Noches de insomnio | Capítulo 24: Noche XXIV
Capítulo 24 | NOCHE XXIV
Samin
Las olas del mar chocaban contra las
rocas como si quisieran quebrar sus superficies. En el firmamento miles de descargas eléctricas
estallaban con violencia.
Me quedé ahí, observándolos a ambos: él
arrodillado, murmurando gozos prohibidos, y ella reposando sobre la tierra
rocosa completamente empapada, con los ojos cerrados y un corazón que ya no
latía.
»
¡Está vivo! ¡Está vivo, Albania! — aseguró mientras posaba sus manos sobre
el pecho del cuerpo helado. Ella ya no estaba aquí, se había marchado, y por
muy cruel que sonara, era lo mejor: era demasiado peligrosa para seguir en este
mundo.
Se inclinó sobre el cadáver; noté
nuevamente esas gotas que ya había visto una vez en sus mejillas: lágrimas.
¿Cómo es eso posible? Nosotros no lloramos.
« Pero tampoco nos enamoramos», retumbó desde
alguna parte de mi cabeza.
¿Por qué permití que pasara todo esto?
»
¡Está vivo, Albania! ¡Maldita sea, no le dispararon! ¡Está a salvo, en un
refugio! ¡Si miles de veces atentaran contra su vida, miles de veces volvería a
salvarlo!
»
Resucitarla no es una buena opción —
oí por
detrás. Giré y me encontré con esa demonio que tanta molestia me provocaba.
Sus ojos, escarlata, me observaron con
preocupación.
»
¿De qué hablas, Gremory? — pregunté.
»
Se quebrará el equilibrio: cuando ella abra los ojos una vez más, todo lo
escrito se reescribirá. Además, él acaba de salvar la vida de un humano que
estaba destinado a morir: ha roto demasiadas reglas. He visto su futuro,
Nanael: le arrebatarán las alas, y después será entregado a los Phaxsi para un
castigo magistral que cubra todas sus faltas.
¿A los Phaxsi?
No. Sus errores son innegables, lo
admito, pero lo hizo porque el muy insensato terminó enamorándose cuando
nosotros no habíamos sido creados para eso.
¡Se lo dije! ¡Se lo repetí millones de
veces!
»
Detenlo, Nanael — me advirtió Gremory.
Noté con terror que el color empezaba a
volver a las mejillas pálidas. Escuché el corazón estático retomando el compás
vital: Albania estaba volviendo a la vida.
Bueno, eso se podía arreglar de manera
sencilla.
»
¡No, Nanael! — bramó
cuando elevé el brazo dispuesto a asesinarla: estaba débil, sería fácil—. ¡¿Qué crees que haces?!
»
Van a condenarte por ingenuo. ¡Ella decidió quitarse la vida, no tenías por qué
resucitarla!
»
¡No vas a tocarla!
¡Pero qué imbécil! ¡El peso del gozo de
resurrección que planeaba emplear era demasiado grande, como para si quiera
tratar de pedir algún tipo de indulgencia a ojos de nuestros superiores!
Si tan solo fuera la mitad…
Tragué despacio: era la única opción
que me quedaba. Sé que él ha actuado por estúpido, pero lo estimo; es casi lo
que llamaría un hermano.
»
Compartamos parte de la deuda — sugerí.
Podíamos compartir el error; total, yo
ya estaba sentenciado a ser castigado de alguna manera porque fui testigo de
cómo la relación prohibida entre ellos brotó, y no puse demasiados esfuerzos en
detenerla.
»
¿Qué haces? — me
preguntó Gremory con esa voz tan fastidiosa—. ¡Nanael! ¡No te quedes en silencio! ¿Vas a cargar con la mitad de la
falta? ¡¿Por qué?! ¡No fue culpa tuya!
»
No es de tu incumbencia, demonio.
Dibujé en el aire la parte que faltaba
del gozo de resurrección para llevarlo a cabo al completo. Gremory me observó
estupefacta y él sumamente
agradecido, sin dejar de murmurar cánticos para restablecer las funciones
vitales de Albania
» ¡Los
declararán culpables a ambos!
»
Pero así la sentencia no será tan dura que si solo recae en uno. Tu
especialidad es el futuro, demonio, puedes comprobarlo por ti misma.
Continué escribiendo. Escuché los
pulmones de Albania empezando a trabajar otra vez; Gremory abrió los ojos con
fuerza después de los segundos que se quedó en trance.
»
Los vi: calehims… ambos — me
dijo. ¿Humano?
Resoplé fastidiado: de todos los
castigos justamente iba a ser ese.
»
No resultará tan grave — le
resté importancia.
Los ojos rojo brillante se
entrecerraron; la vi retroceder.
¿Así que ya se iba? Después de tantos
años de molestia presencia ¿por fin me dejaría en paz?
»
Seré una errante — anunció consternada.
»
¿Cómo? ¿Y tú por qué?
»
Porque me convertiré en tu sombra. Hay partes que no logro ver bien del futuro,
pero sé que tengo que estar contigo.
»
Si buscas algún tipo de respuesta como “gracias”, olvídalo. Ángeles y demonios
no se mezclan, que te quede eso claro.
No sé qué busca esta demonio: siempre
detrás, vigilando, queriendo ser de ayuda; ¿y por qué? Yo no soy tan ingenuo y
si desconfío de humanos, de demonios desconfío el doble.
»
Renunciaré a mi ducado y te seguiré a donde sea. Porque sabes que lo que siento
por ti es demasiado incluso para mí misma — oí las palabras, llenas de seguridad,
y por un instante sentí algo semejante al miedo.
¿Por qué suena tan confiada? ¿Amarme?
¿Qué clase de estupidez es esa? ¿Un demonio amando a un ángel por sobre todas
las cosas?
No le creo.
»
Haz lo que quieras.
— ¡Samin! — Abrí los ojos ante el
estridente chillido, y al instante me encontré con los ojos caramelo
observándome ansiosos.
Molestosa desde su existencia original.
— ¿Qué quieres, Amber? — repliqué de mal
humor.
Detesto la sensación de alarma inadvertida.
— ¿Estabas dormido? ¡Pero si el sueño
humano no nos afecta!
Sí, la verdad era que no necesitaba
dormir; hasta ahora que Alen anda en su periodo de prueba y como compartimos
cierto lazo, la somnolencia que estaba afectándole a él también me afectaba a
mí.
Y por lo visto con sueños incluidos.
— ¿A qué hora llegaste? — insistió—.
Quedamos en que me avisarías cuando estuvieras de vuelta; ya que no quisiste
que te acompañara…
— No era que no quisiera; es que no
puedes entrar allí.
— Ay sí, ustedes y sus “lugares sagrados”
que se reservan el derecho de admisión.
Me reincorporé: me había quedado
dormido sobre la alfombra, exactamente frente a mi mural repleto de gozos.
Había salido en búsqueda de Qinaya para preguntarle si había forma de que me
enseñara a comunicarme con mayor fluidez a través de sueños, ya que eso era lo
que había intentado hacer con Alen hace un par de días. Pero la única manera de
encontrar su paradero era buscándolo en el Santuario de los Misterios, y ese
lugar estaba prohibido para demonios, caídos y errantes.
— Han pasado muchos días, ¿lograste
encontrar a Drol Qinaya? — Solté un bufido. Amber comprendió mi gesto como una
negativa y decidió cambiar de tema—: Mmm, bueno, entonces cuéntame qué tal
salió tu encuentro con Alen. Como te fuiste a buscar a Qinaya ese mismo día, no
me diste mayor información.
¿Qué tal salió?
Bastante bien en realidad. Se asustó
muchísimo al verme, y noté que ciertos pasajes de nuestras existencias
originales junto a Albania volvieron como de golpe. Me había observado con
cautela y después me preguntó con cierto recelo qué estaba haciendo ahí.
»— Na…Nanael, ¿qué…?
»— Yo también estoy sentenciado, Alen.
Supongo que no recuerdas esa parte. — Negó con la cabeza, aturdido: era tan
extraño charlar con él después de tanto tiempo. Su extremo cuidado me hizo algo
de gracia: recuerdo que el desconfiado y huraño solía ser yo. A lo mejor ambos
copiamos algo del otro para nuestras existencias humanas—. Y tengo tantas cosas
que decirte, pero no hay modo alguno de transmitírtelas.
»— Nanael, ¿tu visita tiene algo que
ver con mi decisión de quedarme en este mundo? — Me dejé caer sobre el sofá y
el movimiento ayudó porque lo sentí relajarse—. ¿Mi decisión afecta en algo tu
sentencia?
»— ¿Por qué me preguntas eso?
»— Porque algo que acabo de recordar es
que a ambos se nos encomendó una misión. —Asentí brevemente. Él frunció el
ceño, como esforzándose por expresar las imágenes que tenía en la cabeza—. Y si
no me equivoco…ambos fuimos creados al mismo tiempo para llevar a cabo esa
tarea.
»— Así es. Nuestro nacimiento fue
simultáneo y con un tiempo de antelación para llevar a cabo la misión que se
nos encargó. El Todo nos creó al mismo tiempo…
»—…pero permanecimos dormidos durante
muchas eras, hasta que llegara el momento adecuado para iniciar la tarea. — Sonreí
cuando completó la frase.
Por lo menos había recordado el lazo
que nos unía.
»— Te ves algo asustado — indiqué—, a
diferencia de mí que me siento un tanto contento al verte después de tanto
tiempo.
Se sentó sobre el sofá individual y
lanzó un suspiro. Sentí algo de nostalgia porque nuestra relación solía ser más
estrecha en el pasado. Tal vez se deba a que en realidad estoy hablando con
Alen Forgeso, el calehim, y no
estrictamente mi hermano de nacimiento, el ángel.
»— Te llevas muy bien con el errante.
»— ¿Tarek? — preguntó. Asentí, elevó
una ceja y soltó una carcajada—: Si calificas “bien” al hecho de que la mayor
parte del tiempo quiero asesinarlo, a lo mejor sí.
Ahora el que soltó una risa fui yo:
»— Has cambiado— sentencié. Me observó
con amabilidad:
»— Tú también; las pocas imágenes que
tengo y los sentimientos que me rodean me dicen que solías ser algo frío.
»— Y tú solías ser algo ingenuo, y
mucho más confiado.
»— Eso explica muchas cosas — comentó
al aire, fastidiado. Supuse que había asociado mis palabras con el tema de
Albania.
Saqué el pequeño paquete que traía en
el bolsillo y se lo arrojé. Lo atrapó en el aire con algo de dificultad: parece
que los reflejos súper veloces empezaban a perderse.
»— ¿Mmm? ¿Y esto? — me preguntó
observando con curiosidad la barra de chocolate.
»— ¿No te gusta? — Me dijo que sí pero
no entendía por qué se lo había traído—. Quería iniciar de buena manera. Solía
ser tu alimento humano favorito; más que nada porque fue el primer sabor que tu
paladar probó.
Enarcó una ceja de buen humor:
»— ¡Claro, era por eso! Y tú solías
aborrecer cualquier tipo de alimento porque considerabas que ninguna creación
del Todo debía servir para alimentar a otros. — Solté una carcajada y le dije
que eso seguía igual—. Me pregunto por qué no tenías la misma deferencia con el
café.
¡Es verdad! Solía gustarme mucho el
café.
Había olvidado esa parte de mí mismo.
»— Albania solía embaucarme
ofreciéndome tazas repletas y también copas cuando llegó al pueblo el famoso
licor hecho a base de él— añadí recordando.
»— Y tú tratabas de resistirte, pero la
mayor parte del tiempo fallabas. — Nos miramos, y de repente nos encontramos
riendo sin parar. Era bueno verlo y charlar con él después de tanto tiempo; el
casi hermano que tuve una vez estaba aquí, viéndose tan tranquilo después de
todas las penurias que pasó en su existencia original.
Y qué feliz me ponía verlo así.
»— No has venido a hablarme de ella,
¿verdad? — me preguntó segundos después, en tono lúgubre. Me asombró lo
diferente que sonaba su voz al mencionarla: antes el nombre salía de sus labios
con un matiz lleno de adoración, ahora solo escuchaba uno lleno de aspereza.
Si
supiera…
»— Estás demasiado feliz al lado de
Bellota, que sería imprudente de mi parte hacerlo.
»— ¿Cómo? — Me observó sorprendido, y
procedí a iniciar con la narración que podía permitirme: mi vida como JOBEY,
que conocía a Sisa desde hace unos meses, que le pedí que guardara mi identidad
en secreto, y todo el asunto con respecto a mi “silencio” en este mundo.
También agregué algo que Gabriel ya debía haberle explicado: sabríamos que su
periodo de gracia había terminado cuando el tatuaje con el nombre de Albania,
en nuestra lengua, hubiese desaparecido.
Terminé y algunas gotas de lluvia
empezaron a colarse con el viento que ingresaba por el balcón.
»— ¿Qué viste, Nanael? — me preguntó
con seriedad.
