Noches de insomnio | Capítulo 25: Noche XXV
Capítulo 25 | NOCHE XXV
Sisa
Me senté sobre mi banco a esperar que
los demás chicos vinieran. Etel había salido a comprar una bebida.
Hace días que noto a Alen algo decaído, meditabundo, inclusive un tanto
asustado.
Ayer se quedó dormido en mi cama, y
cuando me acerqué y rocé su brazo, se despertó tan bruscamente que por un
momento creí que saldría corriendo.
»— ¿Qué pasa? —le pregunté inquieta al
verlo fruncir los labios y tratar de mostrarse sereno—. Estás como…temeroso.
»— No…no es nada, Bellota. Aún no me
acostumbro a dormir y cuando lo hago algunos sueños son algo...
Pero no llegó a decirme “algo qué”.
Solo me desordenó el cabello y después me dijo que tal vez debía dejarme descansar.
Me dio un beso corto y desapareció.
Me estoy preocupando un poco.
— Bueno, muchachos: saben que los
talleres terminan en noviembre para que los estudiantes se enfoquen solamente
en los exámenes finales — anunció el profesor Ademar cuando ya todos estábamos
en el aula. Sentí algo de pesar porque, aunque no me gustara dibujar tanto como
a Etel, las horas que pasé tratando de mejorar mis amorfos garabatos me habían
servido muchísimo para despejar la mente—. Disculpen que los haya obligado a
quedarse un viernes, pero piensen que será la última clase del taller. — Todos
soltamos un “ohh” desanimado. El profesor Ademar sonrió—: Voy a devolver los
trabajos finales y algunos otros. Si quieren conversar háganlo, pero en voz
baja.
Algunos murmullos se desataron cuando
se llamó al primero de la lista.
— Daquel, Daquel, Daquel — me dijo cuando
fue mi turno. Torcí el gesto, algo apenada, pero el profesor Ademar me sonrió—.
Ya sabes que el arte no tiene calificativos como “bueno” o “malo”…
— Pero mis dibujos son “pésimos”,
¿verdad? — añadí de buen humor.
Él soltó una risa y negó con la cabeza:
— Has mejorado muchísimo. Y algo que he
notado es que eres una de las pocas que no dibuja objetos. — Recibí mis
cartulinas y lo miré, sin comprender—. Todo lo que he visto en tus trabajos ha
sido “vida”, Daquel. Me gusta mucho cómo suena eso.
— ¿Vida?
— Sí, primero figuras humanas; después
flores, animales, niños. No soy de los que analizan dibujos, pero creo que
tienes una manera simpática de ver el mundo. Este dibujo, por ejemplo, de la
flor alimentándose de la luz del sol, no solo tiene la prueba de tus mejoras
con el lápiz, sino que también transmite mucho.
Observé mi cartulina: bueno, la verdad
es que no está tan feo.
— También he notado que cuando hicimos
acuarela, dibujaste muchos ojos con distintas emociones, y por algún misterioso
motivo el color solo cambiaba de ocre a violeta. ¿Hay una razón en particular?
— me preguntó con amabilidad.
¿Ocre y violeta?
Vaya, no recordaba estos dibujos.
Evidentemente los había hecho pensando en los ojos de Alen.
— So-son mis colores favoritos — respondí
con torpeza.
— Bien, bien. Espero que el taller haya
ayudado en algo. — ¡Por supuesto! Había sido uno de los mejores de todos mis
años de escuela—. Por lo que escuché de Franco y Amira, vas a presentarte a
Gaib Art, a la Facultad de música, ¿verdad? — Asentí. El profesor Ademar
sonrió—: Todos los seres humanos tienen una vena artística, Daquel, pero hay
algunos que tienen el corazón repleto de arte. Esfuérzate y obtén esa vacante.
— ¡Muchas gracias, profesor Ademar! — Recibí
todos mis trabajos y volví a mi sitio, llena de unas enormes ganas de poner
todo de mí para enero.
Etel retornó después de que la llamaran
y me encontré con sus hermosos dibujos. Me quedé con la boca abierta cuando vi
el de retrato: ¡nos había dibujado a Loi, a Tomas y a mí!
— ¡Etel, está muy bonito! — exclamé
tomándolo. Me sonrió muy satisfecha:
— Ha sido un placer tenerlos de modelos
así haya sido vía fotográfica — me respondió contenta. Rebuscó entre los
pliegues de cartulinas y me ofreció uno—. El profesor Ademar me preguntó por
qué hice este, así que le dije que había visto una película sobre ángeles.
Miré con cuidado el papel y me encontré
con la figura de una pluma cayendo sobre la palma de una mano. El dibujo estaba
tan bien hecho, que por un momento sentí como si la mano se moviera.
— Es tuyo — me dijo encogiéndose de
hombros—. Cuando sea famosa valdrá una fortuna, así que procura cuidarlo —
añadió divertida. Le pedí que me lo firmara, y después la abracé,
agradeciéndole el detalle.
— Te daría uno de los míos, pero sería
como insultar a los tuyos — le dije rebuscando entre mis cartulinas. Soltó una
risa y finalmente se llevó el que tenía a un intento de Petardo demasiado
cuadrado y orejón.
Se lo firmé más por un asunto de juego
que por otra cosa, y después el profesor pidió atención para mencionar a las
alumnas más destacadas del taller: evidentemente llamó a Etel.
Y a Zara Lagares.
Ambas salieron al frente a mostrar sus
dibujos. Todo el salón aclamó los bocetos de Etel, y después Zara presentó los
suyos. Me quedé sumamente sorprendida cuando vi el de lápices de colores: el
dibujo parecía ser el de una habitación amoblada, muy sobria y clásica. Había
un piano junto a la ventana, y una chica vestida de negro sentada sobre una mecedora.
Y cuando el dibujo pasó de carpeta en carpeta, mi asombro se incrementó: ¡¿cómo
había logrado luces y sombras solo con lápices de colores?!
La clase concluyó con el profesor
Ademar y sus palabras para los de bachillerato que postularían a alguna carrera
artística. Nos animó a perseguir nuestros sueños, y después se despidió con un
cálido voto de aplausos que todos iniciamos espontáneamente.
— Esta sensación de fin de año me gusta
por un lado, pero por el otro no — dijo Etel mientras guardábamos nuestras
cosas. Zara Lagares pasó junto a mí; sentí un ligero escalofrío —. Las
vacaciones llegan, pero Loi y tú también ya se irán.
Libiak.
Si logro ingresar a Gaib Art, cuando me
vaya a Libiak ¿qué haré? ¿También viviré sola? Me quedan pocos meses aquí, y
Alen ya no podrá movilizarse y llegar en cinco minutos a cualquier parte del
mundo.
— Bellota, mi papá acaba de llamar: está
afuera, ¿no quieres que te llevemos? — Reaccioné ante la voz de Etel y negué
con la cabeza. Iría a pie en lo que iba pensando en un par de cosas—. Bueno,
entonces me voy adelantando, ¿sí? Nos vemos el lunes.
Me demoré más que cualquiera de mis
compañeros en salir. Avancé por los pasillos solitarios de la escuela y cuando
estaba por cruzar la cancha de fútbol, comprendí por qué Etel ofreció llevarme
a casa:
Estaba lloviendo.
Aguardé un poco en la entrada a ver si
la lluvia pasaba. Todos los días llevaba un paraguas de emergencia en la
mochila, ¡¿por qué justamente el día que decido dejarlo estalla el diluvio
universal?!
Cuando pasó algo de media hora
comprendí que lo ideal sería sacar a la maratonista que llevaba dentro y correr
hasta la parada de autobús; esperando no mojarme demasiado.
Crucé la cancha de fútbol con toda la
rapidez que me permitieron las zapatillas.
— Hija, vas a morir de pulmonía si te vas
así — me dijo Don Mario, el portero de la escuela, al verme llegar algo mojada
a la puerta de salida solo por haber cruzado la cancha —. Toma, llévate este
paraguas. Hace tiempo lo trajeron para objetos perdidos y nadie lo ha
reclamado. El lunes lo devuelves.
— Muchísimas gracias, Don Mario. El lunes
lo traigo sin falta.
— Pierde cuidado.
Abrí el paraguas: las gotas de lluvia
impactando contra la superficie extendida dejaban “plocs-plocs” sordos. Salí
por completo de la escuela y entonces algo llamó mi atención:
Ahí al frente, sentado sobre las
escalinatas de entrada de aquella casa y mojándose bajo la lluvia, estaba él.
El corazón me empezó a palpitar con
fuerza, como ridículamente me sucedía siempre que lo veía de improviso. Di un
par de pasos en su dirección, pero esta vez no elevó la mirada como solía hacer
cuando me sentía cerca.
Estaba completamente ido.
Crucé la pista, me acerqué hasta llegar
a su lado y no fue hasta que lo cubrí con el paraguas que parpadeó, como
volviendo en sí, y sus ojos me observaron llenos de temor.
No…
— Alen, ¿qué sucede? — le pregunté
inquieta. Abrió la boca, como para decir algo, pero en vez de eso soltó un
suspiro lleno de consternación y se puso de pie solo para abrazarme con fuerza.
Sentí lo frío de su cuerpo: fue algo
chocante porque él solía sentirse cálido la mayor parte del tiempo.
— Alen, ¿qué…? ¿Qué pasa? — Sus brazos me
estrecharon contra sí mismo. El paraguas me tembló en una mano—. No te quedes
callado, por favor, me estás asustando.
— Te-te-tengo…frío — musitó junto a mi
oído y con un castañeo de dientes. Me separé un poco para comprobar si estaba
tomándome el pelo y me lo encontré sonriendo —. Tengo frío, Bellota. Es
solo…e-e-eeso.
