lo más profundo del bosque, o como esa vez, cuando Joan me
gritó por no avisar que llegaría muy tarde a casa cuando tenía trece años.
—
No es solo eso, no me
mientas. — Tragué despacio—. ¿Crees que no sé que todo esto no es más que para
ayudarme?
—
N-no es así.
—
Sisa…
Trate de pensar en alguna otra excusa, pero los ojos miel me
atacaron bruscamente.
—
Es que… ¡es que realmente
quiero ser de ayuda! — respondí con demasiada honestidad. Si las respuestas
para sus preguntas estaban en mí, ¿por qué no tratar de aligerar su carga?
—
No vamos a discutir eso.
—
¡Alen!
—
No, no es necesario. No
quiero que vuelvas a arriesgarte así.
—
¡Puedo ser de ayuda! Zamai
me ha dicho tantas cosas que no logro recordar, ¡pero creo que con una sesión
de Li-kay…!
—
¡Basta, Sisa! — profirió adustamente
y me observó muy serio—. ¡Nada, no harás nada! ¡Y no voy a dejar de repetírtelo
hasta que lo comprendas!
—
¡Entonces vas a tener que
repetírmelo más porque no voy a terminar de comprenderlo! — le espeté más
furiosa de lo que esperaba.
¿Qué…? ¿Qué me sucede? ¿Por qué siento nuevamente esta sensación
de ardor en el pecho? Es casi como si algo dentro de mí quisiera explotar, pero
no a conciencia, sino de manera instintiva.
Los perros de algunos vecinos ladraron con fuerza, supongo que
ante el estruendo de nuestras voces. Las luces de la casa de en frente se encendieron,
solo para que Alen me tomara por la muñeca con velocidad.
Abrí los ojos, sorprendida, porque después de un parpadeo ya nos
encontrábamos en el departamento que compartía con Tarek.
—
Sisa, ¿es tan difícil
pedirte que te mantengas alejada de todo lo que pueda ser peligroso? ¡Mira, sí,
tal vez ha sido mi culpa por involucrarte en todo esto y…!
—
Alen, hay muchas cosas que
también me están confundiendo: mis dibujos, las visiones... Si realmente tengo
un papel importante en esto déjame ayudarte. ¡Si quieres yo por mi lado y tú
por el…!
—
¡¿Y qué quieres?! ¡¿Que me
siente a ver cómo te metes en la boca de un demonio sin protección alguna?! —
me interrumpió bruscamente —. ¡¿Que me pase el día rompiéndome la cabeza al
pensar si estás bien o no porque tal vez se te ocurrió alguna “extraña” idea
para ayudarme?! — Lo miré un tanto asustada por su voz llena de enfado —: Esta
noche estaba en casa, con Naina, y de repente tu voz suena como una alarma
ensordecedora. ¿Sabes, si quiera, lo que sentí cuando te oí gritar desesperada
y percibí la presencia de Berith junto a la tuya?
Me apenó muchísimo verlo tan disgustado:
—
Ya, sí, fue un error. No
debí haber ido, pero es que…
—
Solo quédate tranquila,
Sisa. Disfruta de tu vida en la escuela, con tus amigos…
—
¡Pero Alen…!
—
No, Sisa; no es necesario.
Estoy bien así, Hethos y yo…
— ¡Hethos y tú lo están haciendo mal
porque no hay progresos! — proferí exaltada, haciendo eco a las palabras de
Durand; y los ojos miel me observaron incrédulos, llenos de sorpresa.
Aquí vamos, otra vez alzando la voz. No sé por qué estoy tan a la
defensiva desde que retornamos de la cámara esa de evocaciones.
— Han pasado nueve vidas, Alen…y aún
sigues aquí — susurré y la verdad no entiendo por qué, ya que si por mí fuera
le pediría que se quedara como humano en esta.
Pero
eso sería tan egoísta…
— Lo sé, han pasado nueve vidas — me
respondió —. A veces yo mismo pienso que estoy metido en un maldito laberinto
sin salida…pero no puedo hacer nada más.
Reconocí en sus ojos el dolor que
implicaba estar lejos del lugar al que pertenecía, el anhelo por retornar, y
recién comprendí el impacto de mis palabras.
Era un tema delicado para él: yo no soy
nadie para tocarlo con esa simpleza.
— Si en serio quieres ayudarme — añadió con amabilidad, a pesar de mi horrible ataque verbal—, voy a pedirte que solo lo hagas
transmitiéndome las visiones que tienes sobre Albania, ¿de acuerdo? Solo eso.
Solo necesito saber más sobre ella, nada más, Bellota.
Algo me oprimió el pecho con violencia
y no llegué a comprender de qué se trataba.
Albania…Albania…Albania…
Estoy harta de oír ese nombre porque
por algo inexplicable siento que ella no fue la mejor persona en el mundo.
Estoy harta de que siempre lo repita porque ese oscuro sentimiento llamado “envidia”
me invade por completo. Estoy harta de que en su voz suene tan bonito, y estoy aún
más harta porque en el fondo deseo, egoístamente, que todos esos “Albania” tan
insistentes sean cambiados por eternos “Sisa”.
No sé quién es ella, ni siquiera tengo
la más remota idea de por qué suelo tener pasajes de su vida a modo de
visiones; pero en el fondo, en lo más profundo de mí, algo me grita que ella
hizo algo que lo marcó de sobremanera, que lo lastimó; y quisiera tener las
palabras adecuadas para poder decirle con certeza: “olvídate de ella”.
— ¿Solo eso?
— Solo eso, Sisa, solo necesito saber de
ella. Albania es una parte importante en mi sentencia. Solo necesito que me
ayudes diciéndome lo que sepas de ella.
Claro, la parte importante es ella… Ella…
No
yo.
¿Y
por qué me afecta tanto?
Albania hasta ahora no era más que una
palabra, el nombre de una chica que parecía ser alabada por muchos y con plena
conciencia del efecto que tenía sobre los demás; pero…pero no sé cómo describir
esto. No sé cómo poner en palabras, para que él comprenda, que el recordarla no
vale la pena: no va a ayudar en nada, solo traerá dolor, y es tan extraño
porque ni siquiera sé bien a qué me refiero.
— No te reprocho que quieras ayudarme; es
algo muy tuyo eso de querer ayudar a todo el mundo, pero la confrontación no
sería justa. Hay seres implicados que no son humanos y no quiero que salgas
lastimada. No seas tan buena conmigo, amable Bellota.
Me quedé observándolo en silencio,
intentando grabar el detalle de sus ojos y de repente comprendí que no era
necesario intentarlo, me los sabía de memoria: la forma, el color... Cuando está
feliz un brillo travieso se expande a través de ellos, en medio de una mirada
inconscientemente juguetona; y cuando está afligido, pero intenta verse
animado, como sucede ahora, el brillo se transforma en uno que evoca recuerdos.
Recuerdos escritos en un idioma que ni él mismo puede traducir.
Elevé mis manos hasta su rostro, encandilada
por los ojos miel y la pureza que despedían. Nunca he visto ojos así de limpios,
y aunque cuando fulguran de color violeta son preciosos, admito que los
prefiero con el color del sol.
Olor
a sol…olor a estrellas…
— Sisa… — su voz me llama, pero no
exigiendo atención, sino simplemente verificando si sigo aquí, con él, o me he
perdido en ese mundo de visiones que aún no comprendo. Me entretengo observando
su rostro, y entonces me viene de pronto la imagen de Loi y Tarek cogidos de la
mano, sonriéndose, entendiéndose sin necesidad de palabras.
»— Es evidente, preciosa, que lo que
sientes por él no es solo un simple cariño de amigos.
Miles de imágenes empiezan a atacarme. De
brillantes colores mezcladas con una agradable sensación de flote. En todas y
cada una de ellas él está presente; elevo una mano y acaricio con suavidad el
borde de sus ojos, la comisura de sus labios…
No quiero que esta boca adopte gestos
de tristeza, ni que estos ojos permanezcan anclados en el recuerdo. Quiero
verlo feliz, riendo burlonamente como a veces sucede, o sonriendo con esa
ingenuidad que, podría jurar, ni él mismo sabe que posee. Con los ojos
brillándole de alegría, y el viento jugueteando con su cabello porque a él
también le gusta sentirlo.
Entonces las imágenes explotan, como frágiles
burbujas de jabón, y lo comprendo. Por
fin lo comprendo…
Cielos, después de tantas alertas,
después de tantos rotundos “no”, finalmente había pasado. Y no era reciente,
era hace mucho, solo que había tratado de ocultarlo de mí misma.
Me gusta…
El chico de ojos de sol y sonrisa de niño me gusta, me gusta
mucho…y yo… Yo siento que lo quiero
tanto.
Lo quiero tanto, y es por eso que reconozco que manifestarlo sería
concretar el deseo más intenso y egoísta que jamás he creado. Me lastima el
admitirlo, me parece tan injusto sentirlo, porque sé que lo quiero, lo quiero
para mí…
Y por eso mismo no quiero
que se vaya.
Me encantaría gritarle todo lo que implica eso. Que olvide a
Albania, que olvide su nombre, su existencia original, su castigo, su lucha por
volver. Que olvide todo eso y se quede aquí…conmigo.
Pero eso es tan egoísta…
—
Bellota, ¿estás llorando?
No consigo responderle; solo siento que mis ojos pierden la
batalla porque no hay forma de que le pida algo semejante.
—
¿Qué pasó? ¿Soné muy rudo? Cielos,
lo siento. Tarek tiene razón, a veces soy un completo idiota cuando…
Oigo sus tontas disculpas mientras trata de secar mi rostro,
completamente abatido. Por un segundo quiero reírme al verlo tan angustiado por
pensar que es el culpable de mi llanto, cuando en realidad no lo es. O a lo
mejor sí…pero no a conciencia.
Lo quiero…realmente lo quiero. Y si pongo tanto empeño en ayudarlo es porque no soporto verlo
decaído. No soporto el siquiera pensar que puede perder el control en medio de
este mundo que tan poco le gusta, y ser exterminado.
Porque si hay alguien que merece existir es él.
—
Ya no llores, Bellota. Me
siento como un monstruo — comenta divertido y me atrae hacia él para
acariciarme el cabello con suavidad. Rodeo su cintura con mis brazos, hundo mi rostro
en su pecho y dejo que mi imaginación vuele lo que quiera, divague lo que quiera, porque de eso no pasará. Tal vez tuvimos una pelea y él se está disculpando de esa manera
tan gentil que tiene de decir “lo siento”. A lo mejor mañana vendrá a recogerme
a la escuela, o yo iré por él a la universidad. Tal vez después pasemos a ver a
Marissa y a Santiago, y recogeremos a Naina del salón de ensayos. Lo invitaría
a tomar un vaso de jugo en la casa mientras me escucha practicar con el violín
y después nos disponemos a hacer nuestros deberes de la escuela, pero
seguramente Gisell lo echaría a patadas.
También haríamos planes para viajar a Asiri, ¡para que conozca al
abuelo y a Joan…!
Y después me acompañara a rendir mi examen en Gaib Art.
—
¿Bellota?
Siento su sonrisa a través de mi pelo…y despierto. Fue una mala
idea, todo ha sido una mala idea.
No, ¿en qué acabo de
meterme?
Me aferro con fuerza a su cuerpo y ya no aguanto más. ¿Qué he
hecho? De todas las personas, de todos los chicos que pudieron haber aparecido,
precisamente tuvo que ser él.
Él que jamás se va a quedar.
Se irá, en algún momento él se irá, y cuando eso suceda no sé bien
qué pasará conmigo.
»— Nunca va a corresponderte…
— Shhh, tranquila. Probablemente es la
impresión después de todo lo que ha sucedido. — Sus manos frotan mi espalda con
gentileza, buscando apaciguarme —. Ya todo está bien, amable Bellota.
No, nada está bien…nada.
Me separo de él porque es hora de
pensar con la cabeza fría. Me seco las lágrimas; Alen me observa con cuidado y
después se inclina un tanto. A pesar de que llevo tacones sigue siendo más alto
que yo.
— ¿Qué sucedió, Bellota boba? — insiste,
ahora juguetonamente, y vuelve a derrotarme.
Dios, me gusta
demasiado.
Ya, basta. No es justo para él que le
salga con una escena que no va a comprender.
— Na-nada, lo siento mucho.
— ¿Sabes? Tal vez no sea el mejor comentario, pero olvidé decirte
cuán bonita estás con ese vestido.
No me digas esas cosas…
— Llévame a casa, por favor — le pido con
voz compungida.
Me mira algo sorprendido, pero no
pregunta más.
— Está bien, vamos.
Llegamos a casa de Etel. Doña Bárbara
ronronea con suavidad desde el sofá, y de un salto se acerca y trepa con
agilidad hasta su hombro.
— ¿Lo adoptaron? —me pregunta animado. Asiento,
tratando de verme más tranquila—. No hay emoción más feliz y gratitud más pura
que la que siente un animalito que consigue hogar después de estar solo tanto
tiempo.
Doña Bárbara ronronea complacida cuando
él acaricia su barbilla. Siento miles de estocadas cada vez que lo veo sonreír.
— Creo que iré a dormir — suelto en voz baja.
— Y yo iré a ver a Tarek. No es prudente
dejarlo solo con tanta emoción por dentro. Adiós, Bellota. Adiós, Etel, Loi;
duerman bien. — Giro y las veo bajar ansiosas por las escaleras con los pijamas
ya puestos.
