Noches de insomnio | Capítulo 20: Noche XX
Capítulo 20 | NOCHE XX
Sisa
— ¡Loi, tu fiesta…! — exclamó uno de
nuestros compañeros el lunes por la mañana—. ¡Después de tu fiesta lo demás me parecerá nada! ¡Fue LA
fiesta!
— Ehh, gracias…
— ¡Loi! ¡Tu novio es de lo más simpático!
— continuaron el martes—. ¡Hacen tan linda pareja!
— Ehh, gracias, chicas.
— ¿Quiénes fueron a la fiesta de Loi? — Casi
todo el salón levantó la mano el miércoles—. ¡PODEMOS MORIR EN PAZ, MUCHACHOS!
— ¡ESOOOO!
Ya han pasado varios días de la fiesta
de Loi, pero es evidente que ninguno de los asistentes iba a superarla por lo
menos en los próximos tres meses.
— ¡No puedo creer que siga recibiendo más
comentarios! — dijo Loi
con la laptop sobre la carpeta—. ¡Y miren! ¡Están enviándome más fotos!
— ¡A ver, a ver! — exclamó Etel.
Hace unos días Loi había redactado
sobre su fiesta de cumpleaños en su blog, añadiendo fotos y uno que otro video;
y no habían pasado muchos minutos para que más de cincuenta comentarios
aparecieran agradeciéndole por la tan estupenda fiesta.
— ¡Y la foto de tu regalo es la más
comentada, Bellota! ¡Aún no comprendo cómo…! ¡Son dos álbumes casi de colección
y…! ¡Ayyy, te amo! — Los brazos de Loi me apretujaron con fuerza. En otra
ocasión hubiera soltado un par de risitas y le habría dicho que no tenía por
qué agradecerme, y eso fue exactamente lo que hice…
La diferencia radicaba en que las
risitas no me salieron tan naturales como pensaba, y esbozar la sonrisa me
costó muchísimo.
Gracias a Dios estaba tan feliz que ni
lo notó. O a lo mejor es su manera de confirmar lo que ella y Etel me dijeron
en su casa después de que les contara lo que sucedió con Alen en la fiesta, sin
entrar en detalles porque las partes que implicaban a Albania no me
correspondía compartirlas a mí.
»— Sisa, escucha: no estoy muy segura
de estar en lo correcto, pero si he comprendido bien entonces no tienes por qué
preocuparte tanto. Hethos probablemente ya está pensando en cómo ayudar a Alen
y él… — Loi soltó un suspiro y después se encogió de hombros—. Mira, sé que es
amigo de Tarek y tú…bueno, tú sientes algo muy fuerte por él, pero creo que
ambos lo están subestimando: Alen es bastante inteligente como para cuidarse de
esos ángeles que lo han marcado. Y disculpa que sea así de directa, pero si no
es lo suficientemente valiente como para ordenar sus sentimientos y quedarse
contigo; tal vez sencillamente tenga razón y lo de ustedes no hubiera
funcionado.
»— ¡Loi! — exclamó Etel escandalizada.
»— ¿Qué? Lo siento, pero esta vez
pienso así: si la gente no tomara riesgos, nunca ganaría. Y si Alen no tiene el
valor de arriesgarse, entonces no merece quedarse con Sisa.
Si bien estuvieron en desacuerdo en
algunas partes, al final ambas llegaron a la misma conclusión: lo mejor era
olvidarme de él y seguir con mi vida de manera normal.
Yo, por mi parte, no sabía exactamente
qué pensar.
— Ya, jovencitos. Basta de tanta
cháchara. Saquen el libro de Química, página 90.
El día en la escuela se pasó tan rápido
como llegó. Marcus vino a recogerme para el ensayo con sus primos como hacíamos
desde el lunes, pero antes pasamos a tomar algo mientras las chicas y Tomas
seguían comentando sobre los eventos de la fiesta. Intenté acoplarme a la plática,
pero seguía con la mente llena de brumas, y no había manera de dividirme en dos
para poder hundirme en mis pensamientos y actuar como si nada pasara.
Para cuando me di cuenta ya solo
quedábamos Marcus, mi bicicleta y yo, caminando en silencio rumbo a su casa.
— ¿Bellota? — Me sobresalté ante el
llamado. No sé con qué cara lo habré visto que negó con la cabeza y después me
quitó el violín con destreza—. Sigues triste.
— No es eso….
— No estoy a favor de la violencia, pero
realmente tengo unas ganas tremendas de golpear a ese idiota.
Bajé la mirada ante el tono áspero.
»— Cuando
algo lastima demasiado…es mejor dejarlo ir, Bellota.
Cuando se trata de Alen nunca pienso
bien, ¡nunca! Si lo hiciera, en ese momento podría haber inventado alguna buena
excusa para cubrir mi ataque de llanto; porque de todas las personas en el
mundo, tuvo que ser precisamente Marcus el que soportara mis lágrimas por otro
chico cuando acababa de pedirme que retomáramos lo que tuvimos hace unos años.
¿Qué
clase de amiga soy?
Llegamos a su casa: habían enviado a sus
abuelos a dar un “paseo”, como sucedía desde el lunes, para que tuviéramos
oportunidad de practicar la canción y no arruinar la sorpresa. Y cuando
terminamos el ensayo, la señora Emma pasó a ofrecernos vasitos con jugo de
melón y algunas galletas.
— Bueno, yo no soy primo, pero sin mi
trombón la canción no tendría la esencia de la original — comentó el papá de
Joseph (el primo de Marcus que tocaría la batería) —. Por cierto, Estefan, ¡la
voz está estupenda! Y tú, Marcus, muchacho, ¡qué bueno eres en el piano! ¡Me
atrevería a decir que inclusive has superado a mi hermano!
— Gracias, tío.
El señor Louis, papá de Marcus, me
sonrió con cariño cuando recibí el bonito vaso con fresas grabadas de manos de
su esposa, y después Abby se acercó a decirme que el obsequio saldría muchísimo
mejor con el acompañamiento de mi violín. Todos la apoyaron cariñosamente.
La familia Leda me había recibido toda sonrisas
y abrazos, y ahí estaba yo, tratando de verme radiante, pero fallando
estrepitosamente.
Marcus me observó desde el piano; desvié la mirada bruscamente.
Desde el sábado me siento tan Albania. Queriendo a un chico, haciendo
sufrir a otro.
Tal vez no somos tan diferentes…
»…él es mi felicidad, pero
tú el aire que respiro…
— Yo no soy Albania — murmuré
mecánicamente. No entendía por qué lo hacía; era casi a modo de reflejo. Mis
labios se movían por iniciativa propia ante cualquier pensamiento que la
evocara.
La alarma del celular vibró en mi
bolsillo: ya darían las seis. Me puse de pie y le dije a Marcus que ya debía
irme. Tenía que encontrarme con Samin para ensayar lo de Gaib Art.
— Te acompaño — sugirió. Le dije que no
había problema, que con la bicicleta podría llegar a casa sin necesidad de
tomar el autobús, pero insistió en llevarme por lo menos un par de cuadras. Asentí
algo dubitativa y después salimos.
Tomó el estuche del violín y lo colgó
sobre su hombro. Y cuando me sonrió, no pude con la culpa:
»—
Es que no…no sé cómo detenerlo, Marcus. ¡Porque siento que lo quiero tanto…!
»— Te
creo, Sisa; pero antes debes pensar si todo lo que sientes por él te ayuda a
ser mejor, o solo te lastima. — Los ojos grises me habían observado con
tanto afecto que estúpidamente terminé llorando más—. Si es lo segundo, entonces el cariño que sientes por él no es el
adecuado, Bellota. Tal vez…no funcionaría…
No funcionaría…
Avanzamos en tanto silencio que podía
escuchar los soplidos del viento, mis pasos y el desplazamiento de las llantas
de mi bicicleta. Me arropé con el cuello de la gabardina y las palabras de
Amber vinieron a mí: cuando sientas al
viento hablarte…
¿Eres el viento, Alen? ¿Ocultándote de
mis ojos y espiándome en secreto? Pero si realmente eres el viento… ¡cómo podría yo intentar atraparte! El viento va libre, tocando pero no
dejándose tocar. Tal vez tú eres igual; tal vez simplemente debería dejarte ir,
tal y como Marcus, Loi, Etel y el mundo entero me sugieren.
¿Pero
cómo hacerlo? Si ahora cada vez que veo el sol, solo pienso en tus oj…
— ¡Sisa!
Giramos por la siguiente esquina y por
poco y termino cayendo por un buzón sin tapa, con todo y bicicleta en mano, si
no es por Marcus que me atrapó por el brazo e impidió que siguiera caminando.
— Esto no puede continuar así, Sisa — me
interrumpió antes de que le diera las gracias —. Llevas días como en otro
planeta, y si no supiera que es por culpa de ese imbécil no diría nada pero…
— Marcus, espera…— traté de decir.
— Sé que no tengo derecho a involucrarme
directamente en esto, pero eres mi amiga y…y ya sabes todo lo que siento por
ti, y…
— Marcus, no — supliqué angustiada.
— ¡Sisa, escúchame, por favor! — exclamó
exaltado—. ¡No es justo que sufras tanto por alguien que no lo merece! El día
de la fiesta te perdí de vista por un segundo, ¡y entonces te encuentro con él
y…! ¡Y…! Mira, yo entendería si hubiera sido una especie de reconciliación;
pero vi cómo se alejaba después de besarte y tú te quedas ahí, llorando con
tanta pena que es casi un insulto que no regrese.
— Marcus, es que…
— ¡¿Hasta cuándo, Sisa?! — bramó. Y como
me encogí ante su tono enfadado, tomó una gran bocanada de aire, ligeramente
fastidiado—: Ok, estoy pasándome de la raya; lo siento mucho.
Dimos unos cuantos pasos más y después
le dije que ya podía irme sola. Asintió y me entregó el estuche de mi violín,
sonriendo con más tranquilidad.
— Muchas gracias.
— Podría pasarme la vida entera cargando
tu violín, si eso significara estar siempre a tu lado, Bellota.
La horrible sensación de aborrecimiento
hacia mí misma volvía.
— Gracias por todo, Marcus. Nos…nos vemos
mañana.
— Pasaré por ti a la escuela.
Me subí a la bicicleta, me despedí
moviendo una mano y empecé a pedalear. Eché una ojeada veloz solo para verlo
sonriendo.
A veces deseo que un agujero enorme se
abra y me trague, porque no soporto comprobar que Marcus parece hablar en serio
cuando dice que me quiere, y yo no pueda corresponderle de la manera en la que
se merece.