Lo miré sin creerlo y después lo
empujé, rompiendo el abrazo y lanzándole un manotazo:
— ¡Te odio! ¡Pensé que estabas herido o
algo así! — repliqué. Soltó una carcajada y agitó tanto la cabeza que las gotas
de su cabello me salpicaron el rostro—. ¡No hagas eso! ¡Pareces Petardo!
— Ven aquí — me dijo y no pude protestar
más porque me besó. Me aferré a él y como empecé a sentir que despegaba, solté
el paraguas solo para tener mayor libertad y rodear su cuello con ambos brazos.
Sus labios estaban gélidos, por lo que me
atacó la urgente necesidad de devolverlos a su temperatura habitual. Me
entretuve un buen rato con ellos, con los suspiros que se me escapaban sin mi
consentimiento. Ahora es cuando comprendo por qué él solía repetir que amaba
alimentarse de besos: me encanta besarlo; me vuelvo loca solo probando su boca.
Nos separamos algo agitados y una mujer
de edad pasó junto a nosotros y nos lanzó una mirada llena de reprobación. Me
mordí el labio inferior, entre apenada y divertida, y cuando estuvo más lejos
rompimos a reír en voz bajita.
— Parece que ha sido un espectáculo algo
intenso — me dijo recogiendo el paraguas.
— Estás empapado. — Le restó importancia
encogiéndose de hombros—. Ayer te dije que saldría muy tarde por lo del Taller
de Pintura. ¿No ibas a estar con Naina?
— Hace un rato la dejé. Quería verte así
que esperar un par de minutos no iba a ser nada.
No
flotes, no flotes.
— ¿Y por qué no trajiste un paraguas?
¿Tienes complejo de esponja o algo así?
— ¿Complejo de esponja? — preguntó
divertido. Le dije que porque parecía querer absorber toda la lluvia con su
cuerpo y estalló en carcajadas. En medio de este horrible ambiente gris, verlo
tan animado fue como sentirme en una tarde soleada—. Eres de lo más extraña,
Bellota.
— Bueno, yo no era el que estaba sentado
mojándose por completo — rebatí con suficiencia.
Empujé su mano para que el paraguas
también lo cubriera a él, pero se puso testarudo e insistió en cubrirme más a
mí.
— Te estás mojando.
— En unos segundos estaré más seco que
tú, Bellota.
— En unos segundos vas a terminar
resfriado.
— En unos segundos verás que las
enfermedades humanas no me aquejan — puntualizó con satisfacción.
— En unos segundos voy a golpearte, chico
engreído.
— En unos segundos… — Elevó la mirada,
como buscando alguna idea, y después asintió rindiéndose por completo—. Ok,
ganaste.
Caminamos sin un rumbo aparente, y la
lluvia disminuyó un poco pero no se fue del todo. Hubo empujones que terminaban
con nuestras zapatillas dentro de algún charco de agua, hubo besos que me
llevaban a otra dimensión en medio de las tenues gotas que impactaban contra nosotros,
porque siempre soltábamos el paraguas. Hubo risas que me hacían sentir como si
todo lo que necesitara para vivir era verlo contento; y hubo abrazos que solo
terminaban porque teníamos que seguir caminando.
Me dice que está bien, pero aun así
siento que está algo preocupado.
Charlamos sobre muchas cosas: había
olvidado comentarle que ya habíamos visto lo del Cantar de los cantares en Literatura.
Repitió algunos versos adoptando una voz gruesa, casi como de locutor de radio
antigua, y empecé a reír con fuerza. Después me comentó que esta noche estaría
solo porque Tarek había planeado algo para Loi por motivo de un mes más de
relación así que tal vez pasaría a darme una visita algo larga: asentí,
demasiado entusiasmada ante la idea. Y cuando hablamos de este tipo de cosas a
veces es muy sencillo olvidar que él solía ser un ángel, porque todo parece ir
maravillosamente normal.
En medio de la extensa charla que se
abrió a propósito del abuelo y la impresión que le habíamos causado con nuestra
visita, llegamos a una parte muy céntrica.
Si no me equivoco, a unas cuadras está
Oráculo.
— Ah, sí. Ya me acordé: conoces muy bien
el sitio— comentó con voz de padre mandón.
— Alen, no empieces…
— Sisa, de todas las cosas en el mundo
jamás se me ocurrió que aceptarías charlar con Berith en un local que él mismo
administra. — Fruncí los labios y le pedí que ya lo olvidáramos—. Nunca te lo
pregunté directamente: dime, ¿realmente te besó a la fuerza?
Bien, no es la mejor pregunta.
— Mmm. — Asentí levemente y después
apreté su mano cuando torció el gesto—. Fue realmente asqueroso.
— ¿Muy asqueroso? — me preguntó tomándome
por la cintura. Me sonrió con burla y después sentí sus labios rozando mi boca.
¡Atrás, mareos y sensación de flote!
¡No puedo ponerme así cada vez que me besa!
Solté una carcajada porque casi
chocamos con un grupo de chicos que nos vieron con cara de “han empezado a
salir, seamos comprensivos”, y cuando estaba por robarle otro beso algo muy
curioso llamó mi atención:
Ssss,
ssss, olvidé pagar el alquiler.
¿Eh?
Sonaba como si trataran de sintonizar alguna
radio muy cerca de aquí: Ssss, ssss,
tengo tarea para mañana— ssss, ssss, dejé la cartera en casa— ssss, ssss, con
este ya son dos desaprobados, ¿qué haré? — ssss, ssss, ¿cómo se le pide
matrimonio a alguien?
Bajé la velocidad y observé alrededor.
Había un montón de gente que pasaba y las ondas mal sintonizadas se hacían cada
vez más entendibles, pero a la vez me abrumaban.
— ¿Sisa?
— ¿Los escuchas? — le pregunté.
A lo mejor por aquí cerca había algún
equipo de sonido o algo así.
— ¿A quiénes?
— A todos…
Entonces una voz conocida me asaltó:
¿Por
qué se ve tan feliz junto a ella? ¡No lo
merece, jamás lo ha merecido!
Me detuve en seco.
— Sisa, ¿qué sucede? — me preguntó Alen
extrañado.
La voz anterior le pertenecía a
Gabriel, ¿cómo es que la estoy escuch…?
— Vaya, vaya, ¿así que esto es lo que
llamaría una cita común y corriente entre una humana y un casi desertor? —
oímos. Ambos giramos y nos encontramos con Gabriel, su cabello plateado ahora a
la altura del mentón, perfectamente liso, y con el labial rojo intenso
adornando su boca.
La observé fijamente: ¿qué había sido
lo anter…?
¿Por
qué me está mirando con tanta fijación? ¿Qué
le está pasando a esta niña?
Dios, ¿puedo escuchar su mente?
Samin… Tengo que hablar de esto con
Samin.
— Parece que tu niña humana está algo
indispuesta — comentó. Alen me preguntó si me encontraba bien y no sé por qué
no tuve el valor de decirle que, parecía, podía escuchar mentes, incluida la de
un demonio.
Traté de relajarme, y como escuchando
mi petición todas las ondas mal sintonizadas perdieron consistencia y todo
volvió a la normalidad.
— ¿Qué sucedió? ¿Sisa?
— No fue nada, pierde cuidado. Solo sentí
un ligero mareo.
Gabriel soltó una carcajada:
— Si no estuviera al tanto de cómo va su
relación, hasta podría pensar que el mareo es porque estás embarazada. — ¡¿Pero qué…?! —. ¡No me miren así! Es
obvio que aún no tocas a tu humana, Forgeso; y, por otro lado, de hacerlo ella
no corre con el riesgo de quedar fecundada ni en sus días más fértiles.
Desvié la mirada violentamente.
— Vámonos a casa — me susurró Alen al
oído; asentí.
No tenía caso pelear con ella.
— ¿Ya se van? ¡Pero si ya somos amigos,
Forgeso! ¿No que habíamos hecho las pases?
— Nhyna, alguien tiene que enseñarte el
sutil arte de la discreción — le respondió con calma.
— Bueno, si es así, no los detengo. — Iba
a jalarlo por el brazo, pero la oímos suspirar con demasiado dramatismo—. Pensé
que reaccionarías de otro modo ante la noticia, pero supongo que ahora que has
decidido quedarte aquí, entre humanos, cierta “sensiblería” emocional se está
perdiendo.
— ¿De qué estás hablando? — le preguntó Alen
fastidiado. Iba a pedirle que nos fuéramos, pero en ese momento algo extraño
sucedió: varias de las personas de alrededor dejaron de caminar y enfocaron sus
miradas en la pantalla inmensa de publicidad de uno de los edificios cercanos.
— De eso — respondió Gabriel y señaló a
las pantallas de televisor que se exhibían en la tienda de electrodomésticos
del frente.
La misma imagen que se repetía en todas
las pantallas era la misma de la pantalla inmensa del edificio. Reconocí al
instante de quién se trataba: era el hombre que daba las noticias en uno de los
canales del Estado. Habían interrumpido la transmisión normal para informar
sobre la toma de una universidad en la ciudad de Nustrense, en un país al otro
lado del mundo, que había dejado centenas de heridos y muertos. También se
había bombardeado un jardín de niños de un poblado alejado de esa misma nación.
Por un momento sentí un horrible vacío
en el abdomen: ¿niños en medio de un ataque? ¿Pero cómo era posible eso?
— Con
estos violentos ataques — continuó el corresponsal—, muchos analistas aseguran que una guerra
civil podría estallar en Zotiko, y esta merecería la intervención de los países
hermanos. Se cree que ambos ataques han sido perpetrados por grupos radicales
debido a creencias dispares políticas y religiosas.
— Santo Dios — murmuró una mujer que
pasaba junto a nosotros—. ¿En qué mundo estamos?
— ¿Saben que es lo más divertido? — soltó
Gabriel—. Que detrás de todos estos ataques hay hilos que se envuelven y se
entremezclan unos con otros, de tal manera que ya no se sabe quién es el
culpable. El atacado responderá violencia con más violencia, y más se verán
implicados. Lo más gracioso es cuando se dice que traen paz en una mano, y en
la otra ocultan una granada. ¿No les parece grandioso?