Oigo que se despiden y un soplido casi
imperceptible me anuncia que acaba de irse.
— ¡Bellota! ¡Tienes que contárnoslo todo!
— grita Etel. Las siento tomarme por los brazos, sus sonrisas eufóricas...
Y ya no puedo contenerme.
— ¿Sisa? Oh, ¿qué pasó, Bellota?
Hundo mi rostro en el hombro de Loi; lamento
tanto empapar su camiseta. Ambas me consuelan con cariño, y me preguntan qué
sucedió con tanto cuidado que me siento aún peor por preocuparlas tanto.
— Me gusta… me gusta mucho — admito.
Oigo la risa de Loi y me suena tan
maternal.
— ¡Y eso por qué te pone tan triste,
Bellota tonta! ¡Vamos, ya no llores! Etel, preparemos algo de jugo, ¿te parece?
— ¡Sí, sí! ¡Y te escucharemos todo lo que
quieras, Bellota! Y si quieres dibujar corazones y escribir adentro “Alen y
Sisa”, te pasaremos miles de colores y marcadores.
Río, más calmada, y en la cocina se
verbaliza todo lo que he venido guardando dentro. Hay besos, sonrisas burlonas,
ojos color miel, viajes por el cielo y ángeles encantados por el sabor del
chocolate.
Loi sonríe y me palmea la cabeza:
— Bueno, tienes dos opciones, Bellota:
decírselo o amarlo en silencio, cosa que no me parece taaan genial como profesan
las novelas que Etel lee.
— Eso de amar a lo lejos es para los
libros, Bellota — me dice Etel que está comiendo helado directamente de un bote
enorme—. Déjalos ahí, ¡lo que tienes que hacer es atacar!
— ¿Atacar? — Elevo una ceja y rompo a
reír ante los innumerables planes de seducción que me sugiere.
Más tarde, ya rumbo al segundo piso,
Loi me abrazó con fuerza y después me desordenó el cabello juguetonamente.
— A veces pensamos que tenemos la
desgracia de enamorarnos de las personas incorrectas; pero quién sabe, Bellota:
aún no sabemos qué pasa por la mente de Alen.
— Loi...
— Pero recuerda que nadie muere por amor.
Nadie, Sisa; eso es solo ficción.
Es verdad: nadie.
Ni siquiera yo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Estaba tan ensimismado pensando en el repentino decaimiento de Sisa, que aparecí a unas
calles de la tienda de Hethos y no adentro por distraído.
Cerré los ojos y volví a transportarme; todo para encontrarme...
—
¡Hermano! ¡Dime qué es la
felicidad porque me parece que acabo de atraparla!
…a Tarek de pie, sosteniendo con el brazo sano una botella de no
sé qué, y con una de las radios antiguas de Hethos encendida a todo volumen.
Como me temía, ya se había quitado el cabestrillo improvisado que
Hethos había hecho para él.
—
Oye, ¿quieres hacerme el
favor de relajarte? Aún no estás completamente curad...
—
¡AAAHHHH! ¡MIERDA, SOLO
QUIERO GRITAR Y CORRER Y...!
Bien, esta va a ser una noche complicada.
—
No entiendo de dónde
consigues estas — murmuré al tomar la botella después de que volviera a
colocarle el brazo inerte dentro del cabestrillo.
Me la quitó y bebió un enorme bocado directamente de ella.
—
Hermano, ¿alguna vez has
sentido que tienes un globo inmenso alojado en el pecho? “Cómo”, ni idea,
porque eso de tragarse un globo e inflarlo por dentro suena jodidamente
extraño, ¡¿pero creerías que siento eso?! — Soltó una carcajada y jugueteó con
su brazo inmóvil, lleno de emoción. Bueno, no lo ha tomado tan mal—. ¿Alguna
vez has sentido que ya nada más importa? ¿Que no puedes quitarte la sonrisa de
idiota del rostro porque tienes muchos motivos para sonreír? ¡Porque eso es
exactamente lo que está sucediendo conmigo en este preciso momento!
—
Tarek, la sonrisa de idiota
la tienes desde que te conozco. Y deja de moverte así o las heridas de tu
espalda volverán a abrirse.
—
¿Sabes qué? ¡Berith, Nhyna,
hasta el mismo Belial, pueden intentar matarme todas las veces que quieran
porque no me importa nada! La princesa me quiere y con eso me basta para vivir
por lo menos tres mil existencias más.
—
Sé que los errantes no son
muy bien vistos por los demonios, pero tú pareces ser “algo” impopular — le
comenté al recibirle la botella. Le di un trago porque no iba a dejar de joder
hasta que lo hiciera—. Por un momento pensé que ya no la contábamos.
—
No hay peor ofensa que la
traición para los de mi especie, hermano. Ustedes no toleran la indisciplina;
los míos, en cambio, pueden aceptar cualquier tipo de trasgresión de reglas,
pero renegar de tu naturaleza es como apuñalarlos por la espalda. — Bueno, eso
explicaría por qué él parecía ser tan repudiado —: Pero ha valido la pena
porque gracias a esa decisión pude conocer a la princesa.
—
Tarek, tu especialidad no
era la predicción así que no sabías que ibas a conocer a Loi. — Me sonrió y me dijo que había sido una
hermosa casualidad—. Entonces, ¿qué te impulsó a tomar esa decisión? Me dijiste
que te gustaba muchísimo vivir entre ellos, como humano, pero… ¿en serio fue
por eso?
Renunciar a todo e iniciar de nuevo: lejos de tu comunidad de
origen, lejos de las normas que solían regir tu conducta. Escoger todo eso es
un enorme cambio.
Y no es que lo critique por ello, al contrario; porque a mi
criterio un errante es una de las pruebas más grandes de conversión en el
universo. La naturaleza de los demonios suele ser juguetona, y a veces
perversa; renunciar a todo ello era una de las manifestaciones más grandes de
lo real que podían ser los cambios si se hacían con voluntad absoluta.
—
¿Hablas de mi conversión a
errante? — Asentí—. ¿Es que nunca te lo conté, hermano?
—
Pues si hablamos de la
primera vez que nos vimos, solo te recuerdo gritando que querías ser mi amigo.
Lo oí reír con fuerza:
—
Claro, y yo te recuerdo con
ese gesto de abuelito gruñón mientras repetías “estoy solo en esto, déjame,
déjame”. — Le puso demasiado drama a la imitación de mi voz así que se ganó un
bonito golpe sobre la cabeza.
—
¿Por qué escogiste esta
vida, Tarek? ¿Por qué en el mundo humano?
—
Pues…
Se quedó viendo un punto indefinido en el techo, tal vez tratando
de ordenar ideas. Aguardé en silencio: sus emociones empezaban a mezclarse unas
con otras. De la inminente alegría pasamos a nostalgia, tristeza, culpa.
A veces Tarek me parece tan humano.
—
No lo sé con exactitud; a
lo mejor fue porque no soportaba el asunto de los pactos.
—
¿Los pactos? ¿Hablas del
pago por ayudar a algún humano?
Asintió levemente y después entrecerró la mirada, buscando por
dónde empezar.
Ahora que me pongo a pensar, nuestros temas de conversación
siempre han girado en torno a mi estadía en el mundo humano, pero nunca he
puesto mayor empeño en conocer su situación. En parte tengo culpa porque
siempre pensé que sería poco considerado preguntarle cosas que él no
mencionara.
Entonces inició:
—
Sé que ninguna criatura
debería cuestionar las creaciones del Todo, pero a veces... A veces sentía que
había sido un tanto injusto al moldear nuestra naturaleza: la de los demonios.
Estamos obligados a ayudar a los humanos si nos invocan y piden un pacto; si se
me solicitaba por mi nombre real tenía que acudir para llevarlo a cabo sin
peros de por medio. Así no quisiera recibir el pago o no quisiera ayudarlo.
—
Entonces… ¿no te gustaba
recibir órdenes de los humanos? ¿Querías ser más “independiente” por decirlo de
algún modo?
Soltó una risa y suspiró:
—
Ese es otro de los motivos
por el que soy tan repudiado. — Bebió algo más de la botella y se encogió de
hombros—. Cuando expresé los motivos para mi conversión, todos pensaron lo
mismo. Pero no, no fue por eso; la causa fue un tanto menos “impactante”.
Fruncí el ceño, sin comprender, y después noté algo en su mapa
emocional:
Compasión…piedad…
—
Alen, créeme: es horrible el sentir que
alguien te suplique ayuda por una buena causa, ¡y tú puedas ayudarlo, sí! Pero
solo condenando su alma a un tormento eterno al convertirlo en parte de tus
tropas.
La declaración me sorprendió de sobremanera. Todos los míos
siempre han pensado que la mayoría de demonios celebraban el tener un mayor
número de tropas…
Pero claro, Tarek ya no es un demonio. A lo mejor nunca lo fue.
Sonrió sin ganas y continuó:
—
Sabes que mi especialidad
era curar todo tipo de enfermedades y dolencias. Tal vez ahí radicaba el motivo
por el que me sentía tan afligido cuando los humanos me invocaban. Nhyna es de
las que son invocadas para otorgar amor forzado, Berith de los que responden
preguntas con respecto al tiempo; y hay infinidad de especialidades igual de
superfluas, pero de todas justamente yo era de aquellos que podían sanar a los
que no tenían salvación en manos humanas.
—
Tarek…
—
Sabes que parte de mi
conversión era pagar con mis memorias, así que no tengo muy claro mis vidas
como demonio; pero si recuerdo, vagamente, que la vez en la que una mujer me
pidió que salvara a su nieta de una enfermedad terminal lo supe… supe que no
podría seguir con esto. La niña viviría, pero su abuela, siendo una humana tan
bondadosa, sentiría dolor eternamente, dejaría de renacer en sus próximas vidas
y no se reencontraría con ella nunca más. Solo estaría ahí, como parte de mis
tropas, pudriéndose y supuestamente otorgándome mayor ventaja en alguna lucha.
¡Pero qué ironía! Ni siquiera me gustaba luchar.
Soltó una risa apagada:
—
Las tropas eran inservibles
para mí, los pactos me creaban remordimientos. Entonces decidí buscar alguna
manera para no recibir los pagos, o cambiarlos en todo caso. No quería almas
humanas, con un “gracias” bastaba. Pero era imposible, no se podía. Mi
existencia estaba diseñada para ayudar, pero recibiendo almas a cambio, así que
decidí dejarlo, decidí no hacerlo más: decidí entregarme a una nueva
existencia.
»Sabía que sería difícil porque son pocos los errantes que salen
con vida después de hacer su anuncio, pero era preferible dejar de existir a
mantenerme viviendo con las voces de todas esas almas gritando en mi cabeza.
Berith fue el magistrado en mi anunciación; el encargado de preguntar por qué
quería abandonarlos. Desde esa vez solo quiere matarme, pero eso ya lo sabías.
Asentí.
—
Como errante ya no tengo
tropas ni todos los poderes que tenía cuando era demonio, y ya no tengo la
necesidad de esperar pagos a cambio. Así que por ese lado estoy más que
satisfecho. Prefiero vagar junto a un calehim
que no lastima a los humanos, que quedarme con millones de almas humanas
que gritan día y noche en mi cabeza — concluyó con una leve sonrisa.
Lo recuerdo iniciando una conversación, preguntándome qué hacía en
el mundo, y después las primeras palabras que me dejaron un tanto
desconcertado.
»— ¿Sabes que dos vagando
por el mundo es mejor que uno?
»— ¿Qué?
»— Se llama “amistad”, calehim. Los humanos tienen muchos amigos; a
lo mejor podríamos intentarlo.
Solté una risa al recordar mi rostro desencajado.
—
Gracias…— se me escapó.
—
¿Eh? ¿Y eso por qué?
—
No sé… por ser mi amigo.
Me observó, lleno de incredulidad, y después sonrió:
—
Alen, te veías tan solo…tan
triste, y no sé si fue por pena o algo, pero sentí que debía ayudarte. — Solté
una carcajada ante sus palabras—. Además, éramos dos seres alejados de nuestra
comunidad original. Yo por voluntad propia, tú por castigo. Sabía que podíamos
intentar adaptarnos a esta nueva vida, juntos. No sé, sonaba demasiado perfecto
como para dejarlo ir.
—
¿El calehim y el errante? — repliqué elevando una ceja, divertido.
—
Hasta tiene nombre de
libro. A lo mejor me animo a escribir uno algún día.
Rompí a reír y después le lancé un puñetazo amistoso sobre el
hombro.
Se quejó adolorido porque aún estaba lastimado:
—
Por cierto, sigo preguntándome
cómo mierda salimos de esa. Yo estaba al borde de la inconsciencia y por lo que
vi parte de las tropas de Voso y Nhyna querían darse el festín del siglo
contigo, hermano.
—
Hethos ya me dijo que
averiguaría lo de Nanael; pero sí, también me parece extraño que supiera el
nombre de Sisa, y que hubiese venido en nuestra ayuda. Después de todo, los
ángeles tienen prohibida la entrada a la Cámara de evocaciones.
—
Eso puede explicarse de dos
maneras. — Observé a Tarek con atención—. El tal Nanael podría pertenecer a una
muy alta jerarquía como para violar los tratados entre ángeles y demonios, o… —
Se quedó en silencio, le pregunté “¿o qué?” —. O sino se trata de un caído.
