Noches de insomnio | Capítulo 22: Noche XXII
Capítulo 23 | NOCHE XXII
Si yo hablara todas las
lenguas
de los hombres y de los
ángeles, y me faltara amor,
no sería más que bronce
que resuena y campana que toca.
Si yo tuviera el don de
profecías,
conociendo las cosas
secretas con toda clase de conocimientos,
y tuviera tanta fe como
para trasladar los montes, pero me faltara amor,
nada soy.
1
Carta a los Corintios 13: 1-2
“ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
—
¡Te
atrapé! — grita ella y la risa
melódica de Naina estalla con fuerza.
No hay mucho sol alrededor y aún se
siente el viento gélido soplando y moviendo las copas de los árboles. Acomodo la bufanda sobre mi cuello porque eso
llamado frío ahora ya no es tan considerado conmigo y me ataca como a uno más; y cuando las veo reír animadas
mientras persiguen a Petardo suelto un suspiro bajo.
Algo de vapor blanco se escapa de mis
labios: es por el frío, sí. Me quedo ensimismado, olvidando todo lo que me
rodea para enfocarme en las formas ondulantes. Me pierdo tratando de
encontrarle algún tipo de explicación a la belleza de la figura, cuando un
tacto cálido me roza los dedos.
—
¿Tienes
frío? — me pregunta ella con
amabilidad, capturando mis manos entre las suyas. La observo y vuelvo a
quedarme completamente absorto:
trae los ojos sumamente brillantes, las mejillas sonrosadas por las carreras en
pos de Petardo, y la sonrisa en sus labios es demasiado para mí mismo. Su
cabello está completamente alborotado y comprendo el porqué al viento le gusta
tanto desordenarlo. Así está preciosa.
Oigo la protesta hecha ladrido de
Petardo, y después más risas de Naina que quiere ponerle a como dé lugar el
enorme gorro con orejas de elefante que compramos para él. Ella suelta una risa, y cuando está a punto de retornar hacia
ellos, mis dedos la atrapan por la muñeca.
No
te vayas…
—
¿Alen?
— me pregunta con curiosidad. La jalo hacia a mi cuerpo y sin pensarlo mucho
hundo el rostro en su cabello. Se sobresalta bruscamente y después pasa los
brazos alrededor de mí—. ¿Estás…? ¿Te sientes bien? — dice preocupada.
—
¿Siempre
has sido así de bonita?
No hay manera de describir con palabras
lo que está sucediendo conmigo, porque ahora mis ojos están aprendiendo a ver como humano.
—
¿Eh?
— Eleva la mirada y se ruboriza encantadoramente.
Quisiera explicarle todos los cambios
que están habiendo en mi forma de ver el mundo, en las percepciones de mi
cuerpo, en la reacción de mis sentidos, pero no sé cómo hacerlo. Ya la veía
hermosa, pero últimamente no puedo dejar de pensar que mis ojos apenas y la
están viendo.
Petardo ladra. Con lo poco que me queda
de entender su lenguaje, oigo que nos pide ayuda porque el gorro con orejas de
elefante no le gusta nada. Suelto una carcajada, deshago el abrazo y estoy
dispuesto a ir para allá…
…pero antes de que lo haga ella vuelve a tomarme de la mano, y sin
previo aviso se pone de puntillas para que sus labios me regalen un tímido
beso.
—
Siempre
he sido así de bonita, bobo. Que recién lo estés notando es otra cosa — me
responde juguetonamente. Gira para acercarse a Naina y a Petardo, y ver su
cabello jugando con el viento me deja algo atontado.
»— Hermano, en algún momento ella va a
darse cuenta de todo el poder que ejerce sobre ti, y ahí sí que estarás más
jodido que nadie en el universo. ¡Mírame a mí: soy casi un esclavo! ¡Y solía
ser un Príncipe!
Recuerdo las palabras de Tarek; sus
carcajadas cuando le pregunté si era normal querer verla a diario.
Acabo de comprobar que tenía muchísima
razón al respecto.
—
¡Aly! ¡Ven a jugar, no te quedes ahí
parado! — oí con ligera dificultad en la mente de
Naina.
—
¡Voy!
ɛ~ɜ
» ¿Eh? ¿Qué pasó?
¿Debí ponerme un moño?
» ¡Eres un maldito
engreído!
»Y tú una Bellota
llorona.
Sus brazos se aferraron a mi cuello con
fuerza, y después la sentí sonreír sobre mi hombro. Pasé los brazos por su
cintura y algo extraño sucedió, porque en ese abrazo comprendí que realmente
quería vivir como humano. Quedarme aquí y disfrutar de todos los años que ella
me quisiera a su lado.
» Solo para
confirmar — inició.
La escuché con atención—, ¿qué pasará con
Albania Formerio?
» ¿Qué pasará con
Marcus Leda? —
lancé sin muchas vueltas.
Rompió el abrazo y me observó, ceñuda:
» Oye, eso no es
justo. Marcus es solo mi amigo. — Rodé los ojos y le dije que “besar” a alguien no lo ponía
en la “categoría” de amigo según tenía entendido. Protestó, me golpeó en el
brazo y después soltó un suspiro—: Marcus
es alguien a quien le tengo muchísimo cariño, pero cariño “fraternal”. En
cambio, tú y Albania… Albania fue como el amor de tu vida.
» De una vida
“pasada” — aclaré
con tranquilidad.
Sus ojos se abrieron un tanto; se
enfocaron en los míos.
» ¿Entonces…?
Negué con la cabeza y sonreí:
» He renunciado a mi
nombre y a mi existencia original, Bellota. Albania y todos los involucrados en
ella ya no son nada para mí.
» ¿Y todo esto de
buscar la verdad sobre tu existencia?
» Mi nombre es Alen
Forgeso; y esa es mi única verdad.
La figura de la chica de las ondas
marrones apareció fugazmente en mi mente:
¿Vas a dejarme? ¿En serio vas a hacerlo?
Sí, voy a hacerlo. Es más, ya lo hice.
Adiós, Albania, ya no hay espacio para
ti aquí adentro.
El frasco le pertenece a alguien más.
ɛ~ɜ
Sisa
¡WARF!
—
¡Petardo,
no!
¡BROM!
—
De
acuerdo. Ahora…entiendo por qué dices que está…algo…gordo — se quejó él con voz ahogada mientras Naina y yo
tratábamos de quitárselo de encima. Desde que habíamos empezado a salir,
Petardo había adquirido la costumbre de lanzársele encima para que lo atrapara
en el aire como si se tratara de un cachorro.
El asunto era que a medida que pasaba
el tiempo algunas de sus facultades empezaban a perderse: la fuerza de titán,
por ejemplo, como decía Tarek.
Petardo parece estar muy cómodo
mientras lo lame como si fuera una enorme croqueta; así que no me queda más que
sacar la pelota de hule que llevo en el bolsillo de la gabardina y lanzarla a
unos metros lejos. Sus orejas se tensan, se reincorpora con destreza (y con
algo de fuerza porque Alen suelta otro quejido: sus patas están sobre su
abdomen) y después sale despedido en su búsqueda.
—
¿Estás
bien? — le pregunto tratando de contener la risa.
—
Ese
perro es un arma de guerra — comenta divertido y se pone de pie. Torció el
gesto, algo adolorido, y cuando lo tomé por el brazo y elevé la manga de la
chaqueta me encontré con un raspón algo feo: probablemente a causa de la
caída—. Oh, no es de cuidado — dijo restándole importancia.
Iba a decirle que fuéramos por una bandita,
pero…
—
¡Petardo,
no! — advertí cuando retornó hacia nosotros con la pelota de hule en el hocico.
La soltó, y…
¡WARF!
—
¡PETARDO,
ESPER…!
¡BROM!
—
¡Ouch!
—
Lo
siento, parece que te quiere mucho — me disculpé algo apenada.
—
Ojalá
no me quisiera…tanto— se quejó entre divertido y angustiado.
ɛ~ɜ
» Sabes lo que
significa que nunca seré completamente humano, ¿verdad, Sisa? Se
me quitarán algunas de las capacidades como leer emociones o ver sueños, pero
seguiré teniendo mayor sensibilidad para percibir ciertas cosas. No necesitaré
alimentarme, tal vez dormir un poco; y eso sí, no envejeceré y… tampoco moriré
de muerte natural.
No moriría. Nunca…
Sé que ese aspecto es mucho más complejo
de lo que parece; pero apenas íbamos iniciando esto que teníamos, que preferí
obviar detalles como que yo sí moriría en algún momento y esas cosas.
Ya tendríamos tiempo después para ver
los puntos críticos del asunto.
» ¿Eso significa que
serás una especie de humano “superdotado”? ¿Algo así como SpiderMan?
»Mmm, podría decirse
que sí. Mi cuerpo y naturaleza nunca serán netamente
humanos; aunque eso de trepar muros y lanzar telarañas no sé si venga incluido.
Solté unas cuantas risas, pero de
repente noté que el gesto tranquilo en su rostro decayó sutilmente.
» ¿Alen?
» Pero si en algún
momento…tú decidieras tomar otro camino y sintieras que yo solo soy un
impedimento en tu vida, ten plena confianza y dímelo, por favor.
Parpadeé reiteradas veces, tratando de
comprender sus palabras: no había forma de que el aire se convirtiera en un
impedimento para vivir. Sonaba completamente absurdo.
» Alen, yo…lo
siento. Acabo de perderme.
Me sonrió con condescendencia:
» Nunca seré un
humano completo, Bellota.
— Asentí porque eso ya lo había comprendido—. Sé que aún eres muy joven, pero si en algún momento…no sé, tuvieras
otro tipo de planes, otros anhelos…
» ¿Anhelos? — Soltó un suspiro y después me
sonrió, quitándole importancia al asunto:
» Solo promete que
siempre serás sincera conmigo. No te pido nada más.
Eso no tenía ni que preguntármelo.
Siempre iba a ser honesta; yo sería como un libro abierto para él.
Yo no cometería los errores de Albania.
ɛ~ɜ
Alen
— ¿Mmm? ¿Naina? — pregunto mientras traigo
en la mano un vaso
de cartón con una de las mejores invenciones humanas para el invierno:
chocolate caliente.
Acabábamos de retornar al mismo parque
después de comprar las bebidas, y me parecía haber escuchado un zumbido en su
mente.
Sus enormes ojos marrones me observaban
con insistencia: ¿qué está diciendo?
Traté de comprenderla, pero lo único
que oía eran las olas lejanas del
mar impactando por allá abajo, las voces de algunas personas y los pensamientos
de Petardo que está muy contento bebiéndose el té caliente que compramos para él.