Oí un trueno por alguna parte mientras
pedaleaba con fuerza. Veía a la gente sacando los paraguas que habían traído
consigo o refugiándose en las entradas de algunas tiendas. Doblé rápidamente,
crucé la pista y frené en seco, cuando comprobé que nuevamente estaba aquí, en
este lugar al que había llegado casi de manera inconsciente ya más de tres
veces seguidas después de los ensayos con la familia Leda.
El asunto era que todo se veía tan
diferente.
— ¿Por qué…? — murmuré consternada.
Recuerdo claramente que la tienda de
Hethos estaba en esta intersección; pero por algún misterioso motivo nuevamente
estoy frente a este terreno descampado. Igual que ayer, y los dos días
anteriores.
Traté de regular mi respiración, y
cuando las gotas de lluvia empezaron a golpearme el rostro me di por vencida.
— Samin — lo llamé en voz baja.
Segundos más tarde un brazo cálido me
rodeó los hombros.
— ¿Qué te he dicho de venir a este lugar?
— me reprendió con suavidad—. Vaya, el clima en Lirau está hecho un fiasco.
— Hoy tampoco pude encontrarlo — musité
angustiada.
— Deja que las cosas vayan a su ritmo,
Sisa. Ya te dije que a lo mejor Hethos tiene un par de asuntos que atender;
deja de buscarlo, podría…ser peligroso.
Esa fue toda la explicación que obtuve.
Como últimamente sucedía.
— Pequeña Cachorra, ¿te sientes mal? — me
preguntó Amber cuando bajé el arco después del quinto error en el ensayo de mi
canción. Samin sugirió, en un gesto de cortesía, que me tomara un par de
minutos para despejar la mente y volver a empezar.
La pista base que me había hecho era
una pieza digna de un violinista estupendo; me sentía terrible por no valorar
su trabajo con mis constantes deslices.
— ¿Qué sucede, Cachorra? — me preguntó
Amber cuando terminé recostada sobre el largo sofá, con mi cabeza reposando de
lado sobre sus piernas. En la mesita del costado reposaba la copa de vino tinto
que estaba bebiéndose mientras me acariciaba el cabello —. Estás tan triste que
a lo mejor el clima tan feo que hay en Lirau se debe a eso.
Traté de esbozar una sonrisa, pero no
lo conseguí.
— ¿El “viento” ha vuelto a molestar? — me
preguntó. Negué con la cabeza—. ¿Entonces debo suponer que ese ánimo tan
lúgubre que traes es porque no has tenido noticias suyas?
Hablar con Amber sobre Alen era mucho
más sencillo que con cualquier otra persona: era casi como si supiera cada uno
de mis pensamientos.
— Samin ya dijo que si se trata de los Phaxsi, no debes preocuparte — me dijo
amablemente—. Y en cuanto a lo otro… Comprendo que estés abrumada y triste y
muy confundida a la vez, después de saber que él también siente algo por ti.
Mi corazón dio un par de brincos y la
respiración se me descompasó: ¿cómo se debe sentir una frente a esto? ¿Feliz?
¿Triste? Porque yo me siento de ambas maneras y en las mismas proporciones.
— ¡En las películas el asunto se arregla
cuando ambos protagonistas saben lo que uno siente por el otro, ¿verdad?! —
exclamó malhumorada—. ¡¿Por qué demonios las cosas no son también así en este
caso?!
Solté una leve risa: Amber acababa de
poner en una expresión de lo más sencilla todo lo que sentía en estos momentos.
Alen
me quiere.
Alen me quiere y no es necesario que yo
repita lo que siento por él porque es casi como el respirar. Y no sé si esté
bien sentir algo tan intenso por otra persona, porque es bien sabido que todo
aquello que es excesivo suele ser perjudicial.
— Y la pregunta más importante es: ¿no
sería mejor escuchar los consejos de todos y sencillamente dar un paso al
costado?
Me reincorporé al instante cuando la
escuché.
— ¿Tú también crees eso?
Amber soltó un suspiro. La observé
desconcertada cuando se quitó uno de los piercings que llevaba en la oreja
derecha.
Tomó mi mano y sin que previera su
movimiento hundió la punta afilada sobre mi dorso. Sin pensarlo dos veces mi
brazo se retiró violentamente.
— Cuando algo provoca dolor el cuerpo lo
repele…porque ser lastimado no resulta agradable. — Acuné la mano vulnerada
sobre mi pecho, y la miré con un horrible nudo en la garganta al comprender la metáfora—.
Tu amigo Marcus tiene razón, pequeña Cachorra: cuando algo lastima demasiado es
mejor dejarlo ir.
Bajé la mirada, presa de la horrible
conclusión a la que estaba llegando.
Amber tomó la copa, bebió un poco y me
sonrió:
— Pero algo que he aprendido en mis vidas
como errante, es que a veces el amor siempre viene acompañado de algo de
sinrazón.
Observó de reojo a la habitación de al
lado, y soltó un profundo suspiro:
— A veces haces cosas tan estúpidas cuando
quieres tanto a alguien... Sabes que implicará dolor, pero aceptas estar a su
lado más que satisfecha. Sabes que jamás pasará nada entre ambos…pero aun así
decides conservar todo lo que sientes por esa persona.
Samin estaba charlando por celular en
la otra habitación; los ojos de Amber me revelaron tantas cosas.
— A veces incluso basta solo su sonrisa
para que el tan estropeado mundo se transforme en algo perfecto — murmuró y lo
confirmé: Amber ya no estaba platicando conmigo, era más como una conversación
con ella misma.
— ¿Lo quieres? — me atreví a preguntar.
Soltó una breve carcajada y después
suspiró con lástima:
— Tanto…que asusta.
Volví a recostar la cabeza sobre sus
piernas, y comprendí por qué sentía que ella me entendía tan bien.
— Tanto… que a veces quisiera detenerlo.
Detenerlo…
— Porque vivir por alguien que no te mira
puede sonar muy idealista... — añadió perdida en sus pensamientos —…pero en
realidad te come la vida.
La copa se deslizó entre sus dedos; vi
el trayecto que siguió hasta impactar y rebotar. El vino tiñó lentamente la
alfombra perlada: como si la sangre brotara de alguna herida mortal.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¡Otra
vez, otra vez!
— Pero si acabamos de terminarla.
— ¡Por
fis! ¡Por fis!
— ¿Y qué tal si ahora me la lees tú a mí?
Naina me miró sorprendida. Le pasé el
libro y oí claramente las primeras palabras: “Era una tarde soleada en Villa Arcoíris…”
— Pero en voz alta — le pedí. Me miró,
noté que se abrumó de sobremanera y lo intentó arduamente, pero el sonido jamás
acudió.
Después de unos segundos frunció el ceño y negó con la cabeza:
— No
puedo, Aly. Perdóname —
se disculpó llena de remordimientos.
Le sonreí:
— Ni lo menciones.
Abrí el libro y reinicié la bendita
travesía de Abu en su búsqueda por una zanahoria supuestamente celestial. No
era necesario que me enfocara completamente en las letras impresas porque mi
memoria para estas cosas es demasiado buena, y ya había leído esta historia por
lo menos siete veces.
Naina aplaudió contenta, y después corrió a
sentarse rápidamente sobre la cama.
— Era una tarde soleada en Villa
Arcoíris, y mamá Colita de nube corrió presurosa a despertar a nuestro amigo…
Naina aún no recupera el habla, y uno
de mis propósitos era ayudarla a hacerlo...
»—
Si nos trasladamos a una nueva vida, a lo mejor encuentras a Amali también en esa.
O en las que vienen — me había dicho Hethos ayer que charlé
con él—. Pero si quieres mi opinión, creo
que no habría decisión más acertada, Alen. Iniciar de nuevo, desde cero, y
ahora sí hacer las cosas de la manera adecuada.
Iniciar de nuevo.
Llamaron a la puerta. Me detuve solo
para que Marissa y Santiago ingresaran a la habitación con dos tazas de
chocolate caliente, y algunas galletas. Naina corrió a abrazarlos con fuerza
por las piernas.
— Me alegra mucho que hayas venido, hijo.
Hace tanto que no te veíamos — dijo Marissa.
Asentí levemente y después Santiago inició las preguntas con respecto a la
universidad. Mencionaron que el cabello me había crecido un poco y que me veía
algo delgado.
— Alen, ¿no estás comiendo bien? —
Marissa se acercó y me tomó por las mejillas. Elevé la mirada y fue inevitable
ver el estado de sus emociones: está feliz, entusiasmada, hasta algo
agradecida… y la verdad no entiendo por qué. Solo soy el hijo que, por alguna
mala jugada del destino, tuvieron que acoger.
Santiago me golpea los hombros con
cariño, y suelto una carcajada cuando dicen que tal vez estoy triste porque
Tarek ha conseguido novia y me ha dejado de lado.
— En cierto modo ahora puedo respirar con
mayor libertad — comento dejándome llevar, y ambos rompen a reír.
Naina frunce el ceño, disgustada;
Marissa le dice que no debe molestarse por eso.
— ¡Él
iba a casarse conmigo! —
protesta. La ataco con cosquillas, en plan de jugueteo, y ella no tiene mejor
manera de reaccionar que correr hasta su cama, tomar uno de sus almohadones y
lanzarlo con dirección a mi cabeza.
Me inclino un par de centímetros
anticipando el ataque, y el proyectil cae sobre el rostro de Santiago que
pierde las gafas en el proceso. Marissa eleva una ceja, yo sin querer también
lo hago, y las risas de Naina estallan como campanillas.
Para cuando comprendo el asunto, toda
la casa ya se ha sumido en risas animadas, en persecuciones con golpes
esponjosos de almohadones rosa y con un hombre, una mujer y sus dos hijos como protagonistas de la
trifulca. Entonces siento que en este momento dos seres
cohabitan en mi cuerpo, porque mientras me pregunto “¿qué estoy haciendo?” otra
parte de mí está riéndose a carcajadas ante la emboscada de Santiago y Marissa
que me tienen capturado sobre la alfombra, y no paran de lanzarme almohadazos a
diestra y siniestra.
Naina se aferra a
mi cuello con cariño cuando logro ponerme de pie, y Santiago sugiere que bajemos a cenar. Un
detalle nuevo que compruebo es que el encargado de la cocina en casa es él.
Marissa, por lo que oigo, es un desastre en habilidades culinarias.
¿Qué más me he perdido?
El tiempo se pasa volando; nunca me había
quedado a cenar con ellos. Es la primera vez que compruebo que el encanto de
las comidas en casa no es precisamente por lo que se come, sino por la
compañía. Y en algún momento terminamos en la sala, con un simpático álbum de
fotografías que reposa sobre mis piernas. Las imágenes pasan una a una a medida
que Naina cambia las páginas; Santiago comenta que he crecido mucho y Marissa
que me estoy poniendo más apuesto.