La horrible sensación de resistencia se
apoderaba de mis labios.
»— Solo quiero pedirte que te adaptes a
la norma, Alen. Hay cosas…contra las que no se puede luchar. Y si vuelves a
hacerlo… — ¡demonios! ¡¿Cómo lo digo?!—…sería
como…no haber aprendido.
»— ¿Por qué repites eso? — Su mirada se
tornó aún más seria—. Hace unos días tuve un sueño, Nanael, pero no recuerdo
exactamente qué me decían en él. ¿Eras tú? — Asentí.
Nos quedamos en silencio: no había
manera de explicar más.
»— Buscaré a Hethos y le comentaré la
situación. — Quise decirle que tuviera cuidado, que no era prudente acercarse
demasiado a él, pero no conseguía mover la boca—. Dime, Nanael, todo esto tiene
que ver contigo, conmigo, ¿y con Albania?
No pude responder.
»— ¿O tiene que ver con Sisa? — ¡Mierda! ¡No puedo decirle nada!
Me quedé observándolo, sin ningún gesto
en el rostro, y él interpretó eso como un “todo está bien”.
Me encogí fastidiado; entonces lo oí
soltar una risa:
»— ¿Gremory sigue contigo?
»— ¿La recuerdas? — pregunté impresionado.
»— Solías repetir que te molestaba
tenerla alrededor, pero también era la única que lograba hacerte reír; así lo
hicieras solo por burla, pero bueno.
— ¿Eh? ¿Me recuerda? — me preguntó Amber
deteniendo la narración. Asentí —. Mmm, así que solo yo conseguía hacerte reír.
— ¿Oíste lo de “burla”?
Me dedicó un mohín lleno de malgenio:
— Eras un completo pedante y aburrido
como ángel completo. Ahora por lo menos eres un tanto más gentil y accesible.
— La cosa era que tú eras demasiado
molestosa. Yo solo quería cumplir mi trabajo y de la nada aparecías queriendo
que me materializara, como hacía Alen, para percibir las cosas como los
humanos.
— ¡Es que era divertido! — exclamó
riendo.
¿Divertido? Recuerdo que en esos
tiempos no encontraba el foco de diversión que Alen y ella hallaban en sentir
la lluvia o el sol.
Amber vivía casi pegada a mí, nunca
entendí por qué.
— Yo no acostumbraba a ser gentil. Esperaba que
algún día te cansaras y me dejaras solo.
La recuerdo revoloteando emocionada
alrededor de mí, como si fuera una especie de juguete nuevo con el que quería
divertirse. Y eso solía irritarme muchísimo.
En realidad, no sé bien en qué momento
terminamos siendo amigos.
— Te dije que sería tu sombra, Samin… que
siempre iría detrás de ti. — Percibí las emociones desplegándose unas contra
otras en su interior; decidí ponerme de pie.
— Iré a la cocina por un poco de agua.
Estoy algo débil.
Noté sus ojos seguir mis movimientos;
fingí no hacerlo.
— Siempre vas a dejarme al aire cuando
toco este tema, ¿verdad?
Me serví una enorme cantidad de agua y
me la bebí de un trago.
— No sé de qué hablas.
— Eres imposible.
Tomé una zanahoria de la cesta y con
todo el dolor de mi corazón empecé a comérmela.
— No se da cuenta — la oí murmurar con
tristeza.
Claro que lo hago, desde siempre: claro
que lo sabía. El asunto es que no estaba listo para nada que no sea evitar el
futuro que he visto.
Tal vez nunca estaría listo para nada
más.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— Así que aquí creciste — oí de Alen mientras permanecíamos
sentados sobre una amplia roca que sobresalía del agua. La casa del abuelo
estaba a unos quince minutos de caminata desde aquí.
— Síp. Venía hasta esta zona a practicar
con el violín para que Gisell no se quejara por el ruido.
En frente de nosotros había una espesa
y muy verde arbolada; y las aguas del riachuelo en el que estábamos seguían,
como siempre, igual de tranquilas. Cuando vivía aquí, en Asiri, solía venir a
meter los pies al agua como estaba haciendo después de tanto tiempo. La
diferencia era que ahora tenía dieciocho años, y él estaba sentado a mi lado, demasiado ensimismado observando los
rayos del sol impactando contra la superficie del agua.
Habíamos llegado ayer por la noche, con
Petardo dentro del auto que Santiago con mucha amabilidad nos permitió usar.
Marissa y él nos pidieron que viajáramos con cuidado, y después de despedirnos
por la ventana, emprendimos la marcha.
La semana había sido algo pesada porque
entre el ajetreo de las últimas charlas sobre orientación vocacional en la
escuela, y Alen pasando a testificar en la especie de comité que estaba
evaluando su decisión, no habíamos podido vernos más que algunas pocas horas al
día.
Así que el jueves por la noche, que por
fin pudimos encontrarnos en mi habitación, me dijo que por qué no íbamos a
visitar Asiri el fin de semana.
Creo que en parte era porque quería
alejarse un tanto de todo. Acababa de encontrarse con Samin hace poco,
charlaron y después me dijo algo muy curioso:
»— Siento como si fuera una parte de
mí, Sisa. Es…es un lazo extremadamente fuerte el que tenemos, y últimamente
estoy pensando mucho en su sentencia.
»— ¿Lo de no poder hablar acerca de lo
que sabe? — pregunté y asintió.
»— Y no es que esté dándole vueltas al
asunto porque me asuste lo que haya podido ver del futuro; sino…es…es más como
si pudiera sentir todo el peso que él está llevando sobre sí.
»— Alen…
»— Y realmente es muy doloroso. No…no
sé cómo puede vivir así.
Lo noté tan abatido que automáticamente
acepté que saliéramos de viaje, así fuera solo por dos días. Tuve que decirle a
Gisell que viajaría con Loi para el fin de semana. Lo bueno fue que no preguntó
nada cuando comenté que también me llevaría a Petardo: últimamente estaba más
enfadada por lo del asunto de Gaib Art, así que evitaba cruzar demasiadas
palabras conmigo.
Ni bien salí de la escuela, el viaje
inició; las horas se pasaron volando. Charlamos sobre muchísimas cosas:
aproveché el Bluetooth del auto para conectar mi celular y presentarle mi lista
de canciones favoritas durante todo el trayecto. Nos detuvimos en algunas
partes de la carretera, y cuando bajábamos y sentía su mano tomando la mía, su
boca robándome besos, o su sonrisa dejándome algo atontada, sentí como si la
vida ideal probablemente era así: tal vez viajar, conocer el mundo y con él a mi lado.
Aspiré algo del aire extremadamente
puro de por aquí. Podía observar nuestros pies descalzos a través del agua. Él
hizo un movimiento de suave barrido, en contra de la corriente, y sonrió con
tanto gusto cuando el agua adquirió formas ondulantes para tratar de pasar por encima,
que se me escapó un suspiro:
— ¿Qué pasó? — me preguntó con
curiosidad.
— Nada — respondí escondiendo una
sonrisa—. Nada.
Rocé con suavidad su brazo y lo vi
sonreír sin despegar sus ojos de la arbolada de en frente.
— Si sigues mirándome así, voy a besarte —
me advirtió. Lo observé con más insistencia, retándolo, pero solo conseguí
hacerlo reír—. Estamos lejos de la casa de tu abuelo, pero es preferible no
arriesgarme. No quiero conocer a Petra en persona, Bellota.
— ¿No que eras invencible?
— Alcides Maleri es un oponente de temer;
prefiero no provocarlo.
Me eché a reír al recordar todo lo que
había sucedido hasta ahora.
»— ¡Abuelo! — exclamé ayer cuando nos
estacionamos frente a su casa. Él estaba ahí, fumando su pipa como de
costumbre, sentado en la mecedora junto al recibidor exterior y observando las
estrellas. Abrió los ojos, sumamente sorprendido, y después se puso de pie, muy
contento.
»— ¡Cachorra! ¡Pero qué sorpresa es
esta!
Subí corriendo los escalones de la
puerta de entrada y lo abracé con fuerza.
¡WARF!
Petardo se bajó del auto de un tirón,
exigiendo afecto también.
»— ¡Y también trajiste al perro gordo!
¡Pero cómo vienes así, hija, sin avis…! — Su voz se vio interrumpida de
repente: me despegué de él solo para elevar la mirada y comprobar que observaba
al frente casi con horror.
»— ¿Abuelo?
Alen recién bajaba del auto, y el
ligero temblor en el bigote poblado del abuelo me hizo caer en la cuenta de que
nadie en su sano juicio trae a un novio sin haber puesto los previos paños
fríos para la noticia.
»— Señor Maleri, es un gusto — se
presentó con mucha cortesía al acercarse. Le ofreció la mano, pero el abuelo
seguía observándolo como si se tratara de una aparición del más allá —. ¿Señor
Maleri?
Como las cosas no parecían pintar bien,
improvisé una rápida presentación para aligerar el ambiente:
»— Ehh, abuelo, él es Alen Forgeso y…— Me
quedé unos segundos pensando si sonaría bien decir “mi novio” pero me acobardé —.
¡Y lo traje porque quería presentártelo!
»— ¿Presentármelo? — repitió
engruesando la voz.
Tragué despacio porque la mirada de
homicida no iba dirigida precisamente hacia mí.
¡Ay, por qué no aprendo! Cuando llevé a
Marcus cometí la misma estupidez: “abuelo, él es Marcus Leda y…lo traje porque
quería presentártelo”.
¡¿Por qué no puedo ser más inteligente
en estos casos?!
»— Y bien, muchacho, dime ¿qué haces
por la vida? — soltó bruscamente y llevándose la pipa a los labios. Noté el
típico movimiento en modo “intimidación” activado: dos pipadas bien dadas y
después la expulsión del humo directamente sobre el rostro del receptor.
Ok, hemos empezado mal.
Alen parpadeó y después me observó con
rostro de “auxilio, no entiendo qué sucede”. Ambos eran casi de la misma
estatura, pero la actitud y la masa muscular del abuelo lo hacían verse enorme.
Le pedí que entráramos para charlar con más comodidad porque estaba haciendo
algo de frío y él asintió. Avanzó con pasos que se vieron más rudos de lo
acostumbrado y nos esperó, sosteniendo la puerta en un gesto de “ingresen”.
»— Debiste hablarle de mí antes— me
dijo, tratando de no mover los labios.
Tuve que contener la risa al verlo sonreír
forzadamente.
»— Mi abuelo es muy amable, relájate.
»— No es a ti a quien mira como si
quisiera degollar.
»— ¿Por qué avanzas tan lento,
muchacho? ¿Acaso recién estás aprendiendo a caminar?
»— Lo siento, señor.
»— ¡Abuelo! — protesté. Alen me tomó
discretamente la mano, acelerando el paso:
»— No le digas nada; presiento que
podría enfadarse más.
Si bien la llegada no fue precisamente
la más sencilla, la charla de presentación en el comedor no mejoró. El abuelo
se mostraba aún más reacio que cuando llevé a Marcus; tal vez porque el haber
traído a Alen desde Lirau dejaba entrever que la cosa era, un tanto, más seria.
»— Así que Arquitectura… ¿Y por qué
escogiste esa carrera, muchacho?
Alen parpadeó, supuse que estaba
planeando cómo acomodar la respuesta de: “la jerarquía de ángeles encargados de
mi sentencia me dieron esta vida, así que ellos escogieron todo lo que tenía
que ver con asuntos como qué carrera estudiaba en la universidad, cuántos años
tenía que tener, o en qué familia iba a estar”.
»— Pues…
»— Abuelo, no seas tan rudo.
»— ¿Rudo? Yo solo estoy haciendo una
pregunta tan básica como cuáles son sus motivaciones en la vida, Cachorra. — Fruncí
el ceño ante su tono irónico—. En fin, basta de tanta palabrería, iré al grano:
estás saliendo con mi nieta, ¿verd…?
»— ¡Viejo, me demoré porque llevé a
Cloe a casa! — oímos. Automáticamente me puse de pie cuando la puerta se abrió;
la enorme sonrisa de Joan me acogió—. ¡Bellota!
»— ¡Joan! — exclamé y corrí a
abrazarlo.
»— ¿Qué haces aquí? ¡Por qué no
avisaste que vendr…! — Se detuvo en seco, igual que el abuelo. Parpadeó
incrédulo al ver a Alen sentado sobre uno de los sofás y después volteó a vernos—.
Bien, ¿de qué me perdí?
»— ¿Qué crees? Tu hermana llegó y…
»— Mmm, un momento — indicó con
suspicacia—, ¿él no es el motociclista con el que te vi antes de venirme para
acá?
Oh-oh.
El abuelo elevó una ceja:
»— ¿Motociclista? — preguntó con voz de
advertencia. Alen se puso de pie velozmente —. ¿Eso quiere decir que este
muchacho es de esos jóvenes temerarios…?
»— ¡No, señor! — se apresuró a decir
él.