— Aly…
— era
todo lo que escuchaba. Lo demás era como ondas de radio mal sintonizadas.
Sisa me observa con curiosidad, y
entonces Naina resume muy bien todo lo que quiere decirnos señalando al frente,
con entusiasmo. Ambos volteamos: Loi y Tarek vienen hacia nosotros. Ella está
normalmente abrigada, pero Tarek trae como tres chaquetas, una sobre la otra, más
el gorro de lana, los guantes afelpados y el cabestrillo que Hethos diseñó para
su brazo inerte.
— ¡Loi, Tarek! — exclama Bellota. Naina
corre a saludar a Tarek que se inclina para besarla en la mejilla—. Naina, ella
es Loi, vamos juntas a la escuela. Ya se vieron una vez pero creo que no hubo
tiempo para presentarlas.
Loi se inclina para ofrecerle la mano,
pero Naina aprieta los labios y la observa con recelo: creo saber el porqué.
— ¿Eh? ¿Qué pasó? ¿Hice algo?
— Bonita, ¿qué pasa? — le pregunta Tarek
desconcertado. Naina aprieta los puñitos y después corre a ponerse detrás de
mí—. ¿Eh? ¿Y ahora qué pasó?
— No
lo recuerda —
fue lo poco que escuché en su mente.
— ¿No recuerda qué, Naina? — pregunté.
— ¡Iba
a casarse conmigo!
Elevé las cejas: así que sí era por
eso.
— ¿Hermano?
— Parece que antes de conocer a Loi, le
prometías a alguien “casarte” con ella — respondí aprovechando que Petardo
terminó su té
y volvía a corretear, en pos de Naina.
Tarek me observa sorprendido. A su
lado, Loi entrecierra la mirada:
— ¿Hiciste eso?
— Bu-bueno, yo…
— ¡Tarek, pero cómo se te ocurre!
— Pero princesa, era solo una brom…
— ¡¿Broma?! ¡¿Vas a decir “broma”?! —
repone Loi con indignación. Sisa y yo intercambiamos miradas nerviosas mientras
Tarek balbuceaba cosas incomprensibles a modo de excusa—. ¡El mejor amigo de
Iago solía hacer lo mismo conmigo! ¡Tenía cinco años, él quince, y cuando llegó
a casa con una novia de su edad fue horrible! — Tarek me miró, como pidiendo
auxilio, y no pude hacer más que encogerme de hombros—. ¡Aysh, Tarek!
— ¡Pero princesa…!
— ¿Naina? ¡Naina!
Loi intentó por todos los medios
acercarse a ella y recibir más que miradas ceñudas y labios fruncidos; pero
Naina fingía no prestarle atención y se enfocaba solo en Petardo.
Tal vez deba hablar con ella.
— ¿Y por qué no puedo casarme con las
dos? Hay Tarek para todas, mis nenas ambiciosas — comentó como si fuera lo más
natural, y solo consiguió que Loi le pellizcara una mejilla con enfado y que mi
puño lo golpeara sobre la cabeza.
Cuando salió a colación
que Loi
también practicaba ballet, noté
que el interés superó a la sensación de amenaza dentro de Naina: ayudó bastante que Sisa comentara que
sería estupendo verlas bailando juntas.
Vaya, ahora que lo pienso, Naina sigue
sin recuperar el habla. ¿Cómo voy a solucionar eso antes de que se me quite la
facultad de escucharla?
— Qué bien huele ese chocolate — comentó
Tarek a mi lado.
Elevé el vaso y me acabé todo el
contenido.
— Sí, estaba muy rico — acepté.
— Eres el peor amigo de la historia — me
dijo con mala cara.
Era domingo y ya serían algo de las
cinco o seis y por eso estaba haciendo más frío; Bellota se ofreció a llevar a
Tarek a la cafetería de la que habíamos comprado las bebidas. Los vi alejarse
mientras me quedaba junto a Naina, Petardo y Loi que acababa de recibir una
llamada de su hermano.
— Ven aquí — pedí poniéndome de cuclillas
cuando noté que el gorro perla estaba a punto de caérsele. Naina se plantó
frente a mí y aguardó ansiosa mientras se lo anudaba debajo del mentón—. Listo;
está haciendo frío y no queremos resfriarnos, ¿verdad?
¡WARF!
— Nop.
Gracias, Aly. Por cierto, Loi ya me simpatiza un poquito más — oí y después salió corriendo detrás
de Petardo.
— Dice que ya le simpatizas un poco — le
dije a Loi que acababa de colgar. Soltó un suspiro y sonrió.
Me quedé observando a Naina juguetear
con Petardo, y tratando de no distraerme cada vez que veía algo como las hojas
de los árboles desprendiéndose de las ramas.
Deberían haberme dicho que perder fácilmente
la concentración venía incluido en el proceso de adaptación.
— Realmente te ha sentado bien — oí de
pronto; Loi me observaba con algo de sorpresa en los ojos—: Tarek ya me había
comentado que ahora te siente más relajado, y con lo feliz que está Bellota
también lo pensé; pero recién ahora lo compruebo.
— ¿Mmm?
— ¿No te has dado cuenta de lo bien que
te va como humano? — Bueno, la verdad es que estas últimas semanas han sido
como unas vacaciones estupendas después de andar por vidas con el ceño
fruncido. Loi soltó una risa, pero su tono cambió—: ¿Recuerdas lo que te dije
cuando Etel y yo nos enteramos de lo tuyo con Bellota? — Elevé una ceja: ¿que si lo recuerdo? ¡Iba a ser
imposible olvidarlo! —. Me parece que estás cumpliendo tu promesa. Bellota anda
tan feliz que a veces parece que, en vez de caminar, flota.
Sonreí sin pensarlo:
— ¿Ya no vas a castrarme? — pregunté
divertido.
— Ya veremos. — Y soltó una carcajada
después del manotazo que me lanzó—. Ya veremos.
Bueno, por lo menos ya no quiere
echarme gasolina.
ɛ~ɜ
» ¡Tú, escúchame
atentamente porque no voy a repetirlo!
» ¡Loi! — intenta defenderme ella.
» ¡Nada, Bellota! Y
guarda silencio que voy a decirle un par de cosas a este sujeto.
Soy más alto que Loi Amira, pero me
tiene sujeto por la chaqueta y me ha obligado a encorvarme lo suficiente como
para que sus ojos me observen directamente.
Parece que quisiera echarme gasolina y
prenderme fuego.
» Tarek ya me puso
al tanto de todo el asunto, y Bellota ya nos contó a Etel y a mí que ayer
decidiste dar el paso y por fin quedarte aquí y todas esas tonterías. — El puño que sostenía mi chaqueta se
cerró con más fuerza. Cielos,
esta chica tiene dieciocho años, pero en este momento su presencia es casi tan
intimidante como a veces resulta la de Hethos —. Si
escucho que vuelves a ponerte en plan de chiquillo indeciso, o me sales con
estupideces como besuquear a cuanta chica encuentres y lastimas a nuestra Bellota,
te juro que yo misma me encargaré de castrarte así te largues al mismísimo cielo.
¡¿Me he dejado entender?! ¡Y no dudes de mi poder para hacerlo!
Conseguiré las armas necesarias para ser el verdugo y tú, allá abajo, cuentas
con la futura víctima.
» ¡Loi! — exclamó Etel alborotada. A su lado Sisa
observaba el piso, avergonzada.
Tarek soltó una carcajada que se
transformó en un ataque de risa incontenible. Se acercó y la obligó a soltarme,
abrazándola afectuosamente.
» ¿Puedo saber de
dónde sacas frases tan ingeniosas, princesa? — La besó en la cabeza, pero ella
seguía observándome enfurruñada; casi como un pequeño gato a punto de
transformarse en un temible león.
» Te juro que voy a
andar vigilándote —
me advirtió.
» Y yo te juro que
seré un buen chico, Loi.
Sus ojos se entrecerraron, llenos de
desconfianza, pero después de unos minutos relajó el semblante y me ofreció la
mano.
» Entonces podemos
volver a ser amigos. Claro, solo si prometes que Bellota será muy feliz a tu
lado, y que no te irás en cualquier momento y la dejarás devastada — añadió con indiferencia.
Sisa me lanzó de reojo una mirada
divertida. Solté una risa baja y asentí: ¿a dónde más podría ir?
Todo lo que soy ahora estaba aquí.
ɛ~ɜ
Sisa
—
¿Eh?
¿Cuándo salió eso, Loi?
— pregunté.
—
Lo
enviaron ayer. Cuando revisé mi bandeja de entrada
antes de salir de
casa el mensaje estaba ahí. Te dije que vincularas tu celular a tu correo. — ¡Ay no! Yo era de las que entraba a revisar su
bandeja de entrada una vez al mes. Debía ser más cuidadosa con ese tema:
después de todo, los de Gaib Art se comunican con nosotros solo mediante
Internet —. Es sobre la charla para los postulantes. Ya sabes, nos dirán en qué
auditorio rendiremos el examen y nos darán una visita guiada por todo el campus.
—
¿Eso
significa que…?
—
Síp,
tendremos que viajar a Libiak la tercera semana de diciembre. — Un momento, la
tercera semana…—. Ya sé lo que estás pensando, Bellota: es la última semana en
la escuela; y la visita guiada y charla es en día de semana. Jueves y viernes
para ser más exactas.
¿Qué? ¡Pero la última semana estaríamos en exámenes
finales!
—
¿Y
ahora, Loi? — solté inquieta.
—
No
lo sé.
—
¿Por
qué no hablan con el director de su escuela? — sugirió Alen. Ambas volteamos a
verlo—. Podrían llevar todos los documentos del examen de acceso para solicitar
que ustedes rindan los exámenes en una fecha diferente.
Eso sonaba razonable: ¿por qué no
habíamos pensado en algo tan básico como eso?
—
¿Después?
—
No,
sería mejor antes — me respondió Loi pensativa—. La siguiente semana es
Navidad, y no creo que ningún profesor quiera venir a tomarnos los exámenes.
Sí, Alen tiene razón; además, no vamos a pedir que se nos cambie la fecha de
todos los exámenes, solo la de los que nos toquen en esos días.
—
Etel
y Tomas no podrán venir con nosotras — comenté desanimada.
Habíamos planeado viajar con ellos para
la visita guiada desde hace mucho.
—
Esa
es la parte fea del asunto — añadió de igual manera.
