Noches de insomnio | Capítulo 21: Noche XXI
Capítulo 21 | NOCHE XXI
Sisa
Oficialmente era domingo y ya llevaba horas con
dieciocho años a cuestas. El abuelo y Joan llamaron para saludarme muy temprano
y más tarde Loi, Etel y Tomas habían aparecido en la puerta de la casa de
Gisell con un pastel para una mini celebración. Les dije que con eso bastaba,
pero finalmente acordaron que saldríamos un día a bailar ya que hoy ya me había
comprometido con Marcus.
Ojalá Gisell me dé permiso, porque
cuando le dije que saldría a una ceremonia nupcial volvió a repetir que yo
hacía lo que se me daba la gana, así que solo perdía mi tiempo al decírselo.
—
Pequeña
Cachorra, ¿qué sucedió? — me preguntó Amber cuando vino por mí para ayudarme
con el maquillaje. La ceremonia de renovación de votos de los abuelos de Marcus
se llevaría a cabo en un pequeño salón de recepciones y la oficiaría un sacerdote,
amigo de uno de sus tíos. Usaría el vestido que la tía Ruth me había obsequiado
hace unos meses, para situaciones en las que tuviera compromisos formales y no
hubiera demasiado tiempo para salir de compras.
Era color lavanda y estaba casi nuevo
porque solo me lo había puesto una vez, así que con eso bastaría.
— Cachorra, ¿qué pasó? — insistió Amber—.
¿Por qué traes los ojitos tan lastimados?
Todo el ambiente de cumpleaños se me
había estropeado hace unas horas por la madrugada, y por eso mismo traía los
ojos hinchados… por llorar. Qué estupidez.
Había sentido un frío intenso por la
madrugada. Me acurruqué e intenté adentrarme entre los cobertores, pero un
soplido delicado me acarició la mejilla.
Feliz
cumpleaños, amable Bellota.
»— ¿Qué…?
Me reincorporé, completamente exaltada.
El reloj de mi mesa de noche apuntaba las doce en punto y las cortinas de mi
habitación ondulaban por el soplido del viento.
Pero yo estaba muy segura de haber
cerrado las ventanas.
¡Alen!
Me puse de pie y abrí con violencia,
uno a uno, los cajones de mi velador; después de oír las palabras de Amber me
había asegurado de tener un encendedor a la mano. Mi búsqueda no duró muchos
segundos porque lo encontré ahí, resplandeciente, así que lo tomé y apreté el
gatillo con tanta fuerza que la yema del pulgar me ardió.
»— ¡Muéstrate ante mí, impostor del
viento! — susurré y el cuerpo se me estremeció por completo.
Ahí, a unos pasos frente a mí,
completamente aturdido y más delgado y pálido.
»— Alen — murmuré.
Sus ojos me observaron pasmados.
»— ¿Cómo…?
Amber había tenido razón: siempre fue
él…
»—
¿Siempre has sido tú? ¿El que me hablaba al oído?
»
Quiero quedarme contigo. Quiero quedarme aquí, Bellota…porque te quiero tanto.
Una vez escuché eso, ¡claramente
escuché eso!
»— Alen — lo llamé ante su silencio.
Negó con la cabeza, pero no dijo más—. ¡Alen!
Desvió la mirada con hosquedad y
después retrocedió, con la obvia intención de irse.
¡Pero no lo dejaría!
Solté el encendedor y conseguí tomarlo
por el rostro. Los ojos miel me observaron angustiados, yo misma no entendía
nada de esto.
»— ¿Por qué haces esto? — exigí
consternada—. ¡Por qué me haces esto!
»— No lo sé...me gusta estar a tu lado —
Y me sonrió tan tristemente que no pude aguantar más las ganas de llorar. ¿Por
qué me hacía esto? Cada palabra que brotaba de su boca solo me confundía más.
»— Vas a irte, Tarek ya me lo dijo. ¿Entonces
por qué….?
»— No lo sé, Sisa, no lo sé.
Intentó alejarse, pero lo detuve por
los brazos, dispuesta a aclarar todo de una buena vez:
»— ¡¿Por qué me haces esto, Alen?! ¡No
es sano!
»— ¡Porque ya no volveré a verte, tal
vez por eso! ¡No lo sé, yo tampoco me entiendo! — respondió en el mismo tono.
Lo observé sorprendida, y ya no pude más.
Estallé:
»— ¡Entonces quédate! ¡Quédate, maldita
sea! ¡Quédate conmigo!
Las luces del pasillo se encendieron; escuché
pasos presurosos. ¡No, ahora no!
»— Y eso sería como perderme a mí mismo
— susurró con tristeza y no supe cómo rebatir eso.
Oí la voz de Gisell preguntando qué
sucedía desde el pasillo; sus manos se deshicieron del agarre y sin decirme más
desapareció de mi habitación.
Me quedé ahí, con unas ganas tremendas
de romper cosas y llorar a la vez. Gisell abrió la puerta exigiendo saber por
qué me había oído gritar. No respondí; solo me recosté y me cubrí con los
cobertores hasta que ella se cansó de increparme que yo era una completa
insolente. Cerré los ojos y me conformé con llorar en silencio.
— Ten en cuenta, pequeña Cachorra — me
dijo Amber cuando terminé mi relato —, que si los Phaxsi lo han marcado es porque probablemente algunas partes de su
mente no están funcionando de manera adecuada: su razonamiento debe estar
empezando a colapsar porque ciertos criterios de humano no concuerdan con los
de ángel. — Traté de no prestarle demasiada atención a la palabra Phaxsi porque el miedo me embargaba
violentamente —. ¿Estás enfadada con él?
No, claro que no. No estoy enfadada,
pero sentía como si toda mi cuota de llanto ya hubiera sido saldada. Estoy
cansada de llorar y de darle vueltas a algo que no tiene solución. Quiero a
Alen, realmente lo quiero, pero tal vez Loi tiene razón: si él no quiere
arriesgar, entonces yo no puedo hacer nada.
Y mis palabras… Quédate conmigo. ¿Qué fue eso? Con Alen las
cosas no son simplemente sobre “quedarse o irse”, sino que tienen una
connotación más profunda. “Quedarse” para él implica renunciar a todo.
Quedarse, como él mismo dijo, sería
como perderse así mismo.
Y no se lo reprocho.
— Más que lista, pequeña Cachorra. ¡Estás
preciosa!
Me puse los zapatos calados del mismo
tono, y finalmente estuve lista para irme.
— Gracias, Amber. No sé qué haría sin ti.
— Y ahora espera que hay algo más.
La vi revolotear hasta una de las
habitaciones y después volvió corriendo con tres paquetes en brazos. Parecían
algo grandes y cuando los puso sobre el suelo comprobé que el más grande pesaba
mucho.
— ¿Eh? ¿Y esto?
— Feliz cumpleaños, Sisa — oí por detrás.
Samin y su cabello verde vinieron hacia mí, para envolverme en un cálido
abrazo.
No pude evitar acurrucarme en su pecho,
porque por un instante sentí la presencia de Joan y el abuelo en él.
— Feliz cumpleaños, pequeña Cachorra. — Amber
también me abrazó con fuerza, y después dijo que abriera mis obsequios—. De mi
parte y de parte de Samin.
— Pero no era necesa…
— No importa, niña. ¡Vamos, ábrelos!
Rasgué el papel de regalo del mediano,
y me encontré con un estuche de violín.
— Ya estás practicando con él, pero desde
hoy oficialmente es tuyo — anunció Samin. Me alentó a abrirlo y me encontré con
el violín azul eléctrico con el que solía practicar. Se veía igual de hermoso,
solo que estaba pulido, y las cuerdas evidentemente eran nuevas.
— Yo…Samin… No, no puedo aceptarlo.
— ¡Como que no! Ese violín ya se
acostumbró a que nadie más que tú lo toque, Sisa. Ahora el de allá. — Me indicó
la caja enorme del costado. Vacilé un tanto, pero Amber y él se pusieron tan
insistentes que finalmente rasgué el papel de regalo, abrí la tapa, y
automáticamente los ojos se me salieron de las cuencas.
— ¡Pero qué…!
— Es el amplificador, un afinador, y un
pedal para los cambios en caso de que algún día quieras hacer algo de música
más estriden…
De acuerdo, intenté relajarme, sí, pero
ya había soltado un grito que probablemente se había escuchado hasta Asiri:
¡era casi todo el equipo completo para usar en toda su plenitud un violín
eléctrico! Samin y Amber soltaron varias risas cuando casi me da un ataque de
tanto chillar emocionada.
No obstante, cuando me calmé un poco, caí
en la cuenta de que se trataba de un obsequio demasiado caro. Así que, con todo
el dolor de mi corazón, traté de rechazarlo.
— Ni te preocupes. No suelo usar lo que
gano como JOBEY en mí mismo, Sisa. Déjame por lo menos, esta vez, saber para
qué sirve el dinero.
— Pero…
— Todo es tuyo. Acéptalo, por favor.
Lo pensé muchísimo, pero finalmente asentí
con algo de timidez.
— Y este es mío, pequeña Cachorra. Creí
que podría ser un buen regalo.
Amber me tendió la última caja con el moñito blanco que encajó
en mis dos manos, y me sonrió.
— ¿Qué…? ¿Qué es? — Saqué la tapa, y me
encontré con algo parecido a un cofre musical pequeño. Parecía ser de plata, y
tenía grabados en toda la superficie.
Iba a abrirlo, pero Amber me detuvo:
— Solo ábrelo cuando creas necesario usar
tu obsequio, pequeña Cachorra.
— ¿Usar?
— He encerrado en esa caja el poder para
movilizarte como ángeles y demonios nos movemos. Es una mezcla de cánticos que
logré formar, pero como no cuento con la energía de un demonio completo, el
efecto solo durará por unos minutos.
— ¿Movilizarme? — pregunté con
curiosidad—. ¿Eso significa transportarme y correr como ustedes lo hacen? ¿A la
misma velocidad?
— Así es, y claro, también podrás volar.
Pero solo por unos minutos.
— ¿Volar? — repetí asombrada. Amber asintió
contentísima.
¡Era como tener en las manos un par de
alas encerradas en una pequeña cajita!
— De acuerdo, tu regalo superó el mío —
comentó Samin divertido.
— Úsalo en el momento que mejor creas
conveniente, ¿sí, pequeña?
— ¡Sí! ¡Gracias, Amber!
A las tres ya estaba nuevamente en mi
habitación, exactamente para que el timbre sonara en el piso de abajo. Tomé mi
abrigo y el estuche del violín; me despedí de Samin que desapareció en un
parpadeo, y bajé con toda la rapidez que me permitieron los tacones. Me despedí
de Gisell y Corín que estaban en la cocina, preparando galletas, pero ninguna
me respondió.
Vaya, siguen molestas. Seguro por mi
mutismo de la madrugada.
— Ojalá vuelvas antes de las siete —
exclamó Gisell.
Ok, tal vez deba comportarme y
apaciguar el asunto.
— ¡De acuerdo!
Salí de casa y Marcus ya estaba ahí,
esperándome apoyado en el auto azul. Estaba de traje y cuando me dijo que
estaba muy bonita, le agradecí el cumplido algo nerviosa.