No podía creer que sonara tan encantada
con todo esto. Iba a decirle a Alen que nos fuéramos, pero cuando volteé a
verlo lo encontré observando la pantalla más grande, con los ojos abiertos de
par en par, consternado.
— ¿Sabes qué significa resignación en
este mundo, Forgeso? — Alen volteó a mirarla, tenso: Gabriel sonrió —.
Significa que cuando se apague esa transmisión todos volverán a su vida normal.
Algunos dirán: “oh, qué pena. Bueno, no puedo hacer nada: total, no es aquí”.
Algunos de los transeúntes la
observaron extrañados ante la tremenda carcajada que soltó.
— Es algo que tienes que aprender, Forgeso:
aceptar la resignación porque no puedes
hacer nada.
Le dio unas palmadas en el brazo que él
rechazó adustamente.
— Vámonos. Vámonos, Alen — le pedí ante
sus ojos llenos de frustración.
Me miró y asintió.
— ¿Observando el humano versus humano? — oímos
de pronto: Durand apareció al otro
lado y nos siguió los pasos. No…—.
¡Es increíble ver cómo no pueden estar sin matarse los unos a los otros!
Tomé a Alen por la mano y lo jalé,
dispuesta a alejarlo de esos dos.
— ¿Quién crees que gane? — preguntó
Gabriel caminando junto a nosotros.
— Yo ni siquiera estoy seguro de quién ha
lanzado el primer ataque — le respondió Durand burlonamente—. Muchas veces
dicen que son grupos contrarios, pero a veces son ellos mismos por todo eso
llamado “estrategia”. Quién sabe, los humanos son muy extraños. Aquí suelen
pelear por cualquier cosa: dinero, ideologías; y lo mejor es cuando lo hacen en
nombre de existencias divinas que profesan “amor” en sus doctrinas y emplean
“violencia” para hacerse valer. ¡Por todos sus dioses: son tan cómicamente
incoherentes! En fin, ¿cuántos niños crees que fallecieron?
— Oh, ya vendrán más. Eso no es problema
para ellos: ¿no has visto lo bien que se llevan con la muerte?
Una horrible sensación de vergüenza me
atacó: ¿realmente éramos así? ¿Tan destructivos como Gabriel nos pintaba?
Porque, aunque me costara admitirlo, sus palabras sonaban muy parecidas a lo
que se narraba a diario en las noticias.
— Azrael debe estar teniendo muchísimo
trabajo — añadió Durand—. Tantos humanos fallecidos de manera violenta... No
quisiera tener que recoger a todas esas almas.
— Qué trabajo — lo apoyó Gabriel, y
estallaron en carcajadas.
Alen apretó los puños: noté que estaba
costándole mucho trabajo caminar tranquilo.
— Pero ¿qué sucede? — le preguntó ella con
preocupación fingida—. Estás empezando a pensar que convertirte en uno de ellos
no es tan estupendo como parecía, ¿verdad?
— ¡Egoísmo, Forgeso! Eso es lo que tienes
que practicar y saldrás victorioso en este caótico mundo de mierda:
“e-go-ís-mo”. ¿Y sabes quién es una gran muestra de ello? ¡Albania Formerio! — Alen
se detuvo violentamente. Yo misma sentí que el nombre irrumpió de manera
brusca; Durand sonrió—: ¡Tan egoísta que te cambió a pesar de que estabas
dispuesto a entregarle tu vida entera!
Pensé que Gabriel continuaría el
horrible juego de palabras como había hecho hasta hace unos segundos, pero a
ella el rostro también se le descompuso. Como si pensara que no era un buen
tema para emplear a modo de broma.
— Berith, el nombre de Albania Formerio
ya no es nada para mí — le respondió Alen con hosquedad—. Así que pierdes tu
tiempo mencionándola.
— ¿No se te hace algo parecida la
situación? A lo mejor tu querida niña resulta igual que…
¡Eso
sí que no!
— ¡YA BASTA! — grité: ¡eso había sido lo
último! Habíamos cruzado hasta una calle un tanto más solitaria: las pocas
personas que estaban allí nos miraron, ligeramente sorprendidas—. ¡Ustedes dos
paren de atormentarlo: no es su juguete! ¡Y tú no vuelvas a compararme con
Albania Formerio! — advertí furiosa.
— Sisa, no los escuches — me dijo Alen y me
retuvo por la mano, tratando de calmarme: sentía un horrible calor quemándome
las entrañas—. Vámonos, no valen la pena.
— Mmm, tu niña tiene mucho carácter. ¿No
te recuerda a otra persona? — comentó Durand elevando una ceja. Iba a ser un
movimiento estúpido, pero estuve a punto de lanzarme sobre él si Alen no me
hubiese detenido por la cintura—. Ojalá siga así por siempre y no te cambie
como Albania cuando llegue su Par absoluto.
Par
¿qué…?
Alen tragó despacio; casi pude sentir
sus músculos tensarse.
— ¿Ya le comentaste a la pequeña Sisa de
tu viaje, Forgeso? — ¿Qué? ¿Qué viaje?—. Sisa, cariño, ¿no quieres saber qué
hacía tu noviecito visitando Libiak?
No entendí: ¿De qué hablaba? ¿Libiak?
— Berith, basta.
— ¿Qué pasa, Forgeso? ¿Estoy siendo
indiscreto? — El tono tendencioso me descuadró—. Preciosa, fue a conocer la
gran Gaib Art a la que planeas postular, sí; pero también fue a echarle un
vistazo a… ¿No sabes a quién? ¡Bueno, pues al simpatiquísimo de Marcus Leda!
¿Qué opinas de eso?
¿Qué?
— Alen, ¿eso es cierto? — No me miró,
solo desvió la mirada, incómodo—. Alen…
— Oh-oh, creo que alguien está
guardándose algunos secretos. Forgeso, ¡te falta tanto por aprender de las
relaciones humanas! Lo primordial es la confianza, ¡¿cómo planeas que lo que
tienen funcione si no hay confianza entre ambos?!
— No tengo por qué darte explicaciones de
mis actos, Berith. Así que déjame en paz — respondió con frialdad.
Me recordó un tanto al Alen que solía
intimidarme antes.
— A mí no, pero a la encantadora Sisa por
supuesto que sí. Ustedes tendrían que conversar más sobre “este miedo” que
tienes carcomiéndote por dentro —. Su sonrisa maliciosa me inquietó: sonaba tan seguro —. Explicarle tu casi pavor al Par
absoluto sería un buen inicio.
— No son tus asuntos.
— Dos veces abandonado por una humana
sería demasiado penoso, ¿no te parece? Sisa, preciosa, si yo fuera tú, estaría más
pendiente de los movimientos de mi novio calehim.
A lo mejor en vez de un pacífico ángel tienes a un monstruo posesivo,
repleto de celos e inseguridad, que podría terminar lastimando a uno de tus
mejores amigos.
¿Qué
ha dicho?
Quise exigir más respuestas, pero Alen
me tomó por la mano y en segundos aparecimos a unos metros de la casa de Gisell:
lo último que vi fue la sonrisa divertida de Durand.
El viento trajo algunas gotas de lluvia
consigo. Nos quedamos ahí, en completo silencio: él sosteniendo el paraguas,
demasiado tenso como para decir nada, y yo con las miles de interrogantes que
acababan de desatarse en mi cabeza.
El
Par absoluto…
— Alen — lo llamé cuando comprendí que no
podíamos quedarnos toda la vida parados sin decir nada. Él seguía impávido,
observando al frente—, ¿por qué fuiste a ver a Marcus?
¿Hasta Libiak solo a verlo? ¿Qué
significaba eso?
— Solo era curiosidad.
— No me mientas.
— No lo hago: tenía curiosidad, quería
saber más de él y ya que estaba por allá aproveché la ocasión — resumió con
simpleza. Y le hubiera creído si la horrible voz de Durand no retumbara aún en
mi cabeza.
¿Por
qué tanto interés en Marcus?
— Alen…mira, sé que Durand es un imbécil
la mayor parte del tiempo, pero tiene razón: si no confiamos el uno en el otro…
— Confío — me interrumpió. Elevó el
paraguas y me cubrió con él porque la lluvia empezaba a retornar—. Confío,
Sisa.
— ¿Entonces por qué no sé qué cosa es el
Par absoluto? ¿Por qué siento que hay algo que te está abrumando y no quieres
decírmelo?
— Es que no hay nada. Yo…yo solo estoy
algo aturdido por todo esto de adaptarme a mi nueva condición; algo confundido
por la reciente presencia de Nanael en mi vida, y…y tal vez algo inseguro…
— ¿Inseguro? ¿Por qué? ¿Por Marcus? — lancé
bruscamente. Me observó, ligeramente trastocado: tal vez no debí sonar tan
demandante—. Alen, ya no sé cómo decirte que lo que hubo entre ambos fue especial,
pero…
— No es necesario que me lo repitas —
replicó irritado.
— ¡¿Entonces qué?!— le increpé con
demasiada fuerza: ¿qué sucedía? ¿Acaso él creía que yo podría dejarlo? —. Yo no
soy como ella — murmuré con
demasiadas cosas viniendo a mí de improviso.
— No estoy diciendo eso, Sisa; es
simplemente…
— ¡¿Simplemente qué?!
Recordé la vez que me llamó “Albania”
en la casa del abuelo, y tal vez no fue el mejor momento, pero creo que
inconscientemente también estaba reprochándole aquello.
— Simplemente son cosas que prefiero
guardarme para mí mismo.
— Alen, ¿no quedamos en que no nos
guardaríamos nada?
— Sí, pero ya te dije que son cosas de
las que no tienes por qué preocuparte — dijo tratando de contenerse.
— ¡Claro que me preocupo porque estás
incluyendo a Marcus en esto! — exclamé, demasiado alterada como para ponerme a
analizar mis propias palabras.