—
Bueno,
si la hora de la visita guiada no coincide con la del examen programado para
ese día en la escuela, Tarek podría llevar a Etel hasta allá y después traerla
de nuevo a Lirau — dijo Alen con simpleza—. Aunque me temo que solo podrá hacer
eso con ella ya que su amigo Tomas no sabe qué somos.
Loi y yo lo observamos con los ojos
abiertos de par en par: claro, Tarek puede transportarse a cualquier lugar del
mundo, igual que Samin.
¡Eso significaría que Etel…!
—
¡Qué
buena idea, hermano!
—
Me
ofrecería yo, pero para ese entonces a lo mejor ya no puedo transportarm…
—
¡AAAAAAAAHH!
Loi y yo soltamos un grito que provocó
que varios pajaritos salieran asustados del árbol de atrás, y nos lanzamos
sobre él, contentísimas.
Oí los ladridos emocionados de Petardo
que aprovechó el ataque y se lanzó sobre nosotros, con Tarek y Naina siguiéndole los
pasos.
—
¡Las
has vuelto locas, hermano!
—
Tarek,
quita tu pierna, ¡no puedo respirar! — protestó.
—
¡Oficialmente
te acepto por completo, Alen Forgeso! — gritó Loi mientras reíamos buscando ponernos
de pie. Algunas personas nos veían con curiosidad al pasar: tal vez porque
parecíamos alguna especie de figura extraña con varias cabezas y miembros
incorporados.
Lo observé reír mientras protestaba,
exigiendo que Tarek dejara de intentar besarlo, y la sensación de flote se
intensificó a niveles insospechados.
¿Qué voy a hacer con esto?
El “lo quiero” empieza a hacerse
insuficiente.
ɛ~ɜ
»
¿Qué parte no entiendes?
»
¡Esta de aquí! ¡Ayyy! ¡¿Por qué es necesario aprender Física?! ¡No creo que
vaya a usarla jamás!
»
¿Cuáles? — Le
señalé los ejercicios del horrible libro y elevó una ceja, divertido —. ¿Esto?
»
¡Sí! ¡Es horrible! ¡No entiendo nada de Estática ni Dinámica, ni nada!
Marcus ya había logrado que hiciera
progresos, pero los nuevos temas que acababa de exponer el profesor Nelson me
habían disparado sin piedad alguna.
»
A ver, dame unos segundos.
— Tomó el libro que reposaba sobre mis piernas y le dio una hojeada veloz.
Pasaron unos cuantos minutos en los que
borraba con furia la resolución de ejercicios fallidos mientras él leía en
silencio con los labios fruncidos.
Soltó una carcajada:
»
¿Qué pasa?
»
No son tan complicados. —
Ya, genial, entonces la del problema soy yo—. No me mires así, gruñona Bellota. Mira, solo tienes que reemplazar los
datos en los símbolos de la masa, la aceleración y las fuerzas que interactúan.
— ¡No me digas! —. El coeficiente de
rozamiento se multiplica por la normal para hallar la fuerza opuesta al
movimiento — ya, eso lo comprendo—
pero antes tienes que descomponerla en los ejes X e Y si existe un ángulo de
inclinación — ehh…—. En este caso es de 53 grados así que
wriewojdaslad alsdjkajsdasd. Después lñkaojdsnsdidasd, y finalmente
akjdklsjalsdkajsd.
Santo cielo, ¿en qué idioma está
hablando?
»
¿Sisa? — Ah, ya
volvió a hablar el mismo que hablo yo—. ¿Qué
pasó?
»
¡Alen, voy a reprobar!
— solté desesperada.
¡Estúpidos ejercicios de Dinámica! Lo
peor de todo es que he visto los que vienen más adelante, y esos
definitivamente están en alguna lengua muerta que solo el profesor Nelson es
capaz de comprender.
Al día siguiente traté de prestar la
atención máxima a cada explicación y a la salida, cuando vino por mí, descubrí
que a pesar de todo mi empeño el asunto seguía pintando mal.
»
¿Pasó algo? —
me preguntó. Le comenté, desanimada, que no sabía qué hacer con esto de Física
porque de seguir así, no iba a graduarme—. Ah,
hablando de eso: te traje esto, lo acabé ayer aprovechando que aún puedo
escabullirme a cualquier lugar sin ser visto. La biblioteca de la ciudad es muy
variada. Encontré el libro que usa tu maestro y también un par más.
Me pasó un manojo de hojas escritas a
mano esmeradamente.
»
¿Eh? ¿Qué es esto?
»
He tratado de resumir al mínimo la dificultad de la teoría, así que va a ser
sencillo que repases con estos apuntes. — Lo observé, repleta de curiosidad—. Lo de Física — me explicó divertido, y me abrumó el
corazón.
El abuelo una vez me dijo que cuando
sintiera que alguien le tomaba la misma importancia que yo le daba a ciertas
cosas, por muy mínimas que fueran,
entonces esa sería la pista para saber que era el indicado.
»
Alen.
»
¿Sí?
»
Realmente quiero que conozcas a mi abuelo y a Joan.
Sus ojos me miraron con sorpresa, y
después sonrió agradecido:
»
Cuando quieras, Bellota.
ɛ~ɜ
Alen
—
Y
hablando de Etel y Tomas; nos encontramos con ellos hace un rato en el cine.
Pero al final no entramos — dijo Loi.
—
¿Eh?
¿Y eso por qué? — preguntó Sisa con
curiosidad.
—
Todo
lo que hay en la cartelera son esas horribles películas de zombies. Así que decidimos caminar por ahí.
—
Buena
decisión — aprobé.
Loi me miró divertida:
—
Sisa
ya nos contó de la poca simpatía que le tienes a ese tipo de películas. — Volteé
a mirar a esa traidora Bellota con cara de pocos amigos, y solo conseguí que se
encogiera de hombros:
—
Lo siento, es que fue
demasiado gracioso. — Ya, sí, genial. Así que es gracioso que esas películas me
provoquen náuseas.
Tarek estalló en carcajadas cuando ella
volvió a narrar, con lujo de detalles, mi poca predisposición para ver ese tipo
de películas.
—
Hermano,
de todas las cosas que podrían ponerte los pelos de punta: ¡¿las películas de
horror?! Voy a conseguirme los títulos más sangrientos para verlas juntos.
Lo golpeé en la cabeza por imbécil.
ɛ~ɜ
»
¡¿Es en serio?! ¡No puedo creerlo! Si solo es sangre falsa.
Me apoyé sobre la columna de al lado y
traté de respirar con cuidado. Sus carcajadas llenaron absolutamente todo.
»
Pues se veía muy real
— respondí, intentando olvidar la horrible imagen de aquella mujer caminando a
pesar de tener la cabeza separada del cuerpo.
Oí que soltó más risas. Santo cielo,
¿cómo es que los humanos soportan este tipo de películas?
Sentí que pasó un brazo por mi cintura
y después el aroma a flores y miel empezó a relajarme los sentidos.
»
No puedo creer que te hayas puesto así por una película de zombies.
»
Lo que yo no puedo creer es que tú puedas tolerarlas. — Estúpidas películas de horror, ¿cómo es
que soy tan idiota como para creerme que el ser humano tenga tantos litros de
sangre para botar?
La casi hora y media que pasamos dentro
de la sala la veía a ella revolcarse de la risa a un lado, mientras yo solo rogaba
porque alguien interrumpiera la dichosa
película de muertos vivientes.
»
La próxima semana se estrena una nueva; se ve bastante buena.
»
Asistiré por ti a la escuela, haré todos tus deberes y bañaré a Petardo si
quieres; ¡pero no me obligues a venir! — Soltó una carcajada y después
asintió:
»
Bueno, también podemos entrar a ver Bambi. La van a pasar en 3D; me parece que
es más tu tipo.
»
Ja-ja-ja, qué graciosa me estás resultando.
Vamos a ser sinceros. Detesto toda esa
onda fílmica de sangre y cuerpos putrefactos caminando sin control alguno, pero
si ella me lo pide, creo que estaría dispuesto a entrar a cuanta horrible
película de zombies quisiera ver.
»
Te dije que debimos entrar a ver Bambi — me dijo la siguiente semana, a punto
de estallar en carcajadas mientras me sobaba la espalda, yo traía la
cabeza oculta entre las rodillas y permanecíamos sentados sobre la acera.
Sí, debimos entrar a ver Bambi.
ɛ~ɜ
Sisa
—
¡Nos
vemos mañana en la escuela! — gritó Loi a lo lejos. Nos despedimos moviendo la
mano y después saqué el violín porque Naina quería escucharme tocar. Me demoré
un poco calentando porque traía los dedos algo tiesos por el frío y después
dejé que la música saliera.
Ya no sentía ningún tipo de nervios al
tocar frente a Alen. Es más, me gustaba muchísimo hacerlo porque tenía la
secreta satisfacción de que él se mostrara como un ávido oyente.
Petardo se subió a la banqueta sobre la
que él estaba sentado y apoyó su
hocico sobre sus piernas.
—
¿Cuánto
tiempo lleva Petardo con ustedes? — me preguntó cuando bajé el violín para
descansar un poco. Naina se sentó junto a él y le palmeó el lomo.
—
Cuatro
años; Joan lo rescató de la perrera.
Había retornado de la escuela con un cachorrito
completamente mojado. Los de la perrera habían tratado de llevárselo cuando lo
vieron vagando por las calles, y él había mentido diciéndoles que era suyo y se
había escapado.
Gisell dio el grito al cielo cuando
preguntó si podíamos quedarnos con él; pero el abuelo no puso peros de por
medio. Le gustaban los animales y dijo que había espacio suficiente en la casa.
—
Ya
veo — comentó acariciándole la cabeza. Le pregunté el porqué de la pregunta —.
Hay cosas muy curiosas en su mente y no logro comprenderlas del todo porque la
facilidad con la que entendía su lenguaje empieza a dejarme.
—
¿Mmm?
—
Creo
que extraña a tu abuelo y a tu hermano.
—
¿De
verdad, gordo? — le pregunté acercándome y tomándolo por el hocico. Soltó un
aullido ahogado y lo abracé con fuerza—. Tal vez podría llevarte allá un día.
El asunto es cómo lo subo al tren
porque no permiten animales…
—
Podría
pedirle el auto a Santiago.
—
¡¿En
serio?! — Asintió pero la sonrisa se me congeló—: Espera, Alen, ¿sabes
conducir? — Elevó una ceja con arrogancia: se me frunció el ceño, comprendiéndolo
—. Ah, sí, tú puedes hacer de todo.