»— ¡Claro que no, abuelo! — lo apoyé
yo. Y empezamos a balbucear explicaciones de manera tan atropellada y poco
coherente que Joan no pudo con su ataque de carcajadas.
»— ¡Viejo, deja de amedrentarlos! Les
dará un infarto si sigues con el interrogatorio.
Desde ahí el asunto empezó a mejorar:
la presencia de mi hermano ayudó muchísimo, Alen pudo presentarse de mejor
manera; y a eso de las diez de la noche “la charla” que evidentemente tendría, dio
comienzo.
»— Y bien, Cachorra, ¿qué significa
esto? — me preguntó el abuelo cuando nos quedamos solos: Joan había salido a
acompañar a Alen que buscaría un hotel en donde alojarse.
Le sugirieron que podía instalarse en
el cuarto de invitados (Joan más convencido que el abuelo), pero él se negó con
cortesía.
»— Estás saliendo con ese muchacho,
¿verdad? — Asentí fuertemente —. Te diría que no me gusta…pero presiento que no
va a importarte demasiado.
»— ¡Tu opinión significa mucho para mí,
abuelo! Por eso quise que Alen viniera conmigo.
Bebió algo de té y después lo vi negar
con la cabeza. Pensé que estaba molesto, pero al instante me sonrió.
»— No me gusta porque parece ser un
buen chico, igual que el flacucho chico de gafas. — Agradecí muchísimo que Alen
no hubiera estado ante la mención de Marcus—. Jamás me ha gustado que chicos
buenos crucen la puerta de mi casa al lado de mis nietas.
»— ¿Eh? ¿Y eso por qué?
»— Son más peligrosos que cualquiera,
porque tienen el poder necesario para apartarlas de mi lado.
No…
»— Abuelo, no digas eso. — Atrapó mi
mano entre sus dedos firmes, llenos de arruguitas y algunos callos, y no pude
evitar sonreírle—. Nadie podría alejarme de ti. ¡Mucho menos un chico!
»— Eso me suena bien; además, te veo
tan contenta que tal vez no sea necesario sacar a Petra de su cómodo lugar en
el sótano.
— Pero a ti Petra no te haría daño —
comenté volviendo al presente.
Alen frunció los labios, no muy
convencido:
— Tienes razón, pero no es como que me
resulte atractiva la idea de ser atravesado por una bala. — Solté una carcajada
y después me recosté sobre su hombro—. Me alegra muchísimo que tu abuelo y tu
hermano te dieran tanto cariño; en parte es gracias a ellos que seas así.
— ¿Así cómo?
— No sé: impulsiva cuando te sientes
amenazada, algo gritona de vez en cuando — elevé una ceja—, con una capacidad
increíble para meterte en problemas…
— Disculpa, aún no ubico el momento en el
que debería sentirme halagada.
Soltó una carcajada y me sonrió:
— …pero también risueña, y con mucho
tacto para ponerte en el lugar de los demás. —Me enfoqué en la corriente; en
sentir su mano atrapando la mía—. Aunque a veces eres algo testaruda.
— ¡Miren quién habla de testarudos! —
rebatí. Elevé la mirada cuando lo escuché reír y entonces la forma de su boca
me tentó demasiado.
Me erguí un poco, apoyándome en las
palmas de las manos, y cuando estaba por rozar sus labios oímos un carraspeo
intenso.
¡Ay, cielos! Joan.
Nos alejamos torpemente todo lo que nos
permitió la superficie de la roca sobre la que estábamos sentados.
— Sabía que iban a estar por aquí — soltó
en tonito burlón. Le lancé una mirada de “¡no molestes!”; Alen solo sonrió—.
Bellota, tenemos cierta visita en casa, a lo mejor quieras ir a saludar.
— ¿Visita? — pregunté con curiosidad.
Nos pusimos las zapatillas, y cuando
retornamos a la casa del abuelo no pude evitar lanzar un grito, emocionada:
— ¡TÍA!
La tía Ruth vive en Marza,
completamente independizada y con un negocio propio de diseño y fabricación de
jarrones de vidrio de estilos únicos. La recordaba repitiendo que consideraba
una tontería que la gente creyera que el sueño de toda mujer era casarse: ella,
por ejemplo, no sentía que quisiera formar una familia; lo único que quería era
seguir disfrutando del placer que le otorgaba hacer bien su trabajo. Tiene
treinta y ocho años, es preciosa, y era casi mi objeto de adoración desde que
era pequeña.
— Ohh, ¡pero si es mi preciosa Sisa! ¡Qué
felicidad que coincidiéramos! — me recibió con los brazos abiertos y después
volteó a ver a Alen que la saludó cortésmente—. Tú debes ser Alen, ¿verdad?
— Es un placer.
— ¡Oh, papá, pero si el chico es de lo
más encantador! — exclamó y el abuelo soltó algo parecido a un gruñido.
La tarde del sábado se pasó de manera
veloz. A las ocho de la noche ya estábamos todos alrededor de la mesa, junto a
Cloe, la novia de Joan a la que por fin tuve la oportunidad de conocer: tenía
diecinueve años igual que mi hermano, el cabello marrón oscuro sumamente rizado
y un rubor natural coloreando sus mejillas. Le gustaba mucho el jazz y también
estudiaba Medicina, solo que ella quería especializarse en Neurología.
Las copitas de vino que el abuelo solía
ofrecer, cuando tenía invitados en la casa, resultaron la mejor idea para
suavizar las cosas, porque para ahora Alen y él ya charlaban con mayor
confianza. Agradecí muchísimo que Cloe y Joan ayudaran lanzando temas que al
abuelo le interesaban (como los libros de Voltaire) y que Alen muy rápidamente
continuaba.
— Cariño, el muchacho es un bombón. No
importa lo que diga mi padre, es pura envidia por su atractivo y juventud — me
susurró la tía Ruth mientras sacaba el violín a pedido de Cloe.
Me dio un ataque de risa.
— ¿Es cierto que Joan también tocaba el
violín, Sisa?
— Sí, Cloe; pero lo dejó después de un
par de meses.
El abuelo mencionó que fue una pena,
porque Joan también tenía buena mano para la música.
— No, viejo. Tocar el violín me mareaba,
no sé cómo le hizo Bellota para memorizar tan rápido en dónde estaba cada nota.
Cloe mencionó que había leído un
artículo sobre los músicos famosos de Música clásica contemporánea que habían
salido de las aulas de Gaib Art. Joan soltó un silbido y bromeó diciendo que
sería raro tener de pariente a alguien famoso.
— ¿Cuándo es el examen?
— En enero; Sisa está practicando
muchísimo — me hizo el favor de responderle Alen mientras yo afinaba el violín.
La tía Ruth volteó a observarme,
sorprendida:
— Disculpen, acabo de perderme: ¿Gaib
Art? ¿Vas a presentarte a “esa” Gaib Art en Libiak? — Asentí divertida ante su
rostro lleno de pasmo—. ¡Papá! ¡¿Por qué me entero de esto recién ahora?!
— Porque a ti se te da la gana de venir
después de años a visitar a tu padre y yo no sé usar esas tonteras del
Internet.
— ¡Pero existe algo llamado teléfono y
correspondencia!
— ¿Ah sí? Bueno, a ver si a partir de
ahora también los usas para comunicarte con tu padre — apuntó el abuelo con
ironía.
— ¡Sisa! ¡Eso es estupendo!
— Gracias, tía.
— Ya, basta de charla. Quiero escucharte,
Cachorra.
Saqué la partitura que tenía doblada
dentro del estuche y se la pasé al abuelo para que verificara las notas y
después la tocara él; tal y como me había pedido Samin.
Ok, ok, esto del pavor escénico tiene
que perderse. Ya lo había hecho una vez en La abuela Bona así que esta vez
debía ser pan comido.
Tomé una gran bocanada de aire e
inicié. Toqué la canción tal y como estaba ensayándola con Samin y Amber; y al
concluirla bajé el violín, un tanto nerviosa. Alen me sonrió y la tía Ruth,
Cloe y Joan aplaudieron emocionados.
El abuelo me observaba fijamente. Bien,
su opinión es la que más pesa porque es de violinista a violinista.
— Cachorra, yo podré haberte enseñado a
tocar el violín, pero esto de componer es solo tuyo. — Sentí el pecho rebosarme
de orgullo —. ¿En serio quieres que la toque? Porque para mí ya suena bastante
bien. — Le supliqué que lo hiciera y asintió, con amabilidad—. Bueno.
Recordé las palabras de Samin cuando el abuelo empezó a tocar mi
canción en “nuestro” violín. Me quedé completamente estupefacta, porque él no
necesitaba un violín eléctrico ni una pista base para lograr que la canción
sonara perfecta.
»— Quiero que cuando tu
abuelo lo haga, escuches al detalle el sentimiento que le pone…
De reojo observé que Alen parpadeaba,
como tratando de mantenerse enfocado. Me inquietó un poco que sus ojos estuvieran
destellando tenuemente: si la tía Ruth, Joan o Cloe no hubieran estado tan
concentrados y sorprendidos observando al abuelo, hubieran notado los destellos,
violeta, de su mirada.
El arco se detuvo en la parte en la que
todo quedaba en silencio, y después volvió a atacar con muchísimo más poderío. ¿Por
qué no pensé en esa elevación para retornar? ¡Sonaba perfecta! ¡Voy a hacerla
yo también!
— ¡Por todos los Santos, qué buena es
esta parte, hija! — exclamó el abuelo, lanzando una carcajada llena de
entusiasmo y marcando el ritmo en el piso de la sala con sus botas. Joan me
miró, supe que estaba pensando lo mismo que yo: cuando el abuelo toca el
violín, se llena de vida. Inclusive se ve muchísimo más joven.
¡Algún día realmente quiero tocar como
él! Debo admitir que he estado practicando como posesa estos últimos meses,
pero él en una sola pasada se ha encargado de hacer de mi canción una obra
maestra.
— ¡Hija, esta canción es la prueba
rotunda de que debes hacer música por todo lo que te resta de vida! No hay más
que decir.
Lo abracé con fuerza. Que un violinista
de la altura de mi abuelo haya tocado una de mis canciones me había llenado de
muchísimo orgullo. ¡Había sido demasiado genial!
Petardo protestó desde afuera, tal vez
porque se nos había pasado darle su cena, y en ese momento Alen pidió permiso
para ir a la cocina por un poco de agua.
Lo noté ligeramente aturdido, así que
me escabullí detrás de él aprovechando que la tía Ruth había vuelto a comentar
que el abuelo tocaba el violín como si quisiera romperlo.
— ¿Qué pasó? — le pregunté ingresando
detrás de él. Iba a encender las luces pero me pidió que las dejara así—.
¿Alen?
Me acerqué a él y comprobé que sus ojos
seguían destellando; alternando entre miel y violeta.
— Alen, ¿qué pasa?
— Tranquila. — Tomé su rostro: se veía
algo abrumado—. Estoy bien; simplemente me he llenado de muchísima energía de
golpe y…
— ¿Es solo eso? — insistí. Me respondió
que sí con algo de dificultad; el violeta empezó a desaparecer poco a poco—.
Alen…
— No…no sé qué ha pasado. He tenido como
un déjà vú, eso es todo.
— ¿Déjà vú? ¿Al escuchar a mi abuelo tocando?
— Asintió levemente.
Acaricié su rostro con cuidado, pero él
negó con la cabeza, restándole importancia.
— No ha sido nada. No te preocupes,
Albania.
¿Qué…?
Me quedé de piedra, pero antes de que
dijera algo más sentí un aire frío dispararse en todas las direcciones y
después las voces de la sala dejaron de oírse.
— Alen — oí por detrás.
Giré: Samin acababa de aparecer en la
cocina, junto a nosotros.
— Nanael.
Era la primera vez que los veía juntos,
casi de la misma altura, no, tal vez
Samin unos centímetros más. Cabello rosa intenso cortísimo, cabello castaño
desordenado: repentinamente sentí como si yo también tuviera una vaga sensación
familiar.
Los
dos…ya los he visto juntos.
— Cachorra — me dijo Amber a modo de
saludo, que también apareció en la cocina.
Samin elevó la mano y la puso sobre la
cabeza de Alen, sin llegar a tocarlo. Susurró palabras que no llegué a
comprender del todo y después los ojos se le tornaron violeta.
— ¿Qué…? ¿Qué sucede? — pregunté cuando
los ojos miel se cerraron como para descansar.
— Le advertí que pasaría después de
nuestro encuentro: ciertos recuerdos iban a empezar a molestar un poco. Suelen
atacarme a mí también, pero Amber ya está acostumbrada a lidiar con las
consecuencias; se asemejan a las visiones que sueles tener sobre Albania. — Y vamos de nuevo con ese horrible nombre—.
Pero tranquila, se irán a medida que el período de prueba culmine. Vine antes
de cualquier ataque que no pudieras detener, y a dispersar en algo su mente…
— ¿Ataque? — repetí asustada.