—
Un caído — repetí. Eso
tenía sentido: un ángel caído técnicamente ya era un demonio—. Cada vez hay
mayor información sin una ilación fija. Y Berith teniendo a Zamai en esta vida
se ha encargado de quitarme uno de los indicios clave — solté cansado. Esto de
las pistas empezaba a hacerse tedioso.
—
¿No sabes de algún otro Aliter? — Negué con la cabeza; Hethos y
yo demoramos vidas en encontrar el nombre de uno. Todo para absolutamente nada
—. Mmm, bueno, solo nos queda seguir indagando. Por cierto, mientras charlaba
con la princesa en el segundo piso, me pareció escuchar algo de La Rebelión de
los 500 caídos. ¿Escuché bien o estaba mezclando palabras? — Asentí y le
comenté sobre la curiosa respuesta que le dio Zamai a Sisa. Tarek frunció el
ceño—: Qué extraño; ese suceso no tendría por qué involucrar a Bellota. A
menos, claro, que ella haya sido una de las almas humanas que perecieron en los
disturbios.
—
¿Qué? ¿Sabes algo acerca de
eso? — exclamé sorprendido.
—
Alen, creo que a veces
olvidas que curar enfermedades solo pueden hacerlo demonios de alto rango. Mi
antiguo título de Príncipe regente no lo tiene cualquiera — puntualizó
divertido.
—
Tarek, ¿qué puedes decirme
acerca de esa rebelión?
Me tenía algo inquieto que Zamai hubiese relacionado algo
semejante con el pago recíproco de Sisa.
—
Bueno, lo poco que recuerdo
es que 500 ángeles, de las cúpulas más altas, se unieron con una cantidad
exorbitante de demonios para derrocar el sistema y esclavizar a los humanos.
—
¿Qué?
—
Sí, no sé si esté en lo
correcto porque es un pasaje que se eliminó de los recuerdos de muchos para
recuperar el equilibrio perdido, y a parte yo no recuerdo casi nada por mi
condición de errante, pero creo que había una conspiración para ejercer un
control más rígido.
—
¿De qué hablas?
—
Los humanos siempre han
desatado envidia, incluso entre los tuyos, hermano. — Lo miré, desconcertado—.
Si bien demonios y ángeles son más poderosos y no son tan frágiles como los
humanos, hay algo que ninguno de los dos bandos poseen y ellos sí.
—
¿A qué te refieres?
—
Creo que la amiga de la
princesa, Etel, lo mencionó. — Entrecerré la mirada, intentando recordar; Tarek
sonrió—: Alen, ni lo tuyos ni los míos pueden reproducirse con libertad; a
diferencia de los humanos que sí. Nosotros somos un número colosal, sí, pero
limitado. Y si bien las almas humanas suelen rotar en diversos universos, tú
sabes que igual el Todo sigue creando almas nuevas, que son insertadas en
cuerpos humanos que nacen de los mismos humanos, y eso permite que existan
nuevos. Podría decirse que tienen mayor albedrío que nosotros en cuanto a
“perpetuación de la especie”.
—
¿Entonces qué buscaban con
esa rebelión?
—
Pues lo evidente, ¿no?
Controlar a los humanos y buscar alguna manera de “crear” algo que permitiera
el nacimiento de más demonios y ángeles. Por lo que recuerdo, los 500 ángeles
que se unieron a la trifulca no consideraban a los humanos merecedores de un
poder tan grande como el de reproducirse por sí solos. Nosotros, los tuyos y
los míos, podemos ser todo lo poderosos que queramos, pero al final fuimos
creados para custodiar y contemplar a la raza humana. Simplemente somos
entidades que viven por ellos y para ellos. Supongo que se sintieron algo
“ofendidos”.
—
Tarek, ¿cuando dijiste que
Sisa podía ser el alma de un humano que pereció en la rebelión…?
—
Las batallas fueron a tal
magnitud que varios universos se vieron involucrados. Humanos y otras especies
caían muertos sin explicación alguna. El equilibrio entre los mundos se perdió
ante los enfrentamientos.
—
¿Crees que Sisa pudo haber
sido uno de ellos?
Tarek se encogió de hombros:
—
Es la única relación que
encuentro entre ella y la rebelión.
Nos quedamos en silencio. Noté que hizo una mueca de dolor cuando
se tocó parte del pecho. Decidí cambiar de tema porque me pareció que estaba
haciendo demasiados esfuerzos por recordar.
—
Me alegra que Loi y tú
estén saliendo.
—
¿En serio? Creí que te
opondrías por todo ese asunto de demonio/humano — agregó divertido.
—
Yo no soy nadie para juzgar
tus acciones, Tarek. Además, creo que, de todas las chicas, Loi Amira es la
indicada para ti.
—
¿Sabes qué es lo mejor de
todo esto? — Lo miré divertido cuando me ofreció la botella casi vacía—. Que
aún me queda un ojo para seguir viendo lo bonita que es, y un brazo para acogerla
cuando se sienta triste.
Lanzó un suspiro y en ese momento lo noté: estaba distinguiendo
algo...algo diferente en Tarek. Algo que ya había visto con anterioridad, pero
ahora el matiz era excesivamente intenso.
Me observó con gracia y después lanzó una carcajada:
—
Sí, hermano, es eso; tengo
el placer de presentártelo — me dijo resplandeciente—. Porque realmente siento
que me muero por esa chica.
Su incapacidad para mentir solo
confirmaba mis sospechas. Sí, aquí lo tengo, puedo verlo de cerca... Amor.
Acabo de conocer al amor en los ojos de
Tarek.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¡GIRO! ¡Eso Marion, así me gusta!
— ¡Pensé que no habría manera de superar
la otra coreografía! — murmuró Tomas asombrado.
La profesora Inés daba las órdenes con
voz firme, mientras Loi prácticamente hacía que su cuerpo flotara con cada paso,
para la nueva rutina de estilo libre que estaba practicando.
Love
is a battlefield
resonaba en medio de todo el salón.
— ¡Que te duela! ¡Quiero ver que te
duela! — enfatizaba y Loi aumentaba la velocidad —. ¡El amor es un campo de batalla! ¡No has escogido esa canción por
nada, Marion!
— Bellota, ¿estás viendo cómo la mira?
Comprendí el susurro emocionado de Etel
al comprobar que Tarek traía la mirada clavada sobre Loi, completamente
deslumbrado y con el brazo derecho reposando inmóvil sobre su pecho. Solía
llevarlo enfundado en algo semejante a un cabestrillo que Hethos había diseñado
para él, para evitar tenerlo colgando ya que la extremidad había perdido todo
tipo de movimiento. Loi se encargaba de decorar la funda con broches o
cualquier cosa que le gustara (a diario), y él aceptaba encantado lo que le
pusiera.
La profesora Inés frunció el ceño ante
el gritito de Etel. Había aceptado a regañadientes la presencia de Tarek porque
decía que, entre amigos y novio, un novio es mucha más distracción en un
ensayo. Y para ahora, ya todo el mundo sabía que Loi y Tarek estaban saliendo.
— ¡Al suelo! ¡No promesas, no peticiones! Eso, Marion, ¡sentimiento! Giro, y
ahora… ¡Salto!
La piel se me erizó ante la mezcla de danza
clásica y danza moderna. Loi se inclinó con delicadeza, muy al estilo de
ballet, pero después dio un giro rudo que coincidió con una nota increíble en
la melodía.
— ¡Dios, está estupenda! — chilló Etel
con emoción y en voz bajita, como leyéndome el pensamiento.
¡Estaba perfecta!
— ¡Listo! Suficiente por hoy — sentenció
la profesora Inés y apagó el equipo. La música se detuvo—. Van a admitirla, estoy
segura— la oí murmurar, muy satisfecha.
— ¿Terminamos? — preguntó Loi agotada.
— Sí. Por cierto, empezamos el ensayo con
el vestuario la próxima semana. Ve escogiendo el color para lo que usarás.
— Ok, gracias.
— Por cierto, el muchacho… — Le dio una
mirada seria a Tarek que le plantó su mejor sonrisa—. Ya le dije a Gustav que,
espero, no sea una distracción. Me comentó que ya llevan semanas saliendo, pero
preferiría que no acuda a los ensayos.
— No se preocupe, quiero tanto como usted
que ella ingrese a Gaib Art. Si noto que soy una mala influencia, yo mismo
reduciré las horas que la veo en el día.
— ¡Tarek! — exclamó Loi sin creerlo.
La profesora Inés sonrió:
— Mmm me gustas, muchacho. Aprende,
Marion. Listo, ¡nos vemos la próxima semana!
Salió con el equipo en mano y después
rompimos a reír con fuerza.
— Eres un maldito consentido que quiere
caerle bien a todo el mundo — protestó Loi profiriéndole un codazo—. ¡Hasta
parece que papá te quiere más que a mí, y eso que ni lleva un mes de conocerte!
— Toca eso, o sino ya no podré venir a
verte. No debo ser una distracción, Ma-ri-on — le dijo con una sonrisita
satisfecha y después se inclinó, rodeó su cintura con el brazo izquierdo y le
robó un beso. Loi rodó los ojos cuando la soltó, fingiendo que no le había importado,
pero salió rumbo a las duchas muy animada.
Iago tenía razón: nos encontramos con
él la semana pasada cuando vino por Loi a la escuela, y nos dijo que nunca
había visto tan feliz a su hermana como ahora. Y por lo que sé, parece que
Tarek le ha caído bastante bien a toda la familia, incluida Janna.
Cuando estuvimos fuera del edificio de
ensayos los chicos quisieron pasar por la cafetería en la que Joan solía
trabajar porque Loi se moría de hambre. Me quedaría un rato con ellos y de ahí
iría por las cuerdas que tenía que cambiarle a mi violín.
— No puedo creer que estemos a dos
semanas del concierto de JOBEY— comentó Tomas fingiendo que lloraría—. ¡Aún no
creo que esto sea real! — Y se apoyó sobre el hombro de Tarek que lo palmeó con
afecto.
La primera vez que vino a recoger a
Loi, Tomas puso un gesto de conmoción increíble. Decía que Tarek le parecía
algo antipático y que de ninguna manera planeáramos incluirlo en nuestras
salidas porque él se ausentaría de ser así. Pero para cuando nos dimos cuenta,
ambos ya estaban charlando de manera muy animada. Tomas amaba hablar de
cualquier cosa que tuviera de eje central tenis y series de moda. Me sorprendió
que Tarek fuese tan diestro para escuchar con suma atención cada una de sus
opiniones y seguirle el ritmo de las charlas.
Aprovechando la buena relación
espontánea entre ellos, Etel mencionó que también podríamos presentarle a Alen.
Sin embargo, el gesto en su rostro dejó en claro el rotundo “no”.
»— No, con él sí no. Sería como darle
la mano a mi enemigo.
Intenté no prestarle atención a sus
palabras, porque cualquier cosa que trajera a colación el hecho de que Alen me
gustaba había empezado a ponerme nerviosa.
Los días que he estado viéndolo después
de lo de Oráculo han sido demasiado complicados. Ha notado en varias
oportunidades que me pongo nerviosa por nada, y que en ciertos momentos me
quedo solo observándolo en silencio.
Me ha visto tan abstraída que hasta
sugirió llevarme con Hethos:
»— Creo que algo le ha afectado — le comentó cuando me llevó a la tienda
hace un par de días: estaba sonrojadísima solo por estar a su lado y porque no
dejaba de tocarme la frente, para verificar mi temperatura—. Desde que fue a
encontrarse con Berith está extraña.
Agradecí que no pudieran leer mi mente:
hubiera sido embarazoso que comprendieran que acababa de descubrir que me
gustaba y su sola presencia me ponía nerviosa.
Etel había insistido en que me
declarara (cosa que me horrorizó porque sentía que sería un paso demasiado
serio); pero Loi, por otro lado, me había dicho que apoyaría mi decisión de
permanecer en silencio si eso era lo que quería.
Y no volvió a tocarse el tema.
Sinceramente se los agradecí mucho
porque después de tantas noches pensando y pensando qué estaba sucediendo
conmigo, llegué a la conclusión de que decirle algo como “me gustas” implicaría
muchas cosas implícitas; una de ellas, por ejemplo, el deseo de retenerlo aquí,
a mi lado. Y no creo que Alen acceda de manera campante porque uno: no sé si
sienta lo mismo, y aunque nos hemos besado varias veces en realidad ninguno ha
definido con exactitud qué sucede entre nosotros. Y dos: sería demasiado
egoísta pedirle algo así. Después de todo, renunciar a su nombre sería como
renunciar a todo lo que lo convertía en él.
— Chicos, lo lamento, ya me voy — anuncié
al terminar mi jugo de piña—. Tengo que aprovechar que Gisell y Corín no están
en casa para ensayar y darle los últimos retoques a la canción para la pista de
estilo libre.
— ¿Qué tal vas con esos cambios que
estabas practicando? — me preguntó Loi.
— Aún me fastidia un poco el dedo meñique,
pero ando trabajando en eso.
— Tranquila, Bellota — me dijo Tarek—, sé
que vas a estar genial. No por nada Alen siempre repite que tu violín es lo más
bonito que ha escuchado en todas sus vidas. — Loi me propinó un codazo y soltó
un “uuuy” lleno de picardía.
Me ruboricé por completo.
— ¿En “todas” sus vidas? — preguntó Tomas
con una ceja en alto.
— No me hagas caso — soltó Tarek de buen
humor.