— Lo dices porque soy tu hijo — se me ha
escapado en un momento de debilidad. Ella me observa, sorprendida, y después
suelta una carcajada que se hace eterna en una sonrisa. Santiago suspira y me
lleno de conmoción al comprobar cuánta felicidad hay dentro de él, solo porque
me he quedado a cenar y estoy conversando con ellos.
Naina hace miles de preguntas y ambos responden
al detalle cada una con respecto a los eventos de las fotografías. No puedo
luchar más y sonrío, colmado de tantas cosas que no sé cómo explicar, porque
aunque esos recuerdos no sean más que montajes de una falsa vida, para ellos
valen oro. Todo lo que escucho es “aquí Alen llegó por primera vez a casa; aquí
fue su primer día en su nueva escuela, y aquí está en su primer baile con traje
de noche”. Ambos recuerdan cada momento a la perfección, y me pregunto si los
de arriba no se equivocaron al enviarme con esta familia, porque son demasiado
buenos para mí. Para ellos soy como el hijo pródigo; ese hijo que se ha perdido
en el camino, ese hijo al que aman tanto como para estar dispuestos a esperar
lo que sea con tal de verlo retornar.
— Vaya, ya casi son las doce. ¡Cómo se
pasa el tiempo! — comenta Santiago, observando el reloj de la sala.
Naina está por caer dormida y de tanto en
tanto da una que otra cabeceada. Todo lo que leo en su mente es que no quiere
quedarse dormida porque tiene miedo de que cuando despierte ya me haya ido. Me
pongo de pie, con ella en brazos, y se la paso a Marissa que me desordena el
cabello y después me pide que no descuide mis comidas.
— Santiago… — lo llama ella.
— Por supuesto — responde él, y saca las
llaves de su auto—. Vamos, hijo, te llevaré. Es tarde y no me gusta la idea de
que regreses solo hasta allá.
Sonrío levemente porque las calles son
más peligrosas para él que para mí.
Avanza hasta el pasillo de entrada, y decido empezar de una buena vez.
— ¿Puedo…? — inicio con algo de torpeza—.
¿Podría quedarme esta noche aquí?
Una enorme sensación de sorpresa
rellenó toda la estancia. Marissa y Santiago se miraron con un gesto de pasmo
tan increíble que, pensé, no había sido tan buena idea después de todo.
— Ehh, aunque tal vez sea descortés de mi
parte no haber avisado antes y…
— ¡Pero qué estás diciendo! — exclamaron
y de repente me vi rodeado de demasiadas emociones como para comprenderlas
todas al completo: están contentos, realmente contentos—. ¡Claro que puedes
quedarte, hijo!
— ¡Esta es tu casa!
— ¡Vamos, vamos! Tu habitación sigue tal
y como la dejaste. Solo déjame cambiar las sábanas.
Una vez le dije a Tarek que no conocía
lo que era el amor, y pensé que había tenido el placer de que se me presentara
cuando vi por primera vez a Sisa.
He estado viviendo en un error.
Al
amor… Al amor ya lo conocía desde hace mucho.
El amor no llegó con ella, solo tomó un matiz diferente. Al amor ya lo había
conocido, en mi primera vida, con esa niña que me acogió como a un ser
indefenso; en la segunda, cuando Francesco y Marine me dieron la bienvenida en
medio de un enorme prado; y lo vi a diario en los rostros de todas las familias
de las que formé parte, y en Marissa y Santiago lo he confirmado.
Fui exiliado por amar…y toda mi sentencia
ha tenido que ver con “amor”.
Me quedé observando los rayos de luna
ingresando por la ventana de esta, mi supuesta antigua habitación, y a lo lejos
distinguí la casa de Sisa. Apreté las cortinas cuando un sentimiento de
ansiedad me invadió, porque tenía que empezar a frenar esas ganas que tenía de
pasar a verla en secreto como últimamente había estado haciendo.
No duermo, pero esa noche lo intenté.
Cerré los ojos y le pedí a mi cuerpo que se relajara y por un instante dejara
de pensar. Me quedé oyendo el susurrar del viento mecer las copas de los
árboles de afuera, y cuando me cansé de darle vueltas al asunto que había comentado
con Hethos, susurré un salmo para perder la conciencia por un intervalo de
horas.
Al día siguiente, ya en la puerta
preparado para irme, el sol apenas se notaba por la bruma de las nubes grises.
Santiago se ofreció a llevarme, pero le dije que tenía clases en un par de
horas y prefería caminar.
Lo vi desaparecer en el auto y después
me despedí de Marissa con un abrazo que intenté hacer breve, porque el contacto
afectuoso empezaba a resultarme demasiado doloroso.
Iba salir, pero sentí una presencia
demasiado conocida acercándose. Todo mi cuerpo se tensó bruscamente, y cuando la percibí aún más cerca me metí a la casa
rápidamente, como un fugitivo.
El sobresalto fue tan poco discreto,
que Marissa ingresó detrás de mí y me miró con desconcierto.
— ¿Alen?
Escuché el sonido de las llantas de una
bicicleta y después la presencia se alejó a mayor velocidad.
Marissa me observó e inmediatamente dio un rápido vistazo hacia el
exterior. Traté de restarle importancia al asunto, pero la vi entornar la
mirada, como atando cabos.
— Sisa acaba de pasar en bicicleta —
comentó.
— ¿A-ah sí? — respondí torpemente.
Ella elevó una ceja y después soltó un
suspiro, con una sonrisita asomándosele por los labios
— Creo que ya voy comprendiendo mejor las
cosas — añadió. Repetí reiteradas veces que no sucedía nada. Ella dijo que
estaba bien, que no tenía por qué ponerme tan nervioso y eso bastó para
confirmarme lo que Hethos me había comentado ayer.
Últimamente estoy siendo demasiado
humano.
— Hijo, volverás a visitarnos, ¿verdad? —
me preguntó en las rejas de entrada. Asentí y después intenté emprender la
marcha—. ¡Alen! — me llamó. Giré con curiosidad—. Alen, si…si tú fueras a irte,
no sé, a esta edad muchos chicos buscan mayor independencia…
La miré en completo silencio, con un
nudo alojándose en mi garganta.
¿Cómo lo sabe…?
— …antes vendrías a despedirte como
corresponde, ¿verdad? A decirnos a tu padre, a Naina y a mí “adiós”.
Cuando sus ojos me observaron,
exigiendo una respuesta sincera, me encontré con la mirada de Naina. Ambas
tenían la misma: color avellana y brillante.
Si fuera Tarek, estaría en problemas.
Él no puede mentir…
— Por supuesto que sí — le respondí. Yo
sí podía hacerlo.
— Gracias, hijo.
— No, gracias a ti…mamá — murmuré. Ella
abrió los ojos, sobrecogida, y después me sonrió con alegría desmesurada. Crucé
las rejas como cientos de veces hacía cuando escapaba furioso por permitir que
esa pareja de humanos me afectara tanto; pero esta vez el sentimiento que
llevaba en el pecho era diferente. Estaba lleno de gratitud y admiración; y por
todo eso ya era hora de que ellos tuvieran una vida normal, sin sufrir pensando
en ese falso hijo que tanto deseaban de vuelta.
— Ayer te quedaste con tu familia humana
— escuché a Hethos mientras caminaba. Acababa de aparecer a mi lado, con las
gafas oscuras y el enorme abrigo—. ¿Eso significa que ya tomaste tu decisión?
— Sí — respondí. El viento gélido me
erizó los vellos del brazo. Ya he sentido frío antes, en momentos de debilidad,
pero sigo sorprendiéndome cada vez que vuelve a saludarme.
— Quiero que sepas que estoy totalmente
de acuerdo con esto. Es mejor reiniciar todo: borrón y cuenta nueva.
Los dientes me castañearon con fuerza
por el impacto del viento, y asentí.
— Si sigues con esa cercanía, Gabriel no
tardará en recogernos — añadió.
Sonreí con algo de pesar. Otra vez el olvido.
El odioso olvido.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Zara
— No olviden que mañana deben traer su
maqueta, ya terminada. — Las protestas en el salón ante el anuncio del profesor
se dejaron escuchar con fuerza—. Y ni me hagan gestos que esa maqueta ha debido
de ser hecha con anticipación. Buenas tardes, nos vemos mañana.
Mis compañeros de clase tienen una
irritante manera de culminar el día. Siempre se levantan de las carpetas
empujando los asientos como unos salvajes, y provocando un espantoso chirrido
del metal contra el suelo. Si hubiera alguna manera de pedirles que dejaran de
ser tan escandalosos lo haría; así sea el matándolos a todos.
— ¿Qué pasó, Zara? ¿De malhumor y sin
motivo aparente? — me preguntó Candela. El profesor gritó: “Diuca” —. ¡Ya voy,
profesor! Aguarda un momento, ya regreso.
Candela y su cabello rojizo se
perdieron entre los cuerpos de mis fastidiosos y ruidosos compañeros de clase,
y yo aproveché para meter todo de una vez en mi alforja. Escuché algunos
comentarios sobre lo genial que había estado el cumpleaños de la tal Loi Amira
y ya no lo soporté más: ¡Dios, hasta cuándo hablarían de esa dichosa fiesta!
Tomas era otro: no me había dejado en
paz ni por un segundo mientras charlábamos sentados en la entrada de mi casa.
“Hubo esto, y hubo lo otro, y la música fue genial, y bla bla bla”.
— Lo que pasa es que tú eres de otra
especie y las “mundanas” diversiones humanas son nada para ti — comentó Candela
divertida cuando retornó—. A mí también me dijeron que fue la fiesta del año.
Ojalá conociera a la tal Loi. ¡Tú podrías haber ido! Tomas te ofreció ir con él,
pero no quisiste.
— Iba a aburrirme mortalmente, Cande. Ya
sabes que las amigas de Tomas y yo no nos llevamos tan bien que digamos.
— Ya, pero ahora podrías estar
presumiendo que fuiste.
— No me vengas con estupideces:
¿presumiendo por una maldita fiesta? ¿Qué clase de tontería es esa?
— Ese geniecito de vieja cascarrabias no
hay quien te lo quite, ¿verdad?
Esperé que guardara sus cosas y salimos
del salón. Tomas me saludó de lejos con la mano y después se fue, riéndose muy
animado junto a la chica rubia de cabello corto (creo que se llama Etel), a
Loi, y a la famosa Bellota que si no reacciona va a terminar chocándose contra
la puerta del salón que viene.