— No ataque en el sentido estricto de la
palabra; me refiero a que podría haberse quedado en trance por horas y no
habría sido conveniente con tantas personas observándolo, ¿no crees? — Asentí
al comprender el punto—. Tranquila, está bien.
— Estoy bien, Bellota— me dijo sonriendo
con los ojos cerrados. El resplandor violeta que salía de la palma de Samin
iluminaba tenuemente su rostro.
Solté un suspiro bajito cuando lo oí
decirme Bellota. Se había sentido tan extraño oírlo llamarme Albania.
— Listo, es todo lo que puedo hacer antes
de que se percaten de su ausencia en la sala.
Las voces de la sala volvieron a
resonar y ambos, tanto Samin como Amber, desaparecieron.
— ¿Estás bien? — le pregunté tomándolo de
la mano. Me sonrió con amabilidad:
— Sí, ya mucho mejor. No te preocupes.
Quise decirle que acababa de llamarme
Albania, pero tal vez iba a ser un sinsentido: digo, no fue a propósito,
¿verdad?
«
¿Y eso no es peor? Porque significaría que, inconscientemente, aún piensa en
ella ».
No…
Elevé la mirada, me observó con
curiosidad, pero antes de que dijera algo más la tía Ruth encendió las luces y
nos regaló una sonrisa que se leía como “cuidadito con estar a solas”.
Cuando retornamos a la sala, Cloe y
Joan estaban instalando un juego en el piso. Toda la preocupación y el malestar
anterior se perdieron por completo cuando vi los ojos miel abrirse, sumamente
interesados, al ver la cubierta repleta de círculos de colores.
— ¿Es en serio, Alen? ¿Nunca has jugado twister?
— le preguntó Joan; él negó con la cabeza y minutos más tarde todos estábamos
desparramados en el suelo, riendo, mientras Alen nos observaba divertido desde
su perfecta posición extrañísima.
— Este chico no tiene huesos — comentó la
tía Ruth riendo.
— Tiene buena complexión física— me dijo
Cloe con picardía.
— Óyeme, ¡yo también tengo buena
complexión! —atacó mi hermano.
— Ya, pero él no provocó que todos
termináramos en el piso cuando intentaste poner tu mano en el círculo amarillo.
— ¡Estaba casi al otro extremo!
A las once, la tía Ruth mencionó que
por esta noche tal vez lo mejor sería que Alen ya no volviera al hotel en el
que se estaba hospedando (después de lanzarle una mirada de reproche al abuelo,
que fue ignorada olímpicamente), pero el mismo Alen se negó y dijo que lo mejor
era que ya partiera hacia allá.
— No he visto que trajeras el auto de tu
padre — comentó el abuelo. Alen respondió que lo había dejado en el
estacionamiento del hotel. Yo supuse que como él tenía un método más rápido de
transportarse, probablemente ni se le había ocurrido traerlo—. ¿Y cómo planeas
llegar allá, muchacho? ¿Volando?
— Vamos, yo te llevo — sugirió Joan
poniéndose de pie—. También llevaré a Cloe a su casa así que no hay problema.
— En ese caso también voy yo — anunció el
abuelo con voz potente.
Se puso de pie frente a nosotros y
volvió a verse enorme.
— ¡Papá, cuidado, eh! ¡Nada de amenazas
implícitas ni esas cosas que solías hacerle a mis amigos cuando iba a la
escuela! — le advirtió la tía Ruth cuando salían.
— Nos vemos mañana, Bellota — se despidió
Alen de mí. La tía Ruth me lanzó una mirada insistente y después se fue a la
cocina, como para dejarnos solos.
Me puse de puntillas y lo besé con
suavidad.
— Ya estás bien, ¿verdad? — Asintió—. Si
puedes…tal vez más tarde…
— ¿Quieres que vuelva? — me susurró
divertido. Asentí con mucha energía—. Bueno, voy a arriesgarme a encontrarme
con Petra, aun si la capacidad de transporte me deja en el momento menos pensado
y volveré en un rato, ¿sí? — Se inclinó para besarme otra vez y las mariposas
reaparecieron en mi estómago. Hundí los dedos en su cabello y después nos
separamos, en medio de risitas, cuando la tía Ruth empezó a cantar con
muchísima fuerza desde la cocina; obviamente a propósito—. Hasta más tarde,
bonita.
Floté de la emoción.
— Hasta más tarde — amor.
— Nena preciosa, ¡te has buscado un novio
demasiado apuesto! — me dijo la tía Ruth mientras cambiábamos las sábanas del
cuarto en el que dormiría hoy—. Supongo que las chicas deben estar casi
tirándosele encima.
— Buenooo…
Quisiera negar eso, pero tiene razón. A
veces mientras caminábamos sentía que casi se lo comían con la mirada. Loi me
dijo que eso era desde hace mucho, solo que ahora recién lo notaba.
Supongo que antes no me importaba ya
que sentía que solo éramos amigos, pero ahora…
Ajj, no, qué horror. Siempre he pensado
que a las chicas celosas les falta un tornillo. No puede ser que ahora me falte
uno a mí también.
— Cariño, sé que este es un tema algo
delicado…
— ¿Mmm? ¿Tía Ruth? — Terminamos de tender
la cama y se sentó sobre ella. Le dio un par de palmaditas al colchón,
invitándome a sentarme.
— ...pero no quiero que olvides que si
bien en este momento existe toda esa cosa llamada “tensión sexual” entre
ustedes…
¡¿Qué?!
— ¡No, tía, por favor! —supliqué con
horror al comprender el rumbo de la charla.
— …debes siempre tener en claro las
cosas.
— ¡Tía, no! — exclamé tratando de
cubrirme los oídos.
— Sé que ahora son jóvenes, las hormonas
vuelan por doquier. Y encima se miran con unos ojitos de borrego enamorado, que
no me extrañaría que en algún momento quisieran profundizar más la relación. No
sé, tal vez pasando a un aspecto más físico y plancent…
— ¡Tía, nooooo!
— Y encima el chico está para comérselo
con todo y ropa. Bueno, tal vez sin ropa esté mej...
— ¡TÍA! — repliqué sin creerlo. Soltó una
carcajada y después me lanzó una almohada que esquivé, en medio del ataque de
risa que me provocó.
— Pero no olvides que aún eres muy
pequeña, Sisa. Hay cosas que a esta edad no serían convenientes; no digo que no
exploren todo lo que puedan, porque eso es lo genial del mundo cuando se es
joven. Pero siempre con cuidado.
— Cuando dices con cuidado… — lancé con
suspicacia ante el tono pícaro.
— Evidentemente estoy dando mi aprobación
para que hagan lo que quieran, cómo quieran, en dónde quieran y en las poses
que se les plazca, mientras usen protección; claro está.
— ¡TÍA! — chillé ruborizada y después sus
risas me obligaron a reír a mí también.
— Qué contenta te veo, mi Sisa. ¡Estoy
muy, muy, muy feliz por ti! — Me abrazó y sentí el aroma de ese agradable
perfume del que siempre olvidaba el nombre—: Y el próximo año estarás en una
escuela de música estupenda, con un novio estupendo. Ah, quiero volver a tener
dieciocho.
— Gracias, tía.
— Pero ni bien obtengas los resultados,
instantáneamente te comunicas conmigo. Si no obtienes la beca, pero una
vacante, igual irás.
— ¿Qué? ¡No, pero…!
— ¡Chst! ¡Pero nada, niña! Esta es tu
familia y tú eres mi sobrina adorada. Si no puedo gastar mi dinero en cosas que
hacen felices a la gente que quiero, ¿de qué me sirve? Además, no sé si papá te
lo haya contado, pero él también soñaba con convertirse en violinista
profesional. — ¡¿Eh?!—. La vida no le
puso las oportunidades que ha decidido ponerte a ti, cariño, ¡pero imagínate lo
feliz que estará viendo a uno de sus nietos cumpliendo su sueño de juventud! En
cierto modo también va a ser una alegría para él.
Mi
sueño también era el sueño del abuelo…
Podría cumplirlo por ambos: ¡tenía que
cumplirlo!
La tía Ruth se empeñó en repetir que me
ayudaría y no tuve más remedio que asentir. Me sentí algo avergonzada de mí
misma, porque las veces que lloraba porque Gisell o Corín decían algo, sentía
que estaba completamente sola en el mundo.
No era así…nunca fue así.
— ¿Sabes si papá sigue guardando sus
botellas de vino en la bodega?
— Ehhh, pues…creo que sí.
— ¡Eso! — aplaudió. Me dijo que volvería
en unos minutos y se perdió por la puerta canturreando muy contenta.
Aplané los almohadones en lo que la
esperaba, cuando de repente sonó el timbre de mi celular. ¿Mmm? ¿Alen? No, no
creo.
Lo tomé y me encontré con un mensaje de
texto:
Tomas ya me dijo que Loi y tú vendrán
para la tercera semana de diciembre
claro que acepto hacerles el tour por
Libiak :)
va a ser estupendo verte de nuevo
Bellota
¿Qué?
Revisé el número emisor; sentí que un
enorme bloque de yeso se alojó en mi estómago. Dios…
Marcus.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— Hasta mañana, señor Alcides. Cuídate,
Alen — se despidió la amable chica de nombre Cloe. Le respondí de igual manera
y cuando Joan bajó del auto para llevarla a la puerta, casi pude leer
absolutamente cada una de las emociones que se desplegaban al interior de
Alcides Maleri.
No me odia. Simplemente desconfía, y
mucho.
— No he podido tener una charla como se
debe contigo, muchacho. Con toda la familia revoloteando alrededor y diciendo
lo bien parecido que eres no ha habido tiempo.
Parpadeé, sin saber si era adecuado
decir “gracias” o permanecer en silencio.
Opté por lo segundo.
— Escucha, no quiero que esto suene a “si
lastimas a mi nieta, vas a pagarlo caro”, porque eso ya está sobreentendido. —
Soltó una risotada que me dio a entender que la charla no era extremadamente
ruda, así que asentí, sonriendo levemente—. Solo quiero que sepas que esa niña
es uno de mis tesoros más valiosos, y no soportaría que saliera lastimada. Te
digo todo eso, Alen, porque para que los dos hayan venido desde tan lejos solo
para “presentarte” significa que a lo mejor el asunto va en serio.
— Muy en serio, señor — indiqué con
tranquilidad.
— ¿Qué tan en serio? — exigió.
— Tan en serio como que mi existencia
será plena si logro verla siempre feliz.
Pude haber dicho algo que sonara un
tanto más “humano”, pero las palabras ya habían brotado de mi boca.
Me observó, ligeramente sorprendido, y
después asintió:
— Estás…proyectándote al futuro — comentó
al aire. Frunció los labios y después entrecerró la mirada—. Suenas algo maduro
para tu edad; raro también. — Oculté la carcajada que quería escapárseme—.
Espero que no sea solo un truco para simpatizarle al viejo abuelo de la chica
con la que sales ahora.
— En lo absoluto, señor. No sé…no sabría
qué decirle exactamente para que confiara más en mí; pero lo que sí puedo
asegurarle es que de todas las cosas que más deseo en la vida, comparto la
misma que usted tiene: ver feliz a Sisa. Y si en este momento yo puedo
proporcionarle esa felicidad, entonces me siento plenamente satisfecho.
Y si en algún momento me quisiera fuera
de su vida…tampoco pondría peros de por
medio.
— Bueno, debo aceptar que me pareces
sincero, y que… —resopló fastidiado—….pareces querer bien a mi Cachorra. Así
que mientras el asunto esté por ese rumbo, yo no voy a decir nada.
— Gracias, señor.
— Cuidado con ir demasiado rápido,
también. Apenas son unos niños y puede haber ciertas consecuencias. Ella es
pequeña, tú también; a esta edad…no sé… — Lo sentí algo incómodo. Sonreí
levemente: probablemente era toda esa charla que los padres tanto aborrecen
tener con sus hijos—. Bueno, ¡me dejo entender, ¿verdad?!
— Pierda cuidado.
— ¡Alen! ¿Sigues vivo? — exclamó Joan al
ingresar al auto y con una sonrisa llena de buen humor—. Pensé que el viejo
había aprovechado mi ausencia, e iba a encontrar tu cuerpo en la maletera.
Alcides Maleri encendió el motor y
después de unos minutos llegamos al hotel en el que me estaba alojando. Me
despedí y bajé del auto.
Vaya, me está dando algo de sueño.
— ¡Eh, eh! ¡Espera! — dijeron tomándome
del hombro. Giré con curiosidad ante la voz de Joan.
Mmm, ahora que lo pienso, el hermano de
Sisa me resultaba como una versión más joven de Santiago.
— Bien, Alen, yo no me voy a poner en el
plan de inquisidor obsoleto que ha adoptado el viejo — me explicó con
simpleza—, pero no ha habido tiempo para que pueda charlar contigo de manera
adecuada. No soy de los hermanos celosos, pero sí me gustaría que supieras que
Bellota es una chica estupenda. Es una de mis hermanas menores y lo que menos
me gustaría sería verla infeliz. Tú tienes una hermana menor; debes, por lo
menos, comprenderme un tanto.