—
Solo
espero poder convencerlo de que puedo hacerlo porque no tengo esa cosa llamada
licencia para demostrarlo.
—
¿Entonces
eso significa que viajaríamos a Asiri? ¿Con Petardo? — pregunté, empezando a
emocionarme.
—
Bueno,
si a tu abuelo y a tu hermano no les da un ataque al verte llegar con un chico
supongo que sí.
Ah, buen punto.
—
¿Mmm?
— Se inclinó, como para escuchar a Petardo (que se veía un tanto más animado),
y después me miró con curiosidad —. ¿Quién es Petra?
Solté una carcajada.
ɛ~ɜ
Bajé el violín con los nervios
recorriéndome todo el cuerpo.
Era la primera vez que entraba a la
casa de Marissa y Santiago, y para colmo estábamos a solas.
»
¿Esta será la canción con la que te presentarás al examen de Gaib Art? — me preguntó; asentí. Era la primera vez
que la tocaba en frente de él.
Bajó la mirada, como buscando algo que
decir, y por un momento tuve la horrible sensación de que no había sonado como
esperaba.
Entonces sus ojos volvieron a los míos,
y después un gesto de admiración llenó su rostro:
»
¿Nos hemos distanciado tanto tiempo? Porque recordaba que tu violín era
hermoso, pero el que acabo de escuchar es…es… — Soltó un suspiro, y después una
carcajada—: Vaya, tal vez el obsequio
prometido no va a ser suficiente.
»
¿Obsequio prometido? — Me
hizo un gesto con las manos, evocando a un par de alas, y entonces lo recordé
bruscamente.
Él había prometido llevarme a volar si
lograba ingresar a Gaib Art.
»
Ya estás adentro, Sisa. No hay manera de rechazar a un violín como el tuyo.
Traté de no verme muy satisfecha, y
después sentí las enormes ganas de saltar que tenía mi corazón, cuando se puso
de pie y me jaló un mechón de cabello a modo de juego.
»
Tal vez para ese día ya no tengas la capacidad de volar — lancé con ganas de molestar.
»
Entonces tendré que ir buscando una manera de llevarte; tal vez pueda pedirle a
Tarek que nos ayude con eso.
Rompí a reír cuando la imagen de Tarek
sujetándonos a ambos, vino a mi mente.
»
No, tal vez no es tan buena idea — reconoció—. Conociendo lo loco que es, tal vez nos deja caer a ambos. Además, él
no puede volar.
»
Tal vez la que te lleve a volar sea yo — comenté con suficiencia. Me miró con
curiosidad; y cuando me preguntó a qué me refería preferí sonreírle y dejarlo
con la duda en el aire.
Gracias a Amber tenía una cajita con el
poder de surcar los cielos.
A lo mejor ese día la encargada del
paseo era yo.
ɛ~ɜ
Alen
— Se está quedando dormida — me susurró
Sisa mientras caminábamos. Ya estaba
haciéndose tarde y yo tenía a Naina en brazos porque estaba algo cansada.
Bajé la mirada y efectivamente la encontré respirando
bajito junto a mi cuello, con los ojos cerrados. Cerré los míos por breves
segundos, solo para ver la gran cantidad de colores intensos con los que
empezaban a teñirse sus sueños.
Llegamos hasta la parte menos
concurrida del parque y tomé su mano para transportarnos de una vez. Me
concentré y para cuando reaparecimos, me di con la sorpresa de que habíamos
aparecido a varias cuadras lejos de la casa de Marissa y Santiago.
— Parece que empiezan a llevarse mis
habilidades para transportarme. Lo siento mucho.
— Tal vez podríamos empezar con las
lecciones sobre el cotidiano arte de tomar el autobús — añadió ella de buen
humor—, o de andar en bicicleta.
Solté una carcajada cuando imaginé a
Hethos observándome furioso, al ir sobre una bicicleta de manera tan tranquila
como cualquier humano.
— ¿Cómo aprendiste a hacerlo tú? —
pregunté con interés.
— ¿Hacer qué?
— Andar en bicicleta.
— ¡Ohhh! — Elevó la mirada, como para refrescar
la memoria, y después rio—: El abuelo me enseñó, pero antes ya había intentado
aprender de Joan: fue un completo desastre. ¡Terminé con las piernas llenas de
moretones!
Siempre que estamos solos hay infinidad
de temas que salen a colación. Ella apenas ha vivido dieciocho años, pero tiene
muchos recuerdos de los que me gusta escuchar. Solía pensar que la cantidad de
años que los humanos tienen en este mundo era diminuta, pero ahora que veo de
otro modo las cosas, si bien los ochenta o cien años que pueden llegar a vivir
no son nada a comparación de la cantidad de tiempo que vengo yo existiendo, en
realidad cada uno tiene como que un enorme libro lleno de experiencias.
Y aunque yo he vivido más tiempo en
cantidad, creo que en vivencias ella ha vivido más.
— Un compañero de clase decía que cuando
dormías, salían cosas feas de debajo de la cama — me dijo cuando tocamos el
tema del pavor que le tenía a la oscuridad cuando era más pequeña.
— ¿Y ahora?
— Mmm, bueno, ahora no hay nada en
particular que me asuste. — Le di una extensa lista en la que mencioné el temor
a las arañas de Marissa, al fuego de Naina, o el temor a las alturas de
Santiago pero ella negó con la cabeza—. Nop, creo que no. — Lo pensó un poco
mientras esperábamos que el semáforo cambiara de rojo a verde, y después
asintió para sí misma—: No, espera; creo que sí hay algo que me asusta un poco.
Cruzamos y Petardo soltó un breve
ladrido. Escuché un vago “yo también”.
— La muerte — dijo cuando llegamos a la
otra acera, y se detuvo—. A veces le temo a la muerte.
¿La
muerte?
La noté algo abatida, pero al instante
negó con la cabeza con ímpetu y soltó un suspiro, apenada.
— Suena algo estúpido, ¿verdad? Digo, la
muerte es parte de nosotros, pero aun así…
— No es estúpido — la interrumpí con
seguridad. Me observó, ligeramente sorprendida —. No es nada estúpido, Sisa.
La vida de los humanos es frágil. A
veces un mal paso, una pestañada, una carcajada que quiso brotar basta para
acabar con ella. Una enfermedad incurable, una leve pero no tratada…
Hay muchísimos riesgos para ellos: es
normal temerle a no abrir los ojos jamás porque implica un cierto tipo de
oscuridad eterna y desconocida.
— Es normal temerle a aquello que es
incierto.
— Más que eso… lo que me asusta es que
las personas que quiero en algún momento tengan que despedirse. Sé que suena absurdo,
pero… — Entrelazó los dedos con nerviosismo, y desvió la mirada—…a veces pensar
en los años del abuelo me pone los pelos de punta.
La noté tan acongojada que opté por
empujarla suavemente con mi cuerpo, con todo y Naina encima.
— Tu abuelo va a vivir muchos años,
Bellota.
— ¿En serio lo crees? — me preguntó con
anhelo.
— Por supuesto.
Esas fueron las palabras más simples y
las que menos pruebas de veracidad tenían, pero bastaron para que ella se
quedara tranquila y sus ojos volvieran a tornarse risueños. Y no hay nada mejor
para mí que verla feliz.
Y si teme por la vida de su abuelo, me
aseguraré de que nada ni nadie lo toque. No tendría la misma fuerza de antes,
pero ya hallaría maneras de mantenerlo a salvo.
— Es evidente que tú no le temes a nada,
¿verdad? — me preguntó unos pasos más adelante.
Fruncí los labios y millones de
opciones acudieron a mi mente. La voz de Hethos retumbó como en un pasadizo
solitario; sus contraargumentos cuando volvió a preguntarme si mi decisión de
quedarme como humano era definitiva:
»— ¿Sabes, si quiera, lo que implica no
ser un humano completo viviendo en este mundo, Alen?
»— No del todo, pero voy a adaptarm...
»— Se te privarán de los poderes
curativos y también de la facilidad para movilizarte o transportarte — me
interrumpió —. Tu cuerpo no necesitará alimentarse; tal vez dormir un poco para
recuperar energía, pero nada más. Y eso sí, de lastimarte el dolor físico va a
estar presente con mayor intensidad. Y la adaptación emocional va a ser lo más
complicado: hay momentos en los que los seres humanos se destruyen a sí mismos
por banalidades; vas a ser testigo de todo eso y la frustración de “no poder
hacer nada” para evitarlo va a ser sumamente dolorosa.
»— Lo sé...ya lo sé.
»— Facultades como leer emociones o ver
sueños no se irán por completo, pero tampoco podrás emplearlas con tanta
facilidad como antes. — Asentí—. Y la muerte y la vejez humana jamás vendrán a
encontrarse contigo.
»— Ya sé todo eso, Hethos.
»— Bueno, ya que decidiste adoptar el
estilo de vida de los terrenales. Dime, ¿qué harás cuando ella empiece a envejecer?
»— Evidentemente haré lo mismo que
Tarek — respondí sin inmutarme—. Tomaré la apariencia que le corresponda a la
supuesta edad que yo también debería tener, y asunto solucionado.
»— ¿Y el tema de la muerte? — soltó
Hethos bruscamente —. ¿Qué harás cuando la niña fallezca?
»— Gabriel mencionó que conservaré una
de mis facultades como ángel al completo. Planeo pedir que no me quiten el
poder de trasladarme a otras vidas. Así que cuando suceda — sentí un horrible
agujero en el pecho tan solo al pensarlo—, simplemente iré tras ella.
»— ¿Sabes lo que significa trasladarte
a otra vida para buscarla? Primero, al verte no te recordará. Si en esta vida
te ama, nada garantiza que en la otra sienta lo mismo.
Sí, ya sabía eso: era uno de los contra
más pesados, pero preferí asentir con sencillez esperando su siguiente
argumento.
»— Y con respecto a esto: nosotros no
nos reproducimos, Alen, así que cualquier deseo por convertirse en madre que
tenga tu niña humana no va a ser cumplido por ti. — Golpe directo. Bajé la mirada, incómodo —. ¿Te has puesto a pensar
qué harás si ella quiere descendencia?
Traté de no verme tan afectado como me
habían dejado sus palabras, pero fallé terriblemente.
No sé…
No
lo sé.
No, sí sé qué haría, pero era demasiado
doloroso pensar si quiera en eso.
»— Yo…simplemente daría un paso al
costado — rebatí sin fuerzas.