Los ojos miel se abrieron un tanto;
casi pude escuchar a todo volumen la risa baja que soltó:
— ¿Es eso? — me preguntó con ironía—.
¿Tienes miedo de que Berith tenga razón y yo realmente sea el “monstruo lleno
de celos e inseguridad que busca lastimar a tu exnovio”?
La frialdad de su voz me cayó de golpe.
No quería decir eso, yo…yo simplemente…
— ¿Quién es la que no confía en el otro,
Sisa? — indicó con seriedad.
— No me malinterpretes. Yo solo…
— Marcus Leda no tiene nada que ver — me
respondió con sequedad.
— ¡¿Entonces por qué fuiste a verlo?! — proferí,
perdiendo los estribos—. ¡No entiendo por qué no dejas de darle vueltas al
asunto!
— ¡Porque él es humano y yo no, ¿de
acuerdo?! — explotó furioso.
Lo miré sorprendida y solo conseguí que
desviara la mirada, enfadado consigo mismo.
¿Porque
es humano? ¿Y eso
qué? Yo lo quería así, como calehim o
desertor; así fuese humano, errante,
hasta demonio, igual lo querría.
— Alen…
— Lo siento; yo…tal vez…deba dejarte en
casa.
Me tomó por la mano y tiró de mí con
suavidad; traté de exigirle una respuesta, pero solo obtuve más silencio.
— En diciembre me encontraré con Marcus
en Libiak — dije de la nada: ya no sé si a propósito o inconscientemente. Se
detuvo y volteó a verme—. He quedado con él para que nos lleve a Loi y a mí a
conocer la ciudad. Si me dijeras exactamente qué sucede, yo misma podría
arreglarlo con él.
— No hay nada que arreglar, Sisa —
respondió en voz baja—. Lo que sucede…es que yo vengo con algunas fallas con
las que ni yo mismo puedo lidiar.
No…
Traté de aferrarme a su mano, pero sus
dedos se deslizaron con suavidad, dejándome…
Quise tocar su rostro, pero a lo lejos
vi el auto de Gisell ingresando a la calle principal del vecindario; él también
lo notó y me dijo que lo mejor era despedirnos por este día.
— Alen…
Acomodó un mechón de mi cabello, me
entregó el paraguas y después desapareció, dejándome con un horrible nudo en la
garganta porque por lo visto acabábamos de tener una pelea y no habíamos
arreglado las cosas.
Había sido una tarde estupenda solo
para que Durand llegara y la arruinara por completo.
— ¿Qué haces aquí, bajo la lluvia? — me
preguntó Gisell deteniendo el auto a mi lado. Le respondí que apenas y volvía
de la escuela porque me había quedado recogiendo algunos de mis trabajos del taller
de pintura.
»—
Explicarle tu casi pavor al Par absoluto sería un buen inicio.
¿Qué cosa es el Par absoluto?
La cena pasó sin buenas nuevas.
Encendimos el televisor y escuché un poco más de las noticias relacionadas al
conflicto interno de Zotiko. Me sentí algo apenada cuando comprobé que ya lo
había olvidado, porque era como confirmar las palabras de Durand y Gabriel:
este tipo de sucesos pasaban casi desapercibidos cuando uno no se veía
involucrado directamente en ellos.
Cuando terminé de ducharme aún sentía
ese incómodo vacío en el pecho: habernos despedido enfadados y con él tan
desanimado no me gustaba en lo absoluto.
Preguntarle al respecto a Samin no va a
ser de ayuda porque casi puedo asegurar que no va a decirme nada. Todos siempre
repiten que no debo preocuparme, y tal vez esa sea la manera de evitar que me
entere de que hay cosas que están sucediendo alrededor. Esto del Par absoluto
me tiene intranquila, lo de la visita a Marcus también; y aún peor, no sé por
qué tengo la vaga sensación de que hay algo acechándome desde las sombras.
Me senté sobre la cama y un frío
violento se apoderó de mi habitación. No lo pensé ni dos veces y saqué el
encendedor que tenía en mi mesita de noche para encenderlo con rapidez.
¡Alen!
— Muéstrate ante mí, impostor del viento —
pronuncié e instantáneamente una figura apareció sentada sobre la silla de mi
escritorio, mirándome, sorprendida.
Pero no era quién creía.
— ¿Gabriel? — susurré extrañada.
— ¿Cómo aprendiste eso? — exclamó
estupefacta—. Es una copla que solo empleaban los antiguos humanos elegidos.
— ¿Qué estás haciendo aquí? — lancé algo
fastidiada.
Intentó ponerse de pie, pero no lo
logró: era como si algo la sujetara.
— Bien, las malditas coplas me obligan a
permanecer aquí un determinado tiempo—resopló aburrida y después se enfocó en
mí—. Tienes esa cara llena de espanto, y sigo preguntándome qué demonios vio
Forgeso en ti. Comprendía que Albania resultara fascinante, pero tú…
Apreté los labios discretamente, pero
ella lo notó, y soltó una carcajada:
— La odias, ¿verdad? Pero no te atreves a
decirlo en voz alta.
— No la odio — respondí sumamente tensa—.
No se puede odiar a alguien a quien no conoces.
— Claro que la conoces. Sus visiones, sus
recuerdos; todo eso te permite saber de ella.
Fingí entretenerme sacando algunas
cosas de mi mochila, porque lo último que quería era hablar sobre la
“maravillosa Albania Formerio”.
— Temes que Forgeso no llegue a quererte
con la misma intensidad con la que la quiso a ella, ¿verdad? — oí de pronto:
traté de que el rostro no se me viera tan tenso —. Porque si quieres mi opinión, déjame decirte que, durante su
existencia original, nunca vi una expresión más sublime del amor que la que
había en sus ojos. Ambos eran perfectos: él y ella, complementos exactos,
complicidad única, un sentimiento por el otro que rozaba casi al amor propio,
casi la personificación del verdadero amor. No, no hablo del amor humano porque
ese es demasiado defectuoso, hablo del amor en su forma más mística: un amor
fuera de este mundo. Malditos sean ambos — concluyó disgustada.
— Si ya puedes moverte, vete, por favor —
repuse sumamente incómoda.
Nunca iba a resultarme agradable
escuchar lo “fascinante” que fue Albania alguna vez.
— Pero ella no lo merecía.
— Por favor, déjame sol… — me callé de
pronto cuando la encontré con los ojos perdidos, reflexionando.
— Forgeso desperdiciaba su amor en ella
cuando podría habérselo entregado a alguien que sí lo hubiera valorado. Alguien
que no hubiera sido capaz de vulnerar toda la belleza que traía consigo.
Ella…
El incómodo nudo en mi garganta se hizo
aún más fastidioso: ya lo comprendí. Gabriel siempre habla así cuando se trata
de Alen porque ella también lo quería.
— Y tú tampoco lo vales — me dijo girando
en la silla de mi escritorio y recuperando el tono burlón—: Quedarse aquí, en
medio de un mundo tan poco cordial... Cuando su naturaleza de ángel choque
contra las injusticias que hay aquí, será un suplicio. ¿No viste cómo reaccionó
cuando vio lo de los humanos matándose al otro lado del mundo? Es casi un suicidio
seguro que se quede, porque ese tipo de panoramas son usuales aquí.
Tenía razón, ese tipo de cosas eran
comunes. Estábamos casi acostumbrados a ello.
— Si lo quieres de verdad, pídele que se
vaya— repuso con seriedad—. Si realmente lo amas, mándalo lejos, Sisa Daquel.
Quítalo de tu vida, ¡exígele que se aleje!
— ¿De qué hablas? — pregunté consternada.
— ¿Sabes todo lo que él está arriesgando
por ti, niña estúpida? — Se puso de pie. Retrocedí por inercia al verla tan
intimidante—. ¿Sabes siquiera el dolor que significa adaptarse a la
resignación? Para ustedes es sencillo porque han naturalizado cosas como la
muerte prematura, la violencia, el odio: pero su situación es completamente
diferente. Es como enviar a un niño a un mundo desconocido, en donde no se
habla la misma lengua, en donde no se tienen las mismas normas. Se va a
adaptar, pero va a costarle muchísimo.
— Yo…
— ¿Y sabes qué es lo más ridículo de todo
esto? Que si al final te decides por un maldito humano todo su proceso de
adaptación habrá valido nada. La renuncia a su naturaleza original, la renuncia
a tener un hogar al que retornar, ¡no valdrá nada si te enamoras de otro!
— ¡Eso no va a suceder! ¡Jamás lo harí…!
— ¡¿Cómo lo sabes, chiquilla idiota?! — me
gritó y una oscuridad inmensa rellenó mi habitación. No sé cómo, pero creo que
se trató de un cántico de exclusión—. ¡¿Cómo sabes que al final el maldito Par
absoluto no lo terminará desplazando?!
— ¡¿Qué es el Par absoluto?! ¡No entiendo
nada de lo que dices! — grité. Primero Berith, ahora ella…
¡¿Por qué todos parecían saber cosas
importantes que yo ignoraba?!
Sus ojos se abrieron un tanto y después
retrocedió, como recobrando la compostura.
— El Par absoluto es el humano destinado
a ser tu pareja en cada una de tus existencias. Ustedes lo llaman “alma
gemela”: no le sucede a todos los humanos, pero si lo encuentras tus ojos solo
servirán para verlo a él, lo demás será irrelevante. No se puede luchar contra
eso. Si realmente lo encuentras, Forgeso perderá significado para ti porque no
hay manera de romper un lazo de esa magnitud.
¿Qué?
— ¿Qué crees que el imbécil fue a hacer a
Libiak? ¿Solo a ver la escuela a la que planeas asistir? No, niña idiota: fue a
ver al tal Marcus Leda porque probablemente teme que él sea tu Par absoluto.
Sentí que el corazón se me contrajo:
¿Marcus?