— Absolutamente.
Naina era como un pequeño pajarito,
demasiado hermoso y frágil para el mundo. A veces me gustaría tenerla entre mis
manos para asegurarme de que nada va a lastimarla.
Me palmeó un hombro, satisfecho.
— Tal vez suene redundante, pero te pido
que la cuides mucho. Digo, no es como si ya te la estuviera entregando para el
altar o algo así, pero tengo algo metido aquí dentro que no sé cómo explicar. —Reflexionó
algunos segundos, como buscando las palabras, y después se encogió de hombros—.
Realmente quisiera que me prometas que vas a estar con ella cuando más lo
necesite. Supongo que ya te habrá comentado nuestra “situación familiar”. — Asentí.
Desde muchísimo tiempo atrás ya sabía lo de la falta de lazo consanguíneo entre
ella y su familia—. Creo que en cierto modo me siento algo intranquilo porque
allá Bellota está sola, y a veces se guarda las cosas para ella, y no sé cómo
estará llevando la relación con mi madre y con Corín, y…bueno…
— No te preocupes. Ahora está muy
enfocada en practicar para el examen de enero y en terminar la escuela con
buenas notas, así que la he notado muy contenta, algo cansada, sí; pero triste
no.
Esa era una de las mejores cosas: no
había vuelto a verla triste.
— ¿Y si logra ingresar? — me preguntó
directamente.
— Me iré con ella a Libiak — le respondí
con simpleza. Aún no se lo había dicho, pero ya estaba conversándolo con
Marissa y Santiago.
Me miró asombrado, y después negó con
la cabeza, conteniendo una risa:
— Wow, me da la impresión de que el
asunto va algo en serio. — Frunció los labios, pero después me golpeó el hombro
con cariño—. No digamos esto frente al viejo. Se volverá loco y conocerás a
Petra más pronto de lo que crees. — Volvió al auto y después se perdieron de
vista por la carretera.
Claro que iba a cuidarla. Estaba aquí
solo para ella.
Solo para ella…
¿Vas a dejarme? ¿En serio
vas a hacerlo?
¡Prometiste que siempre
estarías conmigo!
Albania…
No de nuevo.
Cerré los ojos con fuerza ante la
repentina sensación: era como si todo el paisaje se estuviera derritiendo.
Ingresé rápidamente al hotel, respondí
con algo de dificultad el saludo de la mujer de recepción, y cuando estuve en
un pasillo vacío cerré los ojos, intentando transportarme.
Para mi buena suerte aparecí en mi
habitación.
— Nanael — imploré. Apareció en medio de
la penumbra; detrás de él vi a Gremory….
Ah, no, ahora se llama Amber.
— Alen.
— La estoy viendo más seguido. Su rostro
empieza a notarse.
Ojalá pudiera pedirle a mi mente que se
quedara en blanco. Me sucedió lo mismo mientras oía al abuelo de Sisa tocar el
violín: era un sonido lleno de precisión y fuerza, pero haberla oído tocar
antes a ella me había dejado la sensación de dulzura. Dulzura y fortaleza al
mismo tiempo: por un momento me vi a mí mismo en una habitación amoblada, con
los ventanales abiertos de par en par, y con la figura de las ondas marrones
flotando con el viento.
— ¿Te asusta verla? ¿Es eso?
— No…lo que pasa…
Es que ya no quiero
verla.
— Amber — llamó.
Abrí los ojos y los vi con las palmas
extendidas sobre mí, tratando de disipar los recuerdos.
No quiero saber cómo se veía…
…porque
ya no me interesa saber de ella.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
— ¡¿Que Tomas qué?! — exclamó Loi
mientras me acomodaba en mi carpeta el lunes por la mañana.
Dejé mi mochila a un costado y le pasé
mi celular. Releyó el mensaje que Marcus me había enviado y después se golpeó
la frente con la mano:
— Ay, Tomas, Tomas, ¡Tomas! ¡Voy a
matarlo!
Bueno, no es como que no planeara ver a
Marcus en Libiak, pero con todos los antecedentes que teníamos quería un poco
más de tiempo para ver cómo me comunicaba con él.
¿Qué se hace en estos casos? Era obvio
que tenía que decirle que estaba saliendo con Alen, ¿verdad?
Pero a lo mejor Marcus ya había
olvidado todo lo último y...
— Bellota, ¿es en serio? El chico se te
declaró antes de irse a Libiak, ¡es obvio que aún mantiene cierta esperanza! —
agregó Etel cuando llegó y se unió a la charla—. La pregunta es ¿por qué Tomas
se tomó la libertad de pedirle a Marcus que las acompañara en Libiak?
— ¿Que no es evidente? — soltó Loi —. A
Tomas Alen nunca va a caerle bien. ¿Que no viste cómo se puso cuando se unió a
nuestro grupo en la fiesta de aquí, en el gimnasio?
Bien, en eso creo que Loi tiene razón:
por poco y le da un ataque cuando lo vio llegar a mi lado.
— Además, Marcus le cayó muy bien. En realidad,
nos cayó bien a todos — comentó Etel.
Marcus era demasiado amable como para
no caerle bien a alguien; y por eso mismo estaba algo preocupada con todo este
asunto sobre cómo comentarle lo de mi relación con Alen.
Loi tiene razón: debo ser sincera, pero
tampoco sé cómo iniciar el tema sin darle demasiada importancia al asunto. A lo
mejor Marcus ya está pensando en otras cosas y…
— ¡Por cierto! ¿Qué tal les fue en Asiri?
— me preguntó Etel con emoción y se me escapó un suspiro involuntario.
Habíamos retornado ayer, y a pesar de
haber dormido en mi cama, el cuerpo aún me dolía por las horas de viaje. Pero
todo el malestar corporal había valido la pena: estaba muy contenta porque Joan
y el abuelo, e inclusive la tía Ruth que había llegado de improviso, ya sabían
de Alen; así que ya no teníamos por qué ocultarnos de Gisell o Corín.
— ¿Entonces nuestro abuelo lo aceptó? —
me preguntó Loi.
El abuelo se había mostrado algo frío
al principio; pero al momento de despedirnos lo palmeó con afecto en la espalda
y le pidió que manejara con cuidado. Y ni que decir de Joan, porque él siempre
ha sido muy relajado con estos temas. Recuerdo que cuando llevé a Marcus a la
casa lo tomó con buen humor, e incluso tuvo el descaro de ponerle el apodo de
“cuerpo de aguja”. No nos quedamos el tiempo suficiente para que Alen se ganara
uno; pero a lo mejor mi hermano ya estaba pensando en algunas alternativas.
Quise dejar a Petardo allá ya que
parecía que extrañaba mucho Asiri, pero Alen me dijo que por lo poco que
entendía no quería quedarse, quería volver conmigo a Lirau.
Me gustaría tener esa capacidad de
entender el lenguaje canino que él en poco tiempo perdería, porque mis intentos
de comprender por qué a veces Petardo se quedaba observando la nada y aullaba,
como entristecido, tendrían mejores resultados.
Tomas apareció corriendo justo cuando
acabé la narración del viaje. Se dejó caer sobre la carpeta, junto a Etel, y
aprovechó que la botella de jugo de Loi estaba cerca para abrirla y beberse
todo el contenido.
— Casi no llego. Iban…a cerrarme…la
puerta — comentó sin aliento.
— ¡Tomas, te acabaste mi jugo de pera!
— Mujer...malvada… ¿no ves que…he
perdido…los pulmones en…la carrera?
— ¡Dame eso! — exclamó Loi arrebatándome
el celular —: ¡¿Puedes explicar qué demonios significa esto?!
Tomas se enfocó en la pantalla con
curiosidad y después se encogió de hombros:
— Yo solo quería ayudar. Ninguna conoce
Libiak por completo, yo tampoco podré viajar el fin de semana para acompañarlas
por lo de mi examen de admisión; así que qué mejor que contar con la ayuda de
un buen amigo…
— ¡Pero si sabes perfectamente que Sisa y
Marcus quedaron a medias con todo esto de retomar su relación! — chilló Loi.
— ¿A medias? ¿Eso significa que aún no le
has dado una respuesta? — me preguntó Tomas. Iba a decirle que Marcus y yo ya
habíamos dejado ese tema en claro, pero me palmeó los hombros con aprobación—:
Buena decisión, Bellota. El tal Alen Forgeso no me parece un candidato adecuad…
— ¡Tú no decides eso! — protestaron Etel y Loi. Les pedí que se
relajaran porque ni siquiera yo estaba enfadada, y le dejé en claro a Tomas que
no planeaba romper con Alen.
— ¿No? — Negué con seguridad—. Pfff, las
chicas siempre escogen al tipo incorrecto.
— ¿Y qué se supone que hará Sisa, eh? —
le increpó Loi—. ¿No pensaste que sería sumamente incómodo para ella, estando
con Alen?
— Marcus es un buen tipo, y es su amigo,
¿verdad, Bellota?
— ¡Claro que sí! — respondí con mucha
convicción.
— Entonces lo ideal es que le diga de una
vez que ya está saliendo con alguien más. En estos casos es mejor que te rompan
el corazón de una vez, a que sigas esperando en vano.
Mmm…no me gusta cómo suena eso de
“romperle el corazón”. Marcus es mi amigo.
— Oye, ¿y a ti qué te pasó? Tienes unas
ojeras inmensas — comentó Etel cambiando de tema. Lo vi con mayor detenimiento,
y efectivamente me encontré con una versión “panda” de Tomas.
Las bolsas debajo de sus ojos estaban
enormes y oscuras.
— Me quedé repasando hasta tarde. Zara
estaba explicándome algunos temas de Química y como no le daba sueño insistió
en continuar, y para cuando me di cuenta ya eran las tres de la mañana.
— Ah, claro, es que ustedes son vecinos —
indicó Etel.
— Oye, Tomas, no me digas que están
planeando volver — soltó Loi.
Él elevó una ceja:
— ¿Por qué? ¿Lo reprobarías?
— ¡Rotundamente! ¡Zara Lagares está loca!
— Tomas soltó una risa y dijo que no, que solo estaba ayudándole con algunos
temas para su examen de admisión.
Recordé bruscamente el pequeño
encuentro que había tenido con ella el día de la Despedida; así que aproveché
el momento para preguntar algunas cosas.
— Mmm, Tomas…
— ¿Sí?
— De casualidad…digo, ¿no sabrás si Zara
conoce a alguien llamada Albania?
La hoja que encontré escrita en su
salón tenía escrito “Albania”. A lo mejor solo fue coincidencia y no se trataba
de la misma Albania de la que yo sabía.
— ¿Albania? — Tomas frunció el ceño y
después me miró con desconcierto—: No que yo sepa.
Hace mucho que esto de analizar las
visiones que tenía había pasado a segundo plano: Alen ya no necesitaba ninguna
pista para buscar su nombre y a mí no me interesaba en lo absoluto saber más de
Albania; pero aún me intrigaba la clase de relación compartieron Zara y ella
porque recordaba haber visto su rostro en una visión pasada.
Y si ella también tenía el nombre de Albania a
modo de referencia, eso significaba que la relación había sido más importante
de lo que parecía.
— ¿Albania? — repitió Loi. Volteé a verla
ante el tono cargado de confusión—. Vaya, me suena conocido. Mmm, tal vez sea
alguna ex compañera de Iago — murmuró para sí misma.
Iba a preguntarle más al respecto, pero
la señorita Queta ingresó y nos pidió silencio para iniciar la clase.
— ¿Esto es necesario? — murmuró Tomas,
quince minutos después, mientras uno de mis compañeros leía un fragmento del
Cantar de los cantares en voz alta y con tono de alma en pena—. Debería estar
repasando Geometría.
— Aysh, Tomas, ¿cómo es que no ves la
genialidad de estos poemas?
— Te apoyo, Tomas — comentó Loi con ganas
de molestar.
— ¡Lo que pasa es que lo están leyendo
sin el énfasis adecuado! — exclamó Etel irritada.
— Bien, bien, ¿a cuántos les han aburrido
los poemas? Levanten la mano — preguntó la señorita Queta. Todos nos vimos algo
nerviosos; y cuando algunos empezaron a levantar la mano, la mayoría siguió el
movimiento.
Opinaría, pero había estado demasiado
ocupada dándole vueltas al asunto de Zara que ni había prestado atención.
— ¡¿Están locos?! ¡Pero si son hermosos!
— protestó Etel indignada.