No sucedió nada. Tomas la tomó por la
mochila y la jaló hacia atrás antes de que cualquier superficie lastimara su
perfecta cara.
La reprendió con tanto cariño que me
produjo arcadas.
— No parece mala persona — oí a Cande a
mi lado—. La vez pasada me choqué con ella en el comedor y me ayudó a recoger
todos mis cuadernos sin dejar de pedirme disculpas con mucha amabilidad.
— No digo que sea mala persona — respondí
aburrida—. Simplemente no me parece tan agradable como Tomas repite a cada
rato.
— Lo que pasa es que Tomas es tu ex, y
que te hable tanto de otra chica te da celos, así de simple.
— Tomas ya no me gusta. Además, creo que
a él tampoco le sigue gustando la tal Sisa. Por ahí me comentó algo de que un
exnovio había regresado, y que era muy agradable, y si era él no había problema
y no sé qué más.
— ¿Exnovio? ¡Wow! Tu situación parece
sacada de telenovela: tu ex, dejándole el camino libre al otro ex, de la chica que
no te simpatizaba nadita.
— La tal Sisa tiene algo que no me gusta,
Cande. Suena medio paranoico, pero es como si mi cuerpo la repeliera.
— Ese algo son “celos”, ya te lo dije.
— A ti hay que golpearte para que
entiendas cuando se te dice algo, ¿no?
— ¡Ouch, Zara! ¡Tu cuaderno de dibujo
tiene la tapa muy dura!
No comprendo qué de interesante encontró Tomas en la tal Sisa.
Tiene los ojos muy llamativos, no voy a negar eso: las pocas veces que hablé
con ella lo comprobé; pero de ahí no noto algo en particular que la haga
diferente a otras chicas. La primera vez que me habló de ella esperaba
encontrarme con alguien única, no con una chica de mirada ingenua y algo
ausente. Y no es por ser prejuiciosa, pero me parece que esa pinta no es más
que pura pantalla. Siento como si la tal Bellota fuera de esas chicas que fingen
verse inocentes para andar recolectando corazones ilusionados de chicos
incautos.
— ¡Y toca el violín de una manera…! —La
voz sorprendida de Cande continuó —. Una vez mi abuela y yo estábamos pasando
por el parque que está aquí atrás, por el malecón, y la vi ensayando con mucho
esmero. ¡Es bastante buena!
Le puse mala cara.
— Ya, no te gustan los violines, entiendo.
¡Dios, Zara! Pareces Pitufo Gruñón.
Llegamos a la puerta de entrada.
Candela tenía práctica de básquet así que me despedí de ella y salí del
plantel. Mi maqueta para Biología está hecha desde hace un mes, y no tengo nada
de tarea para mañana; tal vez podría pasar por la nueva exposición de pintura
de Dayana Modoya. El profesor Ademar había dicho que estaba basada en Macbeth.
Estaba guardando mi cuaderno de dibujo
entre los libros, y en ese momento sentí un fuerte impacto.
¡Pom!
Me fui para atrás con todo y alforja, y
terminé sentada sobre el pavimento.
— ¡¿Pero qué a ti que te pasa?! — exclamé
disgustada.
Elevé la mirada, dispuesta a matar al
imbécil, pero...
— Lo siento, estaba distraído. ¿Te
lastimaste? — me preguntó el chico de la sonrisa amable, ofreciéndome su mano
para ponerme de pie. Lo observé con cautela, preguntándome si el golpe no
habría tenido algo que ver con el hecho de que lo estuviera viendo tan
“llamativo”, y después me puse de pie, aceptando su ayuda.
— Lo…lo siento, yo iba distraída también
— murmuré extrañamente cohibida. Lo miré a los ojos y algo inexplicable
sucedió:
Ya
he visto a este chico.
No tengo conocidos con ojos grises.
Ojos grises, ojos grises, ¿dónde
he visto ojos grises?
Claro, en sueños.
— Di-disculpa — añadí torpemente—. ¿Tú y
yo…?
— ¿…no nos hemos visto antes? — completó
él entornando la mirada. Asentí ávidamente—. Yo también siento algo parecido — concedió
de buen humor.
¿El hijo de algún amigo de mamá o papá?
¿Amigo de Candela?
— Oh, ¡tu celular! — Tomé la primera idea
que se me cruzó antes de seguir sonando como una idiota, y me incliné
velozmente para recoger el aparato con los audífonos que probablemente había
dejado caer en el choque.
Se lo ofrecí, y no pude evitar soltar un chillido de emoción cuando vi
el nombre de la canción que estaba reproduciéndose.
— ¿Te gusta este pianista? — exclamé y me
sentí estúpida a los cinco segundos por sonar tan jodidamente emocionada—.
¡Di-digo…! Es que no muchos lo conocen.
— Claro, es uno de mis favoritos. — Qué hermosa sonrisa—. Practico con él;
sus canciones son estupendas.
— ¿Practicas con él? — repetí
sorprendida.
— Es decir, ¡no con él directamente! — me
explicó riendo—. Practico con sus canciones.
— Eso es obvio — agregué con burla—.
Preguntaba si tocas el piano.
— Ehhh, bueno, gracias por dejarme como
un completo imbécil. — Iba a decirle que no quise hacer eso, pero sus
carcajadas me aliviaron: no estaba enfadado.
Cuando tomó el celular sus dedos
rozaron los míos, y un cosquilleo me recorrió de pies a cabeza.
¿Qué es esto? ¿Es eso que llaman “amor a primera
vista”? No lo creo, porque para mí, esas cosas siempre han sido excusas
hipócritas para cubrir con una máscara de idealismo, la típica superficialidad
del ser humano para fijarse solo en la parte física de los demás.
Pero él…este chico no es solo lindo. Es
más, siento como si no me importara el aspecto que tuviera: más alto, más bajo,
más pálido, más oscuro. Inclusive no me importaría si fuera una chica. Es más
como…como si su voz y sus ojos llenos de ilusión bastaran para provocar este
fastidioso revoloteo.
Y además toca el piano.
— Mi nombre es Marcus Leda, ¿no te suena
de algún lugar?
— Mmm, pues…no, lo siento — respondí y
realmente lo sentía de verdad. ¡Yo conozco a este chico! ¡Claro que lo conozco! ¿Pero de dónde…? —. Yo soy Zara Lagares, ¿a ti el
nombre…?
— Mmm. — Elevó la mirada, como
pensándolo, pero después soltó una carcajada —. Lo siento, Zara, me sucede
igual que a ti. Tu nombre me suena y creo que ya te he visto en otro lado,
pero…
— ¡MARCUS! — gritaron de algún lado.
Abrió los ojos entusiasmo ante el
llamado, y después agitó la mano con ánimo.
— ¡Loi, Etel! — ¿Qué?
Giré violentamente y me encontré a las
amigas de Tomas a unos metros.
El chico, Marcus, se despidió con un
cortés “fue un placer conocerte” y después se alejó presuroso. A un par de
pasos gritó “Bellota” y la famosa Sisa Daquel apareció por la entrada de la
escuela, con su mirada ausente y el estuche de su violín sobre el hombro. Se
acercó, saludó a Loi y a la rubia pequeña, y después se tomó más tiempo con
ella. Sentí que la mandíbula se me tensó bruscamente cuando lo vi reír azorado,
y después ofrecerse a cargar el estuche del horrible instrumento.
Sisa
Daquel…
Sé que suena tonto, pero tengo un motivo más para que esta chica
me simpatice menos.
Los vi alejarse por la dirección
contraria. El chico de los ojos grises, Marcus, me hizo un gesto de despedida
con la mano que respondí atolondradamente.
Decidí volver a casa. La exposición de
Dayana Modoya se me acababa de arruinar; no iba a disfrutarla al completo.
Iba a cruzar la pista así que aguardé a
que el semáforo cambiara de color. Una chica vestida de manera muy formal
apareció a mi lado. No le hubiera prestado atención si su largo cabello rubio,
casi plateado, no me hubiera golpeado la
mejilla por la rapidez con la que apareció.
La miré con cara de pocos amigos; ella
se dio cuenta y cuando se
enfocó en mí,
elevé el mentón y cambié la dirección de mi mirada hacia el frente, porque por
lo visto no tenía intenciones de disculparse.
— ¿Otra vez Albania Formerio arruinándolo
todo? — dijo de repente. Giré con brusquedad, pero el semáforo ya estaba en
verde y la rubia muy lejos.
¿Albania
Formerio?
¿Por qué me ha sonado tan conocido?
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Marcus
Salí muy temprano de casa. Está
haciendo algo de frío aquí, en Lirau, pero eso solo me da un motivo más para
salir a caminar. Prefiero el invierno, con su tranquilo y sosegado ambiente
gris, al revoltoso y hostigador verano.
Me quedé un buen rato solo admirando el
mar desde aquí arriba, con la bufanda evitando que la brisa me atacara. Sinceramente,
el bosque con el nombre de Izhi es uno de los lugares más espectaculares en los
que jamás he estado: todo es verde y el silencio solo roto por las olas del mar
le da una increíble aura misteriosa. Tuve mucho cuidado al venir, teniendo
presente las historias que Etel me había contado sobre las voces y los llantos
lastimeros, pero no escuché absolutamente nada. Y eso que hoy estaba haciendo
frío y había mucha neblina, y supuestamente ese era el ambiente oportuno para
oír todas esas cosas que contaban las leyendas.
Me había decepcionado un poco no ser
testigo de nada.
Y hablando de cosas desconcertantes, el
comportamiento del tal Alen Forgeso me ha dejado algo pensativo. Ayer, después
de acompañar a Sisa unas cuadras antes de verla alejarse junto a su bicicleta,
me había topado de casualidad con la figura del tipo ese: alto, cabello marrón,
con una postura demasiado arrogante para mi gusto. Caminaba como si tuviera la
mente en otro sitio, porque terminó chocándose con varias personas algo de diez
veces, y las diez veces se disculpó, ligeramente entorpecido y como fuera de sí
mismo.
Nunca he tenido ningún tipo de adicción
a ningún tipo de sustancia, pero casi juraría que el tal Forgeso andaba drogado
o algo parecido.
Lo seguí con la máxima discreción,
camuflándome entre la gente porque en un momento giró, como sintiéndose
perseguido, pero después volvió a caminar sin rumbo aparente. Finalmente lo vi
bajar con aire ausente hasta la playa
Traté de que no me viera y creo que
tuve éxito porque siguió con su ruta de manera sosegada. Me quedé a varios
metros lejos y fingí contemplar lo que había alrededor mientras se alejaba por
el largo muelle. Se sentó al final, sin hacer ningún otro tipo de movimiento:
no sacó un libro, no estaba escuchando música. Solo estaba ahí, observando al
casi inexistente sol despedirse en el horizonte.