»— La niña es humana, y las
convenciones sociales bajo las que viven los humanos suelen ser cuestionadas
pero rara vez cambiadas. Tal vez en algún momento ella quiera casarse, tener
una familia: una pareja estable, hijos, un trabajo; una vida que a mi parecer
es completamente superflua pero que, a fin de cuentas, resulta valiosa para
ellos. Cuando la niña crezca, madure,
¿qué sucederá? Ya, sí, te retiras me dices: entonces, ¿eso significa que vas a
renunciar a tu naturaleza original por un amor que tal vez no dure nada?
»— Hethos, ya tomé mi decisión y…
»— ¿Y el Par absoluto? ¿Qué harás si
aparece? Sabes lo que implicaría eso, ¿verdad? Tendrás habilidad para
transportarte a otras vidas y buscarla, pero siempre vas a encontrarla al lado
de otro.
Marcus
Leda…
Marcus Leda tenía toda la apariencia de
ser su Par absoluto.
Cielos, ¿qué haría si llegase a
suceder? Si un día ella se diera cuenta de que siempre lo quiso.
Naina se acomodó junto a mí cuello y me
trajo de vuelta: noté que yo mismo había dejado de caminar al recordar aquella
charla.
No hay nada más falso que decir que no
le temo a nada: le temo al olvido, al abandono, también a la muerte, a su muerte. Me aterra ver el dolor en sus
ojos, me aterran las lágrimas.
Y si hablamos de un miedo un tanto más concreto…
…pues diría que me da pánico pensar en
el Par absoluto.
— ¿Alen? — me llamó con curiosidad.
Los ojos preciosos me derribaron.
— A nada, Bellota. Yo soy invencible.
— Presumido.
Marcus
Leda…
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¿Segura que no quieres pasar a cenar,
Sisa? — me preguntó Santiago mientras Marissa recibía a Naina de brazos de
Alen: estaba profundamente dormida—. He preparado unos ravioles en salsa blanca
que realmente van a hacerte tocar el cielo. Será como si cenaras comida para
ángeles. — Volteé a ver de reojo a Alen que soltó un leve carraspeo para cubrir
la risita que se le iba a escapar —. ¿Qué dices? ¿No quieres?
Tuve que negarme, apenada. Gisell
estaba a punto de ponerme de patitas en la calle porque mi historial de salidas
no había disminuido; y aunque cenar con la familia de Alen implicara solo estar
a unas cuantas casas lejos, igual no iba a gustarle nada porque ya eran más de
las ocho y yo había quedado en regresar a eso de las seis.
Y prácticamente llevo cenando fuera de
casa algo de dos semanas completas.
— Bueno, pero ya sabes que esta es tu
casa, ¿verdad? — insistió Marissa con afecto. Asentí con entusiasmo y me
despedí de ambos con un abrazo.
Los vi ingresar con Naina en brazos, y me
sonrojé violentamente cuando oí a Santiago decir que no habría mejor chica para
Alen que yo.
— Están tan contentos contigo que a veces
creo que están planeando raptarte— me dijo divertido, mientras nos acompañaba a
Petardo y a mí hasta una distancia prudente para que Gisell y Corín no nos
vieran juntos y empezaran todas las preguntas.
Ambas ya sospechaban algo porque no
dejaban de interrogarme a diestra y siniestra a propósito del tema de si tenía
novio. No he querido comentárselos porque me asusta un poco qué pueda suceder
después.
Tal vez Gisell hablara con el abuelo, y
no quiero que él sepa de Alen de la peor manera.
— ¿Vendrás más tarde?
— Si me quieres contigo, ahí estaré. — Casi
suelto algo tan cursi como que lo querría para siempre, pero pude contenerme—.
Iré a despedirme de Marissa y Santiago y después pasaré a ver a Hethos; supongo
que será suficiente tiempo para que tú también cenes y tengas algo de tiempo
con Gisell y Corín.
— Tiempo para que me regañen por llegar
tarde de nuevo — comenté torciendo el gesto.
Petardo soltó un ladrido.
— Sí, ya me voy — dijo a modo de
respuesta—. Llegando dale algo de agua, tiene sed.
— Ok. — Se inclinó ágilmente y me robó un
beso que me mareó muchísimo a pesar de ser apenas un roce. Me sonrió
juguetonamente y después se perdió de vuelta a la casa de Marissa y Santiago.
Me quedé ahí, con el viento haciendo de
mi cabello un nido de pájaros y con el corazón amenazando con saltar de mi
pecho para irse corriendo tras él.
Etel y Loi ya me lo habían advertido:
salir con alguien al que quieres de manera casi enloquecida hace que te sientas
como caminando sobre nubes la mayor parte del tiempo, ¡pero esto ya era
demasiado! Si él seguía así, comportándose de esa manera tan… ¡tan…! tan
encantadora, ¡yo terminaría transformándome en una loca posesiva que solo lo
querría para ella toda la vida!
Y aunque me horrorice admitirlo, creo
que estoy en pleno proceso de mutación rumbo a ese espécimen, porque hace unos
días fuimos a ver a Loi a su ensayo con la profesora Inés y cuando sentí la
mirada de varias de las estudiantes de allí sobre él, por un momento me vino la
absurda idea de tomarlo por el cuello y plantarle un beso. Tal vez así dejaban
de comérselo con la mirada: no era un objeto para que lo contemplaran de manera
tan descarada….
…y si estuviera permitido, la única que
podría hacerlo sería yo, ¿no?
— Ya, genial, la loca posesiva celosa
empieza a apoderarse de mi cuerpo — me increpé en voz alta. Me ericé ante el
pensamiento—. Bueno, vamos a casa, gordo.
¡WARF!
Avancé con algo de precaución hasta la
puerta (verificando que Corín o Gisell no hubieran estado afuera y me hubieran
visto), pero no vi el auto estacionado en la entrada y las luces estaban
completamente apagadas.
— Por lo menos esta vez llegué antes. — Le
quité la correa a Petardo y le serví agua y algo de comida; después tomé la
nota que reposaba sobre el microondas. Gisell me había dejado la cena por si
demoraban en retornar: Corín iba a tener el baile de fin de curso en unas
semanas así que, supuse, habrían salido de compras.
Terminé de cenar, lavé los utensilios y
subí a mi habitación. Vi el reloj: apenas han pasado veinte minutos desde que
Alen se fue y ya quiero verlo otra vez. Dios, no sé si eso es normal o es que
yo empiezo a batir el récord de ridiculez.
Me quité la gabardina y la bufanda y
decidí tomar un baño. Encendí la música de mi celular y me metí a la regadera. Me
quedé un largo rato solo remojándome después de enjuagarme el cabello, mientras
aprovechaba que no había nadie en casa y podía cantar lo que quisiera.
Finalmente cerré el grifo y salí; ya traía las yemas de los dedos completamente
arrugadas.
Me puse el pijama y retorné a mi
habitación.
Mmm, aún no vuelve. Bueno, apenas ha
pasado una hora.
Decidí ponerme a ordenar las cosas que
llevaría mañana a la escuela. Ya tengo la tarea de Trigonometría lista, también
mi diagrama de flujo para Química, y el resumen de…
— Historia —. ¡Ay, no! ¡Olvidé terminar el
ensayo sobre el papel de las revoluciones en la Historia! ¡Y encima es a mano!
Saqué rápidamente todos los implementos
que necesitaba y busqué como loca mis apuntes. Listo, aquí los tengo, así que
la cosa es solo releerlos e iniciar la redacción.
Apilé los libros que iba a ordenar
alfabéticamente ayer pero que al final ni toqué, y me senté sobre el escritorio
a terminar mi tarea. Ya estaba avanzada así que tampoco tenía que ponerme
paranoica.
Revisé el último
párrafo que había escrito, tomé una bocanada de aire para terminar el ensayo de
una vez por todas y...
—
¡CACHORRA!
—
¡AHH! —
lancé un grito, espantada,
pero antes de que saliera corriendo como planeaba hacer, sentí un par de brazos
estrujándome con fuerza.
Abrí los ojos
completamente sorprendida cuando comprendí a quién le pertenecía la mejilla que
frotaba la mía con tanto cariño.
—
¡Amber, Samin! — grité emocionada: ¡hace tanto que no los veía!
—
Te dije que debíamos avisar antes de aparecer de manera
tan violenta — la regañó él
negando con la cabeza. Sonreí, divertida, al notar su cabello ahora en un tono
rosa intenso y con algunos mechones plateados —. Disculpa la manera
tan poco considerada con la que vinimos a verte, Sisa. ¡Amber, basta! si sigues
abrazándola así terminarás rompiéndole las costillas.
—
¡Es que la he extrañado tanto! — reclamó
conmocionada—. ¡Te echo tanto
de menos, pequeña Cachorra! ¡Después de conocerte he comprobado que pasar
tiempo con Samin es tan aburrido como charlar con una roca!
—
Gracias por la comparación — bufó con mala cara—. Recuérdamela la próxima vez que
quieras volver a jugar con mi cabello.
—
¡Creí que no volvería a verlos!
Desde la vez que
Alen decidió quedarse en este mundo, no supe nada de ellos. Por un momento
hasta pensé que a lo mejor la sentencia de Samin ya había sido saldada, así que
probablemente había regresado a su lugar de origen.
—
Mi sentencia sigue vigente; además, jamás me iría sin
dejarte antes tus obsequios de cumpleaños aquí. — El violín azul
eléctrico y la cajita con la capacidad para movilizarme, transportarme y volar
estaban en su departamento, en Frantzon—. No podíamos pasar a verte porque
prácticamente Alen y tú no se han despegado ni para dormir. — Me sonrojé violetamente
ante el comentario; Samin sonrió—: Me alegra
muchísimo verlos tan contentos ahora que están juntos.
—
¿Era por eso que no veníamos ni por las noches? —
preguntó Amber curiosa. Samin asintió—. Yo pensaba que era porque necesitaba
descansar. Cachorra, ¿eso significa que andan explorando parte de los placeres
carnales humanos?
—
¡¿Eh?! — Me hubiera gustado tener la tranquilidad con la
que ella me soltó lo último, pero lo único que conseguí fue que las orejas me
ardieran con fuerza.
Busqué alguna zona
interesante en mi habitación en la que poder enfocarme.
—
¿Cachorra?
—
Lo…lo único que hacemos es… charlar — expliqué con algo
de vergüenza. No sabía exactamente si a consecuencia de la pregunta…o de la
respuesta.
Loi y Etel ya me
habían hecho la misma pregunta y habían obtenido lo mismo: Alen y yo todo lo
que hacemos en mi habitación es conversar. A veces hay besos, pero no pasan de
pequeños roces que terminan más rápido de lo que demoran en iniciar.
