Opinión | La fórmula preferida del profesor (Yoko Ogawa)
Acabé este libro el domingo, y como el corazón se me hizo bolita, decidí hacerle una entrada.
Desde el año pasado estoy leyendo muchísimos libros de autoras mujeres, y después de llegar a Han Kang, me entusiasmé bastante y quise seguir explorando autoras asiáticas. Así fue como llegué a Yōko Ogawa.
La fórmula preferida del profesor
[Reseña con spoilers]
La historia se desarrolla en Japón, en 1992. Una mujer que trabaja en una agencia de limpieza es asignada al hogar de un hombre de 64 años que, al parecer, es un cliente muy exigente: antes que ella, nueve asistentes pidieron ser cambiadas.
Temerosa por lo que podría encontrar, la mujer termina sorprendida por la situación a la que se enfrenta. El contrato lo gestiona una mujer mayor, quien le pide que se encargue de las tareas domésticas en un pabellón dentro de la casa. Allí vive su cuñado: un antiguo catedrático de matemáticas que, tras un accidente automovilístico, sufre un deterioro neuronal que limita su retención de recuerdos a solo 80 minutos. Su memoria solo tiene presente eventos antes del accidente, es decir, hasta 1975. Lo demás se desvanece, casi tan etéreo como aquello que más ama: los números.
Entre ambos se va tejiendo una relación entrañable, cercana a la de padre e hija. Y para completar la “ecuación”, entra en escena el hijo de la asistente, a quien el profesor apoda “Root” (el símbolo de los radicales: √), debido a su cabeza tan "plana" pero que podría ocultar algo interesante debajo (el radicando). El niño termina convirtiéndose en una especie de nieto para el profesor y los tres finalmente forman una familia a su manera. Madre e hijo acompañan al profesor hasta sus últimos años y nos cuentan cómo se van adaptando a ese disco de 80 minutos que se formateaba constantemente y al que había que poner el día con ternura y paciencia.
Hasta aquí, la historia podría sonar cliché: el genio atrapado en un pasado eterno que logra crear vínculos inesperados. Sin embargo, lo que convierte a La fórmula preferida del profesor en un relato tan especial es el enfoque contemplativo que nos ofrece, muy característico de la literatura japonesa (escenas cotidianas más que plot twists "inesperados"), y las prosas cargadas de poesía al hablar de los números y las matemáticas.
Opinión
Quiero empezar con algo puntual: la adaptación del título.
El uso de “amó”, en pasado, introduce desde el inicio una sensación de memoria, de algo que fue profundamente querido pero que ya no está del todo presente. Hay una carga emocional y melancólica que en español se diluye un poco al hablar solo de “preferencia”. El japonés, en cambio, deja esa relación más abierta y poética, como si la fórmula no fuera solo un objeto de estudio, sino también un vínculo afectivo.
El libro me dejó pensando en muchas cosas. No solo porque el profesor y su metódica forma de organizarse me recordaba muchísimo a mi papá (es mi abuelo, pero nunca le gustó esa palabra; estoy segura de que le sonaba demasiado seca), sino porque también me hizo recordar lo mucho que en un tiempo amé los números.
A los 20 pasé mis primeros años universitarios en la facultad de matemática pura, pero terminé abandonándola por muchos factores. Uno de ellos fue el temor a no ser suficiente. Hubo un punto en el que la abstracción me superó y sentí que no podía alcanzar ese nivel de “infinitud” necesario para entender la complejidad de los números. Mientras leía, no dejaba de preguntarme qué habría pasado si hubiera podido verbalizar mis dudas como la asistente o Root, en lugar de quedarme callada por miedo a parecer tonta frente a profesores que gritaban cosas como: "¡¿no les han enseñado eso en el colegio?! Pasa más cuando el cerebro recién hace "click" al entender holísticamente todo el proceso y no solo la respuesta final 😭 (ahora pregunto de todo, 😆 son cositas que una va aprendiendo con los años: Juliooo, gracias por esa charla maravillosa que cambió mi vida en mi primeraa chaambaa 🫂 ).
Retomando: me quedé con la idea de que los números eran datos rígidos, que debían usarse productivamente y sin romantizarse, y escapé de una disciplina que me apasionaba tanto en el colegio... Sé que puedo estar sonando cursi, pero los números son igual de bonitos que las letras, y es increíble como algo que parece estar tan presente en todo lo que nos rodea (como las flores en las rosas polares, que son la graficación de ciertas ecuaciones; o la música, que en su lectura y tempo tiene números), a veces es tratado con tanta "racionalidad" y se le exige eliminar todo tipo de sensibilidad, al punto de que hemos normalizado temerle a las matemáticas o considerarlas muy aburridas.
Como recomendación práctica: tengan el celular a la mano. Buscar conceptos como factoriales, números primos o la fórmula de Euler puede ayudar bastante a conectar con la forma en la que el profesor entiende el mundo. Y si son sensibles...igual tener unos pañuelitos para el final no estaría de más.
Mi puntuación: ⭐⭐⭐⭐⭐
Ojalá se animen a leerla. :)





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