— Estefan se ha quedado ensayando en
casa. Vendrá más tarde y Joseph está por allá desde temprano. Fue a trasladar
con otros de mis primos los instrumentos que usaremos.
Subimos al coche, pero antes de que
encendiera el motor volvió a felicitarme por mi cumpleaños a pesar de que ya me
había llamado por la mañana.
— ¿Qué se siente ya ser mayor de edad,
Bellota?
— Pues…supongo que comprendo que tengo
más responsabilidades ahora.
Buscar un hogar nuevo ni bien acabe la
escuela es algo en lo que ya debo ir pensando.
— ¿Gisell y Corín de nuevo? — Preferí no
hablar del tema—. Por cierto, antes de que vayamos con mis abuelos quiero
entregarte mi obsequio o corro con el riesgo de que mis primos hagan un
escándalo.
— ¿Eh? ¿Marcus?
Se inclinó hasta llegar al asiento
posterior y después me entregó una caja de color morado con el moño en un tono
más claro.
— Feliz cumpleaños, Sisa. — Lo miré algo emocionada y me sonrió—: Vamos,
ábrelo.
— ¡Sí!
Lo primero que vieron mis ojos cuando
abrí la caja fue la portada en alto relieve de Peter y Wendy. Se trataba de una
edición de tapa dura y los bordes de las hojas parecían de color dorado. ¡Era
precioso!
— Marcus, pero…
— También está la de El Principito.
— ¿Eh? — Dejé con cuidado el libro de
Peter sobre mis rodillas y en la caja encontré El Principito, también en tapa
dura y con un diseño casi de ensueño. Iba a decirle que era un obsequio perfecto,
pero noté que aún había algo más: parecía un compilado de hojas unidas entre sí
por una cinta roja.
Marcus me sonrió cuando volteé a verlo
con curiosidad. Volví la vista a las hojas, y al pasar la primera que estaba en
blanco me encontré con el título.
¡Pero si era uno de los cuentos que me
había enseñado en Asiri! ¡Uno de los que él había escrito!
— Si no me equivoco, dijiste que ese era
el que más te gustaba — completó con simpleza. No pude contener tanta emoción y
lo abracé por el cuello, dentro del auto—. Wow, si hubiera sabido que iba a
gustarte tanto te habría impreso todos.
— Muchas gracias, Marcus. ¡Es el mejor
regalo!
— Es la primera edición, Bellota —
comentó juguetonamente—. Así que vas a encontrar los errores de cuando tenía
trece años. No quise corregirlos porque te estoy dando la versión que tú leíste
en ese momento.
— ¡Es perfecta! — exclamé llena de
alegría. Marcus me sonrió y en ese momento me percaté de que yo aún seguía con
mis brazos alrededor de su cuello, y estábamos demasiado cerca.
Parpadeé con algo de incomodidad y
traté de irme hacia atrás, pero sus dedos me detuvieron por la muñeca.
No dijo nada, simplemente se quedó ahí,
observando fijamente mis ojos. Iba a decir algo, pero noté que se acercó más y
se inclinó ligeramente.
— Sisa, me iré mañana por la tarde... Y
aún no me has dado una respuesta.
Me estremecí ante la cercanía...
Pero antes de que pudiera decir algo
ambos dimos un respingo porque su celular empezó a sonar.
— ¿Qué quieres, Joseph? — preguntó de
mala gana al contestar. Me puse el cinturón de seguridad y traté de relajarme
abriendo la ventana al máximo—. Si, ya estamos en camino. — Colgó y después
soltó un suspiro; no pude ni verlo a los ojos—. ¿Vamos?
— Vamos.
Solo he acudido a una ceremonia de boda
en toda mi vida, y fue cuando la hija de una de las amigas de la abuela Marlene
se casó en Asiri. En esta oportunidad las cosas eran un tanto diferentes, ya
que la mayoría de invitados formaban parte de la familia resultante de una
unión previa: pude conocer a los primos de Marcus, algunos bordeando nuestra
edad, otros con más de veinte y otros con apenas ocho y diez años. Los novios
ya no eran felicitados por sus familias de cuna, como recordaba de la única
boda a la que había asistido, sino por las familias nuevas que ellos habían
construido: hijos, nietos, y uno que otro bisnieto.
Cuando la ceremonia oficial concluyó,
el señor Louis se acercó a nosotros:
— Ojalá tu madre y yo lleguemos a la edad
de tus abuelos — le susurró a Marcus con ilusión, mientras la pareja de novios bailaba
al centro de la pista —. ¿La estás pasando bien, cariño?
— ¡Sí, señor! ¡Muchas gracias! — respondí. Me
comentó que Marcus le había dicho que era mi cumpleaños, exactamente en el
momento en el que Joseph iba pasando junto a nosotros. Nos miró, entusiasmado,
y golpeó su copa con uno de los tenedores de nuestra mesa, pidiendo atención.
— ¿Qué pasa, Joseph? — preguntó Estefan
desde la suya.
— ¡Es el cumpleaños de Sisa! — gritó con
algarabía—. ¡Vamos a cantarle Feliz cumpleaños! ¡Para los que no lo saben, es
la futura novia de Marcus!
— ¡Pero qué estás diciendo! — le espetó él
con rudeza.
Me puse rojísima cuando las miradas de
todos cayeron sobre mí: los abuelos de Marcus me sonrieron elevando sus copas
de champán, su mamá me hizo un gesto de abrazo a lo lejos, y el señor Louis me
tomó por los hombros.
— Lamento mucho esto — me susurró Marcus en
medio del “Feliz cumpleaños” en coro. Solté una risita y le dije que no
importaba, que al contrario me sentía muy agradecida por el detalle de Joseph —.
Bueno, entonces ya no tendré que golpearlo.
El vals con los novios inició. Cada
nieto, hijo y varios amigos bailaron con los abuelos de Marcus; y después la
pista se vio repleta de parejas que decidieron acompañar. Yo también terminé
formando parte de ellas, empezando por Joseph que me sacó a bailar; pasando por
algunos tíos de Marcus, su papá, y llegando finalmente a bailar la última con
el propio Marcus. Me preguntó si la celebración por mi cumpleaños no estaba “tan
mal”, y le dije que la pregunta hasta ofendía: ¡no había forma! ¡Me estaba
divirtiendo muchísimo!
Y
cuando vi al señor Demetrio bailando con su bisnieta más pequeña, de apenas
cuatro años, recordé al abuelo. Vaya, lo extraño tanto.
Pasé un buen rato con Abby y algunos de
sus primos, y minutos más tarde la presentación de obsequios “preparados” para
los novios inició. Me sorprendí cuando comprobé que casi toda la familia había puesto
máximo empeño en ellos. Los hijos del matrimonio Leda presentaron con un
proyector un conjunto de fotografías, y los nietos y bisnietos más pequeños
habían preparado un baile que terminó en carcajadas, porque ver a niños de
cuatro y cinco años haciendo pasitos coreografiados fue de lo más simpático.
— Nuestra familia está llena de locos,
Sisa — me comentó Abby. Una de las más pequeñas dio un paso en falso y terminó
sobre el suelo. Un fuerte llanto se desató en todo el salón, antes de que los
abuelos se pusieran de pie, para consolarla —. Mis abuelos criaron a sus hijos
con el arte de la mano, y ellos hicieron lo mismo con los hijos venideros. Es
como un pequeño circo familiar; todos tienen algo de artistas frustrados. — Soltó
una risita, de buen humor—. Eres casi la pieza perfecta para formar parte de
ella, y no lo digo porque estés loca, sino porque también haces arte. Tu violín
sería muy bien recibido en esta familia.
— Eh, gra-gracias — respondí con algo de
torpeza.
Estefan nos hizo una seña cuando otro
grupo de primos se puso de pie para presentar el enorme mural que habían hecho
con recortes y dibujos, a modo de collage. Marcus me acompañó al auto para
sacar el violín, y después esperamos nuestro turno.
— Esto es para ustedes, abuelos — anunció
Joseph solemnemente, cuando todos ya estábamos ubicados en la posición
practicada —. Si hay errores…culpen a Estefan.
— No me estás ayudando, idiota — le
susurró el aludido.
El señor Demetrio y la señora Ágata soltaron
una carcajada, muy animados, y agradecieron el detalle.
— Y a ti también gracias, futura hija —
añadió el señor Leda y me guiñó un ojo. Me puse tiesa ante la ola de aplausos y
gritos. La señora Ágata me sonrió y Joseph soltó un aullido tan emocionado que
no me quedó más que asentir.
— ¡Mataré a toda mi familia! — murmuró
Marcus con los dientes apretados. Solté una risa, más relajada, y le dije que
no se preocupara.
Su piano abrió la melodía que, según me habían comentado todos,
era una de las canciones favoritas de sus abuelos. Suspiré bajito, algo
nerviosa, cuando me tocó entrar a mí junto a Joseph y al trombón de su padre.
La voz de Estefan resonó y salió tan
perfecta que no me sorprendió que todos los invitados lo vitorearan, eufóricos:
ya sabía que cantaba bien por los ensayos, pero esta vez la interpretación
venía con puesta en escena incluida. La canción tenía un toque de mágica y
sutil sensualidad, y la elegante ronquera, propia de su voz, sonaba casi a
medida
Observé de reojo a Marcus muy
concentrado en el piano. De vez en cuando posaba los ojos sobre sus manos,
antes de algún cambio veloz, y en otras simplemente sonreía observando las
partituras, disfrutando la canción.
El tema estaba saliendo tan bien que
varias parejas salieron a la pista de baile; Estefan se tomó unos segundos para
cantarle a la señora Ágata con toda la coquetería de un cantante profesional.
Por allá atrás vi a la señora Emma gritar ruborizada cuando su esposo la sacó a
bailar. Marcus elevó la mirada y negó con la cabeza, divertido: siempre ha
repetido que sus padres están algo locos, y que por eso él los ama demasiado.
Y lo recordé: Marcus siempre había sido
así, de esos chicos que no temen decir que aman demasiado a alguien o a algo. No
teme… no teme amar. Y mañana por la tarde se irá, y como él dice
aún no ha recibido una respuesta “directa” de mi parte.
Si el asunto fuera tan sencillo como
sugieren Loi y Etel, mi respuesta definitivamente sería “sí”, sin dudarlo. Pero
las cosas no se arreglan cambiando al destinatario de mis sentimientos solo
porque el inicial no quiso recibirlos. Marcus es un chico con un valor que ni
yo misma puedo calcular y realmente me gustaría que hubiera algo entre
nosotros; pero sería tan injusto para él que accediera a reiniciar lo que
tuvimos mientras pienso en otra persona.
En
otra persona que, al final, tampoco va a ser para mí.
Me enfoqué en las notas de la melodía
porque me tocaba el solo. Oí a mi violín cantarme al oído, y comprendí que en
este momento lo único que tenía que hacer era enfocarme en él, en la música que
quería hacer en el futuro y en mí misma. Basta de ángeles con ojos de sol, de
amores no correspondidos y de susurros del viento. Tengo dieciocho años, la
vida vuela, se escapa, y perder el tiempo quedándome como una muerta en vida
por algo que en primer lugar nunca inició, es casi una ofensa para mí misma,
para el abuelo y para Joan, que tanto quieren verme triunfar en lo que más me
gusta: hacer música.