—
¿Mmm?
¿Solo conversan? — repitió sorprendida. Asentí aún más colorada.
—
Discúlpala,
Sisa — añadió Samin con mala cara —. No sé si lo de incomodar a los demás es a
propósito o solo es parte de su naturaleza.
—
¡Es tan injusto! — protestó Amber
negando furiosamente—. ¡El desertor te está monopolizando! Yo también
quiero pasar algo de tiempo contigo.
¿Desertor?
—
Amber,
los chicos han empezado a salir — dijo Samin, y por un momento me sentí como
alguien en medio de una discusión de sus padres—; es normal que quieran pasar
tiempo juntos.
—
¡Pero yo
también quiero tiempo con ella! — Volvió a abrazarme y después puso mirada de
cachorrito abandonado—: ¿No hay forma de arreglar esto?
—
Ya te dije que tengas paciencia — agregó él, aburrido—. Por ahora no puedo presentarme ante
Alen, pero dentro de poco...
—
¿Eh? ¿Vas a hacerlo? —
le pregunté.
—
Tal vez. Aún hay ciertos eventos que... — se detuvo,
bastante incómodo, y comprobé que no podía hablar. Asentí, diciéndole que
comprendía, y continuó—: Aún tengo un par
de cosas que discutir con él y según la información futura que poseo,
probablemente nuestro encuentro se dé dentro de poco; mientras esté en su
período de prueba.
El tono serio me
inquietó un tanto. Les pregunté si habían tenido algún progreso con respecto a
Zihin, el aliter que estaban buscando
para que leyera la mente de Samin, y el silencio sepulcral que se extendió no
me gustó nada.
—
Pensé que ya teníamos su ubicación, pero…aún no lo encontramos.
Intercambió una
mirada de soslayo con Amber, y después se sentó sobre la silla frente a mi
escritorio. Tomó el manojo de copias que estaban sobre la pila de libros y lo
observó con interés. Tuve la ligera impresión de que fue para cambiar de tema.
—
¿Esto es para la escuela? — Asentí y me sonrió—: Tiene algunos de
los versos humanos más hermosos.
Me sonó a excusa
para cambiar de tema.
—
Samin, ¿todo está bien?
—
Todo bien, pequeña Cachorra — intervino Amber—. Y dinos,
aunque no nos hayamos visto has estado practicando, ¿verdad?
—
Recuerda que el examen de acceso es muy importante — corroboró Samin. Noté tanta
preocupación en sus ojos, que quise volver a preguntar si todo estaba bien pero
su voz salió antes que la mía—: Y bien, ¿qué hay
sobre las visiones referentes a Albania?
Ok, sé que es
estúpido, pero todo el cuerpo se me tensó con violencia.
No me gustaba
hablar de ella. Alen ya había decidido dejarla atrás y yo también.
—
No he tenido ni una sola desde hace bastante tiempo — respondí con
incomodidad.
—
¿Voces? —
Negué con la cabeza—. ¿Ideas que
vienen de la nada y te la recuerdan? — Volví a negar—. Mmm, bueno, eso
me tranquiliza.
—
Samin, ¿qué sucede?
—
No hay nada de qué preocuparse; solo quería confirmar algunas cosas
sin importancia. — No le creí—. Por ahora solo enfócate en prepararte para el examen de
enero y claro, en disfrutar de todo esto nuevo que los dos están viviendo.
Créeme que no lo he visto tan feliz como ahora; a veces hasta creo que su
sentencia no podía ser tomada como castigo. Darle la opción de quedarse como
humano era una de las mejores partes de ella; qué bueno que ya se dio cuenta de
eso.
A mi mente vino
bruscamente la voz de Zamai. Si no estaba equivocada, él también había
mencionado exactamente lo mismo:
» Su sentencia es una bendición, no un
castigo, pero si no sabe ejecutarla al final terminará…
Maldito. Me dijo eso, ¿verdad?
¡Si tan solo
tuviera recuerdos más concisos de aquella charla!
Quise preguntarle
a Samin si sabía algo al respecto, pero se puso de pie ágilmente.
—
Ya viene. Es mejor que nos despidamos — anunció. Amber
protestó—. Por cierto, si mañana recibieras algún tipo de noticia con respecto
a mí, trata de transmitírsela a Alen.
—
¿Qué? Samin,
¿de qué hablas? — pregunté desconcertada.
—
No te
preocupes si nos llamas y no acudimos, ¿de acuerdo? Estos días vamos a
ocuparnos en buscar información sobre el paradero de algún Aliter.
—
¿Qué? ¿Y
Zihin…?
Amber me abrazó
con fuerza; quise hacer más preguntas…
…pero al segundo
siguiente me quedé sola en mi habitación, con un horrible nudo en la garganta.
—
¿Bellota? —
oí la voz armoniosa
y automáticamente se me relajó todo el cuerpo. Giré solo para encontrarme cara
a cara con el sol que me observaba con curiosidad—. ¿Estabas acompañada? Sentí unas
presencias adicional...—
Pero lo abracé con
fuerza y su voz decayó.
Debí ser más
prudente, pero la visita de Samin me había dejado pensando en demasiadas cosas.
—
¿Mmm? ¿Qué pasó? ¿Gisell te regañó mucho? — me preguntó con
amabilidad.
—
Eres feliz, ¿verdad, Alen? — le pregunté. La
voz de Zamai aún retumbaba en mi cabeza.
No, no era posible
que él se sintiera desdichado aquí, ¿verdad? Que esté soportando vivir en un
mundo que no le gusta solo por mí.
—
¿Por qué me preguntas eso, Sisa?
—
No te sientes maldecido, ¿verdad?
Se separó un poco
solo para verme a los ojos:
—
¿Nhyna o Berith tienen que ver con esto? — me preguntó con
seriedad. Negué con la cabeza y le pedí que solo respondiera a mi pregunta—. ¿Maldecido? Mmm, a veces me siento
algo desorientado intentando comprender ciertas convenciones sociales algo
curiosas; y muy asombrado cuando paso por la universidad y escucho las
disciplinas con las que ustedes intentan explicarse ciertos fenómenos, pero
maldecido jamás. Al contrario, a lo mejor la palabra es bendecido. — Y me sonrió tan sinceramente que la
inquietud se aplacó —: Yo creo que tienes algo de tarea— añadió señalando con
un cabeceo todos los apuntes desordenados que había dejado sobre mi
escritorio—, así que olvídate de todas esas preguntas extrañas y pon manos a la
obra, Bellota.
—
No te
vayas — le pedí. Elevó una ceja y después me besó en la frente:
—
Me
sentaré aquí mientras tú terminas tus deberes, ¿de acuerdo? — Asentí con más
ánimo y después volví a instalarme en el escritorio.
Media hora más tarde estiré los brazos porque se me
habían puesto tiesos por la postura. De tanto en tanto giraba de reojo, porque
solo me confirmaba que no estaba sola el sonido del pasar de las hojas.
Estaba ahí, sentado en mi cama y revisando algunos de mis
libros, sumamente concentrado.
—
¿Ya
terminaste? — me preguntó sin elevar la mirada.
—
Ya casi,
pero siento que los dedos de la mano se me han adormecido un poco.
Aprovechó para elevar las hojas fotocopiadas que había
estado leyendo y me observó con interés:
—
¿Te han
dejado de tarea el Cantar de los cantares?
—
Lo vamos
a hacer en clase. Reconocer y analizar las figuras literarias.
Sonrió y dejó las hojas a un lado.
—
Que me
bese con los besos de su boca… — dijo al aire. Lo miré con curiosidad—. Es uno
de los poemas más hermosos creados por ustedes. — ¿Mmm? Samin había dicho
exactamente lo mismo: ya me dio ganas de leerlo—. Bueno, señorita, mientras
usted termina sus deberes, yo seguiré entreteniéndome con los títulos que
tiene.
—
Todos los
que tengo ahí ya los leíste — señalé. Asintió sin dejar de observar las hojas
de mi ejemplar de Hamlet y yo volví a mi sitio anterior, frente a mi casi
acabado ensayo.
—
Mmm, no
había visto este — oí.
Giré y entonces descubrí con algo de nerviosismo que
acababa de tomar mi edición tapa dura de El Principito.
—
Qué
edición tan trabajada — comentó sonriente. Asentí, pero noté que su expresión
se endureció de inmediato: creí entender el porqué.
A lo mejor acababa de toparse con la dedicatoria hecha a
mano de Marcus.
—
“Para la única que mis ojos
ven” — leyó en voz alta y me sonrojé muchísimo.
Dejó El Principito a un lado y después tomó la edición de Peter
Pan que estaba debajo. La inspeccionó y supe que por el estilo similar estaba
deduciendo que también era un obsequio de Marcus.
Un silencio incómodo se expandió en toda mi habitación.
Deseé muchísimo que Petardo irrumpiera y me diera oportunidad de sacar otro
tema como el de “está tan peludo, ¿verdad?”; pero no vino. Nadie vino. Mi
habitación siguió así, en silencio, y con él observando minuciosamente la otra
dedicatoria.
Recuerdo exactamente qué decía: “Leí Peter y Wendy solo porque me repetías que te gustaba mucho en la
escuela, Bellota. Creo que ese niño que se niega a crecer y hasta rechaza al
amor solo para evitar madurar, me parece una de las formas más tiernas de
explicar lo atemorizante que puede resultar el enamorarse. Pero si no te
arriesgas…entonces nunca ganas. Las cosas buenas son las que más nos cuestan
obtener”.
—
¿Alen? —
lo llamé cautelosamente. Digo, no estoy muy segura de si Marcus le simpatice,
pero no hay motivos para que se enfade, ¿verdad?
—
Marcus
Leda…— inició. Soltó un suspiro y después cerró el libro—. Marcus Leda con
dieciocho años de vida entendía varias cosas mejor que yo.
Dejó el libro a un lado y después una risa baja se le
escapó:
—
Cuando
ustedes salieron… ¿realmente no te enamoraste de él, Sisa?
¿Eh? ¿Y ahora…?
—
¿Por qué
me preguntas eso? — pregunté sorprendida.
—
Marcus
Leda tiene una forma increíble de resumir los riesgos que implica enamorarse,
pero también pone aquí que valen la pena: que es preferible arriesgar para
ganar, a no hacer nada. Su perspectiva no es egoísta… como la mía, que solo
pensaba en lo que podía suceder de quedarme aquí, contigo, y las cosas no
funcionaban.