Ya llevo ensayando algo de dos semanas la
canción que había decidido utilizar para mi prueba en Gaib Art. Una tarde nos
reunimos en casa de Loi, escuchamos las pocas canciones que había compuesto, y
finalmente todos aprobaron unánimemente que debía presentarme con la pista
número cinco (soy mala para los nombres, así que no había bautizado ninguna).
Yo también ya estaba pensando en escogerla; lo único malo era que justamente
era esa la que me costaba más trabajo interpretar.
Esta canción la tengo grabada por
partes, a diferencia de las otras que están de corrido. No había llegado a
regrabarla con todo ya unido en una sola interpretación porque los movimientos
resultaban algo complejos si eran seguidos. Descansando por cada cambio me
salía, pero dudaba mucho que el jurado aceptara algo así.
Tendría que tocarla toda de largo y ya
me estaba resultando algo difícil el solo ensayarla. Pero sabía que debía
presentarme con esa. Tal vez suene ridículo, pero tenía una fuerte carga
emocional que solo yo comprendía.
— ¿Te acompañamos hasta…?
— ¡Oh, no te preocupes, Tomas! Iré rápido
porque también quiero comprar unas cuerdas para mi violín.
Salí de la cafetería y el viento cálido
me rozó las mejillas. Últimamente estoy sintiendo demasiado calor y de la nada
muchísimo frío. Prácticamente iba a clases solo en camiseta porque no soportaba
cubrirme los brazos, pero tenía que llevar un suéter por si acaso ya que la
temperatura se me bajaba de manera repentina por la tarde.
Pensé que iba a darme un resfriado,
pero ya llevo varios días así y no siento ningún tipo de malestar. En fin…
Pagué las dos cuerdas que necesitaba y
salí; sin embargo, cuando doblaba por la esquina el corazón me palpitó con
fuerza al sentir que me jalaron por el estuche del violín.
Es
él…
— Vaya, vaya, a alguien la sonrisa se le
congeló.
Me quedé de una pieza: me había
equivocado. No se trataba de él, sino de Gabriel que traía un evidente cambio
de apariencia.
— ¿Qué tal, niña? ¿Has visto mi cabello?
¿Y mis ojos verdes? — me preguntó satisfecha consigo misma —. Me parece que el
marrón me queda mejor a mí que a ti.
— Lo que digas… — murmuré y seguí
caminando.
Sus tacones le hicieron eco a las
pisadas de mis zapatillas.
— ¿Qué pasa? ¿Estás enfadada? — El tono
de niña me fastidió. Seguí avanzando, aferrándome a la tira del estuche para
enfocarme en otra cosa menos en su voz—. ¿No vas a hablar? ¿Cómo está el
errante? Ya me enteré de que perdió un ojo y no puede usar un brazo; qué
lástima. Ha sido casi nada.
Me detuve abruptamente: ¡no la
soportaba!
— ¿Qué quieres?
— ¿Acaso no fui yo la que te envió a
hablar con Zamai? Deberías ser un poco más amable, ¿no crees?
— ¡Ah, sí! La “invitación” a la famosa
cámara esa de demonios la obtuvimos gracias a ti. ¡Olvidé agradecerte el lindo
obsequio! — repuse —. ¡Ah, no! Me disculpo: en realidad la invitación la obtuve
por mí misma, porque solo una estúpida podría haberte escuchado. ¡Ni siquiera
entiendo qué ganabas enviándome a hablar con él!
— Esos son detalles que prefiero
reservarme. — Intenté adelantarme, pero ella continuaba caminando a mi lado—.
Por cierto, escuché algo realmente curioso de boca de Berith.
— No quiero saber nada de él ni de ti,
así que puedes irte por donde viniste.
Esperé que el semáforo cambiara a
verde; mentalmente empecé a contar hasta cien para evitar escucharla.
— ¿Entonces es cierto? — repitió.
Faltaban pocos segundos; fingí no
escucharla. Ya iba por el número quince...
— ¿Estás enamorada del calehim?
Diecisé... ¿Qué?
El grupo de personas que aguardaban en
frente cruzaron con tranquilidad; varios pasaron junto a mí, pero yo me quedé
tiesa: el cuerpo no me respondía.
— ¡Esa reacción me confirma absolutamente
todo! — Las carcajadas estallaron con fuerza a través de mis oídos —. Por todos
los universos, ¡esto resulta tan cómico! Demonios enamorados de humanos, ahora
humanos enamorados de ángeles, ¿qué sigue? ¿Ángeles enamorados de
demonios?
Intenté retomar mi cuenta numérica
mental para no permitir que las mejillas se me enrojecieran, pero ya estaba
sintiendo un calor incómodo en todo el pecho.
Di dos pasos y gracias a Dios los pies
empezaron a responderme.
— Oh, ¿qué pasó? ¿Acaso te ofendí? — Crucé
rápidamente e intenté llegar al paradero. Veintiuno,
veintidós—. Nunca va a pasar nada entre ustedes, pero eso ya lo sabes,
¿verdad?
— ¡S-si no tienes nada más que decir ya
vete!
Mi plan de sonar ruda falló por
completo, porque la voz me salió débil y la tensión en mi cuerpo se había
vuelto incómoda. ¿Qué pasa? El abuelo no toleraría esto.
“Nunca
va a pasar nada entre ustedes…”
— Berith ya te lo propuso, ¿verdad?
Bueno, yo vuelvo a poner las cartas sobre la mesa: puedo darte el amor de
Forgeso, niña…
Que se calle
Otra vez, aquella voz...
No, no te desconcentres; no dejes de
caminar. Treinta, treinta y uno...
— Porque, siendo honestas, dudo mucho que
puedas conseguirlo por tus propios medios.
Cállate
Treinta
y cinco, treinta y seis...
— Una triste humana, sin nada que
ofrecerle. ¡Cielos! Daría lo que fuera por ver su rostro si se entera de esto.
— Me detuve bruscamente, asustada por
sus palabras, y eso solo la incentivó. Los ojos de Gabriel me observaron
ávidos; el corazón me palpitó con fuerza ante la sola idea de que pudiera
decírselo.
Calma, calma... Treinta y siete, treinta y ocho...
— ¡Te imaginas! — la oí demasiado
animada—. Obviamente lo tomaría desprevenido, y probablemente después
intentaría ser amable: un rechazo sutil, para no romperle el corazón a la pobre
niña humana.
— Basta — murmuré.
Algo estaba expandiéndose dentro de mí,
y no era la tímida vergüenza que me había atacado hace unos segundos.
Quemaba…
— ¿Disculpa? ¡Oh, lo siento tanto! ¡No
quería ser tan sincera! ¿O es que acaso se te cruzó por la mente, por una
milésima de segundo, que Forgeso te correspondería?
Ya sé eso… Ya lo sé…
— Déjame sola — repetí.
Apreté la tira del estuche con tanta
fuerza que los dedos me escocieron.
— Pero yo puedo ayudarte con eso. Te daré
su amor: ¡pero claro!, sería comprado…
Que
se calle…
Pues detenla
No
puedo…
¿Y por qué?
Ordénaselo, ella no es nadie
Nadie…
Ella no es nada
Veía los labios rojos de Gabriel
moviéndose a través de la sonrisa torcida que traía plasmada en el rostro. Dejé
de escucharla a conciencia por el mareo intenso que me atacó. El cuerpo me
pesaba, la rigidez en los músculos me indispuso por completo.
¿Voy a desmayarme? No sería lo más
prudente si solo estoy con ella.
— …porque ya sabes — su voz sigue resonando en mis oídos. Treinta...treinta... ¿treinta y qué? Ya perdí la cuenta—, dudo mucho que a él se le haya pasado
si quiera por un momento la idea de dejar de lado la búsqueda de su nombre…
Veo el cielo estrellado. La tensión de
mi cuerpo era insoportable, la cabeza me giraba a horrores.
Cállate…
¡Que se calle!
—
…y
enamorarse de una pobre niña humana.
¡QUE SE CALLE!
— ¡YA CÁLLATE! — exploté bruscamente. Sus
ojos se tornaron escarlata de manera violenta, completamente ofendida —. ¿Qué?
¿Vas a atacarme aquí, en frente de tanta gente? No me hagas reír; perderías más
que yo.
— No me hables en ese tono, niña —
advirtió con voz tensa.
— ¡Yo te hablo como se me dé la gana! — El
estuche del violín empezó a incomodarme, pero lo extraño fue que, al cambiarlo
a mi otro hombro, lo sentí mucho más ligero. Y los ojos… cómo me ardían los
ojos. Pero era un detalle irrelevante; el rostro desencajado de ella me bastaba—.
¿Qué crees? ¿Que no sé que en realidad estás describiéndome tu triste situación
con él, Nhyna?
— ¿Qué estás dicien…?
Los ojos se le abrieron, vulnerados: no
pude con el ataque de carcajadas.
¡Había dado en el clavo!
— Ay, por Dios, ¡esto es demasiado! Te
apuesto mi existencia completa a que lo espías en secreto, ¡desde siempre,
desde que lo conociste! Suspiras observándolo de lejos, rogando miserablemente
que algún día se dé cuenta de todo el "amor" que tienes para
ofrecerle. Pero si somos racionales, entre ambas, es obvio que tú debes
resultarle completamente repugnante.
— ¡¿Cómo te atreves…?!
— No, ¡cómo te atreves tú a hablarme de
esa manera! — Conseguí atraparla por el brazo; la muy estúpida empezó a
respirar agitadamente.
Tiene
miedo.
La sonrisa se me amplió.
— Él solo ha amado a una persona y va a
quedarse así. Le pertenece, es suyo,
nada de eso cambiará, ¿me has entendido? — Me observó atemorizada: sentí la
euforia desatándose en mi cuerpo. No
vuelvas a meterte conmigo, demonio estúpida —. Así que deshecha de una vez
tus absurdas esperanzas.
— No puede ser. — Clavé mis uñas en su
piel; sentí la sangre rozarme los dedos. Sus ojos se abrieron de par en par—:
Albania.
¿Qué?
Vi las ondas marrones, el vestido
flotando, las carcajadas musicales.
El
aire…el sol…
Pero se hicieron borrosas.
— ¡Sisa!
Un par de brazos me tomaron por la
cintura antes de que impactara contra el pavimento.
La cabeza…la cabeza me duele mucho.
— ¡¿Qué le hiciste?! — Reconocí la voz,
el corazón me latió desbocado. Mis pies dejaron de sentir el suelo cuando Alen
me tomó en brazos—. ¿Sisa? ¡Sisa!
Escondí mi rostro en su pecho,
intentando recuperar el ritmo cardíaco normal. Los ojos me ardían y ahora
sentía la piel helada. ¿Por qué soné así? ¿Quién era la que hablaba?
¿Por
qué parecía tener a alguien atrapado aquí adentro?
— Forgeso…
— ¿Qué le hiciste, Nhyna? ¿Sisa? ¡Sisa! —
Quiero responderle, pero la garganta se me ha cerrado.
El pecho…me duele mucho el pecho. Es
como si miles de agujas lo traspasaran.
— Forgeso, ¡escúchame! No le hice nad...
— ¡No quiero verte cerca de ella,
¿entendido?! ¡Estoy harto de que la hostigues!
Su voz resuena con tanta rabia que
tengo sentimientos encontrados. Por un lado quiero pedirle que se tranquilice,
que no debe perder el control; pero por el otro…
"Le
importo...le importo tanto que se enfurece ante la sola idea de verme en
peligro".
— ¿Sisa? ¿Sisa, estás bien? — Me aferro a
su camiseta. Siento el aroma de su cuerpo, e intento calmarme porque aún siento
esas horribles agujas en el pecho.
Ahogué un grito cuando vi mis uñas
machadas de sangre. ¿Qué…?
— Tener visiones tiene sus desventajas —
oí de Gabriel. Todo aún giraba con fuerza y sentía tanto frío que empecé a
temblar a pesar de que el cuerpo de Alen era sumamente cálido—. Si estás viendo
recuerdos, corres con el riesgo de perder tu identidad. Borrar recuerdos
propios para suplantarlos por ajenos.
— ¿De qué demonios estás hablando? — le
espetó Alen.
— Vámonos…vámonos…— le supliqué.
Siento que nos transportamos. Cierro
los ojos con fuerza y me concentro solo en la calidez de su pecho.
Olor
a estrellas…a sol...
Es mío.
¿Quién
eres? ¿Por qué siempre irrumpes de esa forma?
— ¿Sisa? ¿Sisa, me oyes? ¡Hethos! — Me
deposita con suavidad sobre algo mullido, y cuando sus brazos están por
soltarme...
— ¡No me dejes! — grito y me aferro a su cuello,
porque si se va no sé qué haré: la voz va
a comerme, ¡empieza a dominar todo! —. ¡No me dejes! ¡No me dejes!
Escucho vagamente sus excusas: no
quiere dejarme, pero debe ir por Hethos. No, ¡es mentira! Él solo quiere irse y
abandonarme. ¡No! ¡No lo haría!
No
otra vez…
— Sisa, solo Hethos puede saber por qué…
Vuelvo a soltar un rotundo NO que me
desgarra las cuerdas vocales. Sus brazos me rodean, intentando tranquilizarme. Trato
de explicarle que no puede dejarme sola pero no encuentro las palabras: no lo
aguantaría, ¡no otra vez! Si me deja moriré de la desesperación. Enloqueceré…
No sé qué sucede conmigo porque rompo a
llorar al ver sus ojos: ¿qué pasa? ¿Por
qué siento como si no los hubiera visto desde hace mucho? Me soba la espalda y
deposita pequeños besos sobre mi cabeza, pidiéndome…no, rogándome que me tranquilice; que le diga con exactitud qué siento,
que precise si me duele algo.