— Pero yo…yo lo quiero como amigo…
— Eso es “ahora”, pero nadie sabe qué
pase más adelante. Ustedes suelen ser muy volubles con estos temas.
Retrocedí y a pesar de que todo estaba
completamente oscuro a excepción de nosotras, pude encontrar la superficie
acolchonada que debía ser mi cama. Me senté sobre ella, angustiada.
¿Alen vive pensando en eso? ¿Pensando
que en cualquier momento yo podría dejarlo?
Igual
que Albania…
Sentí que un hueco enorme se tragó mi
corazón: pensar que puede aparecer alguien y “reemplazarte” a fuerza.
»—
Un chico de dieciocho años entiende algo tan místico como
el amor de manera muy sencilla. Y yo, con más experiencia existencial y
supuestamente con más conocimientos, me demoré demasiado en asimilarlo. ¿Estás
segura de que no te enamoraste de él, Sisa? Digo, el chico es casi perfecto.
Miedo…aún tiene miedo.
— Alen podría ser mi Par absoluto —
susurré.
Nada estaba dicho aún, ¡y yo sentía que
lo quería tant…!
— Eso es imposible: el Par absoluto se
aplica solo entre humanos, y Forgeso nunca será un humano completo. Dime, ¿te
parece justo hacerle esto? ¿Obligarlo a estar contigo hasta que encuentres a
alguien más y después lo deseches tal y como hizo Albania Formerio?
— ¡Claro que no será igual! ¡Lo quiero!
— ¡ELLA DECÍA LO MISMO, MALDITA SEA! — bramó.
¡Yo jamás haría algo así! ¡Lo quería!
Porque
él era el aire…
— ¡Al final lo dejarás, niña estúpida!
— ¡Deja de decirme niña estúpida!
— ¡Lo harás porque antes ya lo hic…! — Me
detuve con brusquedad cuando Durand apareció, y tomó a Gabriel por el cuello
con tanta fuerza que las venas de los ojos celestes reventaron.
— ¡¿Cuántas veces tengo que cerrarte la
maldita boca, eh?! — le murmuró furioso—. Oh, Sisa, cariño, lamento mucho esto.
Nhyna está tan obsesionada con Forgeso que a veces resulta insoportable.
— La…la vas a matar — susurré asustada
cuando la vi poniéndose casi morada—. Su-suéltala. No es para tanto.
— ¡Oh! ¿Escuchas eso, necia ingrata? La
encantadora Sisa está preocupada por ti. Deberías ser más amable con ella — le
reprochó soltándola con brusquedad.
Gabriel se encogió, tosiendo con
dificultad y tratando de capturar algo de aire. Elevó la mirada: los ojos
celestes estaban repletos de surcos rojizos y de rencor.
— Te maldigo miles de veces, Berith.
¡Miles de veces! — susurró con rabia y al instante desapareció.
La luz en mi habitación retornó: afuera
la lluvia había empeorado.
— No prestes atención a sus palabras,
preciosa. Si Forgeso ya decidió quedarse aquí, entonces simplemente vamos a
aceptarlo.
Observé los ojos oscuros de Durand y de
repente recordé la insistencia con la que él pedía romper el Sello de olvido de
Alen.
¿Cómo era posible que después de todo
eso, simplemente aceptara las cosas tranquilamente?
— Entonces, ¿qué…qué buscabas al intentar
otorgarle su nombre?
— Encanto, yo solo quería un compañero de
juegos con el que entretenerme: eso de ángel versus demonio siempre resultaba
tan divertido; y ya que él buscaba su nombre solo me apetecía ver hasta dónde
podría llegar su resistencia. Evidentemente comprobé que la tenacidad de los
ángeles es fuerte, porque a pesar de que le ofrecí hacerlo sin recibir nada a
cambio no aceptó.
» Pero si Forgeso ya decidió quedarse
aquí, yo ya no puedo hacer nada. Nhyna aún va a luchar, pero ya sabes que eso
es porque ella tiene una particular obsesión con él. — Elevó una mano y me
acomodó un mechón de cabello. Me encogí con brusquedad, evitando el menor
contacto—. Y tranquila, él va a terminar acostumbrándose. Va a sentir muchísimo
malestar emocional de vez en cuando, sufrirá muchísimo, pero lo valdrá. Lo
único gracioso de todo esto será si al final tu amor cambia y es entregado a
alguien más. — Se vio sumamente divertido—. Te juro que mataría por estar
presente en ese momento: ¡sería tan jocoso!
Quise responderle, pero por algún
misterioso motivo solo tenía ganas de llorar.
— Albania…— inicié. Durand me observó con
atención—. ¿Albania dejó a Alen porque conoció a su Par absoluto?
— Oh, la situación con la hermosa Albania
fue un tanto diferente. Ella lo dejó por capricho; no porque su Par absoluto
hubiera llegado. Es más, me parece que el humano que ella tanto deseaba estaba
enamorado de otra mujer.
» La situación contigo parece ir por
otro rumbo, encantadora Sisa. No voy a negar que tu amor parece algo más
sincero; pero igual se corre con el riesgo de que encuentres a tu Par absoluto.
Triste, ¿verdad? La chica que realmente lo quiere, igual podría dejarlo si al
final encuentra a su alma gemela. ¡Oh, no!, te has puesto triste — añadió.
Trató de tocar mi mejilla, pero retrocedí, ofuscada—. Lo siento mucho,
preciosa. Supongo que has de estar viendo las cosas desde su perspectiva.
Pobrecillo, vivir siempre lleno de inseguridad: patético, ¿verdad?
— Ya vete— exigí, intentando que la voz
no me sonara quebradiza.
— ¿Sabías que, en su existencia original,
él planeaba presentarse ante el comité que evalúa la situación de cada ángel
solo para pedir que se le concediera el título de humano? — Lo observé
sorprendida y con los ojos empezando a picarme quién sabe por qué —. Solo el
Todo crea, y si te da una naturaleza no puedes cambiarla al completo; pero con
Forgeso podrían haber hecho una excepción, porque él no era cualquier ángel
custodio, ¡oh, no! ¡Era único en su clase! Había muchas cosas permitidas para
él a diferencia de otros ángeles. Él quería ser un humano completo para
Albania, pero en medio de toda la diligencia llegó este muchacho al pueblo, y
la deslumbró y entonces…
— Basta — pedí. No quería escuchar más;
las visiones volvían, la cabeza me dolía.
La veo, la siento:
Albania furiosa, frustrada. Sintiendo que, por primera vez, ha llegado un
hombre que puede resistírsele.
— Si no me equivoco era el nieto de una
pareja de ancianos que había regresado del extranjero; estaba comprometido
desde muy pequeño con una chica de la que llegó a enamorarse en sus años de
juventud. Sus padres habían fallecido, era un completo caballero, le gustaba la
músi...
— ¡Lárgate! — grité. Abajo Gisell
preguntó que sucedía: tuve que responder, con algo de dificultad, que estaba
hablando por el celular y solo estaba bromeando.
— Bien, bien: me retiro.
Mi habitación quedó sumida en tanto
silencio que podía oír las gotas de lluvia impactando contra mi ventana. Cálmate, cálmate. Samin te ha dicho que las
visiones de Albania van a desaparecer. Que no tienes por qué asustarte, que no
tienes nada que ver con ella.
El muchacho que llegó al pueblo la
deslumbró y sus ojos quedaron tan fascinados que lo olvidó por completo.
Cálmate…
Si yo supiera que Albania está en algún
lugar y pudiera retornar, el hecho de pensar que cabría la posibilidad de que Alen
vuelva a enamorarse de ella me abrumaría de sobremanera.
Cálmate…
Eso es exactamente lo que él está
viviendo: teme que la historia vuelva a repetirse. Y tal vez casi a la fuerza;
porque si bien Albania lo dejó por capricho, yo podría hacerlo obligada por el
lazo ese con el Par absoluto.
No existe…
No, no quiero. ¡No quiero!
Me metí a la cama con todo el cabello
mojado y apagué la luz. Gisell y Corín subieron también a sus habitaciones y
más tarde lo único que sonaba era la lluvia, rebotando sobre la ventana y las
hojas del árbol de la entrada.
Traté de relajarme, pero estaba siendo
presa de un horrible ataque de ansiedad. Escuchaba los latidos de mi corazón casi
como amplificados y la cabeza empezó a lanzarme imágenes de Albania vestida de
blanco, resplandeciente, mientras besaba a su esposo en el altar.
Quiero…
Quisiera abrirme el pecho para que sepa
con seguridad que todo mi corazón, mi alma, o el lugar en el que se albergan
los sentimientos, le pertenece por completo. Quisiera ayudar a cerrar por
completo la herida que ella dejó; quisiera gritarle que nadie lo va a querer
como lo quiero yo. Porque él realmente era el aire y la felicidad para mí. Él
era… ¡él era…!
Lo querría por toda la vida, o en su
idioma: por “todas” mis vidas.
Porque
lo amaba…
Me quité el pijama y me puse lo primero
que encontré a mano para después buscar con desesperación el cofrecito que me
había obsequiado Amber.
Lo abrí con cuidado tratando de calmar
los temblores de mi cuerpo; lo puse sobre mi escritorio y entonces contemplé lo
que parecía ser neblina color plateada, roja y violeta flotando adentro.
Introduje el pulgar y el índice, tal y como me había explicado.
— Transporte — susurré y la niebla
plateada trepó hacia mis dedos, enroscándose alrededor. Sentí una brusca
sacudida y segundos después las gotas de lluvia ya chocaban directamente contra
mi cabello.
»—
Cachorra, tienes que pensar cuidadosamente en el lugar al que quieres llegar. Y
recuerda, solo puedes usar una capacidad a la vez, y después de emplear una
deberás esperar por lo menos dos horas para usar otra si lo deseas. Y nadie más
que tú puede emplear el poder de este cofre; ha sido diseñado exclusivamente
para ti.