En un momento contesté una llamada de
Abby y despegué mi mirada del muelle. Para cuando volví la vista, ya no lo
hallé.
Regresé a casa una hora más tarde,
repleto de dudas. No sé si lo he imaginado y al final nunca seguí a nadie, o el
tal Forgeso terminó zambulléndose en el mar y he ahí el motivo de su repentina
desaparición.
»— ¡Santo Dios! Estoy empezando a
trazar tantas hipótesis en mi cabeza que podría ponerme a escribir guiones para
películas.
»— Ya, Abigail, deja de ponerte tan
loca.
»— Ok, voy a hablarte de la conclusión
más profesional que tengo, ¿te parece? — Abby sacó sus anteojos de media luna,
se los puso y después me observó con mucha seriedad—. Dejando de lado el hecho
de que a lo mejor el tal Alen es una especie de duende o vampiro, o alguna de
esas criaturas mitológicas que se usan tanto en las novelas de ahora…
Resoplé aburrido y me recosté sobre el
sofá.
»—… ¿quién en su sano juicio se
zambulliría en el mar con el frío que está haciendo ahora? Solo alguien que
está loco, ebrio, o drogado... ¡Tal vez ese chico realmente anda por malos
pasos! — Su voz dejó de lado el tono cantarín y sonó ligeramente alarmada —: Hay
muchas chicas que se empeñan en salir con chicos “malos” porque en el fondo
creen que ellas podrán cambiarlos. Y en casos extremos, ese tipo de relaciones
muchas veces terminan en violencia física y emocional y finalmente ninguna de
las partes es feliz.
»— Abby, ¿crees que Sisa se fijaría en
un chico “malo”? — pregunté con mala cara.
»— Pues ella es tan buena que a lo
mejor la naturaleza busca de esa manera equilibrar el asunto.
Tomé uno de los cojines y se lo aventé
sobre la cara.
»— ¡Cámbiate de Facultad, por favor!
Aún estás a tiempo; no sirves para esto.
»— Cállate, baboso.
»— Yo lo que creo es que Sisa tuvo la
desgracia de fijarse en uno de esos imbéciles que salen con varias chicas a la
vez.
»— ¿Un rompecorazones? ¡Claro, también
podría ser eso! El típico síndrome de “Donjuán” solo es una muestra de
inseguridad y temor a las relaciones formales porque implica la pérdida de
independen…— Y se puso a dar más y más conclusiones raras que ya ni recuerdo.
Bajé la mirada al reloj de mi muñeca.
Había salido a las ocho de la mañana, ¡cómo es que ya era casi mediodía! Me he
quedado en Izhi demasiado tiempo.
Volví a casa con el mismo ambiente gris
rodeándolo todo.
— ¡Marcus, muchacho del demonio! ¡¿En
dónde estabas?! ¿No vas a desayunar?
Crucé el umbral de la casa de mis
abuelos y me encontré con todo el alboroto que implicaba los preparativos para
la boda de la próxima semana. La tía Roberta insistió en que me sentara a
desayunar a pesar de que en un rato ya almorzaríamos.
Pasé rumbo a la cocina, entre los
familiares y amigos que correteaban de aquí para allá. En mi recorrido eché un
vistazo veloz a la sala y me encontré con la abuela Ágata parada sobre un
taburete mientras le medían el vestido blanco que usó años atrás. Mi abuelo,
Demetrio Leda, irrumpió en la estancia diciendo que ya estaba cansado de que le
midieran el traje y desató el caos entre todas mis tías, primas y una que otra
sobrina que gritaban, al borde del colapso, que el novio jamás ve a la novia en
su vestido o si no se corre con el riesgo de tener un matrimonio terriblemente
lleno de mala suerte.
— ¡Pero si ya llevo 65 años junto a ella!
— profirió —. ¡¿Qué puede ser peor que eso?!
— ¡Oh, abuelo!
— Ya, ya, no digo nada. ¡Viejas locas! —
Y salió rumbo a la otra habitación. Antes pasó a junto a mí y me palmeó los
hombros—: Hijo, es por esto que es mejor quedarse solo; después olvidan que
eres una persona y te tratan como el “accesorio de la novia”. — Le digo que no
es así pero me interrumpe con una carcajada —. Ya verás hijo, ya verás.
Qué bueno que la casa de los abuelos es
enorme, porque en este momento somos más de diez personas ocupándola.
— Oye, Marcus, hoy también viene Sisa,
¿verdad? — me pregunta Joseph cuando llego a la cocina. Es mi primo, tiene
veinte años, pero a veces parece de diez.
Está sirviéndose el desayuno y trae
toda la pinta de haberse despertado hace unos minutos.
— Sí, pasaré por ella a la escuela.
— ¿Y cómo vamos? ¿Hay progresos? — Abigail
tiene la culpa de que todos en la familia sepan sobre mi asunto con Sisa. Saco
la mermelada y la mantequilla del refrigerador y finjo no escucharlo —. Mmm,
silencio lastimero. Eso es un “no”, ¿verdad? ¿Ya la besaste? Digo, otra vez;
porque cuando fueron novios supongo que sí.
— ¿Besarla? No, aún no. Sería ir
demasiado rápido.
— Pues a algunas chicas les gustan los
chicos avezados — apuntó con suspicacia.
— Ya, pero Sisa no está para eso ahora.
— ¡No me digas…! ¿Hay otro? ¿Un
pretendiente? ¿Otro ex? — exclama espantado.
— Síp, un tal Alen Forgeso. Parece que
aún no lo supera. — Genial, Estefan acaba de entrar a la cocina y a la charla
también.
Voy a matar a Abigail porque de seguir
así, la cuadra entera va a terminar enterándose de mi vida amorosa.
— Ya cállense — resolví y me senté a
disfrutar de mi desayuno.
— Ok, Marcus, por lo visto quieres jugar
limpio, ¡y yo respeto eso! Pero nunca está de más un consejo. — Elevo las cejas
ante la voz llena de optimismo de Joseph—. Tal vez sea poco honesto el querer
atacar cuando la chica en cuestión se encuentra devastada; pero en términos de
Psicología, ella ahora está en un duelo emocional que necesita ser superado a
como dé lugar. Y si lo ponemos aún más objetivo, pues cualquiera que entre a
ser un apoyo estable podría terminar convirtiéndose en una pieza clave en caso
de que ella quiera iniciar una relación nueva en el futuro. En palabras
sencillas: ¡tigre, es momento de atacar!
— ¿Has hablado con Abby? — pregunté
fastidiado ante el rugido mal hecho.
— ¡Sí! ¡Y toda esa teoría emocional ayuda
tanto! Si todo va como espero, el día de la boda de los viejos yo también
traeré novia, ¡jojo!
Rodé los ojos al verlo bailar
entusiasmado.
— Apresúrate, primo. Falta poco y tú
volverás a Libiak. ¿El otro chico vive aquí? — Me limité a masticar mi desayuno
y no respondí, pero Abigail entró a la cocina como un huracán y exclamó que sí —.
¡No, Marcus! ¡Debes apresurarte! El otro va a quedarse aquí y tiene mucha
ventaja para quedarse con tu damisela.
— ¡Ves! ¡Yo también le he repetido lo
mismo! — chilló la loca que tengo por hermana.
— Y yo — puntualizó Estefan mientras
hacía gárgaras con té y limón para “la voz” según él.
Quise comerme mi propia cabeza a ver si
así dejaba de escucharlos.
— ¡Tienes que actuar ya! — exigió Joseph
con energía. Solté un bufido aburrido —. Solo agárrala por la cintura — tomó a
Estefan que me miraba con ese mismo ardor de “apoyo incondicional de primo”—,
la miras a los ojos y simplemente le dices: “Sisa Daquel, así como tocas el
violín, quisiera que me tocaras a mí…”.
— ¡Ah, por favor! Cállate ya, Joseph —
pedí asqueado.
— ¡Quiero ser violín! ¿Lo comprendes?
¡PORQUE TE AMO, MI ÁNGEL! TE AMO CON DEMENCIA Y PASIÓN DESBORDANTE, TE AMOOOO.
— Oh, Marcus, yo también te amo. Sé mi
violín… ¡BÉSAMEEEE! — soltó Estefan con la voz ridículamente aguda, y después
se pusieron a bailar un vals completamente descoordinado en toda la cocina.
— Bueno, la escena debe tener ese mismo
nivel de emoción; aunque tal vez podrías quitarle algo de volumen, porque la
declaración de Joseph se ha escuchado por lo menos hasta Saturno — comentó Abby
con mucha seriedad. Volteó a verlos y como ahora intentaban hacer cargadas, muy
al estilo de bailarines profesionales, estalló en carcajadas.
— Gracias. Ya terminé — anuncié. Lavé mi
taza y me perdí escaleras arriba, pese a las protestas de ese trío que repetía
que yo era demasiado “pasivo”.
Abby, Estefan, Joseph y todo el mundo pueden
insistir en que vaya más rápido, que es el momento adecuado para ofrecerle un
hombro para llorar a Sisa y “aprovechar” su vulnerabilidad. El asunto es que no
puedo hacerlo: más que novios Sisa y yo fuimos amigos, y aún lo somos; y como
amigo suyo, cuando le digo que puede llorar todo lo que quiera conmigo no lo
hago por “futuras recompensas”, sino porque ella realmente necesita
desahogarse. Y si está en mis manos ayudarla, claro que voy a hacerlo.
No voy a negar que el primer
pensamiento que se me cruzó por la cabeza cuando la encontré ahí, besándose con
el tal Forgeso, fue el plantarme y sacarla de sus brazos. Pero no me moví, solo
me quedé observando una de las escenas más dolorosas de toda mi vida. Y cuando
él se alejó y ella rompió a llorar, comprendí que me dolía más verla sufriendo.
Aún no comprendo que ha sucedido entre
ellos, pero algo que me dejó un poco desencajado fue que el propio Forgeso
parecía afectado cuando se alejó de ella. Lo vi besar casi con adoración un
mechón de su cabello antes de perderse entre los árboles del fondo, y eso me
dejó el horrible pensamiento de que él realmente la quería.
Pero eso no se lo dije a Sisa. Sentí
que hacerlo hubiera sido como arrojarla a sus brazos.
»— Cuando algo lastima demasiado…es
mejor dejarlo ir, Bellota.
»— Es que no…no sé cómo detenerlo,
Marcus — me respondió llena de desesperación—. ¡Porque siento que lo quiero
tanto…!