— ¿Qué te hizo? Vamos, Sisa, ¡dímelo!
Pero no sé cómo explicárselo, no sé
cómo decírselo. Es complicado, es sumamente complejo, pero no puede culparme.
Después de tanto, después de mucho… está
aquí, de nuevo, con nosotras.
Conmigo.
— ¿Nhyna te hizo algo? Sisa, por favor,
necesito que me digas exactamente qué sucedió. — Nuevamente el mareo; su voz
alterada me llama, las agujas en mi pecho se hacen enormes, dolorosas. El frío
y el calor queman, ambos
queman,
ambos están dispersándose a través de mi piel, de pies a cabeza.
Va a tomarme en brazos para depositarme
sobre el lecho nuevamente, así que antes de que lo haga vuelvo a abrazarlo con
tanta fuerza que se ve obligado a encogerse para que yo pueda llegar con
facilidad hasta su cuello. Insiste con lo de Hethos, pero me aterroriza el solo
hecho de pensar que se va.
Ya me dejaste una vez…
No
sucederá de nuevo.
— No...no te vayas... ¡no te vayas! — Sus
dedos secan con delicadeza mis lágrimas y entonces algo extraño sucede dentro
de mi cuerpo. Las agujas se esfuman y las suplantan lava hirviendo,
recorriéndome por completo. Elevo la mirada y me topo con lo miel…
Hace tanto que no veía sus ojos…
— Sisa, ¿qué pasó? — repite. Me pregunta
si ya me encuentro mejor, pero no sé qué sucede conmigo, porque solo atino a
acercarme más a su cuerpo a pesar de que ahora me mira lleno de incredulidad.
— No quiero estar sola. Tengo miedo —
confieso en voz baja.
La habitación parece querer volver a
girar, el horrible mareo planea regresar.
— Nada va a lastimarte, te lo juro. — Cerré
los ojos con fuerza porque sentí una tensión inexplicable. Mi cuerpo había
reaccionado solo con el sonido de su voz: algo poderoso tiraba de mí.
Aquellas palabras volvieron de golpe a
mi cabeza...
»—
Dime, ¿nunca se te ha pasado por la mente alguna imagen que los involucre a Forgeso
y a ti en una situación semejante?
...solo que esta vez sí les encontré
sentido.
— Sisa...
Abrí los ojos con violencia ante la
sensación poderosa. Era como si acabara de lanzarme en picado y apenas me
invadiera la adrenalina. Me di con la sorpresa de que estábamos muy cerca, de
que extrañamente la temperatura en la habitación se sentía algo elevada, y de que
el solo verlo empezaba a aturdirme los sentidos.
— ¿Qué te han hecho? — susurró.
— No lo sé…
Mi mano derecha se hundió en su
cabello, mi pecho se pegó por completo al suyo. Miles de sensaciones se
esparcieron por mi cuerpo y me abrumaron, porque nunca había tenido esta
necesidad casi insana de besarlo.
Mírame, ojos de sol…
Y mi boca se precipitó sobre la suya.
— Si-Sis... — intentó detenerme, pero
cuando una de sus manos me oprimió la cintura para alejarme, inconsciente solté
un jadeo y sus ojos se encendieron bruscamente. Profundicé el beso casi
suplicándole que no me alejara, y al segundo siguiente me encontré atrapada entre
su respiración, su cuerpo, y mis ganas de no soltarlo nunca más.
El viento nocturno ingresa por las
ventanas abiertas pero lo último que siento es frío. Mis manos se enredan en su
cabello, las suyas me estrechan con fuerza contra su cuerpo y una voz lejana parece
preguntarme con qué valor me atreví a hacer esto.
Otra, más cercana, sencillamente responde
“al diablo”.
Hay algo diferente en todo, y no sé si
es por culpa de las palabras de Gabriel que me han hecho pensar en algo que
jamás se me había cruzado por la mente: quiero besarlo, tocarlo, y que él haga
lo que se le venga en gana con mi cuerpo. Siento que me incendio, que por
dentro empiezo a consumirme, y no me importaría quemarme en el mismísimo infierno
si es él el que está obligándome a perderme.
Mi espalda chocó contra uno de los
muros, tal y como sucedió la vez que Durand me besó; sin embargo, ahora no
temía, no tenía deseos de escapar. Había algo mucho más intenso y también
muchísimo más peligroso: porque desde un inicio todo lo que quise siempre fue
él.
Entonces algo cambia bruscamente, y la
sensación de alerta se dispara en toda dirección: los besos, las caricias, todo
empezaba a tornarse violento, frenético, casi desesperado. Mis manos se aferran
a su camiseta con fuerza; tiro de ella hacia arriba y él no opone resistencia.
La dejo caer y me encuentro con el
torso, la boca, los ojos, y pierdo el control de mí misma y me rindo ante las
exigencias de mi cuerpo: busco los labios, los pozos repletos de miel, y siento
las juguetonas cosquillas que me provoca su cabello cuando se inclina a besar
mi cuello.
El
sol…cómo me
digo a mí misma que por mucho que lo desee, no se puede capturar al sol.
Me aferro a sus hombros con fuerza,
casi clavándole las uñas en el proceso. No escucho más que nuestras
respiraciones agitadas, hasta que un grito huye de mis labios cuando lo siento
elevarme; mi espalda apoyándose sobre alguno de los muros. Mis piernas rodean
su cintura, sus brazos me sostienen y algo se siente mágicamente perfecto
cuando la distancia entre ambos se hace casi inexistente. Siento su pecho
contra el mío, y la visión se me nubla ante el espectáculo: el sol se ha
retirado y ha sido opacado por los faros violeta. Y siento el avance, el encuentro
entre cuerpos, y estallo, frenética, porque solo observándome está consiguiendo
que vuele. Sus labios vuelven mientras me estrecha a cada segundo, y comprendo
que algo acababa de desatarse y ni él ni yo somos capaces de detenerlo. Me
maravillo al tocar sus hombros desnudos, su pecho, y después cierro los ojos
con fuerza cuando su boca baja por mi pecho.
¿Qué esto? ¿Por qué siento que partes
de mi cuerpo están palpitando tanto que lastiman?
— ¿Qué estamos haciendo…? — murmura junto
a mi oído y después sus labios retornan a los míos.
—
No…no lo sé.
No sé qué está sucediendo entre nosotros porque estar así,
compartiendo este tipo de contacto, hace que me pregunte qué demonios somos.
Sí, ¿qué somos?
¿Quién es él?
Una de sus manos trepa por mi cadera con suavidad, hasta llegar a
la cima y cerrarse en torno a uno de mis pechos. Se me escapó un gemido que no
pude contener cuando sus dedos me tocaron…
¿Quién es él?
No…la pregunta es ¿quién soy
yo?
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Volvía a casa sabiendo que no habría
nadie en ella porque Tarek estaría con Loi por algún lado, cuando de repente
sentí la presencia de Sisa muy cerca, y junto a la de ella distinguí la de
Nhyna y una más que me resultaba conocida pero no sabía de quién se trataba.
Me transporté con rapidez y llegué para
atraparla en medio del desvanecimiento. No sé qué le habrá hecho Nhyna pero
cuando la tomé en brazos la sentí temblar desesperada y con una temperatura
corporal que asustaba. Estaba completamente helada.
La traje a la tienda de Hethos para que la viera, pero no estaba.
Y eso solo acababa de confirmarme que yo no podía estar a solas con ella.
Había algo entre nosotros que se disparaba de manera alocada, y
después ninguno tenía fuerzas para dirigirlo de manera adecuada.
¿Qué estoy haciendo? No debería estar besándola como lo hago, ni
mucho menos tocarla de esta manera. Su cuerpo se arquea bajo el mío cuando mis
labios bajan por su clavícula, rozando parte de su pecho. Ambos estábamos aquí,
sobre el piso de madera del segundo piso de la tienda de Hethos, y juro que
estoy poniendo todo de mí para volver a tener el control sobre mi cuerpo, pero
cada vez que ella me atrae hacia su boca la mente se me pone completamente en
blanco.
Nos separamos por unos segundos y me quedé absorto contemplando su
rostro: las pupilas dilatadas y los labios enrojecidos. De acuerdo, no me
importa nada. Ella, solo ella... ella
es el centro de mi universo, ella lo es todo... todo...
Me inclino nuevamente para llegar a sus labios. Capturo una de sus
manos y casi de manera inconsciente nuestros dedos se entrelazan con fuerza,
hasta el punto de hacernos daño. Trazo un camino pasando por su cuello, su
hombro y por la curva que me lleva hasta su pecho. Pierdo el sentido de las
cosas al escucharla susurrar mi nombre, en medio del beso que compartimos.
Nuestros dedos aligeran la presión solo para que ella pueda
aferrarse a mi cuello con facilidad, y pegue su cuerpo al mío. Estamos cruzando
una barrera extremadamente delicada y si no nos detenemos, siento que no habrá vuelta
atrás.
Pero no puedo: me pierdo en el sabor de su boca y en la forma de
su cuerpo, su cintura, las piernas apenas cubiertas por los shorts color
melocotón. Sus ojos me observan y percibo en ellos un brillo diferente, y no sé
qué demonios pasa conmigo porque todo mi cuerpo reacciona violentamente ante
todo esto. Mi corazón late desbocado, y la respiración se me ha disparado. Los
músculos se me tensan, y el particular deseo de arrancar toda la ropa que cubre
su piel empieza a desquiciarme.
Me inclino, deslizando una mano por debajo de la camiseta blanca,
y la veo arquearse ante el roce.
—
Alen...
No lo aguanto más y dejo caer mis labios sobre su pecho, por
encima de la tela; sus uñas se hunden con fuerza en mi espalda y entonces toda
la habitación empieza a girar con descontrol, porque nunca he sentido esto que
estoy sintiendo con ella.
Y lo sé, claro que sé lo que es. Es esa sensación poderosa que los
humanos llaman deseo.
Siento sus dedos recorrerme las mejillas con suavidad. Oigo su
respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando. Observo sus ojos, su
cabello avellana.
Hermosa…mortífera…
Quiero besarla, quiero tocarla, pero un nombre me ataca sin
piedad, y resuena como campanadas en una iglesia desolada: Albania
¿Qué...?
— ¡NO!
Abro los ojos violentamente, porque en
ese preciso momento Sisa suelta un grito lleno de dolor que se multiplica en
varios.
— ¡NO! ¡NO!
— ¡Sisa! ¡SISA!
— ¡NO VUELVAS A TOCARLO! — le increpa a
la nada, y su cuerpo se retuerce, incómodo.
No lo pienso dos veces y la atraigo
hacia mí, esperando calmarla. La temperatura de su cuerpo cae bruscamente y sus
gritos se hacen tan desgarradores que no me queda duda de que algo realmente la
está lastimando.
— ¡Hethos! ¡HETHOS! — Sisa suelta más
gritos, el pecho se me contrae—. ¡SEIR!
— ¿Alen? — Tarek aparece, mirándome lleno
de desconcierto. Tomo a Sisa en brazos que se aferra a mi cuello con fuerza, y siento
las lágrimas cayendo sobre mi hombro —. ¿Bellota? ¡¿Qué le sucede?! ¡¿Y tú por
qué estás sin camiset...?!
— Busca a Hethos, ¡rápido!
— ¿Qué?
— ¡Solo búscalo!
No pasa mucho para que Tarek retorne con Hethos. Se quita los
lentes, perturbado:
— ¿Qué le han hecho a esta niña? — Un
grito desgarrador llena la habitación; le ruego que la ayude porque no soporto
verla en ese estado—. Ambos ¡abajo!, me quedaré con ella.
La deposito con cuidado sobre la cama,
pero ella me exige que no la abandone:
— ¡No, no me dejes! ¡No me dejes!
— Tranquila, vas a estar bien...
— Alen — me advierte Hethos con voz
tensa. Sisa vuelve a pedirme que no la deje y entonces asiento, dispuesto a
quedarme, pero de la nada me toman por el hombro y me lanzan con tanta
precisión hacia atrás que no tengo tiempo ni para esquivar el movimiento.
— Hethos, ¡¿qué demonios sucede contigo?!
— exclamo enfurecido.
Si no hubiera sido por Tarek que me
atrapó, habría terminado impactando contra la pared.
— ¡Dije que "abajo" así que
todos ABAJO! — ordenó.
¡No quiero, no puedo dejarla!
— Pero...
— ¡ABAJO, ALEN! — Y en un parpadeo
aparecemos en el primer piso. Quiero volver a subir, pero compruebo que Hethos
ha activado una barrera: nos ha expulsado de la habitación, así que no habrá
manera de que ingrese.
Espero impaciente; Tarek se quita la
chaqueta y me la pasa, supongo que para que me cubra porque no tengo nada en la
parte de arriba.
— ¿Qué sucedió? — me pregunta con
seriedad. Cierro los ojos, frustrado, cuando la oigo soltar otro alarido en el
piso de arriba.
Resumo de manera veloz que la encontré
junto a Nhyna, que la traje conmigo aquí para que Hethos la viera... y de ahí
me quedo en silencio, en un profundo silencio porque no puedo decir más.