Observé en todas las direcciones:
estaba a unas cuadras del departamento que él compartía con Tarek. La calle
estaba completamente vacía y lo único que iluminaba todo era la luz pálida de
la luna. No había llegado al lugar exacto, pero no estaba tan lejos.
Tomé una gran bocanada de aire y corrí todo lo que me dieron las
piernas, temblando por completo.
»—
Es evidente que tú no le temes a nada, ¿verdad?
No obtuve más que silencio cuando le
dije eso. Noté que su mirada se perdió en algún lugar de la nada; pensé que
solo era porque estaba buscando una respuesta, que tal vez la pregunta le había
resultado curiosa.
»— ¿Alen?
»— A nada, Bellota.
Yo soy invencible.
Sentía como si algo me hincara el
pecho, un horrible nudo en el estómago. Y no sé si es que todo lo de hoy me ha
dejado algo confundida o angustiada, porque siento como si yo fuera la
principal culpable de su inseguridad.
Albania…
Yo no soy como ella, ¿verdad? Yo no
quiero hacerle daño.
»— El muchacho que
llegó al pueblo la deslumbró…
No quería hacerle daño
Yo
no soy como tú.
Yo lo amaba
La lluvia empezó a caer con tanta
fuerza que empezó a ahogarme.
Aún lo hago
No es mi culpa…no…
¡TOC
TOC!
Contesta…contéstame…
Yo
no quería lastimarlo.
¡TOC
TOC!
La puerta se abrió; el sol me observó
con sorpresa:
— Alen…
— ¿Sisa? ¿Qué haces aquí?
Su cabello estaba desordenado, sus pies
descalzos. Lo vi más hermoso que nunca.
Yo
no quería lastimarlo. Es que era tan vanidosa, tan caprichosa. Me gustaba ser
querida…adorada… Y no sabía qué más hacer…
No, no yo. Albania…Albania Formerio… Yo soy Sisa, Sisa Daquel.
Lo empujé hacia el interior, cerré la
puerta tras de mí y sin poder evitarlo prácticamente me abalancé sobre su boca;
temblando por completo. Sentí sus músculos tensarse bruscamente, el jadeo bajo
que se le escapó y después sus labios correspondiendo a los míos.
Yo no quería lastimarlo.
Perdóname
Nunca quise dejarlo así.
Nunca
quise dejarte así.
Roto por dentro
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Cuando llegué a casa, como supuse,
todas las luces estaban apagadas: Tarek no planeaba venir esta noche. Debía
estar con Loi y justamente hoy quería tenerlo aquí, porque cuando me quedo en
silencio vuelvo a caer dormido, y cuando duermo, sueño.
Y
ya no quiero soñar.
No puedo vivir así, pensando si Marcus
Leda es el par absoluto o si en algún momento llegará otro y me la arrebatará
porque es algo contra lo que, así quiera, no puedo luchar. Solo me queda
disfrutar de los momentos que tengo a su lado y esperar…
Solo eso: esperar.
Me puse otra muda de ropa porque lo de
caminar bajo la lluvia no había sido la mejor idea. Retorné a la sala algo más
seco y me quedé ahí, sentado, con las puertas del balcón abiertas de par en par
y sintiendo el aire golpear con rudeza, trayendo algunas gotas de lluvia
consigo. Así sería más fácil evitar cualquier somnolencia.
Si tan solo pudiera hablar con Hethos…
Me quedé así no sé cuánto tiempo hasta
que la figura de la chica de las ondas marrones apareció con violencia. Eran
pasajes que ya había visto con anterioridad: besos, sonrisas, giros agraciados,
risas musicales.
Un salón tenuemente iluminado por
arañas de cristal me recibió. Me quedé observando a las personas que charlaban
en grupos en lo que parecía ser una amena fiesta; entonces a lo lejos distinguí
a Albania, oculta bajo un antifaz blanco, y desplegando ondas de sutil
coquetería en medio de su charla con un sujeto.
»
Sabes qué acaba de ocurrir, ¿verdad? —
susurró la imagen de Nanael apareciendo en medio del salón. Tenía el
cabello rojizo, así que era solo un recuerdo y no se trataba del Nanael que
conocía ahora —. Acaba de enamorarse a
primera vista.
»
No es cierto — susurró mi yo de esa existencia,
completamente consternado.
»
¿Y para eso querías presentarte ante la Magistratura a pedir que se te
concediera el título de humano? ¿Por ella que ya vio a otro? Y es mejor así;
tal vez enamorándose de un humano, parte de su naturaleza original se pierda un
tanto.
¡BROM!
Reaccioné cuando un trueno resonó en
alguna parte del cielo. En otro momento lo último me habría abierto miles de
interrogantes, pero ahora ya no me interesaba nada de mi existencia original.
Si tan solo hubiera alguna forma de bloquear
recuerdos, me encargaría de clasificar todos los que la tienen a ella y los
pondría en una caja completamente sellada y con un letrero enorme de
“peligroso, no abrir nunca más”.
Logré sacar a Albania de mi cabeza,
pero los ojos grises de Marcus Leda me atacaron: le gusta escribir cuentos y
sus emociones siempre fluctúan entre la tranquilidad y la amabilidad. Y claro,
cuando algún objeto que le recuerda a Sisa se presenta, su alma se sobrecoge.
Para mi pesar, es un buen tipo…
…y realmente está enamorado de ella.
»—
¿Entonces por qué no sé qué cosa es el par absoluto? ¿Por qué siento que hay
algo que te está abrumando y no quieres decírmelo?
Tal vez mañana lo converse con ella
porque es mejor que lo sepa a que piense que le estoy ocultando algo realmente
malo. Por esta noche voy a ir tranquilizando este horrible sentimiento de
inseguridad, y para cuando salga el sol probablemente tenga mayor facilidad
para explicárselo sin preocuparla demasiado. Casi puedo asegurar que va a
sentirse fatal pensando que yo pude haberlo dejado todo, y existe la remota
posibilidad de que ella al final cambie sus afectos. Y no es su culpa: es algo
que se escapa de nuestras manos. Además, la decisión la había tomado yo, con
los pros y contras perfectamente entendidos.
Me quedé observando la lluvia inundar
un poco el piso del balcón, y cuando estaba por ponerme de pie para cerrar los
ventanales escuché que golpearon la puerta desesperadamente.
¡TOC
TOC!
— ¿Mmm? — ¿Tarek? No, él podría
sencillamente atravesar la superficie.
Me puse de pie con algo de recelo: ¿un
vecino? ¿Qué querría? ¿Sería por lo del “equipo prestado” que tomó Tarek la vez
pasada? Pero si ya me había encargado de que lo dejara en el mismo estado en el
que lo encontró.
¡TOC
TOC!
Avancé hasta la puerta y entonces
percibí su presencia. La abrí
rápidamente y me quedé sin ningún tipo de pensamiento coherente en la cabeza.
— Alen…
Ella estaba aquí, parada frente a mí y
con la respiración tan agitada que podría jurar había venido corriendo. Estaba
empapada de pies a cabeza, con la camiseta y la falda sencilla que llevaba en
las mismas condiciones, y temblando ligeramente tal vez a causa del frío.
— ¿Sisa? — pregunté confundido—. ¿Qué
haces aquí?
El cabello se le ensortijaba por la
humedad; los ojos le brillaban tanto que por un momento creí que habían
capturado a la luna.
Qué pasaba es algo que nunca llegó a
explicarme. Sus manos me empujaron por el pecho y después de cerrar la puerta
con firmeza me observó fijamente por unos segundos y me besó.
No reaccioné hasta que sentí sus labios
exigiendo una respuesta de mi parte, porque automáticamente bajé las manos a su
cintura y le correspondí el beso. La fina camiseta que traía estaba
completamente mojada: era una barrera inservible entre la forma de su cuerpo y
mis dedos.
Sus manos se aferraron a mi cuello;
profundicé el beso todo lo que pude y en un impulso prácticamente la acorralé
contra la puerta, con las ideas coherentes evaporándose una a una en mi cabeza.
— Lo siento— me dijo en medio del beso.
Lo rompí solo para verla a los ojos, y encontrarme con una especie de culpa que
no tenía sentido: ¿por qué estaba así? ¿Por qué se disculpaba? —. Lo siento
mucho.
— ¿Por qué me dices eso?
Me miró, trató de decir algo, pero se
conformó con aferrarse con más fuerza a mi cuello y después pegar su mejilla a
la mía con suavidad.
— No le temas al par absoluto — me
susurró: ¿Qué? ¿Cómo lo sabía? —. No va a llegar, Alen. Jamás llegará…
— Sisa.
— No sucederá de nuevo, te lo juro.
La declaración me desencajó.
¿Por qué…?
¿Por
qué está diciéndome esto?
— No va a llegar. ¡Nunca voy a enamorarme
de nadie más! Solo te voy a querer a ti, siempre, ¡siempre! ¡Todo lo que dure
mi existencia en este mundo y en todos los que vengan! Solo te voy a querer a
ti, Alen. ¡Solo a ti! Solo a ti.
Los ojos preciosos me abatieron, el
tono repleto de remordimiento mucho más. La abracé más por instinto que por
brindarle consuelo, porque la oscuridad empezaba a aterrarme, y ella siempre
era mi túnel de escape.
¿Cómo lo hace? ¿Cómo logra sacarme de
lo más profundo sin necesidad de que se lo pida? Porque hace un rato solo pensaba en todo el dolor que me producía
la presencia inminente del Par absoluto, y ahora acabo de oír las coplas más
poderosas, jamás usadas por ninguna boca humana. Y así ella termine
enamorándose de otra persona, así termine dejándome, yo ya iba a ser muy feliz
por todas mis existencias gracias a estas palabras.
No necesito que me lo jure. Es más, así
estuviera mintiendo le creería.
Le
creería toda la vida.