Algo se partió dentro cuando la oí
decirme eso. Sus “lo quiero tanto” sonaban tan llenos de sinceridad que me
bastaron para comprender que en la carrera Forgeso llevaba la delantera. Y por
mucho.
»— Te creo, Sisa; pero antes debes
pensar si todo lo que sientes por él te ayuda a ser mejor, o solo te lastima.
Si es lo segundo, entonces el cariño que sientes por él no es el adecuado,
Bellota. Tal vez…no funcionaría…
Me observó llena de angustia y después
lloró más. Me limité a abrazarla mientras ella repetía que lo sentía, que
sentía mucho hacerme esto y yo le resté importancia porque en ese momento sentí
que el Marcus “que buscaba reiniciar lo que tuvo con ella”, tenía que dejar
pasar al Marcus “soy tu mejor amigo”.
Sisa Daquel había sido casi como un
sueño para mí en Asiri, y aún lo era. Pero más allá de que ella en este momento
centre toda su atención en otro, lo que me fastidia más es que ese “otro” la
hiera tanto. Es por ese mismo motivo que estoy dispuesto a no retroceder: me
queda algo de una semana y un par de días en Lirau, y aunque siento que la
respuesta Sisa ya me la dio ese día, mientras lloraba en mis brazos, igual voy
a luchar. Porque si no arriesgo ahora, ¡entonces cuándo! Cuándo…
A las dos en punto salí por ella. Me
había dicho que podía llegar sola a casa, pero me gustaba recogerla de la
escuela. Mis tíos se estaban encargando de llevarse a mis abuelos para que
tuviéramos la casa disponible para el ensayo. Ignoré los vítores de Estefan y
Joseph, y cerré la puerta.
En el recorrido me choqué con una chica
de cabello corto. Pensé que la había lastimado cuando la ayudé a ponerse de pie
porque se veían sumamente delgada y pálida. Y cuando vi sus ojos oscuros, tuve
la ligera impresión de que no era la primera vez que la veía.
— Yo soy Zara Lagares, ¿a ti el nombre…?
— Mmm. —
Zara Lagares. Sí, Zara…claro,
el nombre me parece muy conocido, pero no logré ubicar de dónde—. Lo siento,
Zara, me sucede igual que a ti. Tu nombre me suena, y creo que ya te he visto
en otro lado, pero…
— ¡MARCUS! — Loi y Etel salieron de la
escuela, y me saludaron con efusividad. Me despedí y me acerqué a ellas rápidamente.
Bellota salió unos minutos más tarde:
se había quedado charlando con un profesor. Me saludó y me regaló una sonrisa
tímida que me llenó de demasiadas cosas.
Cielos, realmente quiero a esta chica.
Iríamos a la parada de autobús para
acompañar a Etel, pero antes volteé casi a modo de reflejo. La chica, Zara,
seguía allí, pero noté cierta indiferencia en su mirada. Me despedí agitando la
mano y me respondió de igual manera.
¿De dónde conozco a esta chica…?
— ¿Eh, Marcus? ¿Conoces a Zara Lagares? —
me preguntó Etel con curiosidad.
Les conté el reciente encuentro y
comprendieron.
— Parece que estaba de buenas — comentó
Loi elevando una ceja—. Una vez me choqué con ella, y…
— ¡Fue casi como un choque de egos! —
exclamó Etel riendo—. Una decía: “me debes una disculpa”, y la otra rebatía:
“no, me la debes tú”, y así. Si Tomas no llegaba se hubieran matado; Zara a
veces es algo “especial”.
— ¿En serio? A mí me parece muy tranquila
— añadí con sorpresa.
— ¿Tranquila? ¡Ja! Como se nota que
acabas de conocerla. Es algo gruñona, y se pasa la mayor parte del tiempo
malhumorada.
Volteé a ver a Sisa para confirmar las
palabras de Etel y Loi, y ella se encogió de hombros:
— No la he tratado mucho, así que…
— Entonces no debe tener muchos amigos —
comenté al aire.
Por inercia volteé, como esperando
encontrarla pero no la vi.
Está
sola…
Igual que yo antes de conocer a
Bellota.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¿Qué dices?
— ¡Digo
que Cloe lo único que hace es hablar de Danny Zuko, y no sé por qué si yo soy
muchísimo más guapo!
— Ay,
Joan, no me vengas con comparaciones infantiles — oí a Cloe, la novia de mi hermano a
la que aún no había tenido el placer de conocer en persona.
La vez pasada hablé con el abuelo y me
comentó que era una chica de lo más simpática y agradable.
— ¿Para
qué quieres a Travolta si me tienes a mí? — Solté una carcajada ante la
observación de mi hermano y después le dije que siguieran con su tarde de
película.
Escuché que la puerta de entrada se
abrió y la voz de mi abuelo resonó:
— ¡Muchacha,
qué sorpresa! Le ofreciste algunos bocadillos, ¿verdad, hijo?
— Sí,
viejo. Relájate.
— ¿Qué
es eso? ¿No es la película cantada? ¿Esa que le gustaba a la loca de tu abuela?
— Sí,
abuelo, Grease. Ven, siéntate, pero no intentes cantar los temas. — Mi estado de ánimo mejoró muchísimo
gracias a las voces animadas. Joan me pasó al abuelo, charlé con él sobre la
escuela y la práctica de mi canción para Gaib Art.
— Por
cierto, Cachorra, ahora que lo mencionas, no he escuchado la canción con la que
vas a presentarte. ¿No te parece una falta de respeto para tu abuelo?
— La próxima vez que viaje para allá la
tocaré solo para ti. No te enfades, por favor.
Aceptó mi propuesta y después, entre
otras cosas, le comenté que por primera vez en la vida tocaría en una boda. Me
preguntó que “cómo estaba eso” y le conté sobre la renovación de votos de los
abuelos de Marcus.
— ¿El
niño aguja y de las gafas enormes? ¿Pero qué hace en Lirau?
— ¡No le digas así, abuelo! — exclamé
como antaño y él soltó una risotada. Joan gritó en son de broma que “Petra
viajaría a Lirau”.
Ambos querían venir por mi cumpleaños,
pero Joan entraría a exámenes y el abuelo no iba a sentirse cómodo en la casa
de Gisell. Le dije que no pasaba nada, que cualquier fin de semana la que se
daba una escapada para allá era yo, y después me preguntó si quería algo por mi
cumpleaños.
— No te preocupes, abuelo.
— Vamos,
hija, ¿no quieres nada?
— Mmm, bueno, tal vez un juego de cuerdas
nuevas— lancé la primera idea que se me cruzó por la mente.
Realmente no había pensado en obsequios
por mi cumpleaños, así que…
— ¡Ya
sé! ¿Qué tal un estuche nuevo?
— ¡Oh, eso sería estupendo, abuelo!
Mi estuche ya llevaba años y cambiarlo
sería una gran idea.
— Listo,
y de ahí ya me encargaré yo de alguna que otra sorpresa.
— No es necesar…
— ¡Chitón, señorita!
Me despedí de él, de Joan y de Cloe, y
después colgué, contenta: siempre que hablo con el abuelo y mi hermano las
cosas se sienten más bonitas.
— ¿Un juego de cuerdas nuevas? — preguntó
Gisell desde la cocina—. No crees que es poco cortés pedir los regalos, por muy
cumpleaños que sea.
Solté un suspiro y preferí no decir
nada. Iba a subir a mi habitación a hacer cualquier cosa para pasar el sábado,
pero su voz me detuvo.
— ¿Alcides va a venir por tu cumpleaños?
— Ehh, no, tiene cita con el cardiólogo —
improvisé rápidamente.
— Ah, qué bueno. — Soltó con un
resoplido—. Joan no va a venir porque está en clases, y tenerlo de visita solo
a él como que… — La miré, tratando de no verme demasiado disgustada por sus
palabras—. Alcides ya está algo mayor, y nadie podría atenderlo si está de
visita en la casa. Corín en la escuela, yo en el trabajo…
— ¡El abuelo aún está muy joven! —
repliqué harta de su horrible trato con él—. Y si se trata de que lo atiendan,
¡hubiera estado yo!
— Cuidado, niña, estás olvidando que esta
no es tu casa. — Ok, no había forma de rebatir eso —. Por cierto, he notado que
has estado saliendo demasiado. Sales temprano de casa y llegas después de las
ocho de la noche. ¿Qué haces tanto tiempo en la calle?
— Practico con el violín — respondí
escuetamente.
— ¡¿En la calle?! — exclamó
escandalizada. Quise responderle: “¿en dónde más?”, pero preferí guardar
silencio—. ¡Cómo es posible! ¿Y no te da miedo que te confundan con esos
artistas callejeros que tocan esperando ganar los centavos para la cena?
— No, porque esos artistas se llevan el
pan de cada día haciendo algo tan increíble como música — respondí con fiereza.
Gisell entornó la mirada; noté que
empezaba a enfadarse.
— Mira, jovencita, ya vas a cumplir
dieciocho y ahí podrás hacer lo que se te dé la gana; pero aún no los cumples,
así que exijo un poco de respeto. El hecho de que te hayas inscrito a ese
absurdo examen de música, prueba que no tomas en cuenta mi posición como
tutora; en lo absoluto. — Tragué despacio, intentando prepararme para lo que me
soltara porque el tono no pintaba nada bien—. Y ya que te sientes muy
independiente, tal vez sea bueno que busques qué hacer cuando se acabe el año,
porque ni bien finalices la escuela a lo mejor te pido que dejes esta casa.
Silencio.
A decir verdad, ya estaba preparada,
desde hace mucho, para un anuncio de esa magnitud. Es más, el cumplir dieciocho
también simbolizaba para mí el desligue completo de Gisell y Corín; pero era la
primera vez que lo ponía en palabras tan concisas y me había resultado algo
violento.
Apreté los puños con discreción y
asentí levemente. Se dio la vuelta y yo aproveché para subir a mi habitación.
Por un instante la idea de irme ahora
mismo me relampagueó la mente, pero después pensé mejor las cosas. Salir de
casa implicaría el preocupar al abuelo y a Joan. Tampoco puedo simplemente irme
a Asiri porque ya estamos casi iniciando los últimos meses, y perder el año
sería estúpido. Solo tengo que quedarme aquí, hasta diciembre, y después ya
pensaré bien que hago si no logro ingresar a Gaib Art.
Vaya, he estado tan ocupada pensando en
Alen, en Albania, en los Phaxsi, en
Marcus, que había olvidado por completo que mi situación en casa no es tan
normal como para otros.