—
Alen…
—
Un chico
de dieciocho años entiende algo tan místico como el amor de manera muy
sencilla. Y yo, con más experiencia existencial y supuestamente con más
conocimientos, demoré demasiado en asimilarlo — comentó en tono bajo—. ¿Estás
segura de que no te enamoraste de él, Sisa? Digo, el chico es casi perfecto.
Soltó una carcajada, intentando aligerar el ambiente,
pero sus ojos no se veían divertidos. Nada
divertidos.
No me engaña. No está bromeando, y de hacerlo es una
broma cruel para sí mismo.
—
Claro que
lo quiero— le dije acercándome a él. Sé que yo no leo emociones, pero casi pude
vislumbrar la intranquilidad, la angustia.
¿Qué lo
tiene así?
Los ojos miel temblaron un poco:
—
Es…lógico.
Cualquier persona sentiría lo mismo.
—
Pero no
lo quiero de la forma en la que te quiero a ti. — Elevó la mirada porque yo de
pie resultaba más alta que él sentado, y después sin pensarlo mucho tomé su
rostro—. ¿A qué le temes, Alen?
—
¿Qué…? —
murmuró. La consternación de su voz me afligió —. No-no es nada…
Claro que sí. Claro que hay algo.
—
¿Crees
que en algún momento yo pueda dejar de quererte como lo hago? — Sus manos se
elevaron y cubrieron las mías, como en un gesto de asentimiento, y entonces lo
comprendí—. ¿Crees que todo lo que tengo aquí, por ti, se esfume algún día?
No me respondió, pero las palabras sobraron. Yo no
necesitaba que él me pusiera las cosas con puntos y comas, porque estoy más que
segura que heridas como las que dejó Albania Formerio se cierran, pero dejan
cicatrices. Y si yo misma no hubiera visto con mis propios ojos cómo ella, de
la noche a la mañana, le salió con que estaba enamorada de alguien más, tal vez
no lo hubiera comprendido tanto como siento que lo comprendo.
—
¿No
confías en mí? — le pregunté con afecto.
—
Confío —
me respondió, y los ojos se le tornaron honestos, tan honestos que volví a
hundirme en ellos —. Confío tanto que, si ahora mismo me pidieras darte mi
vida, te la daría sin pensarlo.
Las cosas se voltearon repentinamente. Sentía que tenía
el control de la situación, pero él acababa de dominarme con lo último. Los
latidos de mi corazón se hicieron aún más violentos, un cosquilleo extraño me
sacudió de pies a cabeza.
—
Confío,
Bellota, claro que confío; pero también sé que eres joven…que apenas estás
viendo el mundo.
—
No me
salgas con lo de “joven” porque te golpearé — advertí—. Eso no tiene nada que
ver.
Soltó una risa y después suspiró:
—
Tiene
mucho que ver, Sisa. Tus ojos aún no han visto toda la variedad de
posibilidades que te ofrece el mundo, y tal vez tus anhelos cambien con el paso
de los años.
—
Mi único
anhelo es quedarme junto a ti — repuse—.
Y bueno, tal vez algún día tocar el violín en algún auditorio inmenso,
con el abuelo y Joan sentados en primera fila…a tu lado.
—
Pueden
cambiar — puntualizó con gentileza.
—
Ya,
entonces en un estadio. Puedo tocar en un estadio y el abuelo, Joan y tú
estarán en primera fila. Será igual de grande. — Soltó una carcajada y después
me obligó a caer sentada sobre él. Aproveché que estábamos cerca para rodear su
cuello con mis brazos y aspirar el aroma de su cabello —. Quedémonos en que mis
anhelos pueden cambiar con el paso de los años, pero el objeto inamovible serás
siempre tú.
—
¿Objeto
inamovible? — preguntó divertido.
Todo suena a declaración de chica enamorada que apenas va
gozando de los primeros días de su noviazgo, pero realmente me sentía así.
Sentía que no había modo alguno de pensar que yo podría sacarlo de mi vida
porque era una idea descabellada.
Él…él era el aire. Y
no hay manera de vivir sin aire.
—
A veces
quisiera que fueras algo más sencillo de transportar — murmuré sobre su hombro.
—
¿Cómo qué?
—
Como un
osito de peluche, o un llavero, ¡o un violín! — Rompió a reír—. Eso
significaría que siempre te llevaría conmigo, así tú no quieras.
—
Voy a
querer, Bellota — me respondió con amabilidad—. Siempre voy a querer.
Ojalá
fuera así.
Aún no he hablado de esto con él, pero me tenía algo
inquieta el asunto de qué pasaría si yo ingresaba a Gaib Art. Loi ya me había
dicho que Tarek planeaba mudarse a Libiak con ella; y ante sus planes yo no
había podido evitar pensar qué sucedería con él y conmigo.
Pienso en Naina, Marissa y Santiago, y sé que son su
familia y apenas están recuperando todo el tiempo que no tuvieron antes…
…pero yo realmente quisiera que se viniera conmigo a
Libiak, así suene todo lo egoísta que el mundo quiera.
—
¿En qué
piensas?
—
No sé, se
me vino de pronto la idea de tenerte pequeñito y transportable — mentí. Tal vez
debía esperar un poco para tocar el tema. Contuve un suspiro ante sus risitas
sobre mi cabello —. Suena estúpido, ¿verdad? Apenas llevamos algo de tres
semanas juntos, pero a veces siento como si hubiera sido creada solo con el fin
de conocerte.
Sus carcajadas cesaron por completo. Sentí sus manos
aferrándose a mi cintura, con un ligero temblor en ellas.
—
¿En serio
crees eso?
—
Sueno a
chiquilla enamorada de telenovela, ¿verdad? Qué horror — exclamé torciendo el
gesto.
—
¿Cómo lo
haces, Bellota? — susurró junto a mi oído. Me estremecí por la cercanía, por la
voz misma —. A veces siento que voy a desmoronarme pensando si puede aparecer…
—
¿Aparecer?
¿Quién?
—
…entonces
dices algo y todo vuelve a estar en su lugar.
Y lo percibo, nuevamente la sensación de que algo lo está
agobiando.
—
¿Es muy
difícil estar aquí, Alen?
—
Más que
difícil, a veces resulta un tanto abrumador. — Me topé con sus ojos clavados
fijamente en los míos, bajando sutilmente a mi boca—. A veces hay cosas…que aún
no comprendo bien. He oído de ellas, las he visto, pero nunca las he sentido
tanto como ahora.
Algo extraño sucedió con mi cuerpo ante la declaración,
porque sentí como si algo jalara con fuerza hacia abajo, tirando de mí
bruscamente. Pero no era una sensación desagradable, al contrario, empezaba a
intensificarse y resultaba extrañamente placentera.
Contemplé sus facciones en medio del silencio, y quité
las manos de su cuello para apoyarlas sobre su pecho, a la altura del corazón: boom, boom, boom, boom, era todo lo que
sentía bajo mis dedos. Entonces él hizo un amago de acercarse, mi rostro casi
por instinto se inclinó, y con algo de nerviosismo nuestros labios se rozaron.
Fue apenas un toque sutil, como sentir la textura de las alas de una mariposa, pero
me mareó muchísimo, como solía suceder siempre que los besos aparecían.
Siempre demorando en hacer acto de presencia, siempre
resultando casi etéreos.
Sin embargo, esta vez me atreví a verlo a los ojos, una
súplica silenciosa. Vaciló un tanto, pero volvió a inclinarse; sus labios se
encontraron con los míos nuevamente y de la misma forma la caricia terminó
violentamente. Un jadeo involuntario se escapó de mi boca en medio del ir y
venir, porque la brevedad empezaba a traer consigo demasiados pensamientos,
demasiadas imágenes, y también empezaba a frustrarme. Y cuando volvimos a
encontrarnos, con las miles de mariposas flotando en mi abdomen, me propuse profundizar
el beso porque empezaba a impacientarme…
Pero parecía que leía mi mente, porque él me ganó.
Sentí su boca abriéndose paso y capturando la mía en un
beso más profundo. Mis manos volaron a su cabello y las suyas a mi cintura. El
sonido de nuestras respiraciones chocando era todo lo que me llenaba los
sentidos: de repente lo lento, lo despacio, empezaba a tornarse exigente. Una tensión difícil de explicar se
expandió por mis músculos, y para cuando lo comprendí mi cuerpo ya había
buscado una posición más cómoda porque ahora estaba prácticamente sobre él, a
horcajadas. Su pecho rozaba el mío en medio del movimiento, y la forma en la
que sus manos me estrechaban contra él empezaba a alterarme.
Estamos solos, en mi habitación…
…y es la primera vez que los tímidos besos se convierten
en algo más.
Es la primera vez que besa mi cuello, y también es la
primera vez que se me escapa un gemido cuando siento sus dedos casi clavarse en
mis piernas, sobre la tela del pijama.
Una de mis manos se cuela por debajo de su camiseta: siento
los músculos de su abdomen tensarse por completo. El beso se profundiza y
entonces algo que ni yo misma comprendo empieza a liberarse. Lo siento avanzar
en mi boca, explorando cada parte de mí, y casi de manera inconsciente me sujeto
de sus brazos porque si no voy a terminar despegando a alguna parte.
Y en medio de todo, me golpea con rudeza la comprensión
de que nuestros cuerpos se encuentran en cada movimiento; buscando mayor
cercanía, buscando eliminar cualquier tipo de distancia. Estoy prácticamente
sobre él…
…y puedo sentir la reacción de su cuerpo colisionando
contra el mío.
—
Lo siento
— me dice rompiendo el beso bruscamente. Lo noto agitado, incluso un tanto
apenado—. Aún…aún no controlo las reacciones de mi cuerpo y por eso…
¿Es en serio? ¿Se está disculpando por eso? Me encanta
sentir la forma de su cuerpo contra el mío, la calidez que despide. Es más, es
la primera vez que siento como si hubiera cosas que desconozco y que quisiera
contemplar solo junto a él.
—
Tal vez
ya deba irm…
—
¡No,
Alen! — pido y me aferro a su cuello, tal vez con demasiado ímpetu. En otras
circunstancias me habría dado vergüenza porque la voz me sonó a súplica, pero
casi ni me importó. La cabeza me daba vueltas.
Él aún no comprendía que sus besos me mareaban…me dejaban
vulnerable.
—
Sisa… — Su
voz ha tomado un matiz diferente: suena baja, algo ronca, y escucharlo tan poco
controlado me trastorna por completo. Siento la arritmia de su respiración
porque estoy casi soldada a su pecho —. Es difícil…cuando estamos solos…los
dos…
Los dos…
Lo quiero…realmente lo
quiero. ¿Pero cómo lo quiero?