La tomé por las mejillas, con sus
emociones aun afligiéndola.
— ¿Por qué estás llorando?
— No…no lo sé…— me respondió y la fragilidad
de su voz me perturbó. Hundí mi rostro en su cabello: la lluvia ha estado
mojando flores y las ha traído hasta mi puerta.
Me dejé caer, apoyándome sobre la
puerta, con ella entre mis brazos.
— Estás loca, boba — murmuré entre la
cortina avellana. Sentí que se encogió y depositó un beso sobre mi cuello—.
¿Sabes qué hora es? ¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? Y encima sonando tan
arrepentida… como si hubieses cometido el peor de los crímenes.
— Yo no soy Albania — murmuró bajito. Me
sorprendió un poco la confesión.
— Claro que no. No lo eres.
Sus ojos me observaron fijamente. Sentí
sus dedos dejando mi cuello solo para bajar hasta mi pecho; elevó el rostro
para rozarme el mentón con sus labios y entonces una violenta descarga
eléctrica me recorrió de pies a cabeza.
Tuve un fugaz recuerdo: un beso en su
habitación, bajo la luz de la luna. La chica de los ojos preciosos está
asustada, pensando en cómo brindarme energía, y yo estoy demasiado aturdido frente
a un estímulo con el que jamás me había topado:
Porque desde aquella vez, sin darme
cuenta, yo empecé a quererla… A suspirar
por ella.
Incliné la cabeza lo suficiente como
para que nuestros labios se rozaran y en ese momento resolví, sin lugar a dudas,
que yo realmente estaba enamorado de esta chica. Si termina rompiéndome el
corazón o quererla termina consumiéndome, no me importará; porque con saber que
ella me quiso, así fuera en un corto espacio de tiempo, era más que suficiente.
Una de sus manos subió a mi rostro
mientras la otra estaba fuertemente sujetada por la mía. Subí la que tenía
libre a su cintura solo para acercarla más a mí e iniciar un nuevo beso.
Invadí cada espacio de su boca y
entonces algo empezó a palpitar en todo mi cuerpo. La sangre recorría mis venas
a ritmos acelerados, provocando que la cabeza me girara lentamente.
¿Qué
es ser humano? ¿Es
sentir todo esto que no sé cómo definir, golpeándome con fuerza? ¿Es amar y desear a alguien a la vez?
Cayendo, cayendo…
¿Por qué siempre siento que estoy
cayendo?
Pero esta vez la idea no me asusta, es
más…lo anhelo…lo deseo…
Deseo caer y hundirme con ella.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
Cuando me encontré sobre la alfombra,
con su pecho desnudo y mis labios sobre sus hombros, empecé a sentir que esa
curiosa sensación de que algo tiraba violentamente de mí hacia abajo reaparecía.
Sentí sus dedos ingresando por debajo
de mi camiseta con algo de vacilación; me reincorporé solo para que me tocara
con mayor facilidad porque mi cuerpo ya no soportaba no sentirlo.
Giramos: terminé a horcajadas sobre él
sin dejar de acariciar su pecho y besarlo en la boca. Elevé los brazos cuando
mi camiseta húmeda fue retirada con delicadeza, y cuando sentí que los broches
de mi sujetador se destensaron el aire me abandonó por completo.
Me quedé ahí, sobre él, medio desnuda,
medio indefensa, con sus ojos colmándome de algo que jamás había sentido en
toda mi vida.
Soy perfecta… Perfecta para él.
Traté de regular mi respiración porque
la fuerza de su mirada me traspasó por completo, y cuando me tomó por la
cintura solo para que su boca se hundiera directamente sobre mi pecho,
repentinamente el cielo bajó de un tiro y me dejó contemplarlo en su máximo
esplendor.
— Siempre…siempre estoy cayendo…— murmuró
sobre mi cuerpo; me aferré a su cabello con fuerza porque su sola voz me
agitaba.
— ¿Y eso…? ¿Y eso está mal?
— Contigo nada está mal, Sisa. Nada.
Enredé los dedos en su cabello mientras
sus labios me llenaban de cosas que jamás había sentido; clavé la vista en el
techo, preguntándome por qué el amor parece venir rodeado de ternura y cargado
de deseo, y después cerré los ojos con fuerza porque algo intenso subió, bajó y
quiso contar con la ayuda de mi voz para escapar en forma de grito. Tuve el
impulso de alejarme un poco para darle un respiro a mi corazón, pero solo
conseguí que me estrechara con más fuerza entre sus brazos, impidiéndome
escapar.
Me agité ante los besos, sus labios, sus
dedos, sus dientes sobre mi pecho... ¿Qué
es esto? ¿Mi cuerpo se está rebelando
en mi contra? Porque ya no tengo mucho control sobre él y me ha dejado
completamente indefensa.
Me hundo.
Cayendo…yo también estoy cayendo. ¿A dónde? No
lo sé; ¿cómo?, tampoco; ¿con quién?
Con él…solo con él.
Siempre
sería con él
Sus labios me dieron algo de espacio
para recuperar el aliento, pero me vi a mí misma perdiendo el control ante sus
ojos. Lo abracé con tanta fuerza que nuestros cuerpos chocaron; el ronco jadeo
que dejó escapar solo consiguió desesperarme más.
Sus dedos descendieron despacio por mi
cintura, trazando una línea delicada por mis piernas. No planeaba que
termináramos en estas condiciones, pero yo había salido de casa solo con una
falda y una camiseta ligera porque fue lo primero que tuve a mano; y la verdad
en este momento agradecía mucho haberlo hecho: me encanta sentir sus manos, su
boca…
— Sisa — me llamó desde algún lugar. Su
voz resonó en mis oídos; amé mi nombre más que nunca ante el llamado casi
místico. Me aferré a su cuello, una de sus manos recorrió con suavidad mi
espalda y sus ojos se clavaron en los míos. Me arqueé ante el contacto porque
fue como si ambos hubiéramos dicho lo mismo, solo compartiendo una mirada:
Quiero explorarlo todo…pero solo contigo
La luz de la luna se cuela por la ventana cuando vuelvo
a percibir el tiempo: no sé bien cómo llegamos a la cama de su habitación,
tampoco cómo ciertas sensaciones se tornaron más intensas a cada segundo, y
mucho menos cómo es que ambos terminamos desnudos. Oigo nuestras respiraciones
agitadas, susurros trasgrediendo el silencio, el sonido de sus labios y los
míos explorando el idioma de los besos. Y tal vez sea imposible, pero podría
jurar que escucho los latidos de su corazón, del mío. También el roce de sus
manos cuando me tocan; inclusive siento el fluir en sus venas como un río
frenético.
Lo observo sobre mí, bajo la penumbra
de la habitación. Es hermoso, es perfecto…
Y
es mío.
Me enfoco en sus ojos, casi hechizada
por ese sol que vive cautivo en su mirada. Me aferro a sus hombros, su
respiración choca contra mis oídos; una de sus manos sube, baja, baja un poco
más…y el centro de mi cuerpo se revuelve descontrolado cuando siente sus dedos
rozándolo delicadamente.
— ¿Estás…? ¿Estás bien? — me susurra, y
lo atrapo por el cuello, buscando su boca, porque es lo que más necesito en
este momento.
Me paseo por sus brazos mientras besa
mi cuello, y me topo con el tatuaje que claramente dice Albania en lengua Delnial. Suelto un suspiro cuando su
boca retorna a la mía; poco a poco baja a mis hombros, a mis pechos y entonces
cierro los ojos con fuerza ante las miles de estrellas de colores que estallan
en mi cabeza. Me arqueo violentamente, oigo la voz suave: un “¿estás bien?” otra
vez. Asiento tratando de no despegar, y cuando abro los párpados no puedo
evitar estremecerme al verlo tan agitado.
Hay algo…hay algo en todo esto…
Ya hemos estado así…antes… Antes de que todo iniciara.
¿Qué es esta sensación?
Se inclina con cuidado y apoya una
mejilla sobre el lado izquierdo de mi pecho; me enamoro miles de veces más ante
el movimiento.
— Es como…si tu corazón tuviera alas — me
dice en voz baja, tratando de recuperar el ritmo normal de la respiración—. Está
muy agitado. Se irá volando.
Cierro los ojos y la imagen de un ave
preciosa, surcando los cielos y ululando con suavidad se presenta ante mí.
¿Se
puede sentir que le perteneces a alguien por completo?
En este momento creo que sí.
Acabo de perderme a mí misma para
convertirme en parte de él.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
¿Qué era el tacto para mí? Pues el
sentido que te daba cierta certeza de que algo tenía materia física. Su función
se limitaba a eso.
Mi definición se ha quedado corta.
En este momento he redefinido todos mis
conceptos, significados, perspectivas, porque todos los sentidos se han
mezclado unos con otros en un desenfreno de emociones, de sensaciones, de sentimientos, para encerrarme en una
especie de burbuja en la que todos los estímulos posibles me atacan sin tregua
alguna.
Estoy empezando a perder la razón, a
perder el sentido correcto del tiempo, del espacio y de mi propia naturaleza.
Mi cuerpo entero actúa por sí solo frente a algo que me resultaba desconocido,
lejano…prohibido: tengo tantas ganas
de tocarla por completo; con mis manos, con mis labios, con todo lo que me una
de manera más profunda a ella, porque soy débil ante su cuerpo. Me sumerjo en
su cabello, en su cuello, en su pecho, y la siento retroceder, como buscando
detenerme, pero en este momento no puedo pelear contra mí mismo y la estrecho
con más fuerza, dejando que mi boca, mi propia piel, mis dientes, puedan grabar cada forma. Suelta un quejido y sus
dedos tiran de mi cabello: rogando y ordenando al mismo tiempo; en una especie
de batalla entre el avanza y el detente.