Y
hablando de él…
El viento no ha vuelto a susurrarme,
así que no pude comprobar si Amber estaba en lo cierto cuando dijo que a lo
mejor Alen venía a visitarme en secreto.
Saqué los libros de la escuela y
terminé de hacer todas las tareas que tenía para la semana. Ahora que me pongo
a pensar, antes de conocer a Alen mi vida se reducía a hacer los deberes y
practicar con el violín. Y si no lo hubiera conocido, actualmente estaría
practicando para lo de Gaib Art con más empeño, y tal vez… tal vez planteándome
el regresar con Marcus.
Amber tiene razón, hay algo muy extraño
en todo esto de querer a otra persona; porque a pesar de que he puesto las
cartas sobre la mesa y he visto lo que “pudo” ser mi vida sin haberlo conocido,
no me arrepiento de haberlo hecho; ni sabiendo que tal vez decida trasladarse a
otra vida y no vuelva a verlo jamás.
Ayer, después de que terminara mi
ensayo con Samin regresé a casa y cuando estaba en mi habitación, después de
cenar, Tarek apareció tan repentinamente que por poco y suelto un grito,
espantada.
»— Tranquila, Bellota, ¿aún no te
acostumbras? — me preguntó divertido. Le dije que me diera un par de segundos
para recuperar el corazón porque sentía que se me había escapado por la boca de
la impresión.
Me dijo que acababa de tener una
plática interesante con Loi y que estaba aquí para hablar sobre eso conmigo.
»— ¿Sobre qué?
»— Bellota, ¿crees que sería mejor que
Alen sea trasladado a otra vida? — lanzó de pronto y me quedé completamente
muda.
Tarek me observó con tranquilidad y
soltó un suspiro:
»— Alen y Hethos han tenido ciertas
conversaciones de las que no he podido ser partícipe porque han estado usando
un dialecto exclusivamente angelical. Creo que con eso me dejaron en claro que
el asunto era “privado”.
»— ¿Crees que haya decidido irse? — le
pregunté. Y traté de sonar calmada, muy calmada, pero Tarek ya había levantado
una mano y me sobaba la cabeza con afecto.
»— No lo sé, Bellota. Y estoy en una
encrucijada porque si Alen se va, no estoy seguro de lo que haré. Tal vez…esta
vez no vaya tras él.
»— ¿Qué? — Sabía perfectamente la
historia de Alen y Tarek: siempre que el primero era trasladado, el segundo se
encargaba de buscarlo. ¿Entonces…?
»— Trasladarme a otra vida significaría
dejar a la princesa, Bellota. Y no es lo mismo que transportarse a diferentes
lugares, porque así podría regresar cuando me venga en gana. Trasladarme a otra
vida implicaría no poder retornar a esta, y no cuento con la seguridad de
encontrarme con ella en la siguiente.
»— Tarek…
»— Este es el odioso momento en el que
tienes que escoger entre tu mejor amigo y la chica que quieres, y no es
sencillo — me dijo con una sonrisa apagada—. Le comenté esto a Alen, a ver si
conseguía alguna ventaja al respecto.
»— ¿Y qué…? ¿Qué te dijo?
»— Me dijo que si soy inteligente
escogeré a Loi. — El pecho se me contrajo: no…—.
No quiero que se vaya solo, pero la princesa… ¡Mierda! ¡Los odio a ambos! ¿Por
qué me ponen en esta situación?
»— Tranquilo, Tarek — le dije y palmeé
su espalda cuando se sentó sobre mi cama.
En este momento él había venido
buscando consuelo, así que no era justo que yo terminara buscando el suyo.
»— Gracias por escucharme, Bellota —
añadió después de los largos minutos que estuvo contándome cuánto estimaba a
Alen, y como sentía que se moría de amor por Loi —. Lamento que lo de ustedes…
»— Ni lo menciones — lo interrumpí
antes de que continuara. Hablar de Alen solo provocaba que la cabeza me ardiera
por las batallas constantes que tenía con mi corazón—. Es mejor que se vaya,
¿verdad?
Se quedó en silencio por unos segundos
y después asintió:
»— No me gusta la idea, pero los Phaxsi son peligrosos, Sisa: que lo
hayan marcado ya de por sí es de cuidado. Además, también se corre con el
riesgo de que pueda colapsar: la esencia de ángel y humano podrían llegar a un
punto de incompatibilidad irrefrenable, sus alas intentarían salir… Cielos, hay
tantas cosas. — Soltó un suspiro, agotado—. Si Alen no va a poder con todo, lo
mejor es que inicie de nuevo…en otro lado.
En
otro lado…
Me presioné los ojos antes de que ese
horrible ardor se transformara en otra cosa y decidí ponerme a practicar. Tomé
el estuche de mi violín, las partituras, y bajé corriendo por las escaleras.
Gisell gritó que ya era muy tarde, pero
apenas eran las siete y era sábado.
Tomé la bicicleta y pedaleé con toda la
fuerza que tuve. No llamaría a Samin: por ahora quiero practicar sola.
El viento ayudó a secarme las lágrimas.
Tocándome, pero no dejándose tocar.
Se va a ir. El ángel de los ojos
preciosos se irá… Alen se irá, dejando todo atrás.
Dejándome
atrás.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Amber
— Samin.
Cerré la puerta tras de mí y lo
encontré tirado sobre la alfombra, boca arriba.
— Samin… — lo llamé de nuevo. Sus ojos
verdes parpadearon, enfocándose en el foco enorme de la habitación, y después
se puso de pie con tanta rapidez que hasta a mí me sorprendió —. ¡Samin,
háblame! ¡Sabes que detesto que te quedes en silencio!
Hay veces en las que se queda así, como
en otro mundo, y no sé si preocuparme o no.
— Ya viene. Ponte algo que abrigue; creo
saber lo que va a decirme y a dónde iremos.
— ¿Qué? — exigí, pero ya había ido y
retornado de mi habitación con una chaqueta, una bufanda y guantes afelpados—. ¡Samin!
— Tu temperatura corporal es baja, ¿o no?
— me reprendió, obligándome a meter los brazos en las mangas. Asentí—. Entonces
deja de quejarte y compórtate como una buena chica.
— ¡No soy un perro, maldita sea! —
proferí ante la calma. Me obligó a vestir los guantes blancos y cuando estaba
casi asfixiándome al ponerme la bufanda alrededor del cuello, sentí que algo
semejante a un zumbido llenó la habitación.
Entonces una voz que acariciaba los
oídos llenó todo:
— Nanael, miembro de los hermanos ángeles, perteneciente al rango de los
Custodios, ex portador de la severidad y el castigo, antiguo candidato para
señor de los ejércitos y cabeza de la jerarquía de los ángeles de la
destrucción, denominados Phaxsi en la
lengua común. Único en su clase, y actualmente sentenciado con la condición de calehim: traigo parte de tu encargo.
Me quedé de una pieza cuando comprobé
que el que había hablado era un pequeño colibrí con plumajes de color dorado
intenso. Entonces con un “ploc” la pequeña ave explotó y adoptó otra forma: parecía
un joven de piel dorada, mirada adormilada, y alas y extremidades de pájaro en
vez de brazos y piernas.
Momento, esta figura…
— No jodas, ¡¿es Qinaya?! — pregunté
sorprendida hasta el último pelo.
¡Ningún demonio (o bueno, que yo
conozca) jamás ha visto en persona al Sueño!
Samin no me contestó, simplemente se
limitó a tomar la pluma dorada que Qinaya le ofreció de sus propias alas, y
ambos tuvieron lo que yo llamaría “una plática en mudo”.
Segundos más tarde asintió satisfecho.
— Muchas gracias, Drol Qinaya — dijo
empleando el prefijo que se usaba ante cualquier creación del Todo que poseyera
una naturaleza muy elevada. El Sueño y
Kohn, el guardián del Tiempo, por ejemplo, merecían a ojos cerrados dicho
prefijo. Samin prosiguió —: La información que me has proporcionado va a ser de
muchísima ayuda.
— ¿Qué…? ¡Pero…! — Qinaya volvió a su
forma de colibrí, y desapareció tal y como había llegado. Me sentí más estúpida
que nunca—: ¡¿Qué más me ocultas, Nanael?! ¡Creo que por un poco de respeto,
por lo menos deberías informarme sobre tus vínculos! Sabía que conocías a Kohn,
¡¿pero también a Qinaya?!
— Apresúrate, Amber. Ya estás abrigada
así que no habrá problema.
— ¿De qué estás hablan…? ¡Samin! —
protesté cuando me tomó por la muñeca y nos transportamos a otro lado. Le di un
empujón violento, y cuando estaba por cantarle sus cuatro verdades, la nieve
helada me cayó sobre el rostro.
¡Mierda! ¡Qué frío!
— ¿Dó-dó-d-dónde esta-ta-tamos?
Evidentemente estábamos en alguna parte
del mundo en la que hacía muchísimo frío ¡y apenas estaba atardeciendo! ¡Santo
cielo, voy a perder los dedos de los pies!
Si fuera demonio completo, el frío no
sería problema alguno gracias a algún martirio de abrigo.
— Qinaya ha tenido la amabilidad de
ayudarme con esto, así que no debemos desaprovechar la oportunidad. As Thaya — invocó y se ocultó de ojos
humanos: no entendí por qué, pero hice lo mismo rápidamente.
Ingresamos al enorme edificio de en
frente. Ni bien cruzamos las puertas de cristal, comprendí que se trataba de
una clínica: ese lugar donde los humanos tratan a sus humanos enfermos.
— Samin, ¿por-por por qué estamos a-aquí?
— pregunté más relajada: hacerme incorpórea evitaba que el frío me atacara tan
bruscamente, pero aún lo sentía.
Subimos por el ascensor hasta el
treceavo piso, y después salimos entre el ambiente lúgubre de personas que
aguardaban con gestos de tristeza y cansancio en la sala de espera.
— Qinaya ha tenido la amabilidad de
encontrar a Zihin por nosotros, Amber.
— ¡¿Qué cosa?! — chillé con los ojos
abiertos de par en par. Samin me sonrió—. ¡Eso significa…!
— Sí, tú serás mi oyente. Así que, por
favor, tienes que estar muy atenta. — ¡Pero
por supuesto! —. ¿Ves a la pareja de humanos de allá? — Asentí—. Llevan
tres años viniendo todos los días a visitar a su hijo que cayó en coma después
de un accidente.
Sentí un nudo en la garganta cuando el
hombre acarició con dulzura la mano de la mujer: ambos se veían tan agotados.
— Y hoy, por fin, van a verlo despertar. Si aún
pudiera alimentarme de emociones, esta sería una oportunidad perfecta: van a
estar tan contentos.