La señorita Queta soltó una risa:
— Tranquila, Franco. El Cantar de los
cantares o el Cantar de Salomón, es una de las obras cumbre de la Literatura
Hebrea. Tal vez muchos no hayan comprendido el mensaje por la enorme cantidad
de figuras literarias con las que está redactado; es por eso que, el día de hoy,
trabajaremos en grupo para activar el switch interpretativo. Se ha dicho muchas
veces que el conjunto de cantos es acerca del amor que el dios hebreo le
profesa a su pueblo—Etel asentía satisfecha—, pero en otras se ha interpretado
como un diálogo entre dos amantes, reconocidos como El esposo, La amada Sulamita,
y un coro adicional que proporciona mayor énfasis a los versos. Escojan uno de
los poemas, reconozcan las figuras literarias, y si hay tiempo debatiremos
algunas de las interpretaciones.
La señorita Queta encendió el pequeño
equipo de música y al instante nos vimos rodeados por una suave melodía.
— Quiero que dejen volar sus mentes,
interpreten, y comprueben la estética que se puede lograr solo con las
palabras.
— Ya, pero eso no viene en mi examen —
susurró Tomas y Loi le lanzó un porrazo con las fotocopias—. ¡Ouch! ¡Sabes que
es verdad!
— Ustedes y sus mentes simples no podrían
entender la complejidad de estos poemas — sentenció Etel con acritud. Supe que
yo también estaba incluida en lo de “mente simple” porque me observó con algo
de disgusto.
— Es que yo estaba distraída — me excusé
apenada.
— Qué decepción, Bellota.
— Ay, Etel, deja el melodrama y de una
vez escojamos alguno para terminar rápido — sugirió Loi acercando más su
carpeta.
Decidimos leer en silencio y de ahí
escoger la parte que más nos gustara. Tomé mis fotocopias y al instante me topé
con la primera línea:
¡Que me
bese con los besos de su boca!
Quise concentrarme en la lectura, pero
recordé la noche que Alen pronunció esa parte en voz alta, en mi habitación. Y
también recordé bruscamente que ese día ambos terminamos algo agitados después
de compartir besos un tanto...
— Señorita Queta: ¡aquí dice pechos! —
gritó uno de mis compañeros desde atrás, con voz horrorizada. Todos soltamos
una carcajada cuando ella resopló, y dijo que cómo era posible que recién nos
diéramos cuenta de la naturaleza implícitamente erótica del poema.
— A veces siento que los chicos son algo
idiotas — murmuró Loi cuando la mayoría de nuestros compañeros se vieron
demasiado entusiasmados ante la perspectiva de un poema erótico.
— Pero aquí no dice nada erótico —
protestó Tomas.
Se ganó otro golpe con las fotocopias,
pero esta vez de parte de la señorita Queta:
— ¡Interpreta, Gerdau, interpreta! No
todo en la vida tiene que ser tan explícito.
Volví a enfocarme en las hojas y releí las partes
con cuidado.
— La mayoría son metáforas y símiles — anunció Loi
más tarde. Etel apuntó velozmente en su cuaderno cuando empezamos a dictarle
uno de los versos—. Y por aquí Tomas ha encontrado una prosopopeya.
— Yo tengo una anáfora — señalé, encontrándola casi
de casualidad. Etel asintió y la copió rápidamente.
Cuando la hora de Literatura terminó, noté que la
mayoría había disfrutado haciendo el trabajo grupal. Nunca he sido muy fanática
de la poesía, pero creo que comprendo por qué Samin y Alen mencionaron que este
era uno de los poemas con algunos de los versos más hermosos. El amor poético
que describía era extremadamente metafórico, y si no se leía con cuidado, el
texto pasaba casi desapercibido. La señorita Queta dijo que para leer poesía
hay que abrir los ojos del alma, y no solo los del cuerpo.
— ¿Te gusta esa parte? — me preguntó Etel al ver
las líneas resaltadas de mis hojas, mientras llevábamos nuestras carpetas a los
sitios correspondientes. Asentí y me sonrió enormemente —. Suena perfecto,
¿verdad?
Grábame como un tatuaje sobre tu corazón, como un tatuaje en tu
brazo
Porque es fuerte el amor como la muerte
y la pasión, tenaz como el infierno
— Sigo preguntándome qué de erótico tenía
esto — comentó Tomas.
¡PLAF!
Otro porrazo de parte de Loi; solté una
carcajada.
Tal vez deba empezar a leer más poesía.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¡ALEEEEEEEEEEN!
— ¡Ah!
Abrí los ojos de golpe; mi cuerpo dio
una brusca sacudida para ponerse de pie súbitamente…
…y entonces me encontré con la sonrisa
burlona de Tarek.
— ¡¿Pero qué demonios pasa contigo?! — le
espeté fastidiado.
— ¡Estabas dormido! — exclamó riéndose a
carcajadas—. Es divertido despertarte y ver cómo tu cuerpo planea salir
corriendo.
— No jodas.
Volví a sentarme sobre la butaca del
segundo piso del pequeño auditorio, y me froté los ojos con cansancio.
— ¿Por qué estás aquí? Pensé que estarías
en la universidad ya que te ha dado por “escuchar” a cuanto humano instruido en
ciencias humanas puedas.
Bueno sí, se ha convertido en una
especie de hobby para mí eso de escuchar cómo los humanos trataban de
explicarse el mundo, pero hoy tenía otros planes.
— ¿Aprovechando al máximo tus últimos
momentos para transportarte? — sugirió Tarek y asentí.
Libiak está casi a diez horas de Lirau
en auto (una hora en avión por lo que habíamos estado averiguando con Sisa). Es
la capital del país y realmente es una ciudad extremadamente activa: gente
transitando de aquí para allá sin detenerse; en autos, en bicicletas, en
patines o en cuanto vehículo existiera. Una enorme cantidad de edificios
rellenaban la mayor parte del espacio, y las pantallas con publicidad vistosa
no dejaban de presentarse en cuanto centro comercial hubiera.
Me di una escapada a las afueras de la
ciudad para relajarme un poco porque de vez en cuando me regresaba la
sensibilidad auditiva y los sonidos resultaban algo abrumadores. Aproveché
también para darle una visita a “cierta persona”; y más tarde retorné dispuesto
a infiltrarme en los interiores de la famosa escuela de arte Gaib Art.
La tía de Sisa, Ruth Maleri, había
mencionado con tanto énfasis lo magistral del lugar que decidí conocerlo de una
vez por todas. De la misma forma que el ambiente de la ciudad resultaba algo
enérgico, el ambiente dentro de todo el campus de Gaib Art desprendía
literalmente arte. Los estudiantes no dejaban de practicar ni siquiera en sus
espacios de descanso. Veía partituras y guiones en las manos de casi todo
humano que transitara, y una gran cantidad de emociones flotando alrededor.
Ahora estaba en uno de los pequeños
auditorios de la Facultad de Música porque me había entrado algo de sueño, y
quise sentarme a descansar un poco.
— ¿Has pasado por la Facultad de Artes Dramáticas?
— comentó Tarek y soltó un silbido—: La vez que vine presencié un ensayo de esa
obra llamada Fausto. Créeme, fue espectacular: el mismo Mefistófeles podría
haberla disfrutado.
Gaib Art era una escuela inmensa, con
zonas verdes y estructuras arquitectónicas que combinaban lo moderno con lo
clásico.
Sisa va a estar tan contenta en un
ambiente tan inspirador como este.
— Parece que alguna clase va a empezar en
este auditorio — me comentó. Murmuró un salmo de camuflaje y al instante seguí
su movimiento.
Quedamos ocultos a ojos humanos, justo
para que un grupo ingresara por la parte de abajo, encabezados por un hombre de
cabellos canos que llamó por lista a cierto grupo de alumnos y les ordenó que
prepararan sus respectivos instrumentos. Dio una breve introducción, hablando
sobre lo importante de la interpretación, y después la práctica inició.
El hombre llevaba la dirección y cada
vez que percibía alguna disonancia, al instante volteaba a ver al causante.
— ¿Solo viniste a conocer la Facultad de Música?
— También pasé a ver a Marcus Leda —
respondí sin rodeos.
Tarek me conocía demasiado bien:
hubiera sido estúpido tratar de ocultárselo.
— No me digas que fuiste a golpearlo otra
vez.
Solté una carcajada baja y negué con la
cabeza:
— En cuanto tenga la oportunidad de
disculparme, lo haré.
— Vaya, vaya, alguien ya aprendió a
mentir con mucha soltura — apuntó con una ceja en alto. Bueno, sí, a lo mejor
estoy siendo algo cínico porque en realidad no quisiera tener que disculparme—.
Ya, suéltalo, Alen, ¿por qué fuiste a verlo?
Cuando Sisa ingrese a Gaib Art, va a
mudarse a esta ciudad…
…y
en esta ciudad está asentado ese chico.
— No sé, me dio curiosidad saber qué tipo
de vida llevaba aquí, en Libiak. — El solo del violín se dejó escuchar,
opacando a los otros sonidos. Tragué despacio porque los alumnos que estaban
sobre las butacas y los que estaban presentándose despedían demasiadas
emociones que iban desde el asombro hasta el deleite, y sentirlas todas de
golpe me estaba mareando un poco.
— ¿Y? ¿Qué descubriste?
— Se lleva muy bien con sus padres y su
hermana. Tiene amigos que lo estiman mucho en la escuela; toca muy bien el
piano — admití con algo de fastidio—, y si me preguntaran qué opino de él…
— ¿Sí?
— Diría que es un buen humano. — Sentí la
mirada de Tarek sobre mí; torcí el gesto—: Irónicamente su habitación está
repleta de relojes.
— ¡¿En serio?! — Comprendí su ataque de
risa: yo detesto los relojes, Marcus Leda por lo visto tiene una fijación con
ellos.
Qué simpática manera de comprobar que
tal vez somos extremadamente diferentes.
— Por ahí oí algo de que su abuelo paterno era
fanático de la relojería; ah, y sí, noté que tenía ciertos sentimientos de
aversión cuando su hermana mencionaba mi nombre. Supongo que es recíproco.
A lo mejor Marcus Leda y yo estamos
destinados a no simpatizarnos. Empezando por el hecho de que Sisa toca el
violín, él toca el piano, ¿y yo? Muy bien, gracias.
Podría tocar cualquier instrumento si
antes diera un breve vistazo al mecanismo de uso, claro. El asunto es que ese
vínculo estrecho que ambos comparten con respecto a la música no lo tengo yo.
Demonios, ¿cómo pueden los humanos
vivir con esta cosa horrible en el pecho?
Ah, sí, había olvidado que te llamas
“inseguridad”, maldita sea.
— ¿Y qué tal el viaje a Asi…? De acuerdo,
esa sonrisa de imbécil me dice que todo bien. ¿Qué tal la familia de Bellota?
— El carácter explosivo que tiene de
tanto en tanto es de parte de su abuelo.
Le comenté lo intimidante que se veía
Alcides Maleri, y lo extraño que fue para mí sentir todo ese manojo de nervios
al pensar si vas a simpatizarle o no a la familia de la chica con la que estás
saliendo.
— La familia de la princesa me recibió
con mucho agrado —añadió con superioridad—. Supongo que no se puede hacer nada
si no tienes mi encanto natural.
— Sí, debe ser eso — respondí
sarcásticamente.
Abajo, un nuevo grupo subió al
escenario para iniciar otra melodía.
— ¿Y? ¿Pasó algo más?
Lo miré, sin comprender el tono y la
mirada maliciosa.
— ¿Algo más? — repetí perdido.
— Han estado solos en un auto por varias
horas; no sé…tal vez algunos cuerpos se pusieron algo “cálidos” y dieron paso
a… ¿cómo decirlo? ¿Más acción?
— ¿Acción? Bueno, charlamos bastante —
respondí sin entender el motivo de tanto interés —. ¡Ah! Y jugamos algo llamado
twister en su casa; bastante divertido, la verdad.
Tarek me lanzó un gesto de horror que
no supe interpretar.
— ¿Qué? Alen, ¡ya! ¡Esto es demasiado!
¡Creo que como tu mejor amigo merezco más detalles al respecto!
— ¿Ah? — De acuerdo, no sé si soy yo que
ando algo distraído con todo el tema de acostumbrarme a la naturaleza humana, o
es que Tarek cada vez se pone más imbécil—. ¿De qué hablas?
— ¡¿Cómo es posible que esperes que me
crea que lo único que haces con Bellota cuando pasan tiempo a solas es
“charlar”?! — reclamó indignado.
— Es la verdad — respondí sin entender su
exasperación—. Si no me crees no es mi problema.
— Naa, estás jugando. — Le respondí que
no y solo conseguí que me mirara lleno de espanto—: Alen, ¡¿es en serio?!
¡Santo cielo! ¡¿Qué cosa eres?! Pensé que la princesa me estaba mintiendo, pero
cuando dice que tú y Bellota aún no dan “el paso” ¡es en serio!
Bien, ya entendí.
— ¿Puedo saber qué haces pensando con
tanto ahínco en mi vida sexual? — repliqué fastidiado.
— ¡¿Es que estás hecho de piedra o algo
así?! — Solté una risa agria y lo dejé lanzar todos los disparates a diestra y
siniestra que quisiera.