Y
Marcus… tal
vez si Marcus me da tiempo, más adelante pueda entregarle un corazón renovado.
Uno que él merezca; uno que no sienta tanta fascinación por los ojos del sol.
Porque cuando Alen se vaya, aunque me duela reconocerlo, tal vez yo también
termine olvidándolo.
Culminamos la canción y oí palmas,
vítores y sentí miles de abrazos. Marcus fue el último en estrecharme entre sus
brazos en un gesto de agradecimiento, y aproveché el momento para decirle que
tocar junto a él y a sus primos había sido una de las mejores cosas que había
hecho con mi violín. Que nunca olvidaría este maravilloso cumpleaños junto a
uno de mis mejores amigos.
Sus ojos me observaron con sorpresa, y
después soltó un suspiro:
— Es una respuesta tácita, ¿verdad? — me
preguntó con una sonrisa apagada. Bajé la mirada, pero antes de que dijera algo
más el señor Demetrio pidió atención para dar unas últimas palabras de
agradecimiento. Me sonrojé violentamente cuando dijo “ese violín debe entrar a
la familia”.
Miré de soslayo en el reloj de la
muñeca de Estefan: me estaba divirtiendo, pero ya eran casi las seis y media.
— Tal vez ya deba irme; es una
celebración familiar y Gisell me ha pedido que regrese temprano — anuncié
cuando la música empezó y varias parejas salieron al centro del salón.
Marcus frunció los labios y después
asintió:
— Pero me dejas llevarte, ¿verdad,
Alicia? — dijo en tono juguetón.
— Por supuesto que sí, adorable Conejo.
Me despedí de los familiares de Marcus;
Abby le gritó que podía demorarse lo que quisiera.
El auto emprendió la marcha. El cielo iba
pasando de gris a morado opaco.
— El mar de Lirau me gusta muchísimo —
comentó de la nada—. Libiak también tiene mar, pero está algo comercializado y
ya no hay tantas zonas como Izhi. — Sonrió, y después me observó de reojo—.
Promete que ingresarás a Gaib Art, Bellota.
— Te lo juro.
Noté que bajó la velocidad del auto;
observó hacia el frente y después suspiró:
— ¿Crees que podríamos dar un breve paseo?
Bajé la mirada al reloj del coche: casi
las siete…
— Vamos, aún es temprano — acepté. Gisell se enfadaría de todos
modos, y no voy a ver a Marcus quién sabe en cuánto tiempo.
Dimos un par de vueltas y comprendí a
dónde estábamos dirigiéndonos. Bajamos del auto y nos apoyamos en el malecón
que permitía la vista de la inmensidad del mar. Traía los hombros descubiertos,
pero no volví al auto por el abrigo, porque después de todo el jolgorio de la
fiesta me sentía algo acalorada.
— Sisa — me llamó. Dejé el manto oscuro
que era el mar y me enfoqué en él —. Tu respuesta es “no”, ¿verdad?
Sentí escalofríos por toda la columna; me
estremecí ante la afirmación.
Lo observé fijamente, buscando la mejor
manera de disculparme, y fue extraño porque por un segundo me pareció ver por
primera vez el gris de sus ojos.
— Marcus…
— No te voy a salir con algún discurso
emotivo porque sé que serías capaz de decirme que “sí” — añadió de buen humor—.
Y si acepté ese tipo de respuesta cuando teníamos catorce, esta vez soy más
ambicioso y quisiera que fuera porque sientes algo por mí.
— Tú…tú sabes que te quiero, Marcus.
— Pero no de la forma en la que quisiera.
— Me sonrió, y después sentí sus dedos tomando mi mano —. Vamos a seguir siendo
amigos, no te preocupes por eso.
— Marcus, escucha… — Realmente quería que
él comprendiera, ¡que supiera lo valioso que era para mí!, y justamente por eso
tenía que ser sincera —. Yo…yo quisiera decirte que sí, pero no va ser justo.
Ahora…ahora es demasiado pronto, y…
— Y tienes a alguien aquí dentro. — Y
señaló su propio pecho. Asentí levemente —. Maldita sea, cómo odio a ese
imbécil.
Desvié la mirada, sin saber qué decir.
— Bueno, no puedo hacer más — confesó
amablemente —. Solo quiero pedirte que te enfoques en las cosas que valen la
pena, Bellota. Yo…bueno, el día de la fiesta de Loi tuve…tuve la sensación de
que el tal Alen también te quiere, y si es así, aún no logro comprender qué
cosa se interpone entre ustedes.
— Es complicado — respondí.
Más de lo que
parece.
— Sí, complicado — repitió—. Como todo en
la vida en sí. — Se encogió de hombros, y después me sonrió—: Sisa, cuando
estés en Libiak, tal vez las cosas hayan mejorado. Tal vez tú y el tal Alen ya
hayan definido su asunto, y yo acepte retirarme tranquilamente. O, en el mejor
de los casos, ya lo hayas olvidado y yo pueda tener una oportunidad.
¿Ya
lo habré olvidado?
Tal vez.
— Así que aún me quedan esperanzas —
concluyó con una sonrisa.
— Para ese entonces tal vez ya hayas
encontrado a otra persona — comenté en son de broma—. No me ilusiones en vano,
Marcus Leda.
— Bueeeno, la verdad es que tengo varias
admiradoras, sí; así que vas a tener algo de competencia. — Rompió a reír de
buen humor, pero después me sonrió—: Siempre vas a ser tú, Sisa. Siempre.
El viento se sintió helado, el pecho se
me contrajo.
— Marcus, eres…eres demasiado…
— ¿Bueno como para dejarme ir? — dijo con
presunción. Asentí—. Sí, ya lo sé. Estás ciega al escoger a ese idiota por
sobre mí. ¡Mira! Escribo y toco el piano, ¿qué más quieres?
— Perdóname…
Lo abracé con fuerza y me estrechó
contra él. Sonrió junto a mi mejilla, replicando que yo no dejaba de ser la
misma Bellota impulsiva que dejó en Asiri, y lo recordé en el patio de la
escuela, con los ojos brillándole nerviosamente.
¿Por qué no cerré también mis ojos solo
para él?
Marcus me alejó con suavidad, y después
clavó la vista en mis labios. Tragué despacio, con un hormigueo esparciéndose
por mi cuerpo.
— Solo uno, Sisa…por favor — me susurró.
Me estremecí con violencia porque supe
exactamente de qué hablaba.
» Siempre vas a ser
tú, Sisa. Siempre.
Contuve la respiración cuando se
inclinó con cuidado, sin dejar de mirarme a los ojos, casi preguntando si
estaba bien continuar. Asentí.
Y después sentí la misma suavidad que me
dominó cuando tenía casi quince años.
Marcus
Leda…
Sus sueños de escritor me emocionaban,
sus cuentos sobre niños perdidos y animales maravillosos me llenaban de
fantasías. El abuelo y Joan solían burlarse de él, pero ambos decían que era un
gran chico. Mi familia lo quiere, yo siento que también lo quiero…
Tal
vez la respuesta es que ambos estamos hechos para estar juntos.
Sus labios se movieron con delicadeza y
me encontré a mí misma siguiéndoles el ritmo. Y cuando sus manos acunaron mi
rostro, tuve el fugaz destello de una imagen: estoy de blanco, y él sonríe de
esa manera tan sosegada, que todo alrededor parece estar en su lugar.
Tal vez él es mi felicidad…
»
Ojos como los tuyos no merecen verse tan tristes, Sisa; y menos por alguien
como yo.
…pero no el aire que respiro.
Dios,
no otra vez.
Alen
se irá…
Marcus no lo hará. Marcus no tiene
miedo de quererme. Pero Alen…maldita sea,
Alen…
Subí las manos a su cuello…
—
¡Ah!
…y de repente el beso se rompió con
violencia.
— ¡No vas a volver a tocarla! ¡¿Me he
dejado entender?! — bramaron con tanta rabia que me asusté.
No comprendí bien el asunto hasta que
vi al frente y me encontré a Marcus siendo sujetado con fuerza. Lo habían
alejado de mí y sangraba por la boca.
Acababan de golpearlo.
— ¡No, hermano! ¡Relájate!
Tarek trataba de hacerlo desistir, pero
Alen ya tenía capturado a Marcus por el cuello de la camisa y lo observaba con
tanta ira que pensé lo peor.
— ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme a golpes? —
lanzó Marcus con arrogancia—. ¡Vamos, golpéame otra vez!
— ¡No! ¡Suéltalo! ¡Suéltalo, Alen! — grité
desesperada. Elevó un puño pero antes de que hiciera más lo detuve aferrándome
a él—. ¡No lo lastimes! ¡Si lo haces me lastimarás también a mí!
Sus ojos se abrieron de par en par.
Soltó a Marcus y después me observó, lleno de consternación:
— Otra vez haciéndome lo mismo, Albania —
murmuró.
Fue como si un bloque de hielo cayera
sobre mí.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Tarek
— ¡¿Y cómo quieres que esté?! — exclamé
sin creer sus palabras—. ¡¿Feliz?! ¡¿Tranquilo?!
— Tarek, deja de ser tan dramático, por
favor.
— ¡Alen, ya no sé si tus errores son de
fábrica, o tanto tiempo como humano está empezando a tener sus consecuencias!
— Tal vez sea eso — me respondió con
amabilidad; estuve a punto de ponerme de pie para lanzarle un cabezazo por
imbécil—: Tarek, Loi realmente lo vale. Vale que te quedes aquí, y yo jamás
sería tan malditamente egoísta para hacerte escoger entre ella y yo.
— ¡Pero tampoco es para que me salgas con
que realmente te largas! — exploté —. ¡¿Sabes cuánto me costaba encontrarte
cuando te trasladaban?!
— Te estoy dando la opción de disfrutar de
la comodidad de la permanencia, Tarek. Me has ayudado desde mi quinta vida y
nunca voy a terminar de agradecértelo; pero esta vez no quiero que vengas tras
de mí. ¡Es más! Si lo hicieras, solo conseguirías que busque una manera de
devolverte.
Quise agregar algo más pero no se me
ocurrió ningún buen argumento.
— Déjalo, Seir. Es una buena opción;
además yo estaré con él, no tienes de qué preocupart…
— ¡Me preocupo porque ustedes son mi
familia, maldita sea! — rugí. Hethos y el mismo Alen me miraron, de una pieza—.
¡Son unos malditos desconsiderados! ¡Nunca pensaron en mí! ¡En cómo me sentiría
con esta decisión!
— No voy a obligarte a dejar a Loi.
— ¡Pero ustedes sí van a dejarme a mí! Se
marchan y dejan al errante atrás, ¿verdad?
¡Tomando decisiones de ese calibre y
sin consultarme! Me sentía profundamente traicionado.
— Tarek, escucha…
— ¡El trasladarse y que no vaya tras de
ustedes inmediatamente, podría significar el no volver a encontrarlos jamás!
¡Pero claro, ¿eso no importa verdad?! ¡Porque nunca fui una parte relevante en
es…!
— ¡Tarek, eres mi mejor amigo! — me
interrumpió bruscamente. Oírlo por primera vez de su boca me conmocionó; Hethos
le lanzó una mirada seria —. ¡Y como tal, quiero lo mejor para ti! Loi es una
chica estupenda, y tú disfrutas mucho vivir como humano en esta vida. Está Copo
de nieve y el escuadrón, la familia Amira, e inclusive podrás seguir viendo a
Naina, a Marissa y a Santiago. Si te pidiera que vengas conmigo, sería como
obligarte a salir del paraíso para condenarte a vivir en el infierno.