¿Qué está sucediendo conmigo? ¿Por qué
termino tan confundido siempre que la beso? ¿Y si todo hubiera seguido
adelante? ¿Ambos habríamos terminado...?
No...
Cielos, ¿qué estoy haciendo?
— Alen, ¿qué sucede? — oigo la voz
preocupada de Tarek—. Estás ocultándome algo, ¿verdad?
Opto por quedarme en silencio. Solo se
oyen los tic-tac de los relojes y el suave susurro con el que Hethos pronuncia
algunos salmos allá arriba. Los minutos pasan, y para cuando lo comprendo, ya
estoy sentado junto a ella que reposa en la cama. Su respiración ha vuelto a
estar en calma, y ya dejó de gritar.
Acomodo con suavidad un mechón de su
cabello mientras algo incómodo me oprime la garganta.
Tarek está sentado en otro taburete, y
agradezco que no preguntara nada más porque no tenía ganas de hablar.
— Sí, no me queda duda. — Giramos ante la
voz de Hethos. Acaba de volver porque dijo que quería constatar algo—. He
tomado algo de su esencia para intentar ver qué sucede con ella y ya tengo una
respuesta. Las visiones deben estar agotándola y como dijo Nhyna, debemos tener
cuidado porque la mente del ser humano es muy frágil. Oír voces, tener
visiones… si habláramos de manera convencional, estaríamos frente a un caso de
demencia. Tenemos que ayudarla a separar las visiones de la realidad o
podría…bueno, perder la razón.
¿Qué
acaba de decir…?
— Ahora, su esencia también ha cambiado;
mucho a decir verdad. Me parece que fue
en la Cámara de evocaciones, además de la presencia de Berith y Nhyna que han
estado rondándola. Para un humano no es normal tener contacto tan directo con
demonios.
Así que era todo eso. No puedo creer
que no me haya puesto a pensar en las consecuencias que acarrearía toda la
situación por la que ella estaba pasando debido a mí.
Le digo a Hethos que estaré más
pendiente de quiénes se acerquen a ella, pero me interrumpe con brusquedad:
— No, Alen, no me estás comprendiendo. Tampoco
es común que permanezca cerca de ángeles o calehims.
Eres igual de nocivo para ella.
¿Cómo…?
— ¿Eso significa que la presencia de Alen
también le afecta? — pregunta Tarek.
Nocivo…para ella.
— No es normal para ningún humano convivir
con tantas cosas ajenas a su mundo convencional. Ella ha estado con nosotros
desde hace meses. Ustedes, Berith, Nhyna, y lo último: con casi una decena de
demonios alrededor, eso sin contar a las tropas.
— Hethos…
— La corrupción de su esencia también es
en parte nuestra culpa.
— Entonces… ¿me estás diciendo que…?
— Deberías alejarte un poco. Le pediría
lo mismo a Seir, pero como él vive aquí por voluntad propia no resulta tan perjudicial;
en cambio tú y yo… No sé, tal vez debamos pedirle que solo venga cuando tenga
alguna visión.
— ¡Pero Naina…! — La voz me suena
demasiada ansiosa. Siento la mirada de Tarek escudriñarme por completo—. ¡Llevo
mucho tiempo al lado de Naina y ella no…!
— Pero Naina no ha pasado por todo lo que
esta niña sí. No te digo que te alejes por completo, simplemente te estoy
pidiendo que se den algo de espacio.
— Hethos…
— Alen, esto no debería significar
problema alguno — repuso con seriedad. Yo mismo sentí el reproche —. Recuerda
que estamos aquí por un objetivo en particular. No estás aquí para vivir
pendiente de esa niña.
— Ya…ya lo sé…
— Escucha, comprendo que es imposible que
no te vincules después de pasar tanto tiempo junto a alguien; pero por favor,
mantén un límite. Si realmente quieres encontrar tu nombre, sé prudente. —
Asentí, tratando de verme más apaciguado de lo que realmente me sentía—. De un
momento a otro esta búsqueda se transformó en una especie de excusa para
reunirte con ella. Y sí, estoy seguro de que la niña es una pieza importante;
después de todo parece ser tu “verdad”, pero esto no es un juego. Tómatelo en
serio, y te lo digo porque de todas las vidas que hemos pasado juntos, es la
primera vez que siento que no estás poniendo demasiado empeño.
Me quedé en silencio, sin saber qué
decir.
— ¿Eso significa que no podrá estar cerca
de Bellota nunca más? — soltó Tarek en voz baja.
¿Qué
te pasa, corazón? ¿Por qué estás latiendo con tanta fuerza?
— Simplemente estoy pidiendo que reduzcan
las horas que pasan juntos. Mi sugerencia es que solo te llame cuando tenga
alguna visión, y acudas estrictamente solo para eso. De esa manera su esencia
volverá a ser la misma de antes y tú no tendrás distracciones. Será bueno para
ambos.
Asentí levemente.
Oí los pasos de Hethos alejándose. Me
quedé en silencio, observándola dormitar apaciblemente.
Quién iba a decir que mi sola presencia
podía ser nociva para ella.
Todo
porque no soy humano.
¿Qué?
¿Por qué la idea había venido con algo
que parecía ser tristeza? No, no soy humano, y tampoco es algo que desearía.
No, jamás…
Vi un destello cerca de su cuello: era
el dije en forma de pluma que, una vez me contó, le había obsequiado su abuela.
No pude evitar pensar que las personas que la estiman siempre intentaban
protegerla: su abuelo, su hermano, sus amigos.
Yo también debería hacer lo mismo,
después de todo... bueno, somos amigos, ¿verdad?
Bajé la mirada cuando se removió un
tanto sobre el lecho. Aún estaba pálida.
— A lo mejor solo está cansada, o Nhyna
le lanzó alguna especie de maldición — me comentó Tarek —. No creo que el
alejarse sea lo mejor, hermano. Digo...ustedes parecen tan cercanos y que de la
nada decidas...
— Hethos tiene razón — lo interrumpí. El
ojo no lastimado de Tarek se abrió un tanto, sin creerlo—. Si quiero que esté
tranquila debo mantener algo de distancia.
Y no solo por ella, también por mí.
Todas las semanas que estuve fuera de la ciudad purificando mi esencia, también
me las pasé pensando en ella. Había creado una especie de dependencia porque a
veces sentía que necesitaba verla, aunque sea de lejos, para mantenerme
tranquilo en todo el día.
Y
las veces en las que la había besado…
No. Él tiene razón: me estoy
distrayendo, no estoy poniendo el empeño necesario. Y probablemente todo el
contacto físico que hemos compartido durante este tiempo y sin prudencia alguna
también le ha afectado.
— ¿Alen? ¿Tarek? — oí en bajito, solo
para encontrarme con los ojos preciosos abriéndose con pesadez —. ¿Dónde
estamos?
— En el segundo piso de la tienda de
Hethos, Bellota — respondió Tarek adquiriendo su usual tono relajado. Ella
frunció el ceño y se tomó la cabeza con fuerza. Sus ojos se cruzaron con los
míos por un segundo, pero se desviaron al instante, cargados de vergüenza
Lo último...está recordando lo último…
Observó a todos lados, y después se
reincorporó bruscamente:
— ¡¿Qué hora es?! — exclamó pasmada.
Me alivió el verla con su energía
acostumbrada.
— Van a ser apenas las diez — le
respondió Tarek.
— ¡¿Las diez?! ¡Madre santa, Gisell va a
matarme!
— Tranquila, Bellota — le digo con todo
el valor posible para hablarle con normalidad. Ella baja la mirada, incómoda —.
Tarek te llevará ahora mismo.
Sus ojos me miran con sorpresa, Tarek
también lo hace.
— Vamos juntos, hermano.
— Voy…voy a charlar con Hethos sobre algo
importante así que…
— Ay, siento como si me hubiera dado la
fiesta de mi vida — comenta ella mientras se pone de pie con ayuda de Tarek—.
La cabeza aún me da vueltas.
— Sisa, ¿recuerdas qué pasó? — Un leve
rubor se asoma en su rostro ante la pregunta de Tarek. Giro, tratando de
enfocarme en cualquier otra cosa—. Alen me comentó que te encontró hablando con
Nhyna.
— Tal vez suene raro, pero…ni siquiera
recuerdo bien de qué estaba hablando con ella. — Buscó con la mirada sus cosas
(que habían terminado regadas por toda la habitación cuando llegamos, y bueno…)
y frunció los labios, desconcertada—. Dejé a los chicos en la cafetería, pasé
por las cuerdas para mi violín, después ella apareció y en esa parte todo se
pone blanco. Después apareció Alen y…y…
Desvió la mirada, sumamente incómoda.
Tuve que hacer un enorme esfuerzo para concentrarme en las paredes de la
habitación.
Tarek tomó la mochila que reposaba
sobre el piso, y me lanzó una última mirada, como para confirmar si yo no iba.
Negué discretamente y él soltó un suspiro desganado.
— ¿Hethos sabe por qué me estoy sintiendo
algo...extraña?
— Cree que las visiones te están agotando
un poco — expliqué rápidamente—. Solo debes descansar, y.… tal vez concentrarte
más en...mmm... tu audición para Gaib Art.
— ¿Nos vamos, Bellota?
— Sí, Tarek.
Me observó de reojo así que no me quedó
más remedio que darme vuelta:
— Adiós, Sisa — dije escuetamente y me
perdí por el umbral, rumbo al primer piso. Llegué al último escalón y dejé de
sentir la presencia de ambos.
Mierda.
Me dejé caer sobre el sofá de al lado.
No entiendo nada de lo que está sucediendo conmigo, con ella, con ambos. El
tipo de relación que estamos creando es un error al completo porque ni siquiera
está definida, y lo que es aún peor...
...es casi prohibida.
— ¿Qué estoy...?
— ¿Qué estás haciendo? — Elevé la mirada:
Hethos.
Me puse de pie bruscamente cuando lanzó
mi camiseta a los pies del sofá con severidad.
— Hethos...
— ¿Crees que no sé lo que está pasando
con esa niña, Alen? ¿Placer carnal? ¡¿Es que tan bajo has caíd...?!
— ¡No es eso! — replico con fuerza,
avergonzado. Me encojo ante la mirada hosca, repleto de remordimientos, porque
por un lado tiene razón: no es justo para mí, porque ese tipo de placer es uno
con el que no debería ni soñar. Y tampoco es justo para Sisa, porque
involucrarla en algo semejante implicaría el estar tomándola como un simple objeto.
Y
ella es demasiado valiosa…su
existencia es demasiado hermosa...
No, no es placer carnal, pero... pero
no sé cómo definirlo.
Oigo las olas del mar chocando despiadadamente contra las faldas
del risco, y comprendo que Hethos me ha traído con él hasta Izhi, que es el
lugar en donde solía “reflexionar”. Algo que también no hago hace mucho porque
ahora mi mente se encuentra muy pendiente de ella.
— Nunca te he visto más humano, Alen, y
es por eso mismo que también veo demasiadas dudas en tu mirada.
¿Qué
ha dicho?
Lo miro aterrado. El viento gélido de
Izhi me roza el cabello.
— Escucha, yo soy una especie de mentor
en la búsqueda de tu nombre; pero si se trata de tomar decisiones, me temo que es
una tarea que te concierne solo a ti. Hallar la respuesta para el camino que
quieras seguir por lo que te resta de existencia es algo que tú debes aclarar.
De pronto aquella temible sensación
llamada "duda" se hizo real. Pensé que eran ideas mías, pero si
Hethos también lo había notado el asunto ya era grave.
—
En
este momento la pregunta que necesita ser respondida no implica solo tu nombre,
Alen.
—
Hethos…
—
La
verdadera pregunta es por qué te está afectando tanto todo lo que le pase a esa
niña.
Las ramas de los árboles se mueven con violencia. Elevo la mirada
solo para encontrarme con un manto negro repleto de estrellas: la luna, mi
agujero de escape, no está.
¿Qué está pasando conmigo? ¿Por qué me siento tan decaído? Sisa
cumple un rol importante en la búsqueda de mi nombre, sí, pero ¿por qué me
cuesta trabajo pensar que debo alejarme de ella? He tenido ocho vidas a modo de
práctica para aprender a no vincularme demasiado con los humanos, entonces...
¿por qué resulta tan difícil? Me duele no poder ser tan cercano como quisiera a
Marissa y Santiago, pero con ella es diferente. Hasta me atrevería a decir que
resulta casi insoportable.
Pero en algún momento voy a dejarla para siempre…
...cuando recuerde mi
nombre o sea trasladado a otra vida.
Las olas estallan con fuerza por allá abajo. Siento que la
garganta se me cierra, que empiezo a sentir eso llamado "pánico".
No. ¿Qué está sucediendo conmigo? No...¡no...!
Mi principal objetivo es recuperar mi
nombre para retornar a mi lugar de origen: ¿de cuándo acá me asalta la horrible
idea de no querer moverme de una vida con tanta insistencia?
«Estás
dudando»
¡NO!
Hethos me da la espalda y se pierde entre
los árboles con lentitud. Veo su largo abrigo ondear con el viento y después
corro en sentido contrario, agobiado, rumbo al abismo, tal y como me siento. Me abruma esa especie de placer en la caída, y después el agua me
golpea con rudeza. Todo mi cuerpo se hunde en medio de la bruma, en medio de la
confusión, de la tristeza…en medio de la
vacilación.
