Noches de insomnio | Capítulo 26: Noche XXVI
Capítulo 26 | NOCHE XXVI
Sisa
— ¡El
clima
en todas partes del mundo está pasando por uno de sus cambios más radicales!
Las temperaturas convencionales para esta época del año parecen haber decidido
intercambiarse en hemisferios: mientras aquí tenemos oleadas de calor a pesar
de la estación invernal, al otro lado del mundo se está viviendo el mismo
fenómeno al tener bajas temperaturas cuando por allá se está en verano.
Abrí los ojos con algo de pesadez; la
radio seguía encendida y afuera el cielo empezaba a ponerse color melocotón. Un
par de brazos me rodeaban por la cintura: reconocí la calidez inmediatamente.
Giré con cuidado y me encontré con su
rostro apacible: seguía dormido, con el ceño completamente relajado y la
respiración acompasada.
Se me escapó un suspiro, fue inevitable:
era demasiado lindo.
— La
curiosa lluvia de meteoritos de hace un par de semanas también sigue siendo
estudiada por el Departamento Mundial de Astronomía. Muchos científicos
aseguran que podría tratarse de un fenómeno que solo sucede cada cientos de
años y habría sido causado por…
Me estiré sin moverme demasiado para
evitar despertarlo. Habíamos estado charlando y viendo las fotos que tenía a
propósito del concurso de villancicos que se había realizado la semana pasada
en la escuela. Me demoré algo de diez minutos en detener el ataque de risa que
se le desató por el disfraz de gnomo que tuvimos que ponernos Etel y yo (ella
porque todo el salón se lo pidió por lo pequeñita que era y lo bien que se
vería; y yo porque me pidieron que acompañara con el violín).
En una de las fotos Loi salía
esplendorosa, interpretando a una estrella de Belén muy poética, Tomas con las
astas de reno que todos los de mi salón tuvieron que usar; y Etel y yo a los
costados, con toda la pinta de arlequines de fiesta infantil navideña.
»— ¿Vas a dejar de reírte? — pregunté
con mala cara. Me juró que no volvería a hacerlo, pero fallaba estrepitosamente
cada vez que nos topábamos con otra foto en la que el bendito gorro y los
zapatos de duende hacían acto de presencia.
»— Te ves muy bonita — declaró con
amabilidad.
»— Claro, y por eso te ríes.
»— Es que siempre sales con gesto de
“¡mátenme, por amor de Dios!”.
Bien, me rindo: por hoy soy el payaso.
Gisell y Corín habían salido de compras
así que aprovechamos el tiempo para quedarnos en mi habitación, escuchando
música y tonteando. Me preguntó a propósito de los exámenes que Loi y yo
habíamos adelantado el viernes. El de Historia creo que lo di estupendamente
bien; y el de Física, gracias a los repasos y sus explicaciones muy didácticas,
me parece que también ha sido dado para por lo menos una B+.
No sé en qué momento me quedé dormida.
¡Ah, ya! Estaba ensayando con el violín, después me atrapó por la cintura,
desordenamos en algo mi cama por el ataque de cosquillas del que fui víctima y
finalmente me quedé ahí, observando el cielo a través de la ventana mientras me
abrazaba por la espalda.
Sí, fue en ese momento: me sentí llena
de tanta paz que sin querer cerré los ojos y Morfeo me tomó por asalto.
La mayor parte del tiempo a su lado es
así: jugueteamos, charlamos y me siento tan cómoda con su presencia que así
estemos en silencio ya es suficiente para mí.
Elevé la mirada: me encontré nuevamente
con el gesto tranquilo de su rostro. Me erguí un poco solo para besar su
mentón.
¿Cómo alguien puede verse tan
condenadamente lindo solo estando así, prácticamente en reposo?
De pronto apareció la sonrisa burlona, aún
con los ojos cerrados:
— ¿Ya te cansaste de mirarme? — me
preguntó con arrogancia. Repetí sus palabras en tonito de burla, y me gané un
pellizco en la mejilla y un beso en el cuello—. Estás muy cansada. No has
dormido nada por estudiar para los exámenes.
— ¿Tú no estabas dormido también?
— Podría decirse que ya aprendí a
organizar mis horas de sueño. — Me acomodé entre sus brazos, pero la camiseta
se me elevó un poco por el movimiento. Sentí sus dedos paseándose directamente
por mi cintura y automáticamente todo mi cuerpo reaccionó.
Me reincorporé solo para besarlo. Quité la gorra
ajustada que llevaba y
hundí los dedos en su cabello: es una costumbre que he adoptado, no sé por qué.
Soltó una risa y mencionó algo de que
alguien estaba ligeramente “ansiosa”.
— ¿Qué cosa? — repliqué fingiendo enfado y rompí el beso. Iba a quitarme de encima, pero me
tomó por las muñecas y cambió la posición con suavidad.
Me encontré atrapada entre su cuerpo y
mi cama, con sus ojos clavados en los míos.
— Nunca dije que ese alguien fueras tú—
añadió y la maldita sonrisa burlona que tanto amo hizo acto de presencia—. Tal
vez hablaba de mí.
— Sí, como no.
— O de ambos… — Se quedó mirándome a los
ojos y después bajó a mi rostro lentamente. El señor de las noticias radiales
mencionó que Saturno estaba en Venus o algo así justo cuando su boca llegó a la
mía, y después todos los sonidos se perdieron. Logré que una de mis muñecas
fuera liberada para que volara rápidamente hacia sus hombros.
Nunca creí decir algo así pero
realmente me encanta su cuerpo.
Sus manos me tomaron por la cintura y
me elevaron. Terminé sobre él, a horcajadas, mientras era imposible eliminar la
sonrisa que se me iba dibujando.
— ¿Quién es el ansioso ahora? — lancé. Me
retorcí de la risa cuando me gané un par de pellizcos juguetones en la
cintura—. ¡No, Alen! ¡Alen! ¡Voy a ahogarme y…! — Y nada.
No me quedó más que aferrarme a su
cuello y suplicar por una tregua en medio de carcajadas. Me retorcí tanto que
me golpeé la frente con la suya.
¡Pom!
— ¡Ouch! — se quejó riendo—. Qué cabeza
tan dura.
— ¡Fue tu culpa! — me defendí.
Me tomó por el rostro y depositó un
beso sobre la zona vulnerada.
— Lo siento, amor — me dijo y en ese
momento le perdoné absolutamente todo por la estúpida-perfecta-sonrisa-y-los-condenados-ojos-de-sol.
Reiniciamos el beso anterior y todo se
sintió como últimamente se sentía: perfecto.
Sentí los trazos
de sus dedos sobre mi espalda, su otra mano subiendo peligrosamente a mi pecho
por debajo de mi camiseta. Mordí su labio inferior mientras me preguntaba cómo
le dices a las mariposas que empiecen a acostumbrarse, que dejen de ponerse tan
revoltosas solo por besarlo. Y es que no sé si soy yo o es él, que sabe
exactamente a qué puntos llegar para desatar tantas sensaciones en mi cuerpo.
—
Alguien…podría llegar — murmuró a mi oído. Negué con la
cabeza con los ojos cerrados y volvió a mi boca.
Desde aquella vez es tan sencillo que
este tipo de situación surja porque ya no me apena pensar o decir ciertas
cosas: las he conocido en su faceta más hermosa, y me maravillo ante la
cantidad de sentimientos y sensaciones que dos personas que se quieren pueden
provocarse mutuamente. Y, además, él mismo ha dejado de mostrarse tan
restrictivo con todo esto del contacto corporal.
— Las precipitaciones han disminuido, y la intensidad de
las radiaciones solares…
Intensidad de las
radiaciones solares.
El sol…que alguien me explique cómo conseguí apoderarme del sol.
Sus labios
descendieron a mi cuello; sentí sus manos sobre mis piernas, subiendo por mi
cintura. Sus ojos se clavaron en los míos por unos segundos y las mariposas
enloquecieron.
Mis dedos iban a llegar a los botones
de sus jeans, justo cuando oímos un auto estacionarse abajo.
— Mierda — lo oí murmurar y no pude
evitar soltar una risita: Gisell y Corín ya habían retornado así que no había
modo de continuar.
Mmm,
un momento.
Nos separamos y al instante me puse de
pie a apagar la radio. Le pedí con la mirada que guardara silencio mientras nos
poníamos las zapatillas; saqué el cofrecito que Amber me había regalado y él
comprendió rápidamente mis intenciones de llevármelo a algún otro lado y fingir
que nunca estuve en casa.