Maldita sea, ¿por qué siempre está en
lo correcto?
—
¿Sería
mucho pedir que intentes ayudar a Naina a recuperar el habla? Aún no estoy
seguro de si la volveré a encontrar en la vida a la que nos traslademos, así
que me harías un enorme favor haciéndolo.
— Claro que lo haré, imbécil — murmuré —.
Será como mi hermanita.
— Muchas gracias. Además, no hay que
reducir las probabilidades al mínimo. A lo mejor en las próximas vidas, cuando
sigas a Loi… tal vez también me encuentres a mí si sigo así de inútil y aún no
recupero las letras de mi nombre — añadió en tono bromista.
Cuatro vidas de amistad…
¿Cómo se vive con eso sabiendo que tal
vez ya no vuelvas a ver a tu casi hermano?
— Cielo santo, cada vez noto más de
humano en tu esencia, Alen — comentó Hethos en medio del extenso silencio—. Tal
vez deberías volver a casa, y permanecer más tiempo al lado de tu familia
humana para que Gabriel se apresure.
— A ti no te importa llevártelo lejos,
¿verdad? — le espeté enfadado.
— Yo solo estoy aquí para que Alen escoja
el camino correcto. Si ya vimos que la situación se ha complicado en esta vida
por la niña humana o por lo que fuera, lo más sensato es trasladarnos a otra.
Punto final. — Quise agregar algo más, pero él fue más veloz—. Seir, los Phaxsi no se andan con rodeos. Alen está
marcado así que hay que ser precavidos y de una vez por todas iniciar de nuevo.
— Supuestamente tú eres un mentor neutro —
inicié —. ¿Cómo es que no le has sugerido pensar si no quiere quedarse como
humano?
— Tarek, olvídalo — me pidió Alen.
— ¡No! — exclamé—. ¡Respóndeme, Hethos!
Si tu postura es neutra, ¿cómo es que no le has dado a Alen la opción de ver
cómo le iría de humano?
— No funcionaría — me respondió sin
inmutarse, con las gafas oscuras cubriendo sus ojos.
— ¡¿Y cómo sabes tú es…?!
— ¡Este mundo es un tormento para los
nuestros, Seir! — prorrumpió cortantemente. Retrocedí un tanto porque el tono
salió con más brusquedad de la que esperaba—. ¡¿Cómo se vive con las
injusticias diarias?! ¡¿Con los asesinatos y la destrucción entre humanos?! — Soltó
un resoplido y recuperó la compostura—: Es mejor para Alen trasladarse a otra
vida. Corremos muchos riesgos aquí; están los Phaxsi y tal vez haya más involucrados intentando eliminarlo.
— ¿“Intentando eliminarlo”? ¿A quién? —
preguntó Alen con desconcierto—. ¿A mí?
— No digas tonterías, era solo una
expresión. — No sé si soy yo, o Hethos ha sonado muy poco seguro de sí mismo—.
Escuchen, no sé de ángeles que hayan optado por la vida humana, y tampoco me
parece una idea razonable. Lo único que creo es que no deberías renunciar a tu
naturaleza original, sin estar completamente seguro de hacerlo.
— ¡Pero cómo va a estar seguro si ni
siquiera ha sopesado posibilidades! — apunté.
— ¡Está perdiendo el control, Seir! ¡En
cualquier momento la esencia de humano superará a la de ángel, y sus alas
querrán salir al sentirse amenazadas! — De acuerdo, ese era un punto que no había
tomado en cuenta—. Además…que se quede como humano no me parece lo más
indicado. Solo el Todo es capaz de crear, y si Él no te hizo humano, nunca
serás uno al completo. Hay cosas con las que los humanos ya aprendieron a
vivir, pero tal vez sea imposible para Alen el adaptarse y…
Percibí tanta rigidez en las palabras
de Hethos, que por un momento pensé que el que quería irse a como dé lugar de
esta vida era él.
— Y ahora déjenme solo que tengo unos
asuntos pendientes — concluyó.
Tuvimos que salir de la tienda que
seguía oculta a ojos humanos. Ni bien pusimos un pie fuera, al instante
desapareció.
— Hethos actúa extraño — indiqué
receloso.
— Hethos tiene razón, Tarek: no serviría
como humano.
— Eso no lo sabes, Alen. Nunca has sido
humano — lancé con ironía. Lo oí soltar una carcajada, y después me golpeó en
el hombro mientras caminábamos.
Le devolví el golpe, como suelo hacer,
pero se detuvo y se inclinó con dolor.
— ¡Qué te pasa! — me increpó ligeramente enfadado.
— ¿Qué? — Lo miré, incrédulo—. ¿Te ha
dolido? Pero si he usado la misma fuerza de siempre.
— ¿Ah sí? — Ok, no me cree.
Se sobó el brazo con incomodidad en
medio de nuestra marcha sin rumbo aparente. El golpe se lo había dado casi con
la ligereza de una pluma, ¿por qué lo ha sentido tanto?
— ¿Una carrera? — pedí para confirmar mis
sospechas
— ¿Ah? — Me miró como si estuviera loco y
después asintió, con vacilación—. Bueno.
Tomé una bocanada de aire, solo por
costumbre ya que mi organismo funcionaba de manera diferente al de los humanos,
e inmediatamente salí despedido entre las personas.
Crucé las calles y me detuve al inicio
de la carretera que conducía a las afueras de Lirau. Solté un grito, lleno de
la adrenalina que me producía correr y después giré, dispuesto a reírme en su
cara porque, como nunca, le había ganado.
El asunto fue que esperé lo normal…
…y él no llegó.
Traté de tomarme las cosas con calma,
pero cuando pasaron más de veinte minutos emprendí el retorno. Exactamente por
la misma ruta por la que había venido.
Lo encontré a unas calles de la tienda
de Hethos. Observaba sus piernas con desconcierto.
— Hermano, ¿qué pasó? — le pregunté.
— No lo sé. Intenté seguirte el ritmo,
pero te fuiste muy rápido.
— ¿Eh? Pero si tú sueles ser más rápido
que yo.
— Pues parece que ya no. — Y
confirmó lo mismo que yo—. Tarek, mi parte humana está dominando a la de ángel.
Tratamos de darle una explicación a
todo el asunto, y mientras caminábamos al ritmo convencional de este mundo,
giramos en una esquina y yo di un paso al costado, previniendo la presencia de
los humanos que venían en sentido contrario, pero él no lo hizo, y se chocó
directamente con el cuerpo del hombre que llevaba consigo un par de paquetes en
los brazos.
¡POM!
— Vaya, lo siento mucho — se disculpó
atolondradamente ante las bolsas dispersas en el pavimento.
— ¡Oh, pierde cuidado, muchacho! Yo
también andaba distraído — aceptó el hombre y la mujer a su lado nos observó
divertida.
Me incliné junto a ambos para ayudar a
recoger las cosas; y no sé muy bien qué pasó, porque cuando los tres nos
pusimos de pie, con las bolsas en mano, a Alen se le volvieron a caer.
Las atrapé en el aire justo para oírlo
balbucear:
— ¿Fra-Francesco?
Lo vi tan conmocionado que pensé que
algo muy malo había pasado.
La pareja se miró entre sí y después lo
observaron con curiosidad.
— ¿Se conocen? — preguntó la mujer con
curiosidad.
Alen no contestó. Solo se quedó ahí, con
gesto de pasmo.
— Seguramente es un alumno de la
universidad, Marine — comentó el hombre con energía—. Debes ser de la Facultad
de Electrónica, ¿verdad, muchacho? ¿Te inscribiste en algún curso conmigo? Debe
ser que no vienes a clase, porque no te recuerdo muy bien — añadió a modo de
amable regaño.
Francesco,
Marine…
¡Claro…! La pareja de ancianos que
vivían en el campo.
— ¿Qué pasa, muchacho? — le preguntó la
mujer con amabilidad, al verlo tan silencioso —: Qué extraño. ¿No te he visto
en algún otro lugar? — añadió algo desconcertada.
Alen frunció los labios y demoró en
contestar.
— No…no lo creo.
— Vaya, qué sensación tan peculiar —
murmuró bajito.
— Vuelvan a casa con cuidado, jóvenes — nos
dijo el hombre con cortesía, y pasó con la mujer junto a mí y a Alen que seguía
con la mirada clavada sobre el suelo—: Pero qué curioso. Ahora que lo
mencionas, yo también siento que ya he visto a ese niño — le susurró a su
esposa.
Ambos cruzaron la pista y se alejaron,
dando vistazos de reojo de tanto en tanto.
El tema de esa pareja de ancianos
siempre ha sido delicado para él, tanto como la situación con Amali. Incluso
cuando recién nos conocimos, Hethos me ordenaba silenciosamente que evitara
hablar de ellos.
— ¿Alen? — lo llamé con cuidado.
Se tomó unos segundos, y después elevó
la mirada: los ojos se le habían humedecido.
— Nunca…nunca creí que volvería a verlos
— me confesó aturdido —. Y por un instante, solo
por un instante, pude ver dentro de ellos algo del amor que me tuvieron.
— Hermano…
— Ambos están vivos, y están más jóvenes
que cuando los conocí. — El gesto de desconsuelo se transformó en uno animado.
Sonrió con tantas ganas que me dieron ganas de abrazarlo —: ¡Y están juntos!
¡Otra vez juntos!
Caminamos en silencio mientras lo oía
reír entre dientes y más feliz que nunca.
— Qué extraños son los humanos, Tarek.
Ellos no pueden recordarme, pero sentían que me conocían. Hasta les parecí
agradable.
Pasamos por el malecón que daba para el
mar, y me pareció sentir una presencia conocida por los alrededores. No le
presté demasiada importancia porque yo con eso de las presencias era muy malo.
— ¡Vaya! No sé cómo explicar todo lo que
estoy sintiendo. ¡Vamos a Izhi, Tarek! Y después a cenar con Marissa, Santiago
y Naina; tienen tantas ganas de verte.
Iba a decirle que la invitación me
gustaría más si el estar junto a su familia no implicara la pronta llegada de
Gabriel, pero de repente su mirada llena de entusiasmo cambió bruscamente.
— ¿Alen? — Entornó los ojos, como confirmando
algo, y después pasó de mí, avanzando con rapidez hacia adelante. No entendí
bien el porqué de su reacción hasta que vi a lo lejos a una pareja de humanos
compartiendo un beso junto al malecón.
No tuve que poner demasiado esfuerzo en
reconocer el cabello avellana.
Mierda: eran Bellota y el tal Marcus
Leda.
— ¿Alen? ¡ALEN, NO! — grité cuando lo vi
lanzarse hacia allá con toda la rapidez que le permitieron sus piernas humanas.
Quise movilizarme a mi velocidad normal, pero había demasiados humanos
alrededor, y no podía darme el lujo de descubrirme frente a ellos.
Crucé rápidamente todo el espacio, pero
ni así pude llegar antes y detener el puñetazo que le lanzó al pobre chico Leda.
Lo había tomado por el cuello para
alejarlo con violencia de Bellota.