El agua me arrastra hacia sus profundidades, y miles de imágenes
me atacan sin control. Ojos preciosos, cabello avellana, violines, sonrisas… Y
aquel nombre resuena como un trueno en medio del aguacero: Albania, pero bruscamente se transforma en los golpeteos de las
gotas de lluvia: Sisa, Sisa, Sisa, dice
cada una, y voy alejándome cada vez más de la superficie y misteriosamente no
me importa hundirme más; ni siquiera lucho por salir.
A cada segundo hay menos probabilidad de retornar al lugar de
donde caí.
De donde caí…
¿Ángel o humano?
Ángel. Ángel...siempre…ángel.
Un terror horrible se apodera de mi cuerpo. ¿Por qué mi respuesta
no suena tan segura como antes?
¿Qué me está sucediendo?
ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¡AAAAAAAAAAAHHHH! — Loi y Tomas acaban
de dar el concierto de chillidos número veinte (si no me equivoco) y la gente
que está alrededor los ha vuelto a tomar por cabecillas y acompañan la sinfonía
de gritos con más gritos. Etel me mira, divertida, y dice que no tenemos la
culpa de tener amigos tan extraños.
Son las diez y algo de la noche, y
detrás de la hilera horizontal en la que estamos, por lo menos debe haber algo
de diez mil personas. Joan me llamó hace una hora para decirme que ya había
salido de su examen, y que ahora se iría a llorar a los brazos de Cloe porque
ni teniendo una alfombra mágica llegaría a Lirau para el concierto.
Tarek debe estar con Alen en la tienda
de Hethos. Hoy, por primera vez, iban a intentar llevar a cabo una sesión de Li-kay en un calehim. Esto estaba planeado hace mucho; Tarek nos lo comentó
cuando Loi le preguntó si vendría con nosotros al concierto. Dijo que no podría
porque justamente habían escogido este día para llevarlo a cabo.
»— Va a haber un montón de personas en
el concierto de ese DJ — nos explicó sonriente—. Es en este tipo de eventos
masivos que fuertes cantidades de ángeles se reúnen para alimentarse. Hethos va
a aprovechar la enorme cantidad de energía concentrada para entrar en la mente
de Alen con mayor facilidad.
Hubiera querido que el mismo Alen me lo
contara, pero últimamente solía verlo poco. Intentaba preguntarle qué estaba haciendo,
pero siempre se despedía con una sonrisa y de manera rápida, después de
verificar que estuviera bien.
»— Tienes que practicar para la prueba
de enero, no quiero distraerte — llegó a responderme una vez.
Creo que todo se debe a la escena que
tuvimos en la tienda de Hethos.
Y hablando de eso, la verdad es que lo
que sucedió me tiene sumamente desconcertada porque...bueno...recuerdo con
exactitud cada parte de aquello, pero no comprendo bien el momento en el que
nos detuvimos.
Sentí que me dolía mucho el pecho, que
esa horrible voz que escuchaba empezó a gritar llena de furia, y después ya no
recuerdo nada. Y la verdad sería de mucha ayuda el conversar con alguien acerca
de esto, pero el único que estuvo presente fue Alen, y el rostro se me encendía
tan solo al recordar todo lo que pasó entre ambos, así que ni para intentar
preguntar nada.
Era la primera vez que sentía algo así
de dominante. Es decir, siempre que lo besaba algo estallaba frenético dentro
de mí, pero esta vez las cosas habían pasado a otro nivel. Mi propio cuerpo
parecía pedirme algo que no me atrevía a poner en palabras porque me ruborizaba
de solo pensarlo.
Lo bueno de todo este tiempo es que el
fuerte dolor de cabeza que me atacó aquella vez no ha vuelto a repetirse. Y las
visiones con respecto a Albania también se han detenido.
Lo malo es que Alen parece estar tan
ocupado que ya no puedo verlo tan seguido.
— ¡MIERDA, YA SALE! ¡SE ENCENDIÓ UNA LUZ!
— ¡WAAAAAAAAAAAAAA!
Miles de gritos retumbaron con fuerza
en el inmenso campo deportivo en el que se llevaría a cabo el concierto. La gente
empezó a gritar “¡JOBEY, JOBEY!” entre palmadas coordinadas; yo misma sentí una
subida de adrenalina increíble cuando las luces del escenario se encendieron:
estaba dividido en tres paneles inmensos. Las luces de colores en las pantallas
de los costados formaban figuras ondulantes: eran plumas, plumas brillantes y de
diversos colores.
En el panel de en medio apareció el
rostro de un chico con cabello azul y una flor cubriendo sus labios. La parte
izquierda era de color ámbar y la derecha de color violeta. Era la misma foto
de la portada del álbum, solo que en esta aparecía con los ojos cerrados.
Una voz majestuosa llenó todo, como la
de los típicos narradores de cuento, con el sonido de un piano suave de fondo:
— Un
hombre apareció en una tierra desconocida, lejos de los suyos, lejos de todo lo
que consideraba familiar.
— ¡MIERDA! ¡YA EMPEZÓ! ¡YA EMPEZÓ! —
exclamó Tomas eufórico.
— ¡JOBEEEEEEEEEEY! — alguien gritó,
desfalleciendo por allá atrás.
— Condenado
a vagar por el mundo: el “silencio” fue su falta, y su sentencia el “observar”.
— ¡LOI, TE AMO! — gritó Etel abrazándola
con fuerza.
La emoción que asaltó a todo el estadio
se sentía a un nivel increíble.
A lo mejor en este momento Alen ya
estaba entrando en su propia mente.
— Esta
noche el mundo será testigo de la mejor experiencia……
Las luces del escenario empezaron a
destellar. La gente gritaba con más fuerza; elevé la mirada por un segundo: el
cielo abierto estaba más estrellado que nunca.
Me pregunto cuántos ángeles estarán
rondando por aquí.
— …jamás
contada por un mitad humano.
Algo muy extraño sucedió cuando escuché
la última parte. El corazón se me aceleró, la imagen de JOBEY abrió los ojos, y
dos piedras, verde fulgurante, destellaron con fuerza.
— ¡LIRAU, AQUÍ ME TIENEN!
— ¡WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
La euforia que se desató fue atroz. El tablero de
mezclas resonó con potencia, las luces se dispararon en toda dirección, y la
gente enloqueció cuando en las pantallas salió el famoso JOBEY dando inicio al
concierto con una de las canciones más intensas del disco.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¡Listo! El cielo está despejado y ya
estoy sintiendo las grandes cantidades de energía en la ciudad — indica
Hethos—. El concierto ese ya debe haber iniciado
Apaga las luces de la trastienda y deja
encendida solo la suave luz de una lámpara de aceite.
— Vaya, el tal JOBEY debe de ser muy
bueno — me comenta Tarek sorprendido —. ¿Lo sientes?
Sí, claro que lo sentía. Era tanta que abrumaba.
De por sí muchas personas reunidas
compartiendo emociones ya era una fuente de energía inmensa, pero la que se
sentía alrededor de todo Lirau era algo impresionante.
Casi hasta me atrevería a asegurar que
el famoso JOBEY no es un humano convencional, como para provocar tanta emoción
palpable.
— Alen, no perdamos tiempo. Vamos a
hacerlo.
— Sí.
Me recuesto sobre el sofá como Hethos
me pide. Se me frunce el ceño ante el reloj de bolsillo que deja colgando
frente a mis ojos.
— Hermano, a veces me da la impresión de
que estás algo mal de la cabeza. ¡No he visto a nadie odiar tanto un simple objeto
como tú! — me dijo Tarek divertido.
— No sé, no los soporto. — Hethos reclama
mi atención—. Sí, sí.
— Bien, escúchame, Alen; quiero que
observes el movimiento de este reloj, ¿de acuerdo? Siente el bamboleo, el ritmo
al que se mueve y acóplalo a los latidos de tu corazón.
Sigo de manera aburrida el movimiento
pendular. Oigo las indicaciones de Hethos y después veo el rostro de Tarek que
mueve los labios, pero no emite sonido alguno.
— ¿Qué dices? — le pregunto. Voltea a ver
a Hethos que también mueve los labios, pero no escucho nada —. ¡Tarek! — grito
pero me observa con curiosidad y se sienta sobre el mueble de en frente, sin
responder.
Intento ponerme de pie para pedir que
hagamos todo otra vez porque no está funcionando, pero no logro conseguirlo.
Bajo la mirada y entonces…
— ¿Pero qué…? — Mis piernas se están
desvaneciendo a velocidad. Pongo las manos sobre mi abdomen para detener el
avance, pero ellas también empiezan a desvanecerse—. ¡Hethos! — le grito, pero
la habitación se hace aún más oscura—. ¡HETHOS!
Veo mi cuerpo desaparecer, pero al
instante reaparezco en una habitación completamente iluminada. Solo hay una
puerta en frente, todo lo demás es de color blanco. Avanzo sin comprender si ya
estoy bajo el Li-kay o si algo ha
salido mal; y tomo la manija para cruzar.
Me encuentro en medio de un bosque
iluminado por el sol. Las hojas de los árboles son de un verde intenso; percibo
el olor a tierra húmeda, el crujir de las ramas. Todo parece tan familiar, pero
a la vez no sé en dónde estoy.
Avanzo con cuidado y percibo el
murmullo de las olas. Volteo, pensando encontrar el mar, pero ya no estoy en
aquel bosque. Ahora me encuentro en un jardín inmenso: hay una fuente enorme
que tiene en medio la estatua blanca de una mujer que derrama agua de un
cántaro que lleva en brazos. Observo en todas las direcciones, preguntándome en
dónde demonios estoy, cuando veo al frente y me encuentro con una enorme mansión
de estilo clásico.
¿Qué es esto?
Avanzo por el sendero que me lleva
hasta las escalinatas de piedra que conducen hasta la puerta principal. De
repente el sol ya no brilla, una luz gris envuelve todo; veo al cielo y me
encuentro con densas nubes anunciando una próxima tormenta.
»
¡Niña Albania! ¡¿A dónde va?! — Giro bruscamente para ver pasar junto a
mí a una chica que se va como el viento. No logro ver el rostro de la mujer que
la ha llamado.
Albania corre, su cabello marrón se pierde
entre los árboles, y entonces sin pensarlo voy en pos de ella.
»
¡No, no! ¡No puedes haber muerto! —
escucho que repite a pesar de que voy detrás de ella—. ¡Cielos, es mi castigo! ¡Es mi castigo por haber codiciado algo que no
era mío!
— ¡ALBANIA! — grito pero ella se aleja
con más rapidez.
No, miento: soy yo el que está yendo
más lento.
Mis piernas han terminado hundidas en
fango y cada vez se hacen más pesadas.
— ¡ALBANIA! ¡ALBANIA! — insisto, pero no
puede escucharme.
» Te
dije que solo iba a lastimarte. Te dije que estaba prohibido, y mira cómo hemos
terminado…— distingo una
voz grave y sé que lo conozco, ¡claro que lo conozco! ¡Pero no recuerdo el
nombre!
— ¡¿Quién eres?! — demando, pero no
obtengo respuesta.
Logro escapar del fango y me arrastro
como puedo lejos de él. Me pongo de pie y entonces la lluvia me empapa con
fuerza. Los truenos estallan furiosos; las hojas de los árboles lloran…
…y siento un profundo dolor en el
pecho.
Veo a lo lejos la inmensidad del cielo,
me parece que es el mar lo que me esperaba en frente. Pero doy un paso y
automáticamente el bosque se transforma en una habitación amoblada. Mi ropa
está seca y hay un olor dulzón en el ambiente.
Chocolate…chocolate caliente…
» ¿Qué es él para ti,
Albania? — Volteo cuando veo una figura moverse con
suavidad.
Me froto los ojos porque no logro ver bien.
» ¿Él? Él es la felicidad.
Puede llenar toda una habitación de completa vitalidad con su sola presencia, o
sumirla en un completo caos si se encuentra ausente. — Es ella, ¡la que habla es Albania!
Ahí está ella y yo aún sin poder distinguirla.
» ¿Y yo? ¿Y yo qué soy?
» Tú eres la vida. Tú eres
el aire que necesito para vivir.
» No puedes tenernos a
ambos.
» ¿Quién lo dice?
» Lo digo yo, porque lo
tuyo no es amor ¡es egoísmo!
» ¿Egoísmo? ¿Egoísmo es
pedir la felicidad y el aire para vivir?
» ¿Y eso qué significa?
» Que él es mi felicidad,
pero tú el aire que respiro…
Una luz invade todo y me enceguece. Me cubro los ojos con las
manos y cuando siento que ya no serán lastimados los abro para comprobar que
estoy en otra habitación; es una más grande. La lluvia golpea con fuerza las
puertas de cristal que conducen al balcón.
Oigo la puerta principal abrirse y después cerrarse con
brusquedad.
» ¡No vas a dejarme…! No
vas a dejarme porque soy lo que más amas en la vida.
» ¡Si sabes eso, ¿entonces
por qué vas a casarte?!
» ¡Porque lo amo!
» ¡¿Y a mí?!
» ¡A ti te amo más! Pero a
él también lo amo. ¿Qué es una boda sino un mero ritual de compromiso entre
humanos? Lo que tú y yo tenemos va más allá de todo lo terrenal. Lo que ambos
sentimos está en otra escala, en otro nivel. Él y yo compartiremos una vida
humana… pero tú y yo estamos tan conectados que lo demás resulta superficial y
hasta carente de sentido. Soy humana, y mi felicidad humana solo la alcanzaré
con él.