¿De piedra? Ja, ojalá lo fuera. A veces
solo la veía practicar con el violín y de repente sonreía y todo explotaba de
manera muy poco coherente dentro de mi cuerpo. Me entraban unas ganas
frenéticas de acercarme y besarla, y después la mente me bombardeaba con
imágenes turbulentas. No sé si era por la forma en la que su cabello rozaba sus
hombros, o la manera en la que sus ojos enfocaban la mirada. Tal vez la culpa
la tenían sus manos, sus dedos, porque siempre que me rozaban instantáneamente me
quemaba.
La vez que me dijo “tócame”, si no
hubiera ordenado de manera adecuada mis pensamientos quién sabe qué hubiera
terminado haciéndole en aquel salón de clases.
Quisiera charlar de esto con alguien
que pudiera darme mayor orientación para controlar de manera adecuada todo lo
que siente mi cuerpo, pero Tarek no resulta de gran ayuda tomándose todo a
broma, y Hethos…
Bueno, a Hethos no lo veo desde hace
muchísimo tiempo.
¿En dónde estará? No siento su
presencia en Lirau.
— Tal vez deba darte algunas clases de
sexualidad — oí a Tarek. No entiendo cómo es que no se cansa de decir tonterías:
¿tendrá un botón de apagar? Porque realmente me serviría en esta ocasión—.
“Aprendiendo el arte del amor corporal con tu amigo errante”— anunció
resplandeciente. Torcí el gesto con burla, pero antes de que le dijera “no,
gracias”, me percaté de que una de las chicas de la última fila observaba hacia
el segundo piso, en nuestra dirección, con muchísima insistencia.
Oh-oh, creo que puede verme.
— Retirada — murmuré. Tarek me preguntó
“¿por qué?” Le dije que mi salmo de camuflaje estaba perdiendo consistencia.
Cerré los ojos, dispuesto a
transportarme a alguna otra parte, pero no me moví en lo absoluto.
— Ayúdame con esto. — Soltó una risa y me
tomó por el brazo.
Aparecimos ya fuera del campus, en el
mismo centro de la ciudad. En una de las tantas pantallas de los edificios
reconocí un video musical en el que salía Nanael.
— Jamás se me habría pasado por la cabeza
que el tal JOBEY fuera también un calehim
— comentó Tarek mientras caminábamos—. He visto miles de sus fotos en la
habitación de la princesa. Si se entera de que Bellota y tú lo conocen, podría
hasta morirse de la emoción.
Yo tampoco hubiera creído que una
figura tan popular de la música actual tendría algo que ver conmigo.
Lo más irónico de todo esto era que
mientras más quería olvidarme de Albania, menos se podía. Tal y como ya me
había advertido Nanael, desde nuestro encuentro he tenido mayor cantidad de
pasajes a modo de recuerdos: para ahora ya comprendo que ambos éramos sus
custodios. Lo único que aún no tengo claro era por qué más que destinados a
hilvanar los hilos de sus acciones, teníamos la tarea de “protegerla y
vigilarla”; porque los custodios NO velan por los humanos, solo contabilizan
sus acciones.
Nanael y yo éramos un tipo único de
custodios, creados al mismo tiempo, lanzados bajo un sello de sueño por eras,
solo para despertar cuando Albania naciera.
¿Entonces…? ¿Qué cosa era Albania? ¿Un
humano potencialmente peligroso?
— Nanael se ha adaptado bastante bien al
ritmo de vida humano, ¿no creen? — oímos. Giré y me encontré con Nhyna
caminando junto a nosotros.
Elevó los lentes oscuros solo para que
sus ojos celestes me observaran, llenos de diversión.
— ¿Qué quieres? — lanzó bruscamente
Tarek.
— ¿Forgeso no te ha dicho que ya hicimos
las pases, errante?
— ¿Qué? — Tarek volteó a observarme con
recelo. Me encogí de hombros—. ¿Y qué supones que significa eso? ¿Qué ahora te
unirás a nuestras charlas o algo así?
— Seir, permanecer a tu lado es casi
nauseabundo para mí, así que relájate — aclaró —. Van a inaugurar una nueva
perfumería, y quería pasar a darle un vistazo. Ahh, Libiak es una de las
mejores ciudades de este país: movimiento, modernidad, humanos perdidos que
solo trabajan para obtener más dinero. ¿No te parece casi un sueño? ¡Los campos
abiertos escasean! Es, literalmente, una creación netamente humana. El Todo en
esta parte no figura en lo absoluto.
— Los humanos son creaciones del Todo. En
donde haya humanos, siempre estará presente — puntualicé.
— De acuerdo, la estupidez angelical sí
no se te ha quitado. Es más, ahora te estás volviendo más blando. — Hizo un
gesto como si se crispara que me dio algo de gracia—. En fin, pasaba por aquí y
no sé, como ahora somos amigos…
— ¡Sí, claro! — resopló Tarek.
— …creí conveniente decirte que Abdiel ya
está otra vez en el lugar en el que siempre lo encontrabas.
— ¿Hethos? — pregunté con ansiedad.
— Sí, está de vuelta. A lo mejor quieras
ir a charlar con él.
Cerré los ojos y para mi buena suerte
aparecí a unas esquinas de la tienda de antigüedades. Tarek no apareció a mi
lado: qué extraño.
Corrí velozmente y cuando estuve por
empujar la puerta, algo semejante a una descarga eléctrica me envió lejos.
Me froté la muñeca porque la descarga
había sido algo intensa. Noté que los humanos de alrededor no se habían
sorprendido por lo sucedido, y después comprobé, con desconcierto, que
empezaban a desvanecerse como si fueran de humo.
¿Pero
qué…?
Me puse de pie y en ese momento la
puerta se abrió: Hethos apareció, se quitó los lentes oscuros y sus ojos,
violeta brillante, me apabullaron por completo.
— ¿Aún sigues aquí? — me preguntó con
hosquedad.
— ¿Hethos?
— ¿Qué estás haciendo en este mundo,
Alen?
— Hethos, ¿qué sucede?
Me puse de pie y una fuerza invisible
me lanzó lejos.
¡PROM!
Sentí mi espalda impactar contra uno de
los autos estacionados. Por todas las creaciones del Todo, ¡realmente me ha
dolido muchísimo!
Traté de encontrar algo de aire porque
el golpe me había quitado la respiración. Hethos apareció a pocos metros cerca.
— ¡Vete, Alen! — ¿Qué le pasa? ¡Hethos no puede estar atacándome! — ¡Olvida la
estúpida idea de quedarte como humano!
— ¡Me voy a quedar! — repuse
ahogadamente.
— Quedarte es peligroso — dijo en tono
sombrío—. Vete, por favor; o en todo caso acepta la resignación. La muerte es
parte de sus vidas…
— ¿Qué…?
— Vete Alen, o busca la resignación…de no
hacerlo, me veré obligado a matarte.
¿Matarme?
— Hethos, ¡¿pero qué sucede contig…?!
Me quedé completamente pasmado cuando su
figura se convirtió en barro y poco a poco empezó a escurrirse.
— La niña se suicidará, Alen — me dijo
con voz ahogada—. La niña se suicidará…
¿Qué?
— ¡Ah!
— Oye, oye, ¿qué pasó? — Me moví
bruscamente, solo para encontrarme con Tarek mirándome divertido.
Volteé a ver alrededor y comprobé que
seguíamos en el auditorio de música. Es más, el profesor de cabellos canos de
antes seguía dictando clase y ahora otro grupo de chicos subía al escenario.
Tarek me explicó que mientras oíamos la
melodía me había vuelto a quedar dormido, y no había querido despertarme porque
realmente me veía agotado.
— ¿Qué pasó, hermano? Te ves aterrado.
Nunca salimos del auditorio: nunca nos
encontramos con Nhyna ni vi a Hethos.
Todo…todo…
— Na-nada, Tarek. Tuve un mal sueño, nada
más.
Hethos diciendo que me asesinaría,
Hethos diciendo “la niña se suicidará”.
Sentí un frío horrible recorriéndome la
espalda: ¿la niña? ¿Acaso Sisa…?
— Yo también quisiera soñar — comentó
Tarek al aire—. Me han dicho que es una sensación curiosa: realidad y fantasía
al mismo tiempo. Uno no sabe que está soñando solo hasta que despierta.
Me acomodé en la butaca, inquieto.
— ¿Aún no sabes nada de Hethos? — le
pregunté.
— No. Ayer pasé por la tienda y no sentí
su presencia. — Soltó un suspiro—. A dónde se pudo haber largado y sin
despedirse. ¿No crees que como decidiste quedarte en este mundo, su misión ya
haya concluido?
— Tal vez no sea buena idea buscarlo —
oímos. Nanael y su cabello rosa intenso aparecieron en la butaca del lado
derecho. Me extrañó ver su brazo derecho completamente vendado—. Qué tal, Alen,
Seir.
— Tu cabello es un espectáculo, hermano —
comentó él, deslumbrado.
— Tomaré eso como un halago— respondió de
buen humor.
Tarek le preguntó a propósito de su
brazo y él dijo que no era nada de cuidado.
— Nanael, ¿por qué dijiste que no era
buena idea buscar a Hethos? — pregunté desconcertado.
— Abdiel estaba aquí para guiarte en la
búsqueda de tu nombre, Alen; si optaste por convertirte en desertor, entonces
su misión también ya está concluida. Deja de buscarlo, no lo necesitas.
Lo cortante de la declaración me
confundió. Iba a exigir más explicaciones, pero…
— ¡Samin, ¿por qué siempre te vas así,
sin avisar?! — oímos nuevamente. En la otra butaca, junto a Tarek, apareció
Gremory. Me observó alegre—: ¡Hola, Alen!
— Ho-hola. — La había dejado hace unos
días con el cabello anaranjado y ahora lo traía de color violeta: así que ella
es la de la inclinación por los colores intensos.
Ahora entiendo a Nanael diciendo eso de
“Amber me usa como muñeco para jugar al salón de belleza”.
— ¿Gremory? — soltó Tarek sorprendido:
ah, olvidé por completo mencionárselo.
Amber lo observó, como si recién se
percatara de su presencia, y también abrió los ojos:
— ¿Seir?
— No te siento como antes — repuso él
entrecerrando la mirada—, tienes esencia de…
— ¿Errante? — preguntó ella. Tarek
asintió—. ¡Es que lo soy!
— ¡¿En serio?! ¡Yo también! — Se dieron
la mano en un cariñoso símbolo de “te comprendo” y estallaron en carcajadas al
decir que después de tantas vidas conviviendo con calehims, por fin podrían divertirse como correspondía al
encontrarse con uno más cercano a su comunidad.
— ¿Es parte de su naturaleza ser tan
ruidosos? — le pregunté a Nanael cuando empezaron a narrar dramáticamente los
años de “tortura” junto a nosotros.
— Me temo que sí. Yo ya me acostumbré a
Amber porque cuando la ignoro deja de molestar.
— ¿Es cierto que estás saliendo con una
niña humana, Seir?
— ¡Oh, sí! ¡Si la vieras…!
— Bien, dejemos a ese par hablando de sus
cosas— me dijo Nanael. Abajo, otro grupo de alumnos inició una nueva melodía—.
Alen, ¿estás teniendo algún tipo de sueños algo extraños?
— ¿Cómo lo sabes? — pregunté sorprendido.
— Digamos que…tengo cierta información
con respecto a eso — respondió convencido—. Mmm, dime, ¿sabes lo que es la
transmisión onírica?
— ¿Transmisión onírica? ¿Hablas
del…antiguo arte que empleaban los Tronos para develarle a los humanos eventos
futuros?
— ¡Vaya! No creí que recordaras ese tipo
de información. — La verdad era que mi boca se había movido más por un impulso
que por una reflexión verdadera—. Debe ser porque en parte ciertos recuerdos
están volviendo. En fin, la transmisión onírica funcionaba para develar
secretos del futuro, sí. Pero también, si Drol Qinaya es flexible, puede
emplearse como un medio de comunicación.
— ¿Drol Qinaya? ¿Hablas del sueño?
— Efectivamente. Alen, escucha: intenta
abrir la mente porque los sueños pueden tener mensajes importantes.
¿Qué está diciendo? ¿Entonces todo lo
que viera en sueños podía ser cierto?
Entonces lo de “la niña se suicidará” …
— ¡Oh! ¿Pero-qué-es-esto? —exclamaron:
Berith y sus ojos llenos de diversión aparecieron en la butaca de adelante—.
¿Una reunión de calehims y errantes?
¿Es por eso que no he sido invitado?
Amber se puso de pie con tanta
brusquedad que el movimiento se escuchó y sobrepasó la barrera de camuflaje. La
orquesta se detuvo y varios estudiantes voltearon a observar en nuestra
dirección; tal vez preguntándose qué cosa había sonado por allá arriba si
supuestamente no había nadie.