— ¡No vas a volver a tocarla! ¡¿Me he
dejado entender?!
— ¡No, hermano! ¡Relájate! — exclamé al
verlo furioso. Le lancé una mirada veloz al chico: por lo visto el golpe había
sido lanzado con fuerza de humano.
Gracias al cielo o sino ya estaría
muerto.
— ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme a golpes? ¡Vamos,
golpéame otra vez! — Humano valiente.
— ¡No! ¡Suéltalo! ¡Suéltalo, Alen! —
chilló Sisa. Alen hizo caso omiso a su pedido, elevó el puño dispuesto a ser
mucho más claro, pero ella prácticamente se colgó de su brazo —. ¡No lo
lastimes! ¡Si lo haces me lastimarás también a mí!
Pensé que el asunto se había apaciguado,
porque él se quedó estático, completamente sorprendido, y liberó al chico Leda.
Pero después la miró lleno de decepción:
— Otra vez haciéndome lo mismo, Albania — escuché que dijo…
…y el asunto evidentemente empeoró.
— ¡Yo no soy Albania! — explotó Sisa llena
de rabia (y no era para menos) —. ¡Y tú no tienes por qué lastimar a Marcus!
¡Es mi amigo!
— ¡No sabía que los amigos se trataban
con esa cercanía! — soltó irónico —. ¿Escuchas, Tarek? ¡Algo más que desconocía
de los humanos! — El chico Leda entornó la mirada, desconcertado. Volví a
pedirle que nos fuéramos, pero me ignoró por completo—. ¡¿Qué cosas más debería
saber de ustedes, eh?!
— No me hables en ese tono. ¡Ni siquiera
estás al tanto de la situación!
— ¿Y de qué debo estar al tanto? ¿De lo
cercanos que son? ¡¿De la estrecha relación que comparten?! — Le pedí que no
gritara, pero solo conseguí que rompiera a reír mordazmente —: ¡Mira, Tarek! Te
presento a la chica que, decía, “me quería” hasta hace unos días, ¿y qué
tenemos ahora? ¡La encuentro besando a su exnovio!
— Alen, cállate — reclamé con los dientes
apretados: estaba empezando a decir estupideces. Pero solo conseguí que elevara
las cejas, burlonamente:
— Te juro que casi me creo todos los “te
quiero” que salieron de sus labios.
Me hubiera encantado decirle: “mal
comentario”, pero Bellota se me adelantó:
— ¡Eres un completo idiota! — gritó
temblando de cólera. Marcus intentó detenerla por la muñeca, pero ella avanzó,
igual de impulsiva que mi amigo, y lo increpó con mucha firmeza —. ¡No tienes
derecho a decir nada porque el “no funcionaría” no salió de mi boca! — Alen se
quedó mudo ante las palabras: esta vez Bellota ganó —. ¡Nunca llego a
comprenderte! ¡Dices algo pero después haces otra cosa y…!
— Sisa, vámonos — sugirió Marcus, pero
ella no parecía querer irse:
— ¡Estás loco! ¡Estás tan demente que yo
misma ya no puedo comprenderte! ¡Quiero hacerlo, en serio, pero es imposible!
— ¡Claro que estoy loco! — confirmó con
demasiado deleite. Traté de hacerlo retroceder, empujándolo por el pecho, pero
me esquivó ágilmente—. ¡Claro que estoy loco, Sisa Daquel! ¡¿Y de quién crees
que es la maldita culpa?!
La gente de cerca empezó a notar la
pelea, pero eso era lo de menos. Me preocupaba más el extraño destello que
empezaba a vislumbrarse desde el interior de su camiseta, exactamente a la
altura del pecho; Marcus Leda también lo notó.
No…
La
marca de los Phaxsi.
— ¡Alen, vámonos! — exigí. Sisa notó mi turbación…
— ¿Tarek? ¿Qué suced…?
…pero antes de decir nada, sucedió lo
que tanto me temía.
Alen se encogió bruscamente, su
camiseta se rasgó con violencia.
Y soltó un grito desgarrador.
¡No!
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
—
¿Sisa?
¡Pero qué…! — oí a Marcus y a varias voces más, pero en ese momento lo único
que mis ojos veían era a Alen encogerse bruscamente, su camiseta rasgarse por la
parte posterior; y después el grito de dolor que me desgarró hasta el alma.
—
¡ALEN!
Hace unos segundos tenía ganas de
matarlo, pero ahora el miedo me asaltó. Tarek dijo palabras que no logré
comprender, y al segundo nos encontramos sumidos en una completa oscuridad.
No me importaba Marcus, ni la gente que
llegó a ser testigo de la pelea, nadie, ¡no me importaba nadie!
—
¡Tarek!
¿Qué le sucede?
—
Alen,
¡hermano! ¡Escúchame! ¡Tienes que relajarte! — Sus ojos empezaron a cambiar
bruscamente de color, alternando de miel a violeta, y de repente los bultos que
ya había visto una vez sobre su espalda reaparecieron; tratando de traspasar la
barrera de piel, obligándolo a retorcerse de dolor…
¡Sus
alas!
—
¡Hethos!
¡HETHOS! — gritó Tarek desesperado—. ¡Mierda! ¡Iré por él! ¡Espera aquí,
Bellota!
Me acerqué a Alen y traté de que me
oyera en medio de los espasmos de su cuerpo y las muecas de dolor.
—
¡Alen!
¡Alen, mírame! ¡Mírame! — Dios, ¡pero si estaba helado! Sus ojos trataron de
enfocarse en los míos; las dos flechas cruzadas en su pecho se tornaron rojo
brillante y provocaron un nuevo alarido. Parecía que la marca estaba quemándole
la piel —. ¡Alen, por favor! ¡Escúchame,
escúchame! ¡Soy yo! ¡Sisa, Sisa! ¡Bellota! ¡No te pierdas! ¡Mírame! ¡Mírame!
Sus manos subieron hasta mis hombros.
Trataba de decirme algo, pero solo movía los labios sin emitir sonido alguno.
—
¿Alen?
¡Alen! — supliqué sin saber qué más hacer, porque yo misma empezaba a
desesperarme. Le pedí que se tranquilizara, que si le pasaba algo me moriría
con él. Me observó fijamente, aun temblando con brusquedad, y negó con la
cabeza, pero volvió a encogerse con violencia.
Traté de sostenerlo y comprobé que su
espalda estaba completamente magullada. Los bultos golpeaban con violencia, y
ahora algo parecido a las puntas de varias cuchillas se asomaban, atravesando
la piel.
— ¡No, Dios! ¡Tarek! ¡TAREK!
Rompí a llorar y al instante cayó de rodillas, frente
a mí. Traté de ayudarlo, pero respiraba con dificultad y después me observaba,
con los ojos miel pidiendo auxilio.
No pude más, ¡no aguantaba verlo así!
— ¡Tarek! — grité exasperada: ¡se estaba
ahogando! —. ¡SEIR!
— ¡Tranquila, tranquila! — Tarek apareció
a mi lado y me ayudó a intentar reincorporarlo, pero el cuerpo de Alen era como
de plomo: sus piernas no respondían —. ¡Hermano, escúchame! ¡Mírame, mírame!
¡No pasa nada! ¡Respira! ¡Sabes lo que es respirar! ¡No puedes olvidar cómo
hacerlo!
— ¡Tarek, se está ahogando! ¡SE ESTÁ AHOGANDO! — supliqué desesperada.
— Muévanse. — Hethos nos hizo a un lado.
No tuve ni tiempo para preguntar si había llegado con Tarek o solo—. Alen,
mírame: explica qué estás sintiendo. ¡Vamos!
Solté otro grito cuando se desplomó con
los ojos sumamente abiertos, con ataques convulsivos y suplicando algo que no
podía emitir en palabras.
— Demonios, la esencia de humano y ángel
está colapsando. — Hethos se arrodilló junto a él y puso la palma de su mano
sobre la mitad inferior de su rostro.
Comprobé, aliviada, que bajo el tenue
brillo que despedía su mano, el ritmo respiratorio poco a poco recobraba su
normalidad.
— Debo llamarlo, Seir — anunció Hethos. Quise
preguntarle a qué se refería, pero ni siquiera volteó a mirarme—. Por unos
segundos ha olvidado cómo respirar, y por lo que veo la facultad de habla
también estaba perdiéndose.
— ¿Qu-qué? — pregunté conmocionada.
— La esencia de ángel y humano no son
compatibles; en algún momento tenía que suceder. O bien cuando se sintiera más
ángel…
— O cuando se sintiera más humano —
completó Tarek consternado. Hethos asintió—. ¿Eso significa que ha llegado a su
límite?
No.
Por favor, no…
— Al límite aún no, porque eso habría
significado la presencia de los Phaxsi.
— Solté un suspiro, llena de alivio—. Pero ya no va a poder desenvolverse de
manera adecuada en este cuerpo. El respirar es una capacidad innata en el ser
humano, es involuntaria; y si su cuerpo ha olvidado, aunque sea por un momento,
cómo hacer algo semejante significa que la esencia de calehim está empezando a desmoronarse. En cualquier momento
desaparecerá todo porcentaje de compatibilidad, y los Phaxsi actuarán.
— No me digas eso, Hethos.
— Lo lamento, Seir: es la verdad. Él ya
estaba frecuentando a su familia humana, pero la venida de Gabriel
probablemente va a demorar. Debo hacerlo ahora mismo: ¡míralo, su cuerpo mismo
ya no soporta la dualidad! Por días ha estado sufriendo, Seir: tú no lo sabes,
pero es muy doloroso. Física y emocionalmente es casi un calvario tener un
colapso de naturalezas.
Muy
doloroso…
— ¿Puedes llamarlo? ¿Al ángel encargado
de trasladarlo a otra vida? — pregunté sin despegar los ojos del semblante
tranquilo. Ya no soporta la dualidad…
Alen… Alen es de los que nunca hablan;
Alen es de los que prefieren sufrir en silencio. A lo mejor todo este tiempo ha
estado soportando muchísimo dolor; sintiendo su cuerpo humano lastimar su
naturaleza original. Y a lo mejor, solo a lo mejor…
…pasaba a verme en secreto porque le
proporcionaba algún tipo de tranquilidad.
— Puedo llamarlo — oí de Hethos; entonces
vi sonrisas, alas, el eterno día en una mirada, besos que nacían de la nada.
Todo…todo eso no puede simplemente desaparecer, no sería justo.
Alen no necesita vivir aquí, pero sí necesita vivir. En donde sea, en
cualquier lugar, en cualquier existencia; pero no sufriendo en silencio, ¡no
soportando tanto dolor!
— Llámalo — pedí decidida —. Llámalo
ahora mismo…por favor.
Tarek y el mismo Hethos me observaron,
sorprendidos.
— Pero, Sisa…
— ¡Que se vaya, Tarek!
— Sisa, escucha…
— ¡No soporto verlo así! ¡Que se vaya,
Tarek! ¡Que se vaya!
No lo quiero a mi lado si implica verlo
sufriendo de este modo.
»—
Relájate, no sé lo que te habrán dicho pero no es de cuidado.
Me aferro con fuerza al cuerpo
recostado, y recuerdo lo malditamente hábil que era para restarle importancia a
cosas como su propio bienestar. Noto que su pecho sube y baja ya más tranquilo;
que respira suavemente y que la temperatura corporal está volviendo a su
normalidad.