«A mi
lado…lo más cerca que podamos estar»
Vuelvo a besarlo sin darle espacio a la razón para que
ingrese y lo arruine todo. Me aferro a sus hombros y él hace lo mismo con mi
cintura; estrechándome más contra sí. Vuelvo a sentir la cercanía, el encuentro
corporal, y repentinamente me pierdo cuando comprendo que no me importaría
quedarme así de por vida con él, casi pegados, como buscando ser uno solo.
Su boca se desliza rumbo a mi cuello; pasa por mis
mejillas y mi mentón, y vuelvo a sentir los cosquilleos inquietos en la
columna. Veo a lo lejos la entrada a ese maravilloso océano lleno de oscuridad
del que no sé absolutamente nada, pero en el que definitivamente anhelo
sumergirme.
Quiero sumergirme…pero
solo con él.
—
No — me
dice bajando la intensidad del beso; sus brazos me liberan—. Es una mala idea.
—
¿Qué
cosa? — Mi voz sale tan desfallecida que ni la reconozco.
—
Esto…
estar a solas.
Lo observo en silencio y entonces deposita un beso tierno
sobre mi boca. Me obliga con delicadeza a cambiar mi postura y ahora estoy
sentada sobre él, pero nuevamente de costado. De acuerdo, ya entendí: cualquier
tipo de roce a mayor profundidad no va a darse esta noche. Se me escapa un
suspiro ante la sonrisa serena, y me limito a hundir mis dedos en su cabello
mientras nuestros labios vuelven a encontrarse, pero de manera más pasiva.
De repente el motor de un auto se oye cercano. No le
presto importancia porque acabo de descubrir que morder su labio inferior me
encanta, y parece que a él también porque un sonido ronco se le ha escapado del
pecho, y después sus manos se han aferrado con cariño a mis piernas.
Entonces oímos la puerta principal abrirse…
…y automáticamente abrimos los ojos con brusquedad:
—
¡Gisell!
— decimos al mismo tiempo. Me pongo de pie, tratando de regular mi respiración
porque toda la cercanía, los movimientos, los besos, me han dejado aletargada.
Escuchamos pasos y las voces allá abajo.
—
No
olvides que mañana es lo de que Copo de nieve — me dice. Asiento, pero antes de
que se vaya lo tomo por la muñeca y le robo un beso que tiene que detenerse
porque si no voy a terminar yéndome con él. Se le escapa una risa que solo
consigue que la sensación de flote se incremente, y después cierra los ojos…
…solo para aparecer a unos cuantos pasos lejos.
Sigue aquí, en mi habitación.
—
Alen,
creo que no…
—
¿Mmm?
¡Demonios, ahora no! — exclama tratando de contener el volumen de su voz.
Oigo los pasos de Gisell por las escaleras y siento que
el pánico empieza a apoderarse de mí.
—
¡A la
cama! ¡Debajo de la cama! — sugiero con rapidez. Por un instante me dan ganas
de reír porque ambos correteamos torpemente, como si con eso apareciera alguna
especie de agujero por el que escapar. La idea de la cama no funciona porque no
hay espacio suficiente para que entre por debajo, y cuando le digo que corra al
clóset, compruebo que es demasiado pequeño para él.
Me mira pasmado, y solo atina a desplazarse hacia la
ventana, tratando de hacer el menor ruido posible; la abre con cuidado y…
—
¡Alen,
no! — susurro al entender sus intenciones.
Y después todo lo que veo es su cabello desordenado
desaparecer por el alfeizar.
¡BROM!
¡Está loco!
Me acerco rápidamente ante el sonido sordo y compruebo
que ha aterrizado con algo de brusquedad sobre el césped, porque está sobándose
el brazo derecho. Me sonríe, entre divertido y adolorido, y después cierra los
ojos y esta vez sí desaparece.
—
¿Qué
pasó? — oí por detrás. Giré, y me encontré a Gisell bastante seria—. Ha sonado
como si algo hubiera caído.
—
¿S-sí?—
pregunté y soné tan poco convincente que preferí cambiar de estrategia—: Digo,
¡sí! Yo también acabo de escucharlo; por eso abrí la ventana. Tal vez era un
gato o algo — añadí atolondradamente.
Le dio una mirada veloz de inspección a mi habitación.
Creo que tener todos los papeles sobre mi escritorio y los libros en la cama
ayudaron a que el ambiente de “estoy sola y haciendo mis deberes” se acentuara.
Asintió y después cerró la puerta con brusquedad.
Solté un enorme suspiro y me dejé caer sobre la cama.
¿Qué fue todo lo anterior? Mi cuerpo casi se incendia solo besándolo y
tocándolo.
Aún aturdida, me senté a terminar mi ensayo.
“A veces basta una pequeña chispa para encender la mecha
de toda una gran revuelta”, escribí para culminarlo.
Basta una
pequeña chispa…
Dios, quiero besarlo así toda la vida.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¿Mmm? ¡Hermano, ya llegast…! ¿Eh? ¿Alen?
Pasé de largo a pesar de escuchar la voz de Tarek. Me
quité la bufanda y la chaqueta en el camino, empujé la puerta y después giré la
llave.
El agua helada me quitó la respiración por unos segundos.
Traté de capturar algo de aire por la boca y después me quedé ahí, esperando
que todo volviera a ponerse en su sitio y eso llamado “razón” reapareciera,
porque hace unos minutos sentí que se fue a pasear por algún lado y no tuvo la
cortesía de ponerme sobre aviso.
— Mira, no sé si estés enterado pero los duchazos se toman
sin ropa — oí. Tarek me observaba divertido desde la puerta del sanitario—. Sin
zapatillas, jeans y camiseta. Digo, ¿no?
Me pasé la mano por el rostro y después cerré la llave,
completamente empapado.
— No sé si me estoy equivocando, pero creo que el repentino
baño nocturno mal tomado ha sido porque alguien ha tenido un encuentro con eso
llamado “impulso sexual”.
— Cállate, Tarek — solté fastidiado.
— ¿Es eso? —exclamó demasiado divertido para mi gusto. Me
lanzó una toalla y después rio entre dientes —: Es normal que sientas todo eso
con Bellota, hermano. Lo anormal es que vengas a meterte a la ducha completamente
vestido.
¿Ah sí? ¿Era normal querer arrancarle la ropa? Porque
todas las sensaciones que me atacaron en su habitación me sugerían eso.
— Es fuerte, ¿verdad? El contacto físico es una de las
fuentes de energía humana más inexplicables e intensas. Ya te lo había dicho.
— Tarek, esa era tu excusa cuando Hethos reprobaba el que
persiguieras a cuanta chica encontraras — apunté con mala cara ante la voz
risueña.
— Puedes que sí, pero es la verdad, hermano. El sexo es
demasiado… — Dejó al aire lo último, como si no encontrara palabras. Me quité
la camiseta porque empezaba a comprender que había sido una muy mala idea
meterme a la regadera con todo y ropa en pleno invierno —. ¿Pero sabes? Cuando
hay algo llamado sentimiento de por medio…la experiencia resulta casi mística.
Traté de no prestarle demasiada atención a sus palabras
porque el recuerdo de ella volvía a
mi mente con violencia. Su cabello, sus ojos, su cintura, su boca…
¡Suficiente!
— Solo por eso a veces creo que el Todo ha sido injusto con
todos nosotros.
— ¿Mmm? ¿De qué hablas? — pregunté con curiosidad.
— La única manera de sentir algo semejante, donde lo físico
y lo emocional se unen, es enamorándose; y para nosotros está prohibido el
amor. Mira, tuvimos que renunciar a nuestras naturalezas originales para
conocer a la creación más fabulosa.
— Pero ha valido la pena — comenté al aire.
— Ha valido la pena— aprobó sonriente.
Me cambié de ropa y me dejé caer sobre el sofá. Nos
pusimos a charlar sobre Copo de nieve y todo el asunto de la celebración por los
cinco años de la pastelería, pero de un momento a otro empecé a escuchar la voz
de Tarek con ligera dificultad.
— ¡Pero qué tenemos aquí! — escuché a duras penas—. Alen,
¡el sueño humano ya te está atacando!
— ¿Qué? — Traté de abrir los párpados a pesar de que me
pesaran muchísimo y después solo oí sus carcajadas.
— Quién lo diría: Alen Forgeso adormilado e indefenso ante
el mundo. Tal vez debería sacarte una foto para el recuerdo; seguramente a
Bellota le gustaría.
— No jodas, Tarek. — Me puse de pie y me perdí rumbo a mi
habitación. La voz
de Tarek, diciendo disparates, aún sonaba desde la sala.
Me recosté sobre la cama que no solía
usar y los párpados empezaron a vencerme, como si una fuerza superior los
quisiera completamente cerrados.
¿Esto es el sueño? Sentir que lo único
que quiero es… ¿dormir?
— Qué idiota ha sonado eso — murmuré,
cerrando los ojos.
— Alen… — me llamaron de algún lugar lejano.
¿Tarek?—. Alen, tenemos que hablar.
Estoy flotando a la deriva de algo que
parece un enorme lago de aguas cristalinas. Hay un cielo hermoso cubriéndome
por completo: tiene tonos verdes, grises… tal vez pardos, quién sabe; y
alrededor hay miles de árboles en tonos marrones avellana que me transmiten
calidez.
— Es
un sueño — me dije a mí mismo en medio de la
enorme cantidad de agua.
— Alen,
en algún momento tendremos que hablar — oí otra vez.
Asentí, sin saber exactamente a quién
le respondía y a la vez sabiéndolo.
— ¿De
qué quieres que hablemos?
— La
muerte y la resignación es parte de “ser” humano. — Cerré los ojos; el cuerpo empezó a
hacérseme muy pesado.
Vamos al fondo del lago. Al fondo…a lo más profundo… Tengo muchísimo
sueño.
— Ya
viene, está muy cerca…y no hay manera de evitarlo…
— ¿Quién?
— La
muerte y la resignación es parte de “ser” humano.
— ¿Por
qué repites eso?
— Sabes quién soy, ¿verdad?
— Lo
sé, pero a la vez no.
— La
muerte y la resignación es parte de “ser” humano. Estás en su mundo, trata de
asimilarlo.
— No
comprendo.
— La
muerte y la resignación es parte de “ser” humano.
— ¿Qué…?
— Estás
en su mundo, trata de asimilarlo.
Me hundí en lo más profundo; todo se puso negro.
Bienvenido, sueño humano.
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