— Los humanos van a salir gritando
despavoridos si iniciamos algún tipo de batalla por estos lares — comentó
Berith con tranquilidad. Se sentó cómodamente y suspiró—. Relájense, yo solo he
venido a escuchar algo de buena música.
Nanael frunció los labios: tuve la
ligera impresión de que quería decirme algo importante pero la presencia de
Berith estorbaba.
— Vámonos, Amber — anunció, poniéndose de
pie.
— ¿Qué clase de cortesía es esa? ¿Llego y
se van? ¿Soy tan repudiado como para merecer ese tipo de bienvenida?
— ¿Recién te das cuenta? — repuso Amber
sarcásticamente. Berith elevó una ceja, pero antes de que le diera alguna
respuesta tanto ella como Nanael desaparecieron.
Me puse de pie para que Tarek y yo
también nos retiráramos; Berith se cruzó de piernas, se acomodó la chaqueta y
observó al frente—: Forgeso, antes de que tú también me prives del placer de tu
compañía; dime: Nanael acaba de llegar a tu vida, ¿cómo es que puedes confiar
en él?
— Ya empezó — murmuró Tarek de mala gana.
— La desconfianza es buena de vez en
cuando. ¿Sabes si Nanael quiere regresar a su lugar de origen?
— Esos no son mis asuntos, Berith —
respondí fastidiado.
— Vámonos, hermano— me pidió Tarek; asentí.
— Bueno, no soy muy diestro en el tema,
pero…si ustedes fueron creados al mismo tiempo y comparten un lazo tan fuerte
como el del nacimiento de uno siendo dos, ¿qué te garantiza que solo “uno”
pueda retornar?
¿Qué…?
— ¿De qué estás hablan…?
— Forgeso, toma con pinzas cada una de
las palabras que escuches de su boca. A lo mejor solo quiere lograr convencerte
de que regreses con él; o, si no puede contar con tu aprobación para retornar
juntos, la única forma de hacerlo tal vez sea asesinándote.
— Berith, deja de decir tantas tonterías
— soltó Tarek bruscamente—. No todas las creaciones del Todo son como tú.
— Forgeso, han sido vidas que no se ven.
Ni siquiera recuerdas bien por qué fueron condenados; deja la ingenuidad para
los humanos, por favor. Bríndale tu confianza a los seres que realmente la
merecen.
— ¿A ti, por ejemplo? — pregunté con
ironía.
— Nos conocemos por vidas; merezco algo
de credibilidad, ¿no crees? — Solté un bufido ante sus palabras—. Es mejor desconfiar que después recibir una
puñalada por la espalda. Desconfía de todos, Forgeso, porque nunca sabes quién verdaderamente
está de tu parte o solo está fingiendo hacerlo para defender sus propios
intereses. Tal vez tu gran amigo Abdiel también esté planeando algo en tu
contra. No lo ves hace mucho, ¿verdad?
— Sí, claro — bufé. ¿Hethos? Podía
desconfiar de todo el mundo, pero ¿de Hethos?
Qué mala jugada de su parte.
— Forgeso, a lo mejor todos no somos más
que fichas de un juego que entretiene a seres mucho más grandes. — Se recargó
sobre la butaca solo para echar la cabeza hacia atrás y sus ojos pudieran
observarme desde su postura. La sonrisa se le acentuó —: Pero si supieras tu
nombre original, por lo menos podrías recordar con exactitud…
Solté una carcajada, entendiendo el
punto:
— Berith, me voy a quedar en este mundo.
Ya no insistas con lo de mi nombre porque no me interesa.
— ¿Ni siquiera para saber si convives con
el enemigo? Tal vez estás viviendo con una venda sobre los ojos; y lo que más
atesoras no es más que el causante de tu dolor inicial.
— ¿Y ahora qué cosas estás diciendo? —
lancé bruscamente.
— No lo escuches; ya sabes cómo es él— me
dijo Tarek.
— De acuerdo, no seré tomado en serio —
aceptó Berith teatralmente—. Me temo que tendré que privarlos de mi presencia
para no ser el último en retirarse y quedar como el amigo despreciado. — Se
puso de pie y se acomodó el cabello—.
Salúdame a la linda Albania, ¿sí?
¿Pero
qué…?
— ¡¿Qué te pasa?! — exclamé irritado.
— Oh, lo siento, ¡a la linda Sisa! Tú
sabes, Albania, Sisa, Sisa, Albania. Todas son humanas, tan parecidas… en fin—
resopló desinteresadamente
— Vámonos, solo quiere provocarte — insistió
Tarek tomándome por el brazo, y al instante aparecimos en el departamento que
compartíamos.
Bien, parece que ahora el sensato del
grupo es él, porque si no nos íbamos yo iba a intentar algo tan estúpido como
lanzarme sobre el idiota de Berith.
— Alen, no sé tú, pero yo estoy algo
inquieto. Berith siempre ha ofrecido quitarte el sello de olvido que llevas a
modo de castigo. Y la verdad es que nunca he entendido qué buscaba tratando de
persuadirte para que recuperaras tu nombre.
— Sí, lo sé.
— Pero todas estas semanas ha estado muy
tranquilo; ¿no te parece de cuidado?
Comprendía lo que Tarek quería decirme:
cuando el mar se retira de la orilla es cuando hay que temerle más, porque
después reaparece en forma catastrófica.
Salí al balcón y me quedé observando el
cielo gris de Lirau. No sé por qué una horrible sensación se expandió dentro de
mi pecho. Se llama angustia, ¿verdad? Cuando sientes miedo…
…pero
no sabes exactamente a qué.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Samin
— ¡Eh, eh! ¡Alto ahí! — Aparecimos en el
balcón del departamento, ya en Frantzon, y para mi desgracia Berith se vino
detrás de nosotros.
Susurré rápidamente un gozo de
recubrimiento para mi muro lleno de escritos. Lo vería, pero no entendería de
qué se trataba.
— ¿Qué haces aquí? ¡Largo! — exclamó
Amber disgustada.
— Cuida lo que dices, errante, o llamaré
a Voso para que le enseñe algo de modales a tu linda boquita — advirtió—. A lo
mejor te hace el favor de arrancártela con cabeza y todo.
— ¡Llama a quien se te dé la regala gana,
idiota! ¡No les tengo miedo! — La tomé por el hombro y le pedí que se relajara:
era mejor no provocarlo para que se fuera pronto—. ¡Samin!
— Déjalo, Amber. ¿Qué cosa quieres,
Berith? A parte de tratar de poner a Alen en mi contra, ¿hay algo más en lo que
pueda servirte?
— ¡Oh! ¿Estás al tanto de lo que acabo de
decirle? — Eso era más que obvio: una de sus estrategias más comunes era sembrar
desconfianza—. Bueno, eso no importa; ¿sabes? tengo mis contactos, Nanael. — Lo
observé en silencio, sin que me afectara su tono divertido y su mirada
maliciosa—. Dime, ¿qué buscas visitando tan seguido a Drol Qinaya?
— Eso no te incumbe, Berith — respondí
con la mandíbula tensa. Mierda, está
siguiendo cada uno de mis pasos.
Amber me lanzó una mirada de soslayo:
“¿y ahora cómo se enteró de eso?”.
— Y uniendo un par de cabos, porque tal
vez no sea tan inteligente como tú, pero sí muy ingenioso; ¿podría suponer que
el asunto tiene algo que ver con la transmisión onírica? — añadió
desinteresadamente.
Relájate, relájate.
Si no me veo turbado, no tiene por qué darse cuenta.
Berith soltó una carcajada y se dirigió
a los interiores. Le pedí a Amber que se relajara porque tenía toda la pinta de
querer lanzarse sobre él cuando lo vimos pasar a la cocina, sacar una copa, y
servirse algo del espumante que sacó de la vitrina de botellas.
— Me alegra que seas un calehim, porque de ser un ángel completo
no podría entrar a tu morada a menos que hagamos un pacto. — Bebió
desinteresadamente mientras yo trataba de no estar muy pendiente de la pared
escrita en la sala—. Vaya, ser un ídolo musical tiene sus privilegios; tal vez
planee lanzarme el próximo año. ¿Qué dices? Hasta podríamos hacer una
colaboración juntos: JOBEY y…mmm, ¿Durand? O J&D, tiene estilo, ¿verdad?
— Berith, ve al grano o lárgate. Ya me
colmaste la paciencia.
— Bien, bien. Nanael, si estás
frecuentando a Qinaya tal vez buscas aprender a perfeccionar el arte de la
transmisión onírica. ¿Acaso quieres revelarle a Alen a través de sueños, — demonios, no— algo que no puedes decirle en palabras?
Me quedé tan perplejo que no hubo
manera de disimular la expresión de mi rostro. Me observó, y solo provoqué que
estallara en carcajadas:
— ¡Lo sabía! ¡Todos lo sabíamos! — gritó
eufórico. Amber me observó, pasmada. No,
no, no creo que se haya dado cuenta…—. ¡Nanael, tu sentencia es la del
vidente mudo, ¿verdad?!
Mierda.
— ¡Cla-claro que no! — exclamó Amber,
pero ya no había forma de refutarlo.
Berith deambulaba por toda la
habitación, lleno de éxtasis.
— ¡Has visto cosas horribles que no
puedes expresar, así que no hay manera de cambiar el futuro! — Sus carcajadas
resonaron con tanta fuerza que me costó muchísimo tratar de mantenerme sereno—.
Era obvio: la sentencia de Forgeso implicaba un Sello de Olvido mientras que la
tuya implicaba un Sello de Silencio. — Cálmate,
cálmate—. Él se enamoró de quien no debía, anheló tener otro nombre y por
eso se lo quitaron. ¡Y claro! ¡Tú fuiste testigo de cómo nació ese amor
prohibido, y no hiciste nada para detenerlo, así que serías castigado con el
silencio que tanto practicaste en tu existencia original!
— Ya, lo sabes, ¡¿y con eso qué?!
¡CRASH!
Los vasos que reposaban sobre la repisa
de la cocina estallaron.
Contrólate,
contrólate.
— Qué feo carácter tienes, Nanael. — Maldito
idiota, ahora entiendo por qué Amber sueña con asesinarlo—. En fin, sabes que
entre nosotros también hay demonios que se inmiscuyen en sueños, ¿verdad? Ten
por seguro que ni bien intentes hacerlo, habrá montones de imágenes
distorsionadas en la mente de Forgeso que solo lograrán confundirlo más y a lo
mejor ponerlo en tu contra: ¿qué es de parte tuyo? ¿Qué es de parte de los
míos? No podrá distinguir eso, y de paso tendré información fidedigna de qué
cosa es lo que planeas hacer, Nanael. Tu brazo está herido, la pregunta es
“¿por qué?”. ¿Acaso practicando con martirios y gozos al mismo tiempo?
¡Mierda, está dejándome sin nada a
favor!
— El imbécil de Forgeso está tan feliz
junto a la preciosa Sisa, que es casi imposible salirle con la cantaleta de que
quedarse aquí es un desperdicio porque ni aun así querrá irse. Ni siquiera
poniéndole al bendito Par absoluto en frente sería capaz de cambiar de opinión.
— ¡¿Por qué te empeñas tanto en hacerle
la vida imposible?!— gritó Amber, perdiendo los estribos—. ¡Déjalo en paz! ¡Es
feliz así, como humano!
— No son órdenes mías, errante. ¿Que tu
“amo” no te ha puesto al día? Hay jugadores mucho más grandes que yo. Y
disculpen que me retire así, pero tengo tantas ganas de decirle a todos que
estábamos en lo correcto que no puedo aguantar más.
Berith desapareció, soltando la copa en
el acto: se estrelló estrepitosamente contra el piso de mármol de la cocina.
Amber volteó a observarme, llena de
consternación:
— Samin, eso… ¿eso es cierto? ¿Hay más
involucrados?
Pensar que Berith era la cabeza era una
completa tontería. Ella ya lo había visto, inclusive fue quien me dio cierta
información antes de que se me despojara de mi naturaleza original; pero como
errante, sus recuerdos ahora eran mínimos.
Me encogí un poco porque el maldito
brazo estaba doliéndome.
— ¡Samin!
— Tranquila, no pasa nada.
— ¡¿Que no pasa nada?! ¡El brazo te está
sangrando! — Corrió a la cocina por un paño. Los vendajes de mi brazo estaban
tiñéndose de rojo oscuro.
Amber aparece con una toalla húmeda y
me envuelve la mano con ella. La acaricia con suavidad, y trata de darme agua
directamente de una jarra para que trate de recuperar energía.
Traté de mover los dedos de la mano; me
dolieron y solo conseguí ganarme un grito de parte de ella porque la sangre
empezó a drenar más rápido.
— ¿Todo esto de verdad va a funcionar? —
me preguntó preocupada.
Me senté sobre el sofá a esperar que las heridas de la palma de mi mano dejaran de ponerse tan quisquillosas y por fin detuvieran el sangrado.
— No lo sé, Amber. Ya no lo sé.
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