Oigo a Tarek protestar, maldecir lleno
de frustración, y después se arrodilla junto a mí, afligido. Le doy algo de
espacio para que susurre todas las palabras que quiera, porque sé que él
también está por tomar su decisión. Y no puedo evitarlo y lloro, lloro con la
misma impotencia que él debe estar sintiendo.
Porque se va…se va y nosotros no
podremos acompañarlo.
Los ojos celestes brillaron tristemente.
Tomó mi mano y me la besó con ternura.
— Ojalá hubieras sido tú, y no Albania en
su existencia original. Habrías valido el castigo — me dijo y lloré aún más.
Hethos dibujó en el aire con el dedo
índice un símbolo extraño. Varios hilos color violeta intenso emergieron de su
mano y fueron adquiriendo las formas que él les daba. El dibujo flotó hasta
convertirse en un agujero brillante, y reaparecimos en el malecón, pero la
gente se encontraba completamente estática. Tal y como la vez que Alen detuvo
el tiempo para evitar que Naina y yo saliéramos lastimadas.
Ahora que lo pienso, nunca le pregunté
si solo quería salvarla a ella…o también
lo hizo por mí.
Comprendo que el mismo Tarek se ha
quedado congelado, junto con todo alrededor. Volteo a ver a Hethos y me pide
que retroceda un par de metros para que la presencia de Gabriel no me afecte.
— Debes estar preguntándote por qué tú
eres la única que sigue en movimiento — me dice pero niego con la cabeza.
En este momento no me importa. Siento
tanto dolor y tristeza que no hay espacio para nada más.
Hethos pronuncia palabras en un idioma
que jamás he escuchado, y una fuerte ráfaga de viento sopla alrededor de
nosotros. Cuando abro los ojos, veo a un hombre de cabellos rojizos, que brilla
como el Sol, y trae una balanza en manos.
Sus ojos violeta me esculcan a lo lejos
y después, para mi sorpresa, me hace una leve reverencia.
Pero no digo más, porque la verdad en
este momento nada me importa…
…solo que estoy por decirle adiós al
chico de los ojos de sol.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Hay algo que me nubla los sentidos, que
impide que los pensamientos coherentes se conecten entre sí. Solo tengo la
imagen de ella, él y ese maldito beso, porque en ese momento las ondas al
viento arremetieron sin permiso, y el cántico de un violín afligido y las
campanas de una iglesia me atacaron.
No sé qué sucedió después, porque ahora
sus ojos me observaban aterrorizados.
No, no son solo los suyos, también los
de Tarek, y varios ojos más. Pero de la nada todo se pone oscuro, y pierdo
también el sentido de ubicación.
Él
es mi felicidad…pero tú el aire que respiro…
Algo se me desgarra por dentro y
explota en miles de fragmentos. ¿Qué es eso que veo a lo lejos? Es mi preciado
frasco con los extraños sentimientos que aún no logro comprender y que llevan
el nombre de Albania escrito; pero la vista se me nubla y pierdo el enfoque
adecuado. Comprendo que mi frasco está tambaleándose porque el mueble sobre el
que reposa está por colapsar. Algo me grita que corra, que intente sostenerlo,
pero el sonido de un violín tranquilo, muy diferente al anterior, me detiene: ¿para qué quieres conservarlo?, me
pregunta, ¿es acaso vital, que guardes
con tanto recelo un frasco que solo contiene veneno?
El contenido de mi frasco lleva tanto tiempo sin abrirse que
el interior se ha enmohecido, se ha corrompido y solo está provocando que todo
lo que lo rodea se pudra igual que él. El mueble que lo sostenía está
desplomándose porque lo nocivo ha llegado a contagiar sus superficies y ahora
es casi inservible.
¿Por qué conservar algo que solo va a
destruirlo todo? ¿Por qué guardar algo que solo va a devorar cada parte de mi
morada?
¿Por qué atesorar un frasco vacío?
— ¡Alen! ¡Alen, mírame! ¡Mírame! — Dos
manos cálidas me toman por las mejillas. Entorno la mirada y me encuentro con
los ojos preciosos mirándome con tanto dolor que me lastiman —. ¡Alen, por
favor! ¡Escúchame, escúchame! ¡Soy yo! ¡Sisa, Sisa! ¡Bellota! ¡No te pierdas!
¡Mírame! ¡Mírame!
Todos los lugares que he visto de este
mundo pasan como fotografías lanzadas al vacío. Los rostros de Marine y
Francesco cruzan mi mente y se mezclan con los de cada una de las personas que
me han cobijado en sus familias. Escucho la voz de Marissa pidiéndome que no me
vaya sin haberme despedido, veo los ojos de Naina, la sonrisa de Santiago, y
después siento que un incómodo ardor se expande por mi pecho.
Quema…
Quema tanto que podría hacer lo que sea
con tal de que lo apaguen.
— ¡No, Dios! ¡Tarek! ¡TAREK! — Los ojos
preciosos se llenan de lágrimas. Quiero decirle que no llore, que no vale la
pena, pero algo impide que el aire circule: la sensación de asfixia se hace
cada vez más insoportable. Algo cae con rudeza y se sienten quebrar… son mis
rodillas impactando contra algo que no sé distinguir bien.
Y en primer lugar… ¿qué son rodillas?
— ¡Tranquila, tranquila! ¡Hermano!
¡Hermano, escúchame! ¡Mírame, mírame! ¡No pasa nada! ¡Respira! ¡Sabes lo que es
respirar! ¡No puedes olvidar cómo hacerlo!
Oigo sonidos y veo eso llamado “labios”
moverse con insistencia. No puedo comprender nada de lo que dicen ambos. Ojos…
¿qué es eso? Intento seguir observando, pero todo empieza a desmoronarse. ¿Qué
es esto? ¿Qué soy? Tengo algo llamado cuerpo, pero ¿cómo hago que se mueva? Más
gritos y de pronto, poco a poco caigo y me sumerjo en un océano de oscuridad.
—
Demonios,
la esencia de humano y ángel está colapsando.
El aire vuelve a ingresar; todo retorna
como un disparo. La casa que empezaba a derrumbarse se reconstruye rápidamente.
A lo lejos veo mi mueble favorito, y el frasco sigue ahí, incólume, intacto.
Siento algo tibio rozarme las mejillas,
y la calidez de alguien que se refugia en mi pecho.
— ¡Que se vaya, Tarek! ¡Que se vaya!
— Eres mi mejor amigo, maldito idiota — me
susurran —. No puedo dejar a la princesa, pero tampoco voy a dejarte a ti.
Solía tener muchísimo más poder que el mismo Hethos: ya hallaré la manera de
seguirte y no perderla a ella tampoco. Y no te preocupes por Naina; te juro que
volverá a hablar.
Tarek.
Quiero responderle que aún no me he ido
pero una presencia que se me hace conocida acaba de aparecer. Abro los ojos,
aturdido, y compruebo que todo está de gris, todo estático. Veo rostros
sorprendidos de humanos, y a un lado encuentro a Tarek arrodillado y
observándome con consternación. En él tampoco hay rastro de movimiento.
Hethos me observa con seriedad mientras
me pongo de pie, recuperado del reciente ataque, y después desvía la mirada.
Oigo un sollozo bajo y cuando me enfoco
en encontrar el lugar del que proviene, veo a una chica de lavanda, trata de
tranquilizarse capturando algo de aire y de rodillas.
— Sisa... — Eleva la mirada; sus ojos se
llenan de más lágrimas al toparse con los míos.
Quise acercarme para preguntar qué iba
mal, para decirle que no tenía por qué llorar, que todo siempre tenía una
solución; pero una voz me detuvo:
— Abdiel, el quinto en
creación de la jerarquía de los Principados, actual guía del calehim aquí presente. — Giro violentamente, pero tengo que cubrirme los ojos por la luz resplandeciente —. Respondí
a tu llamado y aquí estoy, dispuesto a hacer la pregunta base.
Gabriel.
Volteo a ver a Hethos, sin comprender.
— Alen, los Phaxsi vendrían por ti. Estabas totalmente perdido; habías olvidado
facultades básicas humanas.
— ¿Qué?
— ¿Ángel
o Humano? —
retumba antes de que pueda decir algo más.
Siento que mi pecho se estrecha y
empieza a ahogar a mi corazón. No, es… ¡es demasiado pronto! Y yo… ¡Yo aún no…!
— Alen, ya habíamos tomado una decisión.
— Trato de concentrarme en las palabras de Hethos, pero ver a Sisa a un lado
mientras intenta pasar desapercibida me aturde los sentidos.
— O
vives como humano, disfrutando de los misteriosos sentimientos
creados solo para algunas especies; o persistes en la búsqueda de tu verdadero
nombre para retornar a donde perteneces.
Me quedo perdido, sin saber cómo ocurrió todo esto. Oigo los
sollozos tratando de ser reprimidos, y yo mismo colapso:
—
Yo no…
—
Así que vuelvo a reformulártelo, calehim: ¿Ángel o Humano?
—
¡Alen! — insiste Hethos —.
¡Alen, ya hablamos de esto!
Recuerdo la primera vez que sucedió; recuerdo cómo dejé a Marine
sola, en la tumba de Francesco. Cómo yo mismo aún no comprendía de qué iba todo
est...
—
¡VETE! — retumba en medio
de todo el espacio gris. Volteo, atónito, y me encuentro con los ojos preciosos
—. ¡Vete, Alen! ¡Vete! ¡Yo misma le pedí a Hethos que lo llamara!
Algo me oprime con fuerza eso que todos llaman corazón. Intento encontrarles
sentido a sus palabras, y de pronto lo comprendo: la chica del violín está tan
cansada de sufrir por un imbécil que no sabe a dónde pertenece, que lo mejor es
exigirle que se vaya y ya deje de atormentarla.
Y no puedo reprochárselo. Que nos conociéramos no ha hecho más que
lastimarla.
Trato de pedirle todo el perdón que se merece con los ojos, pero
solo consigo que llore más:
—
¡Vete, Alen, vete! ¡No
sirves como humano! — exclama y me regala una sonrisa que trata de hacer
divertida—. ¡Este mundo es horrible para ti, y yo…yo no quiero…! — Las palabras
dejan de brotar para ser suplantadas por más sollozos, y las emociones en su
interior se desatan en espirales y caminos desiguales: veo todo el caos y la
tristeza; también el optimismo y la resolución. Y no necesito más explicaciones
porque ya lo vislumbro.
Te entiendo, Bellota. Claro
que te entiendo…
Me sumerjo en los ojos hermosos y asiento. Yo mismo se lo dije:
que ojos como los suyos no merecían llorar por alguien como yo. Ella ha sufrido
tanto desde que se topó conmigo y no aguanto verla sufrir, porque eso es casi
como lastimarme a mí mismo.
Gabriel me observa: asiento.
Ya tengo mi respuesta.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
Cuando abrí los ojos el reloj de mi velador me dio la bienvenida: seis y media de la mañana. Ya era lunes.
Me quité los cobertores dispuesta a prepararme para la escuela. Si
salía temprano, probablemente tendría oportunidad de practicar algo con el
violín en lo que llegaban mis compañeros al aula.