Estoy aturdido porque mi cuerpo me
exige algo que ni siquiera puedo poner en palabras. Escucho su voz salir
entrecortada y todo mi ser se tensa, enloquecido, cuando la veo arquearse,
deslumbrándome con sus formas. Vista,
tacto, gusto, oído, olfato…todos mis sentidos están siendo controlados por
ella. Amo los besos, siempre he amado los besos, pero ahora las cosas han
cambiado tanto; porque amo besar...pero a ella. Besarla solo a ella.
Trato de grabar cada detalle con mis
labios: las cumbres y los llanos. Llego a un punto sensible de su cuerpo y su
voz me altera por completo. Quiero explorar más… ¿pero cómo? ¿Pero dónde?
¿Cómo uno puede sentirse doblemente
vivo? Vivo en vida: más vivo que nunca.
Siento sus manos paseándose por mis
hombros, su pecho rozando el mío, sus piernas buscando una posición más cómoda y
entonces lo comprendo:
La belleza…la verdadera belleza se ha
presentado ante mí y he tenido el honor de verla en su faceta más pura. Los
ojos preciosos me observan con un brillo intenso en ellos, y me rindo.
Renunciar a mi existencia original no significa nada: ella lo vale…
Lo vale todo.
Pídeme mi vida, Sisa Daquel; y te
ofreceré gustoso mi corazón en bandeja. Y después, si quieres, puedes hacer con
él lo que quieras: amarlo, cuidarlo o pisotearlo, si tú lo haces todo estará
bien.
A fin de cuentas, ya no era mío…
Te
pertenece por completo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Sisa
Me aferré a su cuello cuando todas las
barreras entre ambos se eliminaron por completo. Nos miramos a los ojos, tal
vez tratando de explicarnos mutuamente qué era todo esto que se sentía con
fuerza alrededor. Él era mío, yo era suya, y en este momento tal vez en
realidad solo éramos partes de un mismo ser que fueron separados en algún
momento del tiempo.
Los espasmos no me dejaban en paz;
empezaban a desquiciarme.
Me enfoqué en él y lo vi tan alterado
como yo que me estremecí.
— Alen…
Me preguntó si me encontraba bien; lo
besé para confirmárselo y algo nuevo surgió entre ambos. Juntos… movimientos pausados, ir y venir:
algo frenético se desató en mi cuerpo porque ya no aguantaba estar lejos de él
y casi por instinto se alzaba a su encuentro. El tiempo se detuvo, la Tierra
cambió de dirección, por un momento despegué o a lo mejor me hundí en el más
profundo de los océanos.
Vi al ave de antes, hermosa,
esplendorosa, con sus plumas de un blanco pulcro; pico de plata, belleza
excelsa. Y ululaba…ululaba casi cantándole a la luna.
Nuestros dedos se entrelazaron con
fuerza por sobre mi cabeza. Apoyó su frente sobre la mía y en ese momento perdí
la noción de todas las cosas. Ojos de
sol, ojos de sol, ojos de sol; quise gritar o tal vez resultaba más
efectivo salir volando por la ventana a surcar los cielos. Sus labios trazaron
con suavidad un camino desde mis mejillas hasta mis hombros. Retuve el aliento
cuando los movimientos empezaron a hacerse más intensos, más
rápidos...llevándome a un estado de descontrol asombroso.
— A-Alen…— susurré como para verificar si
seguía aquí conmigo. Sentía su respiración chocando contra mi oído, su cuerpo
conectado con el mío, y no sabía si estaba despierta o soñando; o a lo mejor
viva, tal vez muerta y no me había percatado.
Abrió los ojos y entonces el violeta
brillante que no veía hace tanto estalló y apagó el sol.
Hundió el rostro sobre mi hombro y su
voz salió en susurros que por algún milagroso motivo comprendí: palabras en
lengua Delnial, y no todas tenían
traducción en el lenguaje humano.
— ¿Quién es ella, que surge como la aurora…?
— Mi corazón dio un vuelco— ¿…bella como la luna, brillante como el sol…?
La respiración se me disparó: mi cuerpo
empezaba a estremecerse con violencia.
— ¿…temible como un ejército?
Cerré los ojos con fuerza y ahogué un
grito en sus labios porque solo bastó eso para que todo mi ser se arqueara y
explotara en miles de pedazos que se esparcieron por algún lugar del universo.
Su voz tocó lo más recóndito, me elevó a una categoría casi divina, fuera de
este mundo; su cuerpo me llevó al cielo y automáticamente me derribó.
¿Quién es él? ¿Cómo ha logrado que toda
yo me rediseñe por completo? ¿Estoy muriendo? Porque siento como si toda
materia hubiera perdido consistencia y mi alma anduviera flotando sin rumbo
alguno.
Y en medio de su camino confuso aparece
nuevamente: el ave hermosa, ululando con suavidad, cruzando el espacio mientras
mis dedos buscan tocarla. Acaricio una de sus plumas y me estremezco ante la
perfecta suavidad.
»
Te amo —oigo
que dice en su cantar—. Te amo, amor.
Yo
también
Hay momentos en los que las palabras no
sirven absolutamente para nada, porque no hay manera de explicar lo que sucede
alrededor. En primer lugar, nunca pensé que podría involucrarme en asuntos que
tuvieran que ver con demonios, calehims o
errantes; nunca pensé conocer a un ángel viviendo como humano; nunca pensé que
podríamos llegar a simpatizarnos, mucho menos que empezáramos a salir…
…y tampoco pensé que mi primera vez
sería con él.
»— Tú eres la chica que
siempre me observa. Detrás de las cortinas, detrás del árbol, ahora empleando a
tu perro. Y tal vez un par de veces más en las que no me he dado cuenta.
Recordé bruscamente el primer intercambio de palabras que tuvimos,
lo muy malgeniado y misterioso que resultaba frente a mis ojos. Si me hubieran
dicho en ese momento que ese chico de ojos claros y postura arrogante iba a ser
uno de los tesoros más valiosos de mi vida, nunca lo hubiera creído.
Sentí su cuerpo cayendo con suavidad sobre el mío y después lo
abracé con ternura, cuando él también retornó del paseó que, igual que yo, se
dio por todo el universo.
—
Te quiero— le susurré,
apretándolo contra mi pecho. Sentí que sonrió sobre mi piel y sus brazos
también me rodearon.
—
Yo más, amor—. Me
desvanezco: siento como si estuviera recostada en un prado lleno de flores,
bajo la tenue luz del sol. Como si su voz fuera lo único que necesitara para
vivir.
—
No es cierto. Yo te quiero
más.
—
No protestes. — Sonreí—: Me
mudaré a Libiak contigo, boba preciosa — susurró.
El corazón se me encogió de la emoción
¿Qué voy a hacer? Siempre he creído que no se puede morir de amor.
Estoy empezando a pensar que sí.
Lo amo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
Entre los míos, se cuenta que cuando el
Todo se encuentra en su estado de reposo más cómodo, contemplando todas sus
creaciones, espontáneamente nacen criaturas a las que se les llama “hijos
directos de su magnificencia”. Los humanos eran un ejemplo: salieron de una
lágrima, en medio de un estado de contemplación lleno de asombro y emotividad.
Esta noche yo vi con mis propios ojos
al amor, a la verdadera belleza, a la hija preciosa, a la creación más
perfecta.
Seguramente el Todo estaba lleno de las
mejores emociones, sentimientos,
sensaciones, cuando creó su alma; cuando la envió a este mundo. Y yo no sé
cómo haré para agradecerle que su hija más preciada me haya escogido.
Sus brazos se aferraron a mi cuello,
sentí sus emociones fluctuando entre la alegría y la comodidad.
— Me mudaré a Libiak contigo, boba preciosa — murmuré junto a su oído.
Sonrió.
Cayendo…
Puedo
vivir cayendo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Nhyna
Me quedé ahí, como una estúpida,
flotando y completamente invisible a los inútiles ojos humanos. Con la horrible
lluvia de estrellas iluminando ciertas partes del cielo.
Una maldita lágrima se atrevió a cruzarme
la mejilla, la sequé inmediatamente: ¡aborrecía las lágrimas! ¡Los demonios no
lloramos!
Desvié la mirada cuando lo vi, a través
de la ventana, abrazarla con cariño. Ahí, sobre las malditas sábanas, los dos
desnudos y conteniendo tantos sentimientos que podían alimentarme, porque yo me
llenaba de energía al ver el amor…
…y ellos realmente se amaban.
— Solías repetir que Forgeso era un
masoquista — oí al lado—. Creo que la verdadera masoquista eres tú.
— Déjame sola, maldito idiota.
— Lluvia de estrellas espontánea —
comentó con interés—. Los humanos van a romperse los sesos tratando de
explicarse por qué no la vieron venir. Ha sido la pequeña Sisa, ¿verdad? ¡Qué
hermoso! Todas las creaciones empiezan a rendirle homenaje a su presencia y la
pobre ni cuenta se da.
— ¿Solo has venido a decir eso?
— ¿Por qué lloras? — Apreté los labios,
furiosa. Ojalá Berith se largara y me dejara en paz—. ¿Es por el reciente
encuentro amoroso de ese par?
— ¡Déjame en paz, imbécil! ¡Lárgate!
Soltó una carcajada; las malditas
lágrimas seguían atacándome. ¡Estúpida debilidad! ¡Estúpido Forgeso!
— No llores, encanto. La pequeña Sisa lo
tendrá por unas cuantas noches más…
Volteé a verlo, llena de rabia.
— …si todo va como planeamos, las que
restan será completamente tuyo.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Observé de reojo a Nhyna y a Berith;
desaparecieron y ni se percataron de mí. Aún podía sentir la rabia de ella ante
el espectáculo.
Me enfoqué en el mismo cuadro que tanta
furia le había provocado: ella, él, la
lluvia de estrellas cruzando alguna parte del universo y siendo visible en este
cielo.
Ambos eran felices…yo era feliz…
…si hubiese visto lo que sucedería más
adelante, me hubiera encargado de encadenarlo a mi cuerpo.
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