— ¿Cómo sabes que su hijo va a despertar?
¿Acaso…?
— Qinaya encontró a Zihin en el lugar
menos esperado, Amber.
— ¿Cómo?
— Zihin lleva durmiendo en la mente de
ese muchacho exactamente el mismo tiempo que él ha pasado en coma. Por lo
visto, le resultó un lugar bastante cómodo para reposar.
Cruzamos por algunos pasillos y
finalmente llegamos a la habitación 1312. Ingresamos con cuidado para evitar
asustar a Zihin en caso de que se percatara de nuestras presencias.
— Vaya, el lugar se siente tan…
— ¿Silencioso? — Asentí—. Un lugar ideal
para dormir, ¿verdad? Aunque el ambiente de hospital no entra en mis favoritos.
Hay tanta pena y sufrimiento cuando se trata de humanos enfermos…
Me acerqué a la única cama de la
habitación: el chico parecía no tener más de quince años. Estaba pálido y con
un respirador colaborando con el trabajo que debían hacer sus pulmones.
Samin tomó una bocanada de aire y me
pidió estar atenta. Después lo oí murmurar un gozo: un refuerzo para el salmo
de camuflaje, por si las dudas.
La habitación adquirió un blanco
pulcro; todas las entradas desaparecieron: no puerta, no ventanas. Solo
estábamos Samin, el chico inconsciente en el lecho y yo.
— Zihin, muéstrate ante mí. Quiero hablar
contigo.
El muchacho se removió un poco ante las
palabras y segundos más tarde una pequeña esfera emergió de su frente. La bola
brillante se elevó lentamente hasta adquirir un tamaño más grande a cada
segundo. No pasó mucho para que la silueta de alguien que dormitaba acurrucado
se viera.
La burbuja explotó con suavidad en
pequeñas gotas, y después nos encontramos cara a cara con Zihin.
Ohhh…
Es la primera vez que veo a un Aliter en vivo y en directo. Sabía que
habían nacido de la somnolencia del Todo, pero nunca había visto uno. Tenía la
piel sumamente pálida, y el cabello cortísimo y de un blanco tan intenso que
lastimaba la mirada. Traía una vestimenta muy sencilla, en tono negro.
Pero lo que más me sorprendió fueron
sus ojos. Cuando los abrió con lentitud, me encontré cara a cara con todo el
cielo estrellado.
— Nanael, el ángel de la severidad y el
castigo que viene siendo “castigado” — comentó con voz suave y burlona—. ¿Cómo
y por qué has venido a sacarme de mi cálida morada?
— Zihin, he venido ante ti, con
conocimiento de tu nombre y tus facultades, para solicitar un favor.
— ¿Respuestas? Ya sabes que no poseo la
Verdad Absoluta, y que mis servicios no son gratuitos.
— No quiero respuestas, solo quiero que
leas lo que hay en mi mente.
Me quedé expectante cuando vi en los
iris negros una chispa de sorpresa.
— Si no quieres respuestas…eso significa
que yo no quiero pagos — concluyó uniendo premisas. Samin asintió y Zihin soltó
un bostezo para después suspirar con pesadez —: Comprendo lo que estás
intentando hacer, Nanael. Pero tienes razón: no estás violando los parámetros
de tu sentencia, y sabes mi nombre así que repetiré cada palabra e imagen que
vea en tu cabeza.
Samin bajó la cabeza en un gesto de
gratitud. De manera veloz repetí su movimiento.
— Amber, por favor, escucha atentamente —
me pidió: está nervioso, tal vez también algo emocionado.
Cielos, ¡parece que lo conseguimos!
Después de tanto tiempo ¡parece que por fin hemos llegado a la meta!
— Lucha de poderes — inició Zihin, y
presté toda la atención del mundo—. La ficha principal es el otro calehim, Alen Forgeso, ex portador de la
pureza excelsa. Los dos fueron diseñados para protegerla, y solo ambos tienen
el poder para destruirla.
Samin asintió, y cuando sus ojos se
tornaron brillosos supe que realmente estaba agradecido. Me conmovió verlo así
de trastocado.
— El plan final ha sido cambiado, pero
resultará muchísimo más sencillo: si alguien que amas sufre, entonces es más fácil
manipular tus acciones. Vaya, veo una gran cantidad de nombres de hermanos
demonios involucrados en esta idea. No sé ni por dónde empezar.
— Amber…
— Lo estoy recogiendo todo, Samin, no te
preocupes.
— No hay marcha atrás cuando se trata de
la muerte. Es algo que el calehim debe
comprender. —Zihin cerró los ojos y después sonrió fascinado—. Veo imágenes.
Hay una carretera, un auto…
— ¡Amber!
— Tranquilo, tranquilo. Estoy escuchando
— le dije tomándolo por la muñeca.
— Todo está oscuro, es la noche humana y
la carretera es larga. En medio del panorama aparece la figura de una chica.
Cabello marrón, estatura mediana… oh, ya sé: se trata de la famosa Sisa Daquel.
Y también hay una luz… — Guardo con cuidado cada una de las palabras que brota
de los labios de Zihin—…veo dos rostros sorprendidos por su presen…
— ¡¿Qué tal, Nanael?!
¿Qué?
La voz de Berith retumbó de la nada en
la habitación. Pensé que lo estaba imaginando, pero cuando oí la macabra
carcajada comprobé que acabábamos de ser descubiertos.
Y lo que fue peor: Zihin nos miró, sin
comprender, para que segundos después una enorme guadaña lo partiera por la
mitad.
Yo misma vi como su cuerpo terminó
abriéndose, desde la punta de la cabeza hasta los pies, y después la espesa
sangre recorriendo los pulcros trajes.
— ¡No! — grité y en ese momento Samin me
tomó por la cintura y me jaló hacia atrás.
La guadaña estuvo a punto de rebanarme
ahora a mí.
— ¡Oh, pero miren a quién tenemos aquí!
¡La traidora! ¡Gremory! — gritó Berith. Lo último que vi antes de que Samin nos
transportara de la habitación fueron los ojos sorprendidos del muchacho que
acababa de despertar, y a Zihin que empezaba a regenerarse y después
desapareció con los ojos a punto de cerrársele. Tal vez en búsqueda de una
nueva morada.
Rayos, ya no nos sirve: dormirá quién
sabe cuánto tiempo.
Aparecimos en un campo abierto. La
inmensidad de la noche nos recibió en medio de la nada.
— ¡Asquerosa traidora! Hace tanto que no
te veía. — Parpadeé bruscamente cuando los ojos rojos y la guadaña sostenida
por la mano con piel de leopardo apareció—. ¿Quieres que termine lo que no pude
la vez de tu anunciación?
— Voso — murmuré sin aliento.
Había sido el magistrado en mi
anunciación, y es bien sabido que todo magistrado que pierde la oportunidad de
matar a un declarado errante, casi vive solo para reivindicar su error.
Samin se puso delante de mí.
— ¡Yo puedo defenderme sola!
— No hemos venido a pelear, Amber.
Tranquilízate, por favor. — Quise protestar, pero me miró con severidad—. Sabes
bien que su arma tiene el poder de matarte. No te expongas.
— El calehim
y la errante viviendo su historia de amor en el Mundo terrenal. Ay, ¿puedo
morirme de la emoción? — Berith apareció junto a Voso y soltó una carcajada—:
¿Qué creíste, Nanael? ¿Que simplemente ibas a moverte sigilosamente porque toda
tu existencia está bloqueada a cualquier mirada, inclusive la mía?
— No sé de qué estás hablando — contestó
con serenidad.
— No soy solo yo detrás de Forgeso. Hay
todo un comité dispuesto a buscar maneras para conseguir lo que tanto
anhelamos. Y tranquilo, no tocaremos a la errante, tu mascota…
— ¡No soy su mascota! — bramé llena de
rabia.
— …porque queremos un juego aún más
divertido. Vamos a ganarte sin muchas vueltas, Nanael. No tengo ni la menor
idea de lo que tengas en esa jodida cabeza, pero si vas a intentar inmiscuirte
en nuestros planes, lamento informarte que no va a ser nada sencillo.
— No estoy jugando, Berith. Yo solo estoy
aquí, cumpliendo mi sentencia — rebatió Samin en una perfecta muestra de “no
saber nada”.
— ¿Crees que soy tan imbécil como para no
darme cuenta de que tramas algo? No puedo ver nada del futuro que te rodea,
pero si estabas buscando charlar con un Aliter
por algo será, ¿no crees? — Pude sentir la tensión dispersándose en el
cuerpo de Samin. Berith sonrió —: Solo quiero decirte que voy a encargarme de
cada uno de los Aliters que hay en
este mundo, si es que los hay. Así que lo que sea que estés planeando, mejor
tómalo como fracaso fehaciente.
Berith desapareció a los pocos
segundos; Voso le siguió los pasos, evidentemente fastidiado por no haberse
enfrentado a mí. Nos quedamos en silencio, en medio del inmenso campo abierto.
— Mierda — murmuró Samin frustrado.
Lo oí soltar un suspiro: se puso de
cuclillas y cerró los ojos con impotencia.
— Siempre que estamos a un paso, tiene
que suceder algo y ¡todo se va a la mierda!
— Samin…
Se quedó en silencio por unos segundos.
Preferí no decir nada porque sabía que necesitaba pensar con claridad; pero se
puso de pie rápidamente, como impulsado por un resorte.
—
Vámonos.
—
¿A…a
dónde?
—
A
casa. No puedo darme el lujo de perder tiempo. — Intenté decirle que no había
problema en tomarse unos segundos para relajarse, pero me tomó por la muñeca y
retornamos a Khilari.
Se quitó con brusquedad la chaqueta y
se arremangó la camiseta. Tomó el marcador y empezó a escribir rápidamente
todos los salmos que se le ocurrían en la pared.
Lo miré en silencio, acongojada.
Samin nunca se enfada por completo,
tampoco ríe ni llora. Siempre toda emoción que lo embarga es a medias. Nunca es
completamente sincero consigo mismo; vive oculto bajo una máscara de serenidad
absoluta y eso no es sano.
No es sano porque es mitad humano, y
guardarse todo eso podría arruinarlo.
— Los Phaxsi
también podrían venir por ti si no equilibras tus emociones — dije al aire.
El recorrido del marcador se detuvo:
— Tengo que darme prisa, Amber.
— Samin…
— Enfadándome o frustrándome no
conseguiré nada.
— ¡Sí, pero…!
El desliz del marcador volvió y con eso
supe que la charla había concluido.
Él siempre es tan distante…
…tal y como cuando su único nombre era Nanael.
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