Mi celular vibró estridentemente. Intenté ubicar el sonido: abrí
el cajoncito de mi velador y lo encontré.
A su lado, tres tabletas de chocolate reposaban.
—
¿Sisa? Oye, ¿estás bien?
—
¿Eh? ¿Marcus? ¿Por qué me
preguntas eso tan…? — Ahogué un bostezo —.
¿…temprano? — reclamé divertida.
—
Escucha, tal vez suene raro, pero no recuerdo en qué momento te
llevé a casa. Es como si hubiéramos estado en el auto de Estefan…y después
simplemente hubiera despertado en mi cama.
Me quedé unos segundos observando las tabletas de chocolate.
Vaya, tiene razón, ¿en qué momento…?
En fin.
—
Me trajiste a casa, Marcus.
Seguramente cuando regresaste a la celebración con tus abuelos bebiste de más.
— Soltó un par de carcajadas y me respondió que “a lo mejor”—. Los chicos y yo
estaremos a las cuatro en tu casa, ¿está bien? — Aceptó muy contento y después
me despedí—: Nos vemos más tarde. Adiós. — Y colgué.
No era la primera vez que sucedían cosas así de extrañas. A fin de
cuentas, tenía algo de veinte dibujos con cosas que nunca llegué a comprender
bien, así que ya debería estar acostumbrada.
Observé un tanto las barras de chocolate y después las metí a mi
mochila: ¿desde cuándo las tengo aquí guardadas? Justo son tres: tal vez las
compré para Loi, Etel y Tomas en algún momento. Mmm, bueno, se los puedo dar
hoy; parecen estar en buen estado.
Lavé los utensilios que usé para tomar el desayuno, me cepillé los
dientes y salí de casa. Gisell y Corín apenas estaban levantándose así que la
típica fría despedida no fue necesaria.
Subí a la bicicleta y pedaleé con fuerza. Los dientes me
castañearon cuando algo del viento gélido de la mañana me dio de lleno en el
rostro. Doblé por la esquina, y vi la casa de las rejas negras; sentí un ligero
cosquilleo en el pecho: ojalá no vaya a ser gripe.
Como era temprano, no había mucha gente ni bulla alrededor, y el
paseo resultó bastante agradable. Me di una escapada al malecón, y mientras
observaba el mar en tonos grises unas extrañas ganas de llorar me atacaron: tal
vez sea porque Marcus se va hoy por la tarde, pasaran meses para que vuelva a
verlo y eso si es que llego a ingresar a Gaib Art.
Y hablando de Gaib Art… ¿tengo algo que hacer a las seis? Mmm…
Saqué la agenda de la escuela y comprobé que no tenía nada
apuntado.
Qué raro, tengo esa incómoda sensación que te dice que tienes algo
que hacer, pero no sabes qué.
—
Samin dice que sería mejor
que las cosas se quedaran así, pero yo ya te extraño — oí al lado. Giré y me
encontré con una chica de ojos marrones y cabello anaranjado intenso apoyada
sobre el malecón —. Oh, lo siento — me dijo señalando los auriculares que
llevaba.
Ah, con que era eso. Por un momento pensé que estaba hablándome a
mí.
¿Samin? ¡Ah, ya sé! Me suena conocido porque así se llama el DJ que tanto
le gusta a Loi.
Cuando llegué a la escuela apenas estaban abriendo los salones.
Ingresé al mío y me dejé caer sobre mi carpeta porque las ganas de practicar se
me habían quitado.
¡Dios! Siento que estoy olvidando cosas y la sensación es tan
incómoda…
Saqué mi celular y me puse los audífonos. Como aún no llegaba
nadie me entretuve hojeando mi cuaderno de Álgebra. Ahora que veo, Loi, Etel y
hasta Tomas se han encargado de garabatear todas las hojas del final.
Así que esto es lo que hacen en los recesos: voy a hablar
seriamente con ellos.
Tomas, Tomas, Tomas???
No jodas, Tomas, Tomas, Tomas.
Contento??
¬¬ mujer cruel
Las frases y los dibujos regordetes de Etel me daban mucha gracia;
pero cuando volteé la hoja, algo curioso sucedió:
Alen está tan guapo!!
Ataca Sisa!!!
¿Alen?
Tarek también dice
que harían linda
pareja!!
— ¿Sisa?
— me llamaron. Elevé la mirada; Loi estaba ahí, sonriente—. ¿Mmm? ¿Qué
pasó?
— Loi, ¿conocemos a alguien que se llame
“Alen”?
Pronunciar el nombre me dio un no sé
qué en el cuerpo.
— ¿Alen? — Asentí y después le mostré mi
cuaderno—. Tal vez sea amigo de Tarek, quién sabe. Qué raro, es mi letra.
¿Cuándo te escribí eso?
— Si tú no te acuerdas, menos yo.
Etel llegó unos minutos más tarde. La
abordamos con la misma pregunta:
— Pues que yo sepa, no. ¿Alen? Mmm… ¡pero
suena muy genial, ¿verdad?! — Loi la golpeó con mi cuaderno en la cabeza y
después empezaron a charlar sobre los rumores de un nuevo single de JOBEY, y los
planes para celebrar mi cumpleaños por atrasado.
Me limité a asentir levemente, porque
siendo sinceras no tenía ganas de salir. Es más, solo quisiera estar en algún
cómodo lugar donde pudiera ensayar hasta que la fea sensación de olvido se
disipe.
El profesor Nelson ingresó y cuando
estaba rebuscando en mi mochila por mi cuaderno de Física volví a toparme con
los chocolates. Iba a decirles a los chicos que los había traído para ellos,
pero después sentí como si no fuera una buena idea obsequiarlos. Eran míos…y
sentía que valían muchísimo.
Vaya, esto de las sensaciones curiosas
empieza a ser fastidioso.
A las cuatro estuve frente a la casa de
los abuelos de Marcus en compañía de las chicas y Tomas. Había algo de
movimiento afuera y adentro; supuse que porque varios de los invitados que se
habían alojado ahí también ya se iban, igual que la familia de Marcus.
Nos pusimos a conversar sobre lo bien
que la pasé ayer en la renovación de votos de sus abuelos, y entonces Loi agitó
la mano, llamando a alguien en la acera de en frente.
Giramos y Tarek apareció con su usual
sonrisa relajada. Se detuvo para que un grupo de chicos con patinetas pasaran,
y en ese momento sentí una fuerte sacudida.
Tarek…
¿De
dónde conocemos a Tarek? De la pastelería de Copo de nieve, claro.
¿Y cómo conocemos la pastelería de Copo
de nieve?
Ahí está la parte en blanco.
— Disculpen la demora, tuve un par de
cosas que hacer en la universidad — nos dijo con simpleza. Loi lo saludó con un
beso, y después la charla se reanudó.
Estuve demasiado ensimismada observando
a Tarek, casi como si tuviera la respuesta a mi sensación de olvido en él. En
un momento giró y me regaló una enorme sonrisa ante mi insistencia visual.
Quise preguntarle algo que no sabía poner en palabras, pero la señora Emma
salió de la casa, nos saludó a todos y después dijo que partirían en unos
minutos.
— Bueno, aquí estamos otra vez — me dijo
Marcus después de despedirse de todos. Nos quedamos a un lado mientras los
demás charlaban con Abby—. Es extraño volver a decir “adiós, Bellota”.
— Tal vez el próximo año seamos vecinos.
— ¿Eso significa que la futura estudiante
de Gaib Art aún seguirá siendo mi amiga?
— Oh, Marcus, cállate. — Y le lancé un
manotazo.
Aprovechó mi movimiento para tomarme
por la muñeca y jalarme a sus brazos.
— Vas a cuidarte, ¿sí? Y a ensayar mucho.
— Asentí, sonriendo en su hombro. Él suspiró—: No quiero ahondar en el asunto,
pero igual quiero decirte que voy a esperar, Sisa. Sé que ahora quieres
enfocarte solo en el violín, y en todo lo que implica tu examen, así que voy a
respetar eso. Pero igual, cuando ya estés en Libiak, volveré a atacar así que
espero una respuesta diferente — me dijo en tono de advertencia. Rompí a reír y
lo abracé con más fuerza.
Marcus…Marcus Leda…
Sí, tiene razón. En este momento solo
quiero enfocarme en el violín.
En el violín y en olvidar los ojos miel…
— ¿Eh? — Parpadeé bruscamente cuando vi
el auto de los papás de Marcus llevárselo lejos, y después millones de imágenes
retornaron a mí con violencia.
Ojos de sol, ojos violeta. Alas de humo, polvo de
hadas, besos en mi habitación, susurros del viento. Samin Nerses, Amber,
Hethos, Durand, Gabriel…
…Albania Formerio.
» Saben tan bien que,
podría decirse, me gusta alimentarme de besos.
Alen Forgeso.
— ¿Sisa? — me llamó Loi. Traté de no
verme muy consternada —. ¿Qué sucede?
» Los
chocolates son deliciosos así que me parecen un pago justo. Y jamás se me ocurriría
manchar tu arte con algo tan sucio como el dinero. El dinero es demasiado terrenal…lo
tuyo va más allá de eso.
— Yo…debo…irme — contesté escuetamente.
Me despedí y subí a la bicicleta, intentando huir de todo. Un segundo antes los
ojos celestes de Tarek me observaron fijamente, como diciendo que comprendían
mi malestar.
»
Ojos como los tuyos no merecen verse tan tristes, Sisa; y menos por alguien
como yo.
Pedaleé con tanta fuerza que las
piernas empezaron a dolerme. Entonces doblé por una esquina, perdí el control…
¡BROM!
…y caí con bicicleta y todo sobre el
pavimento. Los jeans se me habían rasgado y dejaban al descubierto un raspón
que me ardía muchísimo en la rodilla derecha.
— ¡¿Y ahora qué te pasa?! — me espeté
mientras conseguía ponerme de pie en medio del punzante dolor —. ¡Por qué
quieres llorar, maldita sea!
Se supone que esto era lo mejor, ¿no?
Que así no lo vería derrumbarse en este mundo, que así él ya no sufriría más. Entonces
¡¿por qué no estoy sonriendo?! ¿Por qué no estoy feliz?
Él ya está bien, ¡él ya está a salvo…!
Y
nadie más que yo lo recuerda.
Sentí el ardor horrible en los ojos: quiero llorar por mi rodilla lastimada. Sí,
es por eso. Solo por eso.
Pasé por cada uno de los lugares por
los que había caminado junto a él y finalmente terminé en Izhi. Dejé la
bicicleta estacionada y bajé por los peldaños de piedra. Hoy particularmente
hace frío y hay mucha neblina, pero estoy segura de algo…
— Lo sabía — murmuré cuando estuve en
medio de los inmensos árboles.
No más gritos, no más llantos. Ya no oía nada.
El que gritaba era Alen: a lo mejor era
alguna especie de eco de la voz de su existencia original. Ya no está: ni él, ni el fantasma de su voz. Ya no
está más aquí, y probablemente la frase correcta es “nunca estuvo aquí” porque ya
nadie sabe de su existencia.
Retorné por los peldaños mientras
sentía el viento juguetear con mi cabello, y las horribles ganas de llorar
reaparecieron.