» ¡Estás loca! ¡¿Dices
amarme, pero también amarlo a él?! ¿Que tu felicidad "humana" solo la
alcanzarás con él? ¡¿Y yo?! ¡¿Yo qué demonios soy?! ¡¿Un juguete?! ¡¿Un maldito
juguete que tomabas cuando se te daba la gana?! ¡Eres egoísta, vanidosa,
obstinada, como todos solían repetir! ¡El único cegado era yo, que no veía más
allá! ¡Que no reconocía tu verdadera naturaleza!
¿Qué? Es mi voz…. Soy yo gritando, lleno de ira, de rabia, de
frustración. Y sé perfectamente lo que sentí en ese momento, ¡claro que lo sé!
¡Lo recuerdo, por fin lo recuerdo!
Y me duele en el alma hacerlo, porque la chica que tanto amaba…
…me pedía aceptar verla con otro.
» ¡No digas eso! ¡No es
cierto! ¡Te amo! ¡Te amo y lo sabes!
» ¡Mentira! Tú no sabes lo
que es amar, y tal vez yo tampoco llegué a aprenderlo porque me lo enseñaste
tú. Ya no te amo. ¡Ya no te amo! — Parpadeo consternado porque por fin puedo
distinguirme. Traigo miles de hilos alrededor de la vestimenta que cubre mi
cuerpo (son las ropas que suelen usar los Custodios), y una expresión en el
rostro que denota dolor.
» ¡No te atrevas a decir
eso! ¡No vuelvas a decir eso!
» ¡Ya no te amo, Albania
Formerio! ¡Ya no te amo! ¡Cásate con él, o con otro o con todo el mundo si
deseas! ¡No me interesa! No volverás a verme, no volveré a materializarme;
Nanael tuvo razón desde un principio: no debí sucumbir a tus caprichos, no debí
dejarme llevar. Pude ponerle un pare a todo esto, pero ya era demasiado tarde.
» ¡No vuelvas a decir eso!
¡No reniegues de tu amor por mí!
» ¡Reniego! ¡Claro que
reniego! ¡Y maldito sea el día en el que empecé a sentir lo que siento por ti! — Mi yo desaparece de la escena en un parpadeo.
Albania grita desesperada, llamándome por un nombre que no puedo distinguir en
medio de un sonido brumoso y su rostro imposible de reconocer.
Pero en realidad nunca me fui. Simplemente me quedé ahí, ocultando
mi presencia de sus ojos. Siento tanta pena por mí mismo porque sé que aunque
quise despegarme de ella no pude conseguirlo.
Ella ya formaba parte de mí, era como llevarla tatuada en el
cuerpo.
» ¿Dónde estás? ¿Vas a
dejarme? ¿En serio vas a hacerlo? ¡Prometiste que siempre estarías conmigo!
» ¿Qué haces? — Vuelvo
la mirada y compruebo que Albania sostiene un abrecartas con tanta fuerza que,
parece, va a partirse en dos. Ambos la observamos con temor… mi yo actual, y el
yo de mi existencia original.
Él murmura que se detenga mientras ella sigue gritando
desesperada.
» ¿Dónde estás? ¡¿En dónde
estás?!
» Albania, no… — Ella exige verme; mi yo original sigue sus
movimientos con pánico. Observando cómo el abrecartas brilla bajo la luz de la
habitación—. Albania, suelta eso —
susurra.
» ¡¿Entonces es en serio?!
¿Simplemente vas a dejarme? ¿Te he lastimado porque quiero ser feliz y ahora me
lastimas dejándome sola?
Eleva el abrecartas y entonces…
» ¡ALBANIA, NO! — gritamos ambos cuando la punta pasa con fuerza
por la pálida muñeca y entonces él,
mi yo de aquella época, aparece velozmente y le quita el objeto, iracundo.
Abro los ojos, completamente aturdido, porque lo que veo no pude
ser verdad: ahí estoy, tomándola por la cintura, aferrándome a su cuerpo como
si viviera solo por ella, y después la beso en los cabellos, en el cuello, el
pecho.
Su sangre mancha mis manos, mis labios también porque besé su
muñeca herida. Su vestido blanco está completamente teñido de rojo.
» Mira lo que has hecho — me dice ella llorando desconsolada —. Lastimándome de esta manera, cuando juraste protegerme.
» Estás loca, ¡cómo se te
ocurre hacer algo semejante! — Una de mis manos se cierra entorno a su muñeca y resplandor
violeta destella. Estoy curando el corte.
» Sin ti ya no quiero
vivir. ¡Mátame ahora mismo si quieres dejarme!
» Deja de decir tonterías.
» ¡Mátame! ¡Mátame o yo
misma lo haré si vuelves a amenazar con irte de mi lado! ¡Mátame!
» ¡Me quedaré! ¡Me quedaré
por todos los cielos, pero no vuelvas a hacer algo parecido!
—
No… — Los ojos se me abren
desmesuradamente, cuando me veo a mí mismo caer en los brazos de esta chica que
dice amarme, pero en realidad no lo hace. Su amor es egoísta, su amor es
posesivo, y estúpidamente yo caigo. Me veo besándola con fuerza, grabando cada
detalle de su cuerpo mientras mis dedos se encargan de desnudarla, y entonces
retrocedo, consternado, aturdido, con el corazón latiéndome frenéticamente,
porque nada de esto tiene sentido. Mi naturaleza de ángel me impedía enamorarme
de un humano, y ella era humana. ¡Humana!
Y era la peor.
—
¡HETHOS, SE AHOGA! ¡SE
AHOGA!
—
¡Ah! — Abro los ojos
bruscamente; Tarek me tiene sujeto por las muñecas.
—
¿Hermano?
Oigo los llamados de Hethos y de Tarek, pero me deshago del agarre
con violencia, completamente perturbado por lo que acabo de ver.
—
¡Alen! ¡Alen!
Choco contra algo, no sé qué, solo oigo el estrepitoso sonido de
cosas impactando contra el piso y haciéndose añicos. Giro, intentando ubicarme,
pero solo siento deseos de arrancarme los ojos, la boca, todo, ¡todo!
—
¡Hethos, está como loco!
¡ALEN, REACCIONA!
»…él es mi felicidad, pero
tú el aire que respiro…
Ya no. Déjame ir, Albania. Déjame ir, por favor. No te pertenezco.
No sigas haciéndome daño.
—
¡Alen, ¿qué haces?!
—
¡DETÉNLO! ¡ESTÁ ALTERADO!
Cierro los ojos con fuerza y me retuerzo en medio de los brazos
que me sujetan.
—
¡ALEN!
Solo…quiero estar solo, solo… ¡SOLO! ¡LEJOS DE TODO, DE TODOS!
—
¡ALEN, NO!
—
¡Nec mátia nec sensus! — murmuro tomando el primer salmo que se me cruza por la mente, y
al segundo Hethos y Tarek desaparecen velozmente. Me refugio en esta barrera
que me aísla de los demás, y siento cómo poco a poco la decepción va
recorriéndome por completo.
Floto dentro de la burbuja que conseguí invocar, viendo Izhi desde
arriba, y con un dolor intenso que me derrumba por completo.
Castigado por amar a una
humana
Por amar a una humana que verdaderamente nunca me amó.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¡Mátenme si quieren! ¡Puedo morir en
paz! — gritó Tomas que estaba cayéndose de costado; me parece que debido al
trago (de no sé qué licor) que uno de los colaboradores le dio. Varios pasaban
con botellas en mano para dárselas de beber directamente del pico a todos los de
la primera fila.
Ahora estábamos esperando que la gente
avanzara para poder salir, porque cuando Iago dijo “adelante”, realmente
hablaba de sitios casi pegados al escenario.
Algunas personas que ya iban saliendo
empezaron a corear una de las canciones de JOBEY y la gente, a medida que
avanzada, iba uniéndose al coro.
Loi empezó a aplaudir y a bailar junto
a nosotros:
— ¡Nadie me va a decir que la ha pasado
mal porque sería MEN-TI-RA! ¡Cielos! ¡Amo la música de este hombre! ¡Tarek
debería haber estado aquí, ese pequeño idiota!
— ¡Gracias, Loi! ¡Nunca olvidaré este
concierto por lo que me resta de vida! — exclamó Etel eufórica.
Loi tiene razón: estoy empapada de pies
a cabeza por los chorros de agua que lanzaron desde el escenario, y si pudiera
ver mi rostro creo que comprobaría que traigo una tremenda sonrisa.
Espero que a Alen le haya ido tan bien
como a nosotros. Le pedí a Tarek que me llamara si pasaba algo, y mi celular no
tenía ni una llamada perdida hasta ahora.
Ya quedaba menos gente, así que pudimos
avanzar con mayor facilidad. Loi traía a Tomas por el brazo ya que por poco y
se estrella contra el piso. Íbamos a cruzar las pequeñas rejas que separaban nuestra
zona de las demás, cuando sentí que me tomaron por la muñeca.
— ¿Mmm?
— Hola, disculpen que los aborde así, de
la nada. — Los cuatro miramos con curiosidad a la chica de enormes ojos
marrones. Traía una gorra negra y las puntas del cabello de color naranja
intenso por la derecha y rosado por la izquierda.
Junto a su mejilla derecha, algo
parecido a un micro portátil se distinguía.
— Un amigo mío quiere hablar con ustedes,
así que venía a preguntarles si podían darme unos minutos de su tiempo.
— ¿Cómo? — Volteé a ver a Loi,
desconcertada, pero de repente su rostro adoptó un gesto de conmoción.
La chica acababa de elevar la tarjeta
de identificación que traía colgando del cuello: Staff
— ¡No, no me digas…! — La chica asintió y
Loi empezó a gritar emocionada. Tomas se demoró un par de segundos más para
comprender que la chica venía de parte de JOBEY.
La borrachera se le pasó como por arte
de magia.
— ¡¿Qué?! ¡No! ¡Loi! ¿QUÉ ES ESTO…?
— ¡NO LO SÉ! ¡NO LO SÉ! — le respondió
ella, igual de alterada.
Caminamos siguiendo a la chica que
volteaba de cada tanto en tanto mientras nos sonreía, y finalmente llegamos a
la parte posterior del escenario. Nos llevó hasta la parte subterránea del
campo de fútbol, e ingresamos por un pasillo.
Nos indicó una puerta que decía
“camerinos”, y dijo que podíamos pasar. Nos miramos, esperando que alguno se
animara a dar el primer paso; pero cuando la puerta se abrió y el chico de la
pantalla, JOBEY, apareció sonriente y pidió que pasáramos, prácticamente los
tres se lanzaron a la habitación.
Solté una leve risita y cuando estaba
por avanzar detrás de ellos, la chica de antes me tomó por el brazo y me pidió
que esperara.
— ¿Eh? — No comprendí.
Y los chicos estaban tan emocionados
que ni se percataron de que me quede afuera, porque la puerta se cerró y
ninguno dijo nada.
— Él quiere hablar contigo a solas — añadió
la chica y volví a perderme.
— ¿Él? ¿Quién?
— Samin. — Me tomó por la mano, pero me
solté de manera veloz.
— ¿Quién…? ¿Quién eres? ¿Y por qué
querría hablar conmigo? — pregunté llena desconfianza.
Desde lo de Gabriel y Durand iba a
tomarme con más recelo cualquier asunto extraño.
— Porque eres importante, Sisa — dijeron
y me sobresalté ante la voz suave.
Giré y me encontré con el mismo chico
que había visto dentro de la habitación. ¿Qué hacía viniendo por el pasillo si
yo había visto que estaba en su camerino? ¿Y cómo sabía mi nombre?
— ¿Qué…? ¿Qué está pasando? — balbuceé—. Mis…mis
amigos…
Llegó a estar en frente de mí: su
cabello azul contrastaba con lo pálido de su rostro, sus ojos verdes me
observaban con interés, y los piercings de su ceja y su labio destellaban por
las luces que iluminaban el pasillo.
— Tus amigos están charlando con JOBEY —
me dijo con una sonrisa—. Yo, por mi parte, prefiero que charles con Samin.
— ¿Qué?
— Tengo la capacidad de estar en más de
un lugar al mismo tiempo, así que no hay problema. Ven, acompáñame, hay otro
camerino para que charlemos a gusto.
— ¿Pero qué…? No, no entiendo na-nada.
Por un momento pensé en llamar a Alen,
pero…
— No vendrá, está ocupado viendo
recuerdos mediante el Li-kay. —
Me quedé de una pieza —. No, no leo pensamientos, pero puedo percibir
emociones, y sé que en este momento estás muy asustada y solo confías en él.
Percibe
emociones…
— No entiendo nada, ¿quién eres?
— Samin, la estás asustando — le dijo la
chica de antes.
— Sí, tienes razón, Amber. Lo mejor será
presentarme antes. — Me ofreció la mano; distinguí en su brazo varios
tatuajes—. Mucho gusto, Sisa, mi nombre es Samin Nerses.
Lo miré aturdida porque eso no me decía
nada.
Entonces cerró los ojos, y al abrirlos
lo verde se había disipado.
— Y también soy un calehim.
Ahora los teñía un violeta eléctrico.
.png)


Comentarios
Publicar un comentario
Por cada comentario, nace un hada escritora.
No olvides comentar… ✨ 👀