— Te has convertido en una completa
chiquilla rebelde de dieciocho años — susurró en mí oído con burla, y después
me atrapó por la cintura. Ni siquiera abrí el cofre y ya estábamos en su
departamento.
Solté una carcajada y sin esperar
demasiado me besó con tanta intensidad que podría haberme muerto del placer ahí
mismo.
— ¡Ah, no! — oímos al lado: Tarek venía
de la cocina—. Bellota, hermano, lo lamento, pero no van a venir a hacer cosas interesantes conmigo presente. Tal vez voy a sonar
anticuado, pero debo admitir que no es lo mío eso del rol de espectador.
— ¡Tarek, lárgate! — le respondió Alen y
volvió a mi boca.
Cerré los ojos con fuerza; cada vez que
me besaba algo se quemaba por dentro.
— ¡No! ¡Sean conscientes del terrible
trauma que implica ver a dos de tus amigos más cercanos en este plan! — Fingió
que se ahogaba y después cayó al piso, en una perfecta interpretación de “me
derrito”—. ¡Bellota…no…lo…hagan…conmigo…aquí!
Tuvimos que separarnos porque a mí la
escena me dio muchísima risa, pero Alen, por otro lado, parecía querer
asesinarlo.
— Tarek, ¿puedo saber por qué demonios
siempre eres tan inoportuno?
— ¿Inoportuno yo? Creo que estás
olvidando que los que acaban de aparecer así, sumergidos en un beso
intensamente apasionado, lleno de oleajes tórridos de deseo desenfrenado: ¡son
ustedes dos!
No lo aguanté y rompí a reír ante la
voz muy a lo telenovela que había adoptado.
— ¿Quieres hacerme el favor de largarte?
— replicó Alen perdiendo la paciencia.
— ¿Que acaso no hay nada más que hacer
como pareja, muchachos traviesos? — nos preguntó mientras acomodaba la sala.
Mmm, ahora que veo bien: ¿vino? ¿Flores?—.
Podrían charlar, jugar… ¡Hay tantas cosas que se pueden hacer más que
simplemente dejar que sus bajos instintos emerjan! ¡Ya paren! ¿Creen que no me
he dado cuenta? ¡Se han vuelto unos adictos al sexo…!
— Tarek, no me salgas con esos cuentos
ahora — lo interrumpió Alen—. ¿Y por qué demonios tienes todas estas cosas…? — Observó
con suspicacia alrededor, y después abrió la boca, indignado —: ¡Óyeme! ¡Lo que
sucede es que vas a encontrarte con Loi aquí!
— ¿Qué? ¡¿Cómo se te ocurre pensar algo
así?! ¡Me estás ofendiendo!
— Tarek, no
empieces…
— ¡Creer que intento
botar a mi mejor amigo de nuestro hogar, solo porque tengo planes más
divertidos con mi novia! ¡¿Qué clase de sujeto crees que soy?! ¡¿Te parece
justo su trato hacia mí, Bellota?!— Me miró profundamente trastocado. Iba a
decirle que yo le creía, pero Alen entrecerró la mirada:
— Tarek…—insistió. Tuvieron una
batalla visual por un buen intervalo de tiempo hasta que Tarek suspiró y dejó caer la cabeza de lado:
— Ya, sí, tienes razón: la princesa estará
aquí en unos minutos — aceptó derrotado.
— ¡Lo sabía!
— Así que sin más qué decir, los invitaré
a retirarse — añadió con una sonrisa enorme.
— ¿Eh?
— Pero qué…
— ¡Adiósito!
Y de pronto el departamento desapareció,
y en su lugar nos encontramos cerca al muelle.
— ¡¿Esto es en serio?! ¡Tarek! — lo oí
reclamar. Me dio algo de gracia escucharlo repetir que cómo era posible que lo
hubieran echado de su propia casa.
— Por lo menos estamos viendo esta bonita
puesta de sol — comenté encogiéndome de hombros. Tarek también necesitaba algo
de espacio, y todas las veces que me quedé en el departamento nunca puso peros
de por medio para dejarnos solos. Era justo dejarlo por esta vez—. Por cierto,
ustedes dos discuten como una pareja matrimonial.
— Sí, Nanael me ha dicho algo parecido — aceptó
y rompí a reír—. Creo que ha llegado el momento de pedirle el divorcio.
Avanzamos por todo el camino de madera
y después nos sentamos al borde. Oí el crujir de la madera y bajé la mirada: el
mar traía ese color naranja cálido del atardecer.
El señor de las noticias tiene razón:
estamos en invierno, el estupendo sol que hay en Lirau no es muy lógico que
digamos.
Iba a hacer un comentario a propósito
de eso, pero lo encontré observando el horizonte sumamente concentrado.
— Loi y Etel solían verte sentado aquí mucho
antes de que nos conociéramos— inicié. Apoyé mi cabeza sobre su hombro;
sonrió—. ¿Qué hacías?
— Mmm, bueno, por un lado, me alimentaba.
— Asentí, recordando que solía obtener energía contemplando expresiones
cargadas de impacto emocional—. Y a veces simplemente aguardaba.
— ¿Aguardabas?
— Buscar las letras de mi nombre era un
trabajo exasperante: no tenía pistas y solo me quedaba esperar. Me gustaba
venir a esta parte porque Izhi queda muy cerca, y hay algo en ese bosque que me
relaja mucho.
Ya le había comentado que me parecía
que los gritos que solían escucharse por allá eran los de él en su existencia
original. Me respondió con calma que probablemente era así, ya que él también
sentía una especie de familiaridad con respecto a Izhi, pero no le dio mayor
importancia.
Y ahí lo comprendí: realmente había
decidido quedarse aquí, conmigo, y todo lo que tuviera que ver con su
existencia como ángel ya no le interesaba en lo absoluto.
¿Y
Albania?
Albania tampoco significa nada: ni para
él, ni para mí.
— ¿Correr? — le pregunté cuando salió
como tema las carreras que solía tener con Tarek desde que lo había conocido.
— Sí, es un pasatiempo divertido. Y podré
seguir haciéndolo porque mi velocidad solo va a perderse un poco. Tarek está
demasiado entusiasmado ante la idea de tener ventaja porque siempre le ganaba —
me dijo animado. Una ola impactó contra las bases del muelle; algunas pequeñas
gotas nos salpicaron las piernas.
Lo observé con curiosidad, y entonces
jugueteé con el cofre que había traído conmigo en el bolsillo de mi chaqueta.
Yo también podía correr, o bueno, por
un intervalo de tiempo podía hacerlo.
— ¿Por qué no hacemos una? — sugerí.
— ¿Una carrera? ¿Quieres intentarlo? —me
preguntó; asentí. Elevó una ceja con arrogancia, y me dijo en plan de jugueteo
que era muy bueno así que no había manera de ganarle.
— ¡Pero-qué-modesto!
— Gracias. — Lo miré con mala cara y
soltó una carcajada—. De acuerdo, si tanto quieres hacerlo podemos intentarlo.
Además, tienes cierta ventaja.
— ¿Ventaja?
— Yo ya no me muevo tan rápido como
antes; y tienes un cántico de movilidad realizado por un antiguo demonio.
— ¿Y eso qué significa? — pregunté
completamente perdida.
— La facultad de transporte es igual en
demonios y ángeles; la de vuelo es una exclusivamente de ángeles y la de
movilidad es mucho más eficaz si la realiza un demonio. Es por eso que Tarek
siempre se enfadaba cuando le ganaba: que un antiguo ángel le gane una carrera
a un antiguo demonio es casi antinatural.
Solté una carcajada al imaginar ese
tipo de discusiones. Ya sabía desde hace mucho que Alen y Tarek eran muy
cercanos, pero para ahora ya he comprobado que la relación entre ellos es
muchísimo más profunda: es casi como la que yo tengo con Joan, y eso es lo que
la hace tan especial.
Son como hermanos.
Después de tantas vueltas aceptó mi desafío: le ganaría para bajarle un poco al
enorme ego de maratonista que tenía.
— De acuerdo, pero antes… — Posó una mano
sobre mi cabeza y cerró los ojos. Sentí como si derramara agua tibia sobre mi cabeza,
pero seguía seca: ¿qué era? ¿Un salmo de…? ¿Protección?
Ya ni me interesa cómo es que creo
saberlo.
— ¿Qué hiciste? — pregunté con
curiosidad.
— Un salmo de protección e invisibilidad,
solo por si las dudas. — Lo sabía — No impactarás con ningún humano, ni muro ni
árbol, ni te harás daño. Y nadie podrá verte. He puesto mucho cuidado en
invocarlo así que realmente vas a estar a salvo.
Quise acercarme a besarlo, pero de ahí
lo pensé mejor y comprendí que si lo hacía, él me respondería y ya habíamos
estado algo ansiosos hace un rato y no era un buen momento para retomar lo anterior
estando aquí, junto a un bosque que solía encontrarse muy solitario la mayor
parte del tiempo y en el que podríamos aprovechar la ausenc…
¡No! ¡Ya basta! ¡Tarek tiene razón! Hay
muchas otras cosas que hacer como pareja.
Me tomó por la mano y nos transportamos
hasta un punto de las afueras de Lirau. Nos detuvimos en varias oportunidades
en otros lugares porque la facultad de transporte empezaba a fallarle: cuando
aparecimos en la sala de Marissa y Santiago casi le da un ataque porque no
habría manera de explicar el asunto si nos veían.
Segundos más tarde aparecimos al borde
de una enorme carretera frente al mar; el viento soplaba con fuerza y todo se
sentía sumamente amplio. Me dijo que la facultad de movilidad funcionaba mejor
si se tenía en mente el lugar exacto al que se quería llegar, así que solo
tenía que concentrarme y disfrutar del paseo hasta llegar a Izhi. Eso era parte
de la ventaja de movilizarse a velocidad de ángel o demonio: no era necesario
darle demasiadas indicaciones a los músculos mientras mis pensamientos
estuvieran completamente enfocados en la meta.
— Solo sigue de largo el camino, y no
olvides pensar en Izhi.
— Voy a bajarle un poco al enorme ego que
tienes, Alen Forgeso — apunté estirándome.
— Cuidado, Bellota, soy realmente bueno—
me retó con presunción. Puse los ojos en blanco—. ¿Qué obtendré si gano?
— ¿Mmm? No sé… — Tomé su mano y observé
nuestros dedos como quien no quiere la cosa—. Lo que quieras. Si ganas podrás
pedirme lo que quieras.
— ¿Lo que quiera? — repitió. Sentí la
complicidad de la propuesta; me tomó por la cintura y volvimos a caer en un
beso algo intenso.
El viento sopló con fuerza; me pregunté
en qué momento mi vida se hizo tan perfecta.
— La apuesta no va a servir de nada —
susurré atontada cuando rompimos el beso.
¿Para qué apostar algo que en realidad
queríamos ambos?
Nos ubicamos. Abrí el cofre, susurré
“movilidad” y entonces algo de la neblina rojiza trepó hacia mis dedos. Tomé
una gran bocanada de aire porque sentí como si mis pulmones se llenaran de puro
oxígeno.
— ¿Lista? — me preguntó encorvándose un
tanto. Lo vi sonriendo, lleno de emoción, y yo misma me encontré
entusiasmándome poco a poco. Me incliné casi por instinto y lo oí exclamar —:
¡Ya!
El panorama se convirtió en un borrón
difuso. Por un momento sentí que mi cuerpo era el viento porque atravesaba todo
sin nada que se le opusiera.
Izhi, Izhi, Izhi, era todo lo que
pensaba arduamente. Las imágenes, una a una, se transformaban en barridos
borrosos; en el camino llegué a ver ciertos edificios que conocía. Observé de
soslayo y vi a Alen corriendo sumamente contento. Volteó de reojo y me sonrió
burlonamente, solo para doblar por una de las esquinas, ágilmente. Iba a
seguirlo, pero me di cuenta de que había una manera más rápida de llegar.
Si tan solo todos estos edificios no
estuvieran a modo de obstáculos, podría ahorrarme el doblar por las esquinas.
«
Pues crúzalos», escuché.
Pensé en detenerme, pero una idea extraña se me ocurrió. Total, estaba con un
salmo de protección a prueba de todo, ¿verdad?
Doblé por una de las esquinas, sin
impactar con ninguna de las personas que se veían como manchas de acuarela, y
cuando vino la siguiente en vez de doblar por un lado, seguí de largo…
…y antes de que colisionara contra el
muro me arqueé con fuerza.
Solté un grito, llena de emoción,
cuando mis pasos empezaron a apoderarse de él: ¡estaba deslizándome por toda la
pared de un edificio, convirtiendo lo vertical en horizontal! Me detuve por si
las moscas, y me encontré en el borde del último piso… ¡pero del edificio
siguiente! Por lo visto la velocidad era tal que hasta podía cruzar un espacio
vacío como si fuera alguna superficie. Sentí una explosión de adrenalina
invadiendo mi cuerpo: ¡podía hacerlo todo! Volví a inclinarme, y emprendí la
carrera.
Crucé algunas calles más, riendo por la
velocidad y visualizando Izhi en mi mente; y entonces vi a lo lejos el mar.
Ya llegaba.
Me incliné un poco más; la mancha verde
me recibió y se transformó en árboles. Di una vuelta completa aprovechando que
aún tenía fuerzas para seguir moviéndome a esa velocidad, y después crucé todo
el espacio, aún llena de adrenalina…
…y no pude detenerme cuando
prácticamente salté por uno de los precipicios.
Elevé la mirada y en ese momento toda
la rapidez con la que contaba desapareció, y de manera contradictoria me dio un
panorama como en cámara lenta. Me topé con el cielo, cara a cara, y las
imágenes retornaron: Albania decidiendo acabar con su vida, Albania lanzándose
por un precipicio, Albania muriendo y siendo resucitada por Alen y Samin.
»
¡Está vivo, Albania! ¡Maldita sea, no le dispararon! ¡Está a salvo, en un
refugio! ¡Si miles de veces atentaran contra su vida, miles de veces volvería a
salvarlo!
Parpadeé desconcertada; el cielo empezó
a verse cada vez más lejano.
Cayendo.
Estoy
cayen…
— ¡SISA! — gritaron. Me tomaron por la
cintura, sentí algo de agua rozándome las zapatillas y después me encontré
sobre la arena, en la parte de la playa más cercana a Izhi y, por lo tanto,
completamente vacía.
¿Qué…? ¿Qué pasó?
Alen me observaba con la respiración
agitada, algo mojado y sumamente alarmado.
— ¡Te vi a punto de caer! ¡Casi me da un
ataque! — me dijo alterado.
Lo miré, tratando de comprender bien el
asunto: había cruzado toda la superficie de Izhi, traspasado el límite entre
mar y tierra, casi termino cayendo, y él había logrado cruzar a mayor velocidad
para atraparme y con la misma llevarme hasta la orilla. Casi había pasado
corriendo por toda el agua.
Ah, eso explicaba por qué estaba algo
mojado.
— ¿Estás bien? — me preguntó tomándome
por los hombros. Traté de regular la respiración y entonces no pude contener la
sonrisa que iba asomándose en mi rostro —. ¿Sisa?
— ¡Alen, ha sido lo mejor del mundo! —
exclamé. ¡Con razón le gustaba correr tanto!
¡Era estupendo! Uno se sentía tan libre
que podría pasarme corriendo el día entero.
— Santo cielo, estás loca — me dijo
riendo aliviado. Hundí mi rostro sobre su cuello; la visión anterior no merecía
ni siquiera ser comentada.
Nos quedamos sentados ahí, en esa playa
completamente desierta y oyendo el cántico del mar al encontrarse con las
rocas. Estuve a punto de pedirle algo extremadamente osado como que lo
hiciéramos ahí mismo, cuando me transmitió tantas cosas en un solo beso: amor,
deseo, ternura, todo junto en su boca.
Suspiré al romperlo y después me hizo
girar con un movimiento delicado solo para abrazarme por la espalda:
— Te quiero — le dije cuando sentí su
mentón sobre mi hombro derecho.
— Yo también, boba preciosa — susurró a
mi oído; las mariposas volaron en diferentes direcciones, el mundo se volvió
aún más hermoso—. Así de loca, extraña, risueña…también algo gritona y
obstinada — añadió y lo pellizqué con suavidad por la cintura.
Jugueteamos un tanto y después volvimos
al muelle. Subimos las escalinatas de la parte más comercial de la playa, y
solo paseamos por las calles. En uno de los parques cercanos al Museo Principal
de Lirau un grupo de chicos estaba presentando un show de arte callejero, con
burbujas de jabón saliendo por doquier. Alen me pidió en un susurro que
observara al frente, entre los espectadores, y me señaló a una pareja algo
mayor, que rieron cuando las burbujas cayeron sobre ellos.
— El día de tu cumpleaños los vi; Tarek
estaba conmigo — me explicó. Lo miré con curiosidad—. Ellos son Marine y
Francesco, Bellota.
— ¿Qué? — exclamé boquiabierta. Volteé a
verlos nuevamente: se habían tomado de la mano para ya retirarse—. ¿Tus abuelos?
¿Los de tu segunda vida? — Asintió. Me apoyé sobre su hombro ante su sonrisa
nostálgica—. Se ven muy amables.
— Lo son. Siempre lo fueron.
— ¿Y si están juntos otra vez… ?— tanteé.
— Sí, significa que ambos son el Par
absoluto del otro.
Vaya; que dos personas sigan
queriéndose a pesar de encontrarse en otra vida sonaba mágico.
Emprendimos la marcha a algún otro
lugar, pero de repente oímos un grito: era un chico que trataba de detener al
grupo de perros que tiraban de él por medio de sus correas y venían hacia
nuestra dirección, muy emocionados.
— ¡No! ¡Deténganse! — gritó el chico,
pero fue demasiado tarde.
¡BROM!
¡WARF! ¡WARF! ¡WARF!
— ¡Lo siento muchísimo!— nos dijo cuando
los cinco perros terminaron sentados sobre Alen, prácticamente comiéndoselo a
lengüetazos—. No sé qué pasó, suelen ser muy educados cuando los saco a pasear.
— No te preocupes — le respondí divertida
mientras sacábamos uno a uno a los atacantes. Nos demoramos muchísimo quitando
a un enorme Golder Retriever que se veía muy satisfecho recostado por completo
sobre su nuevo “colchón”.
— Tienes mucho ángel para los animales —
señaló el chico cuando Alen estuvo de pie, algo despeinado pero de muy buen
humor—. Siempre estoy por esta parte, así que si algún día quisieras
incursionar en el trabajo, puedes ponerte en contacto conmigo.
— Muchas gracias, lo tomaré en cuenta —
le respondió con una sonrisa.
— ¡Ya vámonos! — exclamó el chico
tratando de llevarse a los cinco perros que seguían meneando la cola,
contentos, observando a Alen.
— Ha sido un placer conocerlos; espero
que nos reencontremos en otra oportunidad —dijo y los cinco perros dejaron de
forcejear y estuvieron dispuestos a seguir con la caminata anterior.
El chico nos miró sorprendido:
— Vaya, realmente tienes talento. Ya
sabes, siempre estoy por aquí — agregó, y después se alejó.
Nosotros también continuamos con el
paseo para finalmente terminar apoyados en las barandas del mirador de un
edificio enorme. El viento soplaba con muchísima fuerza por aquí, y los autos
se veían como pequeños puntitos brillantes que se movilizaban en hileras.
— El baile de fin de curso será un día
antes de Navidad — comenté. Me castañearon los dientes un tanto y eso bastó
para que sus brazos me rodearan desde atrás. Solté un suspiro bajito cuando
sentí la calidez de su cuerpo abrigándome un tanto.
— Tarek estaba hablando de eso. No dejaba
de repetir que con esmoquin se vería muchísimo más guapo — me dijo riendo—. Por
cierto, Marissa me hizo jurarle que pasaríamos por la casa para que nos fotografiara.
Lo siento mucho. — Le dije que no había problema. No pude evitar imaginarlo con
chaqueta, pantalón de vestir, también con la corbata y me emocioné un tanto—.
¿Por qué te estás riendo, Bellota?
— Por nada, por nada.
— Mmm, ese “nada” me suena a muchas cosas.
— Solté más risas y después me apoyé sobre él, con sus brazos alrededor de mi
cintura y su mentón sobre mi hombro.
— Alen, ¿eres feliz? — Me obligó a girar
con delicadeza para verme a los ojos.
Asintió con la cabeza y después me
besó.
— Vamos a tener que practicar porque solo
he ido a un baile de fin de curso— me dijo mientras empezábamos a balancearnos
con suavidad: izquierda derecha, izquierda derecha.
— ¿Eh? Pensé que no habías ido a ninguno —
apunté con curiosidad.
— En mi séptima vida: tenía dieciséis. —
Traté de imaginarlo con dos años menos, yendo a recoger a una chica, y cuando
la sonrisa empezaba a expandirse por mi rostro noté algo.
— ¿Mmm? ¿Con quién fuiste? — le pregunté.
— Bueno… — Echó la vista hacia arriba,
como para pensarlo, y después suspiró—. Con Nhyna.
Ah, ya.
Espera, ¿qué?
— ¡¿Qué?! — exclamé con demasiada fuerza.
Me miró algo apenado y después se encogió de hombros:
— Conocí a Nhyna en mi séptima vida. La
primera vez que la vi fue muy amable, pensé que sería como Tarek. —Sí, como no—. Fuimos estrictamente a
bailar: no pasó nada más — me confirmó con seguridad.
— La besaste, ¿verdad? — Desvió la mirada
y eso me bastó porque estoy empezando a comprender los gestos de su rostro sin
necesidad de que hable.
— Pero no pasó de eso.
Fruncí los labios y asentí. Era
estúpido sentirme incómoda por eso: había sido en su séptima vida, no nos
conocíamos así que…
Lo miré fijamente y me puse de
puntillas. Él también ya entendía mis gestos sin necesidad de mayor
explicación, porque sin preguntar más se inclinó y me besó.
Volvimos a casa cuando vi la hora:
apenas eran las siete, pero sabía que Santiago saldría rumbo al aeropuerto a
las nueve porque estaría fuera de la ciudad hasta la próxima semana, así que lo
ideal era que Alen pasara algunas horas con su familia.
Nos despedimos en mi puerta. Me besó en
la mejilla para evitar cualquier tipo de problemas si Gisell o Corín aparecían
por la ventana.
— Saluda a Naina de mi parte.
— Lo haré. Te diría que pasaré más tarde,
pero creo que debes repasar para tus exámenes de mañana.
— Podrías quedarte conmigo mientras leo —
sugerí, como quien no quiere la cosa—. Ya te has quedado otras veces cuando
tenía tarea y...
— Ya, pero en todas esas ocasiones lo
último que hemos hecho ha sido enfocarnos en tus libros — me respondió con
burla.
Sí, tiene razón. Es mejor que me
enfoque solo en repasar para los exámenes de mañana, lunes.
Tomó un mechón de mi cabello y lo puso
con delicadeza detrás de mi oreja. Me puse de puntillas, planeando besarlo,
pero en ese momento me percaté de algo: el tatuaje que sobresalía por debajo de
la manga de su camiseta tenía casi las tres cuartas partes ya borradas.
— Está mucho más pequeño que hace unos
días — comenté rozándolo con los dedos.
Bajó la mirada y se encogió de hombros.
— Gabriel, “el verdadero”— me aclaró—,
pasó a verme hoy por la mañana. — ¡¿Ehh?! —. Si todo va como espero, para
cuando hayas retornado de Libiak este nombre ya no estará más en mi brazo.
— ¿Qué? — Por lo que sabía, el tatuaje se
borraría por completo cuando su periodo de prueba hubiese culminado—. ¿Eso
significa…?
— Sí, me presentaré ante la Magistratura
la próxima semana, con Tarek de testigo, y anunciaré que quiero permanecer en
este mundo como desertor.
Por un momento imaginé una habitación
completamente blanca, con un juez y un tribunal pero con alas. Soltó una
carcajada ante mi visión y me dijo que en algo se parecía, solo que el martillo
y el “¡silencio en la sala!” no estaban incluidos.
— Y después de eso, oficialmente me
quedaré en este mundo para siempre — concluyó con una sonrisa.
Me dieron unas ganas tremendas de
romper a reír de la alegría; me sonrió y después añadió que solo había un
pequeño problema: no sabía exactamente cuándo sería y cuánto duraría su
audiencia, así que cabía la posibilidad de que no pudiera acompañarme los días
que pasara en Libiak.
— No te preocupes. Lo de ahora solo son
charlas informativas y el tour por todo Gaib Art. — Total, cuando rindiera el
examen en enero definitivamente lo tendría conmigo; y ya sin ningún tatuaje ni
visiones sobre cosas pasadas.
Sentí que un bonito globo de felicidad
se infló dentro de mí.
Alguien corrió las cortinas de la
ventana del costado; Alen también lo notó. Elevó las cejas, divertido, y
después me besó rápidamente y se perdió, trotando con agilidad rumbo a la casa
de Marissa y Santiago.
Me quedé observándolo en silencio, con
un suspiro a punto de escaparse de mi pecho, y después entré a casa.
— Qué milagro: llegaste antes de las
nueve — oí a Corín. Asentí, demasiado contenta como para decir algo más, y me
acerqué a la mesa porque la cena estaba siendo servida.
Me lavé las manos y ayudé poniendo los
individuales, los vasos y los cubiertos. Gisell me pasó los platos servidos y
después cenamos en silencio. Sentía la mirada de Corín escudriñándome; preferí
enfocarme en mi postre y divagar, pensando en los últimos temas que me faltaban
repasar para los exámenes que daría a partir a mañana.
No pasó mucho para que el teléfono
sonara. Corín se apresuró a contestar y después la oímos saludar al abuelo.
Me puse de pie y casi corrí a la sala.
— ¡Abuelo! — exclamé cuando me pasó el
teléfono—. ¿Cómo estás?
— Eso
debería preguntar yo, Cachorra. ¿Por qué no contestas el celular?
— ¿Ah? — Parpadeé, tratando de recordar
dónde lo había puesto—. Ah, lo siento. Salí y no lo llevé conmigo. — Cuando
Alen y yo salimos, buscando un lugar más cómodo, lo había dejado en mi
habitación.
— ¿Con
el niño despeinado?
— Se llama Alen, abuelo — lo reprendí. Me
dijo que “Alen, muchacho, niño despeinado”, a él le daba igual.
— Ya,
ya, basta de hablar del chico. Dime, hija, ¿cuándo viajas para Libiak?
— El jueves en el vuelo de las ocho, abuelo. —Iago ya se había encargado
de todos los preparativos para que Loi y yo viajáramos juntas y nuestra estadía
allá no tuviera contratiempos.
Nos quedaríamos hasta el lunes para
conocer la ciudad y de paso cerciorarnos de todos los datos para el día del
examen como el auditorio, la hora, y los implementos que debíamos llevar.
— Bien,
bien. ¿Tienes dinero suficiente?
— Ni te preocupes por eso. Todo está bajo
control — le respondí con mucha convicción. Ya había hecho todo mi presupuesto,
y transferido el monto requerido de la cuenta personal de mamá a la cuenta que
había abierto para mí misma. Inclusive ya había arreglado todo el asunto del
préstamo que Loi me hizo para la inscripción al examen de admisión (observó el
dinero a regañadientes, pero me lo recibió).
— Listo,
hija. Ve con cuidado y ya de ahí hablamos porque tu hermano ya termina sus
exámenes y probablemente estaremos rumbo a Lirau en unos cuántos días.
— ¡El abuelo y Joan vendrán para Navidad!
— grité, emocionada. Corín me dijo que ya lo sabía hace mucho.
¡Qué noticia tan maravillosa!
— Por
cierto, Cachorra. Tal vez algún bonito obsequio esté por llegar.
— ¿Eh? ¿Obsequio, abuelo?
— Aún
no te he dado tu regalo de cumpleaños, hija. Y ahora que estamos ya a semanas
de tu examen, y a días de Navidad, tal vez sea hora de dártelo.
Iba a decirle que no era necesario,
pero oí que alguien gritó: parecía ser Joan que estaba trasladando un sofá o
algo así y por lo visto estaba por aplastarlo.
— ¡Pero
si te estoy diciendo que no podrás cargarlo solo! ¡Suelta eso, caramba!
— ¡Viejo!
¡Deja de gritar tanto y ayúdame!
— ¡Ni
siquiera tu abuela era tan fastidiosa, muchacho del demonio!
Solté una risa ante la pelea, y después
colgué al despedirme del abuelo que tenía que ir a rescatar al “torpe” de mi
hermano, según sus palabras.
Corín me observó con un gesto algo
hosco; le pregunté qué sucedía y me respondió que ella también quería hablar
con el abuelo y Joan. Le expliqué lo del sofá y se perdió por las escaleras,
diciendo que yo y “mi examen a Gaib Art” siempre queríamos ser el centro de atención.
Solo por evitar este tipo de peleas es
que también quiero ingresar y mudarme a Libiak.
Retorné a la cocina, recogí la mesa de
buen agrado, y
después de dejar los platos y vasos sobre el secador pasé rumbo a mi habitación; pero la voz de
Gisell me detuvo:
— ¿Cómo será lo de la escuela esa de
música? — me preguntó mientras revisaba algunos papeles en la sala. Petardo
apareció por la puerta trasera de la cocina, y se puso de dos patas sobre mí,
exigiendo afecto—. ¿Cuándo te vas?
— El jueves por la mañana. Intentamos
conseguir boletos para el miércoles por la noche, pero todos estaban agotados.
— ¿Quién te llevará hasta allá? — Le dije
que viajaría con Loi y su hermano—. Ah, qué bueno. No podría haberte llevado
hasta allá.
— Gracias de todos modos — respondí
pasivamente.
— No va a viajar el chico, ¿verdad? — La
miré sin comprender—. No me pongas esa cara, porque sé perfectamente que estás
saliendo con el hijo de los vecinos de la casa de allá abajo. Deberías tener
algo más de respeto por ti misma, niña. Corín me contó que andas dando
espectáculos en la calle; cielo santo, qué vergüenza. — Bien, lo de “espectáculo”
significa que nos ha visto besándonos.
De acuerdo, esta vez ha sido mi culpa.
— No, no vendrá conmigo — respondí con
simpleza.
La oí murmurar algo de que conmigo ya
no se sabía y después frunció los labios.
— No sé cómo planeas pagar esa
colegiatura si llegas a ingresar. — Bien, tal vez deba irme a mi habitación y
ponerme a repasar. Giré, dispuesta a retirarme, pero elevó la voz —: Espero que
estés tomando en cuenta que Alcides no tiene demasiado dinero para apoyarte; y
en caso de que lo tenga, parte de ese monto le corresponde a Corín y a Joan.
— Estoy postulando por una beca —
expliqué sin inmutarme—. No planeaba pedirle ayuda al abuelo.
— Y en cuanto a Ruth; que no se te olvide
que más que tía tuya, es tía de mis dos hijos. — Asentí levemente—.
Desperdiciando dinero en tonterías como esa. Ya no sé si tu madre estaría
realmente conforme con que uses todos sus ahorros de manera tan irresponsable.
— No es una tontería — repliqué—. Es una
escuela de música.
— ¿Y eso qué? ¿Vas a vivir de eso? — Pensé
en responderle que mientras hiciera lo que me gustara todo estaría bien pero no
tenía caso, iba a sonar excesivamente idealista y podría empeorarlo todo—. En
fin, es tu vida y ya eres mayor de edad.
Apreté los labios, y me quedé en
silencio, esperando que me dijera que ya podía retirarme para no verme tan
grosera.
— Si logras ingresar evidentemente te
mudarás a Libiak, ¿verdad? — Asentí. Soltó un suspiro y después me pidió que la
dejara hacer sus cosas.
Me di media vuelta rumbo a las
escaleras y entonces escuché su voz algo lejana:
Por fin, David. Tu error ya se va.
Tragué despacio. Ya no sé si es su
mente o son imaginaciones mías. En fin, tenía razón: ya me iba. Este error que
se sentía más perfecto que nunca, por fin se iría.
Sonreí llena de orgullo: sus palabras
ya no me dolían.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Alen
— ¡Y aquí estamos los dos! — exclamó
Santiago—. En la universidad, y con Bob el constructor. — ¿Qué? Ah, es el apodo
de uno de sus compañeros—. ¿Qué será de ese ingrato? Éramos los mejores amigos.
— Marissa añadió que iban de aquí para allá, casi como Tarek y yo —. Ahora ya
no sé ni su número de teléfono— concluyó con nostalgia.
— Deberías tratar de contactarlo — le
sugirió ella.
Habíamos cenado en la alfombra y jugado
algo llamado “ludo”. Y después, por algún extraño motivo,
terminamos observando algunas fotos del álbum familiar. Me sorprendí muchísimo
cuando vi una foto mía, de cuando supuestamente tenía dieciséis años, junto a
un hombre mayor, de lentes redondos y postura severa.
Era el padre de Santiago, mi abuelo, y
por las historias que escuché, le encantaba jugar al ajedrez conmigo. Había
fallecido el año pasado, casi por la misma fecha en la que Naina perdió la voz.
Me apenó un poco que un recuerdo de esa
magnitud fuera solo creación de mis superiores. Yo nunca había conocido a ese
hombre, y mucho menos había pasado tantas tardes a su lado practicando ajedrez.
— ¿Alen? — me llamaron ante el silencio. Volví
al presente.
— Hijo, lo siento; creo que no debimos
tocar el tema del abuelo — se disculpó Santiago.
— No, tranquilo. No pasa nada.
Seguimos viendo las fotos mientras
Naina preguntaba cosas que ya no lograba escuchar al completo. Llegamos a las
que me tenían a mí de protagonista, con ocho años menos, y noté mucho afecto en
el ambiente.
Cielos, no sé hasta cuándo me voy a
sorprender por todo el cariño que me profesa esta familia.
No, mi
familia; dentro de poco será “mi” familia de verdad.
— Muchísimas gracias — me atreví a decir
mientras Santiago y Marissa charlaban de lo guapos que eran sus dos hijos.
Voltearon a verme al mismo tiempo, con sorpresa:
— ¿Por qué, hijo? — me preguntó ella.
— Por adoptarme — respondí; porque si
bien todo ese asunto del orfanato cuando tenía diez años era solo una
construcción elaborada por los míos, esta pareja humana realmente me adoptó.
Llegué a sus vidas, tuvieron algunos recuerdos falsos, pero a pesar de mi
pésimo comportamiento nunca dejaron de quererme.
— Alen, eres nuestro hijo — dijo
Santiago. Marissa asintió—. Y si se trata de dar las gracias, nos corresponde a
nosotros.
— ¿Por qué? —
pregunté, sin comprender qué gratitud podría merecerme yo.
— Por llegar a nuestras vidas — me respondió Marissa con afecto—, y por permitir que estemos en la tuya
de nuevo.
Me sentí avergonzado
y muy apenado al recordar mi trato con ellos antes de que decidiera quedarme en
este mundo.
Marissa y Santiago
estaban muy contentos con mi "repentino cambio". En medio de algunas
charlas que pude escuchar, mi comportamiento huraño y aislado fue atribuido a
problemas de la edad, y ambos estaban completamente seguros de que parte de mi
cambio había sido gracias a Sisa.
Cosa que tenía
mucho de cierto.
— ¡Te
vas a quedar, Aly! —
oí a Naina en medio de su abrazo afectuoso—. ¡Ahora sí estoy segura de que no te irás!
— ¿Toda esta charla emotiva es una manera
de acumular puntos para decidir tu traslado a Libiak el próximo año? — lanzó
Santiago a modo de broma. Solté una carcajada y le dije que no, pero no me
creyeron.
A veces me resulta
extraño toda esta relación de padres e hijo, porque siento como si perdiera
todos los años de existencia que tengo para realmente reducirlos a dieciocho.
Recogimos los platos porque en
cualquier momento vendrían a recoger a Santiago para llevárselo al aeropuerto.
Era un viaje de negocios: partiría hoy y no lo veríamos hasta esa fecha extraña
llamada Navidad.
— Por cierto, hijo, ¿cuándo viaja Sisa? —
me preguntó Marissa mientras guardábamos los utensilios ya limpios en la
alacena.
— El jueves por la mañana.
El hermano mayor de Loi viajaría con
ellas porque tenía algunos asuntos que atender de paso en Libiak. Tarek me
preguntó si nosotros no deberíamos ir también, pero le respondí que sería mejor
que acudieran solas. Era un asunto que les concernía exclusivamente a ellas:
conocer la escuela que iba a acogerlas el próximo año sería más emocionante si
lo exploraban por su cuenta.
»— ¿Es en serio? — me preguntó cuando se lo dije. Asentí—.
Hermano, no es por ser aguafiestas, pero creo que “alguien” estará por allá. La
princesa me comentó que Tomas se había comunicado con…
»—…Marcus Leda y que él les daría una
especie de tour por algunas zonas de Libiak — completé. Tarek me observó,
sorprendido—. Bellota ya me lo contó.
»— Pues te veo muy tranquilo.
Yo ya no tengo por qué andar dándole
tantas vueltas al asunto: Sisa y yo estamos en un buen momento, así que pensar
qué pasará en el futuro es algo que por ahora prefiero no hacer.
Cuando el reloj dio las ocho, uno de
los compañeros de trabajo de Santiago llamó y dijo que estaba esperándolo
afuera para que ya se fueran al aeropuerto. Se puso de pie, bajó las maletas, y
se despidió de todos con muchísimo afecto.
— Alen, mientras estoy fuera vas a
quedarte con tu madre y con Naina, ¿verdad? — Le dije que no se preocupara, que
me quedaría en casa hasta que él regresara: excepto los días que tenía
“exámenes” (es decir, si me citaban para mi Audiencia) —. Me alegro. Y a mi
retorno ya seguiremos hablando sobre el tema de tu traslado a Libiak.
— De acuerdo, papá— le respondí con
simpleza. Abrió los ojos, algo sorprendido, y me abrazó con cariño,
despeinándome un poco en el proceso.
Y después de acomodar todas sus cosas
en el auto, subió al asiento del copiloto: lo despedimos moviendo la mano.
— Ya que estamos por terminar el año,
sería bueno irnos de vacaciones a algún lado, ¿no te parece? — me preguntó
Marissa cuando ingresamos a la casa nuevamente. Naina me tomó por la mano, y
dio algunos saltos, contenta.
La observé sin saber qué decir.
— Podríamos hablar con la familia de Sisa
para que le den permiso para venirse con nosotros. — Elevé una ceja, divertido
por el tonito juguetón, y después la oí soltar una carcajada—. Ay, amor,
ustedes están en esa etapa en la que muy bien podrían ser siameses. No pueden
estar el uno sin el otro.
Ahora el que soltó una risa fui yo.
— Cuando vuelva tu padre hablaremos de
ello. — Asentí—. Te quiero, hijo. No olvides eso — me dijo pellizcándome una
mejilla. Me sonrió y se perdió por la puerta, en búsqueda del pudín de
chocolate que me había prometido.
— ¡Yo también! — le grité
sonriendo. La oí soltar una risa.
Me sentí como de
cinco años.
»ɜ~ɛ~ɜ~ɛ«
Tarek
Bebí algo del té
caliente y después aguardé. Copo de nieve parecía estar asimilando la
información.
No quería decirle
que me mudaría de ciudad porque podría entristecerla en vano, ya que yo podría
transportarme en minutos hasta Lirau desde allá; pero Alen ya le había
comentado su decisión hace unos días, así que para evitar malentendidos porque
no podría mentir para ocultar ciertas cosas preferí hacerlo yo también.
—
¿A Libiak? — Asentí. Me observó a través de las gafas y
suspiró—. Ya le pregunté esto a Alen, pero ¿qué harán con sus estudios
universitarios?
—
Planeamos hacer un traslado. — Bueno, ese no era el
problema principal, pero para Copo de nieve resultaba sumamente importante—. No
estoy escapándome con la princesa, Copo de nieve. Solo me mudaré, pero también
estoy pensando en lo que haré yo por allá.
—
No quiero sonar como ave de malagüero, Tarek —me tomó por
la mano y la apretó con cariño—, pero ¿qué pasará si Loi y tú terminan?
Bueno, la
respuesta para esa pregunta era mucho más sencilla de lo que parecía: si la
princesa encontrara a alguien más o simplemente quisiera estar sola, yo me
resignaría a aceptar su decisión; tal y como Alen haría con Bellota.
Supuse que para
Copo de nieve el asunto pintaba más grave.
—
Aún son muy jóvenes. ¿No sería mejor si esperas un poco
antes de hacer cambios tan radicales en tu vida? Cambiarse de ciudad no es cosa
fácil, hijo.
—
No te preocupes, Copito: estaré bien. Además, pasaré a
visitarte muy seguido.
—
Libiak está a casi diez horas de aquí.
—
Pero existen los vuelos de una hora — apunté. Supe que
iba a salirme con los costos del pasaje así que le dije que no se preocupara.
Yo vendría a verla siempre, no la dejaría.
Soltó un suspiro,
y me sonrió con afecto:
—
Si ya está decidido, no puedo hacer nada. Cuida mucho ese
bracito y también ese ojo — me dijo cuando nos pusimos de pie, ya para irme. Me
agaché cuando quiso besarme el párpado adormilado del ojo derecho—. Niño mío,
te haces al fuerte, pero eres más frágil de lo que pareces. Recuerdo que un día
te dije adiós en buen estado, ¡y un mes después vuelves con un brazo inmóvil y
un ojito lastimado!
—
Sí…
—
¡Te dije que la moto no era una buena idea! — Asentí,
tratando de verme muy culpable. En realidad, no había sido la moto, sino Berith
y sus ganas de arruinarme la existencia—. Vas a venir a despedirte antes de
irte, ¿verdad?
—
Aún faltan semanas para que me vaya, Copito, no te
preocupes. Vendré.
—
Tal vez conozcas a mi nieta por allá.
—
¿Tu nieta? ¿Se parecen? Ya que siempre me has dicho que
soy algo joven para ti, tal vez no lo sea tanto para ella. — Me profirió un
manotazo y después rompió a reír:
—
Tú no aprendes, ¿verdad, muchachito coqueto?
Salí de la
pastelería con algo que había sentido muy pocas veces. Parecía que una especie
de nudo se había alojado en mi garganta, y no había manera de disolverlo.
— Estás triste — me dijo la princesa
cuando aparecí en su habitación—. Tarek, quita esa cara porque me siento como
el ser más ruin y malvado del universo.
— No es así.
— ¡Claro que sí! Pensé que la idea de
irnos juntos a Libiak iba resultar igual de genial para los dos; pero tienes
esa cara de alma en pena que…
— Y es así, la idea es genial, princesa—
le respondí con seguridad. La idea de estar juntos era estupenda, pero dejar a
Copo de nieve estaba resultándome algo complicado.
Ahora entiendo a Alen y todo este
asunto de los vínculos familiares. Hethos tenía razón; no es bueno vincularse
demasiado porque después es muy difícil quebrar los lazos.
— ¿Quieres contarme tu charla con ella? —
Me recosté sobre la alfombra, algo acongojado, y le conté con muchos detalles
la charla anterior mientras me acariciaba el cabello.
En medio de la plática, sugirió que
igual podría pasarme a verla de lejos si me preocupaba dejarla. Total, podía
llegar en menos de un parpadeo: la distancia era nada.
Además, Copo de nieve no estaría sola:
tenía a todo el escuadrón y a sus dos hijos que vivían en Lirau y que la
visitaban constantemente.
—
Por cierto, Tarek, ¡te juro que te perseguiré por todo el
mundo si me engañas con su nieta!
—
Princesa, ni siquiera conozco a la chica.
—
Ya, pero igual. Tu historial no es el mejor así que...
—
¡¿Mi historial?! ¡Pero quién se ha atrevido a decir algo
así en mi cont…!
—
Tarek, la cara de pillo nadie te la quita así que tú solo
te delatas.
—
¡¿Qué?!
Nos quedamos un par de horas charlando.
Tuve que morderme la lengua cuando la oía hablar muy entusiasmada sobre el
futuro nuevo álbum de JOBEY, porque si seguía así hasta podría llamar al propio
Nanael y decirle que le adelantara algo sobre su próximo proyecto.
Más tarde el sueño la venció sobre la
alfombra y ahí hacía mucho frío como para dormir, así que la deposité sobre su
cama.
— No te vayas— murmuró.
— Janna podría venir, y le va a dar un
ataque si me encuentra en tu habitación cuando supuestamente te traje a casa
hace muchísimas horas y me despedí de todos — repliqué de buen humor.
Ya eran las dos de la mañana, y si bien
yo no necesito dormir, la princesa
sí, porque más tarde tenía dos exámenes.
— Tarek, no…la nieta de Copo de nieve — susurró
somnolienta. Le dije que ya se olvidara de eso.
Bien, si no me suelta, probablemente
pueda quedarme un rato más.
Me acomodé junto a ella y adopté el
papel de oso de peluche. Cerré los ojos: no puedo dormir, pero es simpático
fingir que lo hago.
Me mantuve así, con la luz de algunas
estrellas colándose por las ventanas abiertas. Aproveché para alimentarme de
ellas, como solía hacer antaño, y pensar en todo el asunto de la anunciación de
Alen. Me pregunto cómo será, nunca he estado en una Magistratura angelical
antes. ¿Sería más sencillo que la mía?
Estaba dándole vueltas a todo eso,
hasta que una presencia sumamente conocida me alertó.
Hethos.
— ¿Tarek? — me preguntó la princesa,
adormilada. Le dije que volvería en unos segundos, que había sentido a Hethos y
eso resultaba sumamente extraño tomando en cuenta que no sabíamos nada de él
hace mucho. Asintió, la cubrí con los cobertores y cerré los ojos.
Observé alrededor: hace mucho que no
camino de madrugada. Había olvidado lo solitaria que se siente la ciudad cuando
los humanos solo duermen.
Me enfoqué en el frente: la tienda de
antigüedades ha vuelto a ser visible. Distingo un poderoso salmo de camuflaje
disolviéndose; la presencia de Hethos se siente más fuerte que nunca.
¿Qué hago? ¿Llamo a Alen? Si no está
aquí es porque no ha sentido la variación. Seguramente estaba con Naina o con
Bellota, y ni se había percatado.
Empujo la puerta con cuidado, las
campanillas resuenan.
— ¿Hethos? — lo llamo algo dubitativo.
Puedo ver los restos de la barrera de camuflaje como hilos de seda brillante
desmoronándose alrededor.
Enciendo las luces y cruzo todo el
espacio hasta la trastienda: qué extraño. Cuando Alen y yo pensamos que Hethos
se había ido a algún lado, en realidad estuvimos completamente equivocados:
nunca se fue;
lo sé porque el lugar está impregnado de su esencia. Siempre estuvo aquí, solo
que encerrado en un salmo extremadamente eficaz (si no me equivoco); y ahora he
podido sentirlo porque parece que ha tenido que quebrarlo para salir un rato.
Recién ha salido, ¿pero a dónde ha ido?
¿Y por qué se ha mantenido aislado tanto tiempo?
Doy un rápido vistazo: todo el lugar
está tal y como lo recordaba, exceptuando que algunas capas de polvo se han
aglomerado en ciertas partes, e inclusive hay una que otra telaraña.
— ¿Hethos?— repito con más fuerza, pero no obtengo
respuesta.
Mmm, momento. Aquí se siente otro
cántico: parece de invisibilidad. Bah, Hethos está algo oxidado o sin energía
porque es la barrera más débil que he sentido en años.
Chasqueo los dedos y entonces las
paredes y el suelo empiezan a revelar largos trazos unidos unos con otros.
Elevo una ceja: ¿qué demonios? Ha permanecido aislado tanto tiempo solo para
ponerse a crear cántic…
¿Qué?
¡BROM!
Retrocedí tan pasmado que prácticamente
me estrellé contra la vitrina de atrás.
¡Pero
qué…!
Giro, observando toda la habitación, y
compruebo con horror que estoy en lo correcto.
Martirios: toda la habitación está repleta de
martirios escritos con sangre.
— ¿Qué estaba haciendo este loco? —
murmuro sin comprender absolutamente nada.
Hethos ha estado practicando con
martirios, pero ¿por qué? Los ángeles tienen prohibido usarlos.
¿Qué significa todo esto?
Me pongo de cuclillas y paseo los dedos
por la que parece ser la última inscripción elaborada: este es un Gozo. Se me
han quitado muchos de los conocimientos que poseía como demonio completo, pero
casi puedo asegurar que el de aquí es un símbolo empleado por el séquito de
Azrael, el ángel supremo encargado de recoger las almas de los humanos que
fallecen.
Y este de aquí es un símbolo que, si no
me equivoco, es uno solo empleado por Drol Qinaya.
¿Muerte y sueño al mismo tiempo? ¿Qué
se supone que está intentando hacer Hethos? ¿Dormir y matar a alguien?
— ¿Qué está pasando aquí? — susurro. Sigo
el recorrido del trazo, y entonces algo aún más extraño me aturde por completo.
Balam…
Me pongo de pie y salgo a toda
velocidad del lugar. Cruzo las calles solitarias hasta que sin querer termino
impactando contra un muro apenas construyéndose. Lo he traspasado sin
miramientos: por la mañana los humanos que trabajan aquí van a dar el grito al
cielo.
Doy unos cuantos pasos más y me detengo
cerca de Izhi, con la respiración agitada.
— ¿Qué…? ¿Por qué…?
Cada trazo… Cada martirio y gozo
dibujados en las paredes y el piso tenían la esencia de Hethos, pero también la
de Balam.
¿Qué tenía que hacer la esencia de
Balam en la tienda de Hethos? Esa era su morada en el Mundo de los terrenales:
la única manera de que la esencia de un demonio se perciba en la morada de un
ángel, es porque sencillamente ese ángel ha estado haciendo tratos con él.
Balam tenía la misma capacidad de
Berith, ¿acaso Hethos estaba buscando saber eventos del pasado o del futuro?
Me apoyé sobre uno de los árboles: no,
no puede ser. ¿Hethos? ¿Haciendo pactos con demonios? ¡Ni de broma! Nunca he
visto a un ángel más correcto que él y tan distante de cualquier cosa que lo
vinculara con los míos. ¡Si hasta solía
mostrarse receloso conmigo!
Cuando conocí a Alen y me llevó hasta
la morada de Hethos (aquella capilla abandonada, en las afueras de la ciudad)
casi me ataca; pasó muchísimo tiempo para que se acostumbrara a mi presencia.
¿Qué hago? ¿Se lo comento a Alen?
— Definitivamente — me dije en voz baja.
Cerré los ojos y al abrirlos me encontré en la habitación de Naina.
Iba a dar un paso, pero de repente me
encontré con ese idiota durmiendo tranquilamente junto a ella y con un libro de
cuentos abierto al lado.
Bien, busquemos un plan B.
— ¿Balam? — me preguntó Nanael cuando
logré ubicarlo, en Frantzon. No me atreví a despertar a Alen para arruinarle el
sueño con una noticia tan angustiante como que Hethos parecía andar por pasos
extraños—. ¿Estamos hablando del mismo Balam? ¿El rey demonio? — me preguntó
con seriedad.
— Sí, eso fue lo que sentí — le respondí
inquieto. Me froté el brazo inmóvil con fuerza—. ¡Qué frío hace aquí!
— Dímelo a mí, y supuestamente estamos en
verano — añadió Gremory pasándome unos sagrados cobertores afelpados—. Toma, sé
lo horrible que se siente el frío.
— Seir, escucha, solo por si las dudas
¿me dices que fuiste a la morada de Abdiel y percibiste la esencia de Balam? —
Asentí. Sabía que sonaba absurdo, pero había sido así.
— ¿Balam? — repitió Gremory; le acepté la
santa taza de té humeante—. Qué extraño.
— Amber, ¿recuerdas algo de él? — le
preguntó Nanael.
— Balam es el supremo regente de la especialidad
de predicción; el mismo Berith y yo formamos parte de sus filas, o bueno, yo
“formaba”. Nosotros solo poseemos el título de ducado frente a él que posee el
de rey entre todos aquellos que podemos ver el pasado, presente y futuro —
respondió con seguridad—. Pero no suele meterse en asuntos que impliquen
demasiado esfuerzo; lo conocíamos como el “rey ausente” porque casi nunca se ha
presentado ante el llamado de nadie. Samin, Abdiel es un principado, ¿verdad?
— Sí.
— Esa jerarquía suele ser poco amistosa
con nosotros. — Asentí ante sus palabras. Yo también sabía eso—. Ni siquiera
puedo hallar el motivo de la relación entre ellos.
Intercambiamos opiniones al respecto;
Nanael me pidió aguardar con tranquilidad, porque él ya estaba encargándose.
— Tal vez…sea mejor no comentárselo a
Alen — me sugirió.
No entendí el punto.
— ¿Y eso por qué?
— Alen está muy cerca de culminar su
periodo de gracia, Seir. Un asunto como este podría jugarle en contra y Berith
podría aprovecharlo.
No me agradaba la idea de ocultarle
cosas a mi amigo, pero la postura de Nanael sonaba lógica. Hethos era una
figura importante tanto para Alen como para mí: pensar que podía estar haciendo
tratos con demonios podría preocuparlo, y Berith podría aprovechar el momento y
ofrecerle algún absurdo trato.
Asentí, algo inseguro.
Me puse de pie, ya para retirarme, pero
no pude con la duda y me lancé:
— Nanael, Berith le recomendó a Alen
desconfiar de Hethos, y la verdad no le creímos absolutamente nada porque la
mayor parte del tiempo suele decir tonterías, pero ahora…
— ¿Sí?
Lo observé fijamente; sé que puede
sonar rudo de mi parte, pero ahora ya no sé yo tampoco en quién confiar.
— Tú no estás planeando algo en su
contra, ¿verdad? — Los ojos verdes no parpadearon, se quedaron fijos, enfocados
en los míos—. ¿Puedes jurarme que no vas a traicionarlo?
No me respondió; ya no sé si por su
Sello de silencio, o…
— No hay nada que ocultar— me respondió
Gremory con tranquilidad. Asentí, algo vacilante, porque no era lo mismo que
escucharlo de los labios del propio Nanael.
Bueno, ella es una errante como yo. No
puede mentir.
Pasé a ver a la princesa: estaba
completamente dormida.
Opté por regresar al departamento.
— Tarek — me llamaron.
Alen me observaba desconcertado:
parecía que acababa de llegar.
— Pasaste hace un rato por la habitación
de Naina, ¿verdad? — Le respondí que sí, algo atolondrado—. ¿Pasó algo?
No ha sentido la presencia de Hethos.
— Ehh…no, lo que pasa es que…quería
hablar…— Escoge las palabras
cuidadosamente. No puedo mentir, pero puedo obviar ciertas cosas.
— ¿Hablar? — me preguntó con curiosidad.
Tragué despacio, rogando que no hiciera más preguntas—. ¿Mi audiencia te está
preocupando?
Salvavidas, ¡ven a mí!
— ¡Sí! — respondí completamente seguro—.
Nunca he estado presente en la anunciación de un ángel. — Y era cierto. Qué
mejor manera de cambiar de tema—. ¿El magistrado de esa audiencia también
tratará de matarte, como Berith a mí?
— Los tuyos son algo maniáticos con eso —
me respondió divertido—. No; por lo que Gabriel me ha comentado solo me
preguntarán mi decisión por un número de veces equivalentes a mis vidas en este
mundo; supongo que serán nueve porque llevo nueve vidas aquí, también el porqué
de mi decisión, y después me dirán la fecha para que me despida de mis alas.
— ¿Qué? ¿Para que te despidas? — señalé
confuso.
— Tengo que hablar con ellas, explicarles
mi situación y después, si no quiero que desaparezcan, entregarle su custodia a
algún otro ángel. Estaba pensando en otorgárselas a Nanael; para cuando cumpla
su sentencia y retorne.
— Darle tus alas…— inicié, intuyendo un
tanto el asunto.
— Sí, darle mis alas significa que todos
mis poderes como ángel se van con él. Aunque planeo pedir que se me deje la
capacidad de viajar entre vidas; como tú.
Se sentó sobre el sofá, frente al
balcón, y me comentó muy contento sus planes futuros e inclusive su deseo de
buscar a los otros desertores que vivían en el mundo terrenal. Eran pocos, pero
ya que tenía toda la eternidad, sería una buena manera de encontrar a más como
él.
Alen no le hace daño a nadie quedándose
como humano, ¿por qué parecía que detrás de todo hubiera algo más? Hethos y su
actitud extraña; Berith y sus jodidas ganas de molestar; Nanael y todo el
asunto de su silencio.
— Tarek, ¿pasa algo? — No me había dado cuenta de que se había
quedado en silencio y yo no había dicho nada para continuar la conversación.
— Yo estoy contigo, hermano — se escapó
de mi boca. Me
observó, divertido—. En todos lados, en cualquier vida, puedes confiar en mí. — La sonrisa se le congeló: yo mismo no
planeaba sonar tan serio—. Puedes contar conmigo, Alen. Siempre
vas a contar conmigo.
— La mayor parte del tiempo has
conseguido que solo quiera agarrarte a golpes — me dijo, negando con la
cabeza—. Pero realmente has sido un estupendo amigo, Tarek.
— ¿Y ahora por qué me dices eso? —
pregunté exaltado ante el tono melancólico.
— Creo que nunca te lo había dicho. Gracias
por todo.
— Ya para con eso, me estás asustando —
corté el momento extraño, porque esto de darse las gracias me sonaba a
despedida—. Gracias a ti también por todo, hermano.
— Si en algún momento nos separamos, solo
quiero que sepas que, aunque no lo planeé, creo que la amistad entre un calehim y un errante podría contarse
como una de las más sólidas.
— ¿Separarnos? Alen, la princesa y
Bellota van a asistir a la misma escuela, ¡vamos a estar en la misma ciudad! No
me salgas con que nos separaremos porque es obvio que vamos a estar más juntos
que nunca.
Rodó los ojos; bueno, por lo menos el
asunto se ha relajado un poco.
— Tal vez deberíamos formalizar nuestra
relación, son años a tu lado; creo que me lo merezco — añadí.
Soltó una carcajada ante mi propuesta.
— ¿Una carrera? — me preguntó, pero antes
de que respondiera, sentí algo de viento desordenarme el cabello, y después su
presencia alejarse a toda velocidad.
— Idiota — bufé, inclinándome.
Emprendí la marcha, el aire de la
madrugada me dio de lleno en el rostro.
Una semana, solo falta una semana. No va a pasar nada…
Claro que no va a pasar nada.
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