Voy a atesorar los ojos miel y el
cabello desordenado, la mirada de niño y la gentil sonrisa, como si hubieran
sido parte de un hermoso sueño. Como parte de una burbuja de jabón que, por lo
frágil de su naturaleza, tenía que explotar en miles de diminutas gotas en
algún momento. Y ahora voy a dejar de llorar, porque la burbuja ya no está…pero
tuve el placer de contemplar su belleza. Y
cuando esté lista llamaré a Samin, si es que aún puedo hacerlo, y le preguntaré
si puede decirme cómo está él.
Subí a la bicicleta y decidí emprender
el retorno a casa.
Llegué a la entrada de mi vecindario
cuando ya estaba oscuro: tal vez ya eran las siete, las ocho, no sé. El coche
de Gisell iba de salida con Corín y ella misma adentro, así que tuve la
seguridad de que estaría sola en casa para llorar todo lo que quisiera. Me bajé
de la bicicleta porque la rodilla lastimada me dolía más cuando pedaleaba y fui
a pie, cojeando un tanto y pasando por las casas con las luces encendidas y el
viento frío susurrando alrededor.
Pasé con rapidez por la acera frente a
la casa de rejas negras, con miles de recuerdos amenazando con volver.
Tal vez deba llamar a Tarek:
consolarnos mutuamente no suena tan mal después de todo.
Sostuve con más fuerza el timón,
tratando controlar las ganas de llorar, cuando un sonido de rebote rellenó todo.
Giré de reojo y me encontré con una pelota amarilla cruzando la pista.
Y después oí una voz que, acompañada
por una carcajada, me dejó estática:
— Para ser tan pequeña tienes muchísima
fuerza, Naina.
¡PAM!
El estruendo de la bicicleta impactando
contra el pavimento resonó. Las manos habían dejado de responderme. Me quedé
ahí, con tanto temor a voltear que preferí observar al frente, reteniendo la
respiración. Oí un par de pasos en carrera…
¿Qué…?
…y después alguien pasó junto a mí, como
el viento, en pos de la pelota amarilla.
Cabello
desordenado.
— Tiene mucha fuerza, ¿verdad? — Me quedé
muda, sin saber si lo que veía era real o no.
Sentí un ligero impacto sobre las
piernas; un par de bracitos me las rodearon. Bajé la mirada, aún perdida, y me
encontré a Naina sonriéndome de oreja a oreja.
Su acompañante nos alcanzó:
No. No puede ser…
— A… A… ¿Alen…?
Me observó divertido, y después soltó
una carcajada. Por un momento sentí pánico: va a desaparecer. En cualquier momento va a desaparecer…
— ¿Qué pasó, curiosa Bellota? ¿Por qué me
miras como si fuera a evaporarme o algo por el estilo? — lanzó juguetón, y no
comprendí absolutamente nada.
Entonces oí la voz de Marissa, a lo
lejos, diciendo que ya era hora de cenar.
— ¡Ya vamos! — respondió él animado.
Naina se despidió de mí moviendo la mano y se alejó con pasitos veloces rumbo a
su casa, con su pelota en brazos.
Y él seguía ahí, sonriendo muy animado.
Lo miré, aún más aterrada: no podía ser
que la mente me estuviera jugando esta mala pasada. Después iba a ser muchísimo
peor; después iba a doler más.
— Ese raspón se ve algo feo — comentó. No
tuve tiempo ni para responder porque ya se había hincado ante mí para tocar con
suavidad mi rodilla lastimada. Solté un quejido, pero al instante algo cálido
envolvió mi pierna y el dolor desapareció —. Listo, ahora se ve mucho mejor.
— Alen… ¿qué…? — traté de preguntar—. ¡Nadie
te recuerda! ¡Ni siquiera yo al principio! ¿Cómo es que…?
— El tiempo es relativo para los tuyos y
los míos, Sisa. Mientras charlaba con Gabriel habían pasado apenas segundos,
pero para ustedes fueron como horas. No me recordabas porque aún estaba exponiendo
mi decisión: Hethos se puso algo furioso, pero eso después lo arreglo. Para
ahora Loi y Etel ya deben haber recuperado sus recuerdos sobre mí, incluido tu
amiguito Marcus — añadió torciendo el gesto.
¿Y eso qué significaba? ¿Qué había
decidido seguir con su búsqueda aquí? ¿En este mundo?
— Por cierto, vas a tener que ser más
cuidadosa de ahora en adelante. — No comprendí: señaló mi rodilla —. En
cualquier momento se me privarán de los poderes curativos y de un par de
capacidades más que no compatibilizarían con este cuerpo, así que ya no seré
tan eficiente para este tipo de cosas.
— ¿Con este cuerpo…?
¿Sería consecuencia del último ataque?
¿Los Phaxsi tendrían algo que ver?
Esperaba una respuesta, pero en lugar de
eso obtuve una carcajada llena de buen humor.
— ¿Alen?
— Los humanos no curan a otros humanos
solo con el tacto, ingenua Bellota.
¿Humanos…?
— Alen, ¿qué…?
— Feliz cumpleaños “atrasado”, Sisa. — Todo
se hizo aún más confuso —. Ayer no te di un obsequio, pero aquí me tienes el
día de hoy. Aún estoy en periodo de prueba, pero solo para confirmar mi
decisión. A fin de cuentas, es la primera vez que cambio mi respuesta.
¿Qué
dijo?
La cabeza empezó a darme vueltas,
porque en ese momento cualquier cosa tendría más sentido que lo que acababa de
oír, si es que había oído bien también.
Me disculpé por no comprender bien de
qué hablaba, pero me sonrió y me abrazó.
— Me voy a quedar contigo, Sisa Daquel — oí y los oídos me
zumbaron. El corazón me latió desbocado—. Tal vez ya no tan veloz, ni tan útil,
y con más errores que nunca…y la verdad es que tengo un poco de miedo, pero también es verdad que no me
importa. ¿Me aceptarías como obsequio atrasado? Porque me parece que no hay
lugar a reembolso.
Tal vez era un truco de Durand; tal vez
yo misma empezaba a hablar con el viento y a imaginar cosas.
Traté de capturar algo de aire, pero el
cuerpo me traicionó por completo. Me aferré a él con muchísima fuerza y sentí
sus manos sobando mi espalda con cuidado. No lo aguanté más y me encogí sobre
su pecho, porque como nunca pude sentir claramente su respiración y me pareció
el movimiento más milagroso de la vida entera. Era como si por primera
vez…estuviera tocándolo de verdad.
Era él, estaba aquí.
Era
real.
— ¿Crees que estás soñando? — me preguntó
en tono juguetón.
— Yo no sueño — respondí aún con temor de
verlo desaparecer.
— Entonces a partir de hoy, yo soñaré por
los dos.
Y todo encajó. Para cuando sentí algo tibio deslizándose por mi rostro, ya era
demasiado tarde como para decirme a mí misma que era estúpido ponerme a llorar.
— ¿Eh? ¿Qué pasó? ¿Debí ponerme un moño?
— añadió en tono divertido.
— ¡Eres un maldito engreído!
— Y tú una Bellota llorona.
No pude contener más las carcajadas que
quería soltar y me aferré a su cuello casi estrangulándolo, con su bonita risa
acariciando mis oídos.
Es la primera vez que compruebo que la
tristeza que llenaba mi pecho era semejante a una sensación de asfixia. Pero ya
no más, la angustia se ha ido.
Acabo de comprender que él es mi felicidad…
…pero también el aire que respiro.
»ɛ~ɜ«
Alen
» ¿Dónde estás? ¿Vas a dejarme? ¿En serio vas a hacerlo?
¡Prometiste que siempre estarías conmigo!
—
¡Vete, Alen, vete! ¡No
sirves como humano! ¡Este mundo es horrible para ti, y yo…yo no quiero…!
Ahí lo comprendí. Las dudas, las vacilaciones, todo fue despejado
y de manera tan simple que casi hasta parecía haber sido una mala jugada del
destino. Porque pude leer entre líneas lo que verdaderamente quería decirme, y
fue lo más sincero que había oído en todas mis vidas.
Prefiero verte feliz…así sea
de lejos.
Albania, Sisa, Sisa, Albania. ¿Por qué he dudado tanto? Ambas son
completamente diferentes, polos opuestos, y una de ellas realmente vale todo el
riesgo del universo.
Observo el frasco a lo lejos. Me acerco
hasta tomarlo y lo destapo. Cada risa, cada beso, cada puñalada flota con
suavidad al exterior. Observo los matices y compruebo que tal y como pensaba,
todo el contenido está podrido. No es un tesoro valioso, es un arma nociva.
Y
tengo que dejarlo ir.
Y ahora que el frasco está vacío voy a
dejarlo nuevamente sobre el mueble, abrir las ventanas que hay a su lado para
que le entre algo de sol, y dejar que poco a poco se llene de todo eso nuevo
que siempre estuvo revoloteando alrededor, pidiendo gentilmente curar lo que
una vez alguien lastimó.
— ¡Vete! — me pide de nuevo, y ya no
tengo más dudas por resolver—. ¡Vete, Alen!
— Calehim,
por última vez —
repite Gabriel—: ¿Ángel o Humano?
Hethos
me observa; entonces suspira cuando nota mis planes.
La
respuesta a “¿quién soy?” siempre estuvo aquí, muy cerca de mí. Los ojos
preciosos me conocieron con el nombre de Alen Forgeso, y ellos eran mi Verdad.
Tal
vez la verdad simplemente era…
— Humano.
…que no necesitaba más nombre que ese.
— ¿Eres
consciente de que el Todo es el único creador de todas las cosas y, por ende,
si Él y su magnificencia no te hizo humano, jamás serás uno completo?
— Completamente consciente.
— ¿Estás
dispuesto a renunciar, también, a tu nombre original y a permanecer con los
terrenales, aun sabiendo que la adaptación “emocional” podría llegar a ser
insoportable?
— Totalmente.
Gabriel
asiente con solemnidad:
— Entonces
que así sea.
La chica del violín y los ojos
preciosos merece alguien renovado, alguien que la quiera con tanta intensidad
que ni él mismo lo comprenda. Alguien decidido a arriesgarlo todo por ella.
No estaba dispuesto a cederle mi
precioso lugar a nadie, porque ella ya había elegido; y ese “alguien”…
…definitivamente era yo.
ɛ~ɜ
Berith
— Acaba de hacerlo — murmuró Nhyna. Abrí
los ojos con pesadez.
— ¿Es en serio? ¿Tan pronto? — La oí
maldecir contra la preciosa Sisa y después empezó a destruir cada objeto de mi
habitación.
Me puse de pie y después de pedirle que
no tocara los jarrones del siglo XVI, saqué una botella de uno de los divanes.
— Ven, cariño. Brindemos.
— ¡¿No me has escuchado?! — me reclamó
con rabia.
— Nhyna, obviando la parte en la que el
objeto de tu insana “obsesión” acaba de abrirle los brazos a la encantadora
Sisa…
— ¡Esa maldita estúpida!
— …tienes motivos para brindar conmigo,
igual que todos.
Me puse de pie y sin que tuviera que
pronunciar palabra alguna los siete aparecieron alrededor de mí.
— Berith — pronunció Voso.
Asentí ante su pregunta tácita.
— ¡Salud, hermanos!
El juego, por fin, acababa de